• La campanilla sobre la puerta de la cafetería tintineó suavemente mientras la tarde se filtraba en tonos dorados por los ventanales.Dante estaba sentada en una mesa junto a la ventana, con una pierna cruzada sobre la otra y un enorme vaso de helado frente a ella. Tres bolas

    -vainilla, fresa y chocolate

    se derretían lentamente, formando pequeños riachuelos de colores que Dante observaba con una mezcla de diversión y concentración.Vestía una chaqueta roja abierta y una camiseta oscura debajo; el contraste resaltaba tanto como su expresión despreocupada. Con una cucharita, tomó un poco de helado de fresa y lo llevó a sus labios.

    —Mmm…

    murmuró para sí misma

    —Si el infierno tuviera esto, nadie querría escapar.

    Apoyó el codo en la mesa, mirando alrededor de la cafetería: el murmullo de la gente, el aroma del café recién hecho, la música suave de fondo. Por un raro momento, todo parecía… normal.Otra cucharada. Esta vez de chocolate.

    —Definitivamente necesitaba esto

    dijo en voz baja, casi como si hablara con el helado.
    usto en ese instante, alguien se acercaba a su mesa, proyectando una sombra sobre el vidrio y el postre.

    //ROL ABIERTO//

    La campanilla sobre la puerta de la cafetería tintineó suavemente mientras la tarde se filtraba en tonos dorados por los ventanales.Dante estaba sentada en una mesa junto a la ventana, con una pierna cruzada sobre la otra y un enorme vaso de helado frente a ella. Tres bolas -vainilla, fresa y chocolate se derretían lentamente, formando pequeños riachuelos de colores que Dante observaba con una mezcla de diversión y concentración.Vestía una chaqueta roja abierta y una camiseta oscura debajo; el contraste resaltaba tanto como su expresión despreocupada. Con una cucharita, tomó un poco de helado de fresa y lo llevó a sus labios. —Mmm… murmuró para sí misma —Si el infierno tuviera esto, nadie querría escapar. Apoyó el codo en la mesa, mirando alrededor de la cafetería: el murmullo de la gente, el aroma del café recién hecho, la música suave de fondo. Por un raro momento, todo parecía… normal.Otra cucharada. Esta vez de chocolate. —Definitivamente necesitaba esto dijo en voz baja, casi como si hablara con el helado. usto en ese instante, alguien se acercaba a su mesa, proyectando una sombra sobre el vidrio y el postre. //ROL ABIERTO//
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    Tú me rompes las entrañas
    Me trepas como una araña
    Bebes del sudor que empaña
    El cristal de mi habitación
    Y después por la mañana
    Despierto y no tengo alas
    Llevo diez horas durmiendo
    Y mi almohada está empapada
    TODAVÍA HA SIDO UN SUEÑO
    MUY REAL Y MUY PROFUNDO
    Tus ojos no tienen dueño
    Porque no son de este mundo

    Y a veces me confundo
    Y pico a tu vecina
    Esa del segundo que vende cosas finas
    Y a veces te espero
    En el bar de la esquina
    Con la mirada fija en tu portería
    Y a veces me como de un bocado el mundo
    Y a veces te siento
    Y a veces te tumbo
    A veces te leo un beso en los labios
    Y como yo no me atrevo
    Me corto y me abro
    Tú me rompes las entrañas Me trepas como una araña Bebes del sudor que empaña El cristal de mi habitación Y después por la mañana Despierto y no tengo alas Llevo diez horas durmiendo Y mi almohada está empapada TODAVÍA HA SIDO UN SUEÑO MUY REAL Y MUY PROFUNDO Tus ojos no tienen dueño Porque no son de este mundo Y a veces me confundo Y pico a tu vecina Esa del segundo que vende cosas finas Y a veces te espero En el bar de la esquina Con la mirada fija en tu portería Y a veces me como de un bocado el mundo Y a veces te siento Y a veces te tumbo A veces te leo un beso en los labios Y como yo no me atrevo Me corto y me abro
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  • —Oh...¿Todavía sigues ahí? No, no me estaba durmiendo estaba imaginando tus palabras en mi mente

    La rata empieza a roncar con fuerza después de decir eso
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  • Diario de Aven:

    Me acosté, cerré los ojos e inhalé y exhalé tres veces como leí. Abrí los ojos y miré el techo , luego el reloj en mi mesa de noche y suspiré, volví a cerrar los ojos y entonces empecé el ritual.

    " Mi cama es una puerta, ¿ Estoy dormida o estoy despierta? ", murmuré para mi misma tres veces.

    Abrí los ojos y volví mi vista al reloj, la misma hora, segundos más.
    Suspiré y volví a hablar esta vez un poco más alto .

    " Estoy despierta ".

    Después de la respuesta, repetí una vez más el ritual, las mismas palabras y nuevamente la vista al reloj. Solo había pasado un minuto.

    " Estoy despierta"...

    Extendí mis brazos, empecé a respirar las lento y poco a poco las palabras del ritual se hicieron inaudibles, tres veces volví a murmurar lo mismo. Abrí los ojos y me fijé en el reloj, no pude distinguir los números.

    " Estoy dormida"...

    Resonó en mi cabeza mientras mi cuerpo se hacía más liviano, como una pluma y mi respiración cada vez más lenta, sentía como mi pecho subía y bajaba y me llenaba de una calma indescriptible hasta que de pronto , un calor abrazador empezó a extenderse desde mis pies hacia mi cabeza, sentí como me quemaba y el aire me empezaba a faltar.

    " Despierta..."

    Abrí los ojos, mi respiración estaba agitada y estaba sudando demasiado, miré el reloj, solo había pasado un minuto, pero esta vez llegué más lejos.

    Lo intentaré mañana nuevamente .
    Diario de Aven: Me acosté, cerré los ojos e inhalé y exhalé tres veces como leí. Abrí los ojos y miré el techo , luego el reloj en mi mesa de noche y suspiré, volví a cerrar los ojos y entonces empecé el ritual. " Mi cama es una puerta, ¿ Estoy dormida o estoy despierta? ", murmuré para mi misma tres veces. Abrí los ojos y volví mi vista al reloj, la misma hora, segundos más. Suspiré y volví a hablar esta vez un poco más alto . " Estoy despierta ". Después de la respuesta, repetí una vez más el ritual, las mismas palabras y nuevamente la vista al reloj. Solo había pasado un minuto. " Estoy despierta"... Extendí mis brazos, empecé a respirar las lento y poco a poco las palabras del ritual se hicieron inaudibles, tres veces volví a murmurar lo mismo. Abrí los ojos y me fijé en el reloj, no pude distinguir los números. " Estoy dormida"... Resonó en mi cabeza mientras mi cuerpo se hacía más liviano, como una pluma y mi respiración cada vez más lenta, sentía como mi pecho subía y bajaba y me llenaba de una calma indescriptible hasta que de pronto , un calor abrazador empezó a extenderse desde mis pies hacia mi cabeza, sentí como me quemaba y el aire me empezaba a faltar. " Despierta..." Abrí los ojos, mi respiración estaba agitada y estaba sudando demasiado, miré el reloj, solo había pasado un minuto, pero esta vez llegué más lejos. Lo intentaré mañana nuevamente .
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  • Aquella tarde, cuando el sol estaba a minutos de desvanecerse tras las vastas montañas cercanas al Gran Santuario Narukami, los vientos fríos comenzaron a descender suavemente. Las hojas danzaban al compás de su paso, los árboles se mecían en armonía y, juntos, creaban una melodía serena que envolvía el lugar. El aire estaba impregnado de un aroma fresco: el murmullo del manantial cercano y la tierra húmeda que reposaba después de la lluvia.
    Resultaba reconfortante saber que el pueblo celebraba la llegada de un nuevo año. Las familias se reunían, compartiendo risas y recuerdos, honrando sin saberlo la labor silenciosa de aquella guardiana de antiguas historias, quien preservaba la memoria del ayer y acompañaba el presente de sus vidas.

    Yae permanecía allí, serena. Vestía su elegante atuendo ceremonial: un kimono corto en tonos rosados y carmesí, adornado con delicados motivos florales y detalles Electro. El obi, finamente decorado en dorado, se ajustaba a su cintura, mientras los ornamentos brillaban suavemente con la luz del ocaso. Cada pliegue de su vestimenta reflejaba la dignidad y el misterio propios de una kitsune ancestral.

    A su lado, la presencia de aquella compañía especial le recordaba el valor de la humanidad: la calidez de una mano amiga, el aprecio sincero y el significado de compartir el momento, más allá del tiempo y de los siglos.

    Finalmente, cuando la última luz del día se extinguió y los faroles comenzaron a encenderse a lo lejos, Yae cerró los ojos por un instante, dejando que la brisa nocturna rozara su piel. Sonrió con calma. El mundo seguía avanzando, y ella, como siempre, permanecería allí… observando, protegiendo y recordando.
    Aquella tarde, cuando el sol estaba a minutos de desvanecerse tras las vastas montañas cercanas al Gran Santuario Narukami, los vientos fríos comenzaron a descender suavemente. Las hojas danzaban al compás de su paso, los árboles se mecían en armonía y, juntos, creaban una melodía serena que envolvía el lugar. El aire estaba impregnado de un aroma fresco: el murmullo del manantial cercano y la tierra húmeda que reposaba después de la lluvia. Resultaba reconfortante saber que el pueblo celebraba la llegada de un nuevo año. Las familias se reunían, compartiendo risas y recuerdos, honrando sin saberlo la labor silenciosa de aquella guardiana de antiguas historias, quien preservaba la memoria del ayer y acompañaba el presente de sus vidas. Yae permanecía allí, serena. Vestía su elegante atuendo ceremonial: un kimono corto en tonos rosados y carmesí, adornado con delicados motivos florales y detalles Electro. El obi, finamente decorado en dorado, se ajustaba a su cintura, mientras los ornamentos brillaban suavemente con la luz del ocaso. Cada pliegue de su vestimenta reflejaba la dignidad y el misterio propios de una kitsune ancestral. A su lado, la presencia de aquella compañía especial le recordaba el valor de la humanidad: la calidez de una mano amiga, el aprecio sincero y el significado de compartir el momento, más allá del tiempo y de los siglos. Finalmente, cuando la última luz del día se extinguió y los faroles comenzaron a encenderse a lo lejos, Yae cerró los ojos por un instante, dejando que la brisa nocturna rozara su piel. Sonrió con calma. El mundo seguía avanzando, y ella, como siempre, permanecería allí… observando, protegiendo y recordando.
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  • ♡: Leo tenía veintiún años cuando por fin encontró una forma de decir su nombre sin que sonara a una disculpa. Había pasado mucho tiempo desde el diagnóstico, desde aquella palabra clínica y absurda que los médicos usaron para nombrar su condición, "una alteración rarísima del metabolismo que lo hacía depender de la sangre humana para sobrevivir". No era una metáfora ni una invención suya, era una realidad y una necesidad física.

    Al principio nada parecía fuera de lo común, fué un niño "normal", uno que se desmayaba con facilidad, que enfermaba seguido, hasta que a los trece años su cuerpo empezó a fallar de maneras que nadie entendía. La sangre en pequeñas cantidades y controladas lo mantenía con vida. Sin ella, su corazón se volvía lento, su vista se nublaba y el mundo parecía alejarse como si estuviera hundiéndose en agua oscura.

    El problema no fue la condición, fueron las personas. A los dieciséis años, Leo todavía creía que podía ocultarlo. Que si caminaba con la cabeza baja y si fingía normalidad, el mundo le permitiría existir en silencio, pero se equivocó.

    Aquella tarde, hace cinco años, el cielo estaba gris y el patio trasero de la escuela olía a tierra mojada, es un recuerdo vívido. Leo salía por la reja lateral cuando escuchó pasos apresurados detrás de él.

    Ahí va el vampiro
    - Dijo una voz burlona -

    - Se detuvo. No por valentía, sino porque sabía que correr solo empeoraría las cosas -

    Déjenme en paz
    - Leo murmuró sin girarse y aquellas risas lo rodearon -

    ¿Escucharon eso?
    - Dijo otro chico -
    El monstruo sabe hablar

    - Uno de ellos lo empujó contra la pared. Leo sintió el golpe seco en la espalda y el aire salirle del pecho -

    ¿Es cierto que bebes sangre?
    - Preguntó uno, acercándose demasiado -
    ¿O solo eres un enfermo asqueroso?

    No es así…
    - Leo intentó decir con la voz temblándole -
    Yo no elegí esto...

    Claro que no
    - Respondió otro, dándole un golpe en el estómago -
    Nadie elige ser una cosa tan desagradable

    - Cayó al suelo y las rodillas le ardieron al chocar con el cemento. Aquellos golpes no eran constantes, sino caóticos, como si cada uno quisiera dejar su marca. Patadas, empujones, risas -

    ¿Y si nos muerde?
    - Dijo uno fingiendo miedo -
    Capaz y nos contagia

    Míralo
    - Aañadió otro -
    Da asco, deberían encerrarte

    - Leo se cubrió la cabeza con los brazos. No lloró. Aprendió muy pronto que llorar no detenía nada. Lo que dolía no eran los golpes, sino la certeza de que, para ellos, ya no era humano -

    ¡Fué suficiente!
    - Uno de ellos gritó al final -
    Lárgate, monstruo, no te acerques a nadie normal otra vez

    Cuando se fueron, el silencio fue peor, Leo se quedó ahí unos segundos, temblando, sintiendo cómo su cuerpo pedía aquello que tanto odiaba necesitar... sangre.

    Actualmente, Leo todavía recuerda esa escena con una claridad, la vida para él no siempre fué de color rosa pero aún así hay cosas que nunca se olvidan, nunca dejó de pensar en que tal vez todas las hadas tienen el cabello de dicho color.
    ♡: Leo tenía veintiún años cuando por fin encontró una forma de decir su nombre sin que sonara a una disculpa. Había pasado mucho tiempo desde el diagnóstico, desde aquella palabra clínica y absurda que los médicos usaron para nombrar su condición, "una alteración rarísima del metabolismo que lo hacía depender de la sangre humana para sobrevivir". No era una metáfora ni una invención suya, era una realidad y una necesidad física. Al principio nada parecía fuera de lo común, fué un niño "normal", uno que se desmayaba con facilidad, que enfermaba seguido, hasta que a los trece años su cuerpo empezó a fallar de maneras que nadie entendía. La sangre en pequeñas cantidades y controladas lo mantenía con vida. Sin ella, su corazón se volvía lento, su vista se nublaba y el mundo parecía alejarse como si estuviera hundiéndose en agua oscura. El problema no fue la condición, fueron las personas. A los dieciséis años, Leo todavía creía que podía ocultarlo. Que si caminaba con la cabeza baja y si fingía normalidad, el mundo le permitiría existir en silencio, pero se equivocó. Aquella tarde, hace cinco años, el cielo estaba gris y el patio trasero de la escuela olía a tierra mojada, es un recuerdo vívido. Leo salía por la reja lateral cuando escuchó pasos apresurados detrás de él. Ahí va el vampiro - Dijo una voz burlona - - Se detuvo. No por valentía, sino porque sabía que correr solo empeoraría las cosas - Déjenme en paz - Leo murmuró sin girarse y aquellas risas lo rodearon - ¿Escucharon eso? - Dijo otro chico - El monstruo sabe hablar - Uno de ellos lo empujó contra la pared. Leo sintió el golpe seco en la espalda y el aire salirle del pecho - ¿Es cierto que bebes sangre? - Preguntó uno, acercándose demasiado - ¿O solo eres un enfermo asqueroso? No es así… - Leo intentó decir con la voz temblándole - Yo no elegí esto... Claro que no - Respondió otro, dándole un golpe en el estómago - Nadie elige ser una cosa tan desagradable - Cayó al suelo y las rodillas le ardieron al chocar con el cemento. Aquellos golpes no eran constantes, sino caóticos, como si cada uno quisiera dejar su marca. Patadas, empujones, risas - ¿Y si nos muerde? - Dijo uno fingiendo miedo - Capaz y nos contagia Míralo - Aañadió otro - Da asco, deberían encerrarte - Leo se cubrió la cabeza con los brazos. No lloró. Aprendió muy pronto que llorar no detenía nada. Lo que dolía no eran los golpes, sino la certeza de que, para ellos, ya no era humano - ¡Fué suficiente! - Uno de ellos gritó al final - Lárgate, monstruo, no te acerques a nadie normal otra vez Cuando se fueron, el silencio fue peor, Leo se quedó ahí unos segundos, temblando, sintiendo cómo su cuerpo pedía aquello que tanto odiaba necesitar... sangre. Actualmente, Leo todavía recuerda esa escena con una claridad, la vida para él no siempre fué de color rosa pero aún así hay cosas que nunca se olvidan, nunca dejó de pensar en que tal vez todas las hadas tienen el cabello de dicho color.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    —​Rio suspiró por quinta vez en menos de diez minutos, sosteniendo la bolsa de plástico con una delicadeza que contrastaba con la mirada de pocos amigos que le lanzaba a la montaña de frutas. Ella, que siempre cuidaba cada detalle de su apariencia y movimientos, se sentía fuera de lugar debatiendo mentalmente si una mandarina estaba "demasiado blanda" para los estándares de [??].

    ​— Tch, este hombre... ¿Por qué demonios no pudo venir a buscarlas él mismo? —murmuró para sí misma, asegurándose de que nadie en el pasillo la escuchara perder la compostura—.Seguro está en casa descansando mientras yo parezco su asistente personal...—

    ​Se acomodó el bolso de cadena dorada sobre el hombro con un movimiento seco y elegante, mientras examinaba una mandarina como si fuera una pieza de joyería fina. El contraste era ridículo: una mujer vestida con un ceñido y sofisticado vestido gris, con el cabello perfectamente recogido, peleándose internamente con el precio de las naranjas.

    ​— Si cree que voy a elegirle las mejores después de esto, está muy equivocado—pensó, aunque sus manos seguían buscando instintivamente las piezas con mejor color—. Le llevaré las más ácidas que encuentre, a ver si así la próxima vez se digna a mover un pie fuera de casa.—

    ​Con un último bufido de indignación, se dio la vuelta para ir a la caja, tratando de recuperar su aire de superioridad a pesar de que la bolsa de plástico chirriaba de forma muy poco glamurosa con cada paso que daba.
    —​Rio suspiró por quinta vez en menos de diez minutos, sosteniendo la bolsa de plástico con una delicadeza que contrastaba con la mirada de pocos amigos que le lanzaba a la montaña de frutas. Ella, que siempre cuidaba cada detalle de su apariencia y movimientos, se sentía fuera de lugar debatiendo mentalmente si una mandarina estaba "demasiado blanda" para los estándares de [??]. ​— Tch, este hombre... ¿Por qué demonios no pudo venir a buscarlas él mismo? —murmuró para sí misma, asegurándose de que nadie en el pasillo la escuchara perder la compostura—.Seguro está en casa descansando mientras yo parezco su asistente personal...— ​Se acomodó el bolso de cadena dorada sobre el hombro con un movimiento seco y elegante, mientras examinaba una mandarina como si fuera una pieza de joyería fina. El contraste era ridículo: una mujer vestida con un ceñido y sofisticado vestido gris, con el cabello perfectamente recogido, peleándose internamente con el precio de las naranjas. ​— Si cree que voy a elegirle las mejores después de esto, está muy equivocado—pensó, aunque sus manos seguían buscando instintivamente las piezas con mejor color—. Le llevaré las más ácidas que encuentre, a ver si así la próxima vez se digna a mover un pie fuera de casa.— ​Con un último bufido de indignación, se dio la vuelta para ir a la caja, tratando de recuperar su aire de superioridad a pesar de que la bolsa de plástico chirriaba de forma muy poco glamurosa con cada paso que daba.
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    *Una de sus más leales sirvientas observó las peculiares prendas que hoy llevaba su Reina*

    Sirvienta: — ¡¡¿QUE?!!... Pero... Reina...—

    *La Dragón la observo confundida, pues no sabía el por qué de su reacción*

    Sirvienta: — ¡¡SU ROPA!!, ¡¡SU ROPA!! —

    *Decía aquella sirvienta alarmada, por temor a que la vean de esa manera, está corrió hacia su Reina y tiro de su mano para llevarla a su habitación y allí hablaron un rato hasta que por fin llegaron al punto en el que la monarca entendió el por qué ese señorita estaba tan exaltada y explica la situación con suma calma*

    Elina: —¿Acaso no son lindas?, Son perfectas para poder sentir el frío de la noche, además, todos deberían estar durmiendo justo ahora así que no veo el problema, es más, estaba justo frente a mi habitación —

    *La Reina observa a su sirvienta como si le lanzará una mirada de penitencia que hace que se le ponga la piel de gallina a aquella humilde seguidora*

    Elina: — Por cierto... ¿Puedo saber que hacia usted justo en frente de mi habitación cuando todos deberían estar dormidos?... —

    *Un silencio incómodo lleno la habitación en ese momento, la cabeza de la sirvienta iba a explotar*

    Sirvienta: — ... Ay... —

    PD: "Elina tiene amigos en el mundo humano, compro está ropa en aquel mundo y por mera inocencia no sabe que en el mundo humano esa ropa es vista de manera... Bueno, ya saben, como la ven la mayoría de los que están aquí "
    *Una de sus más leales sirvientas observó las peculiares prendas que hoy llevaba su Reina* Sirvienta: — ¡¡¿QUE?!!... Pero... Reina...— *La Dragón la observo confundida, pues no sabía el por qué de su reacción* Sirvienta: — ¡¡SU ROPA!!, ¡¡SU ROPA!! — *Decía aquella sirvienta alarmada, por temor a que la vean de esa manera, está corrió hacia su Reina y tiro de su mano para llevarla a su habitación y allí hablaron un rato hasta que por fin llegaron al punto en el que la monarca entendió el por qué ese señorita estaba tan exaltada y explica la situación con suma calma* Elina: —¿Acaso no son lindas?, Son perfectas para poder sentir el frío de la noche, además, todos deberían estar durmiendo justo ahora así que no veo el problema, es más, estaba justo frente a mi habitación — *La Reina observa a su sirvienta como si le lanzará una mirada de penitencia que hace que se le ponga la piel de gallina a aquella humilde seguidora* Elina: — Por cierto... ¿Puedo saber que hacia usted justo en frente de mi habitación cuando todos deberían estar dormidos?... — *Un silencio incómodo lleno la habitación en ese momento, la cabeza de la sirvienta iba a explotar* Sirvienta: — ... Ay... — PD: "Elina tiene amigos en el mundo humano, compro está ropa en aquel mundo y por mera inocencia no sabe que en el mundo humano esa ropa es vista de manera... Bueno, ya saben, como la ven la mayoría de los que están aquí 😝"
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    —Rio apaga los monitores tras una jornada impecable. Con un suspiro, se estira con los brazos en alto, liberando la tensión de sus hombros mientras cierra los ojos un instante.

    ​— Trabajo terminado... al menos el mío... —murmura, pensando de inmediato en "ese" chico desastroso que siempre requiere que ella lo rescate de sus propios errores.
    ​Decide que pasará por los mochis de coco, no solo para ella, sino para llevarle unos cuantos. Después de todo, si tiene que seguir salvándole el pellejo en la oficina, al menos quiere asegurarse de que él tenga algo dulce que lo mantenga distraído y menos propenso a causar el próximo desastre.
    —Rio apaga los monitores tras una jornada impecable. Con un suspiro, se estira con los brazos en alto, liberando la tensión de sus hombros mientras cierra los ojos un instante. ​— Trabajo terminado... al menos el mío... —murmura, pensando de inmediato en "ese" chico desastroso que siempre requiere que ella lo rescate de sus propios errores. ​Decide que pasará por los mochis de coco, no solo para ella, sino para llevarle unos cuantos. Después de todo, si tiene que seguir salvándole el pellejo en la oficina, al menos quiere asegurarse de que él tenga algo dulce que lo mantenga distraído y menos propenso a causar el próximo desastre.
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  • La lluvia golpeaba los vitrales de la mansión como dedos impacientes.
    Dentro, el aire olía a incienso, electricidad estática y algo más… algo antiguo. Alastor estaba sentado en uno de los sillones del salón principal, la radio encendida en un murmullo de jazz distorsionado. Las sombras se movían a su alrededor como si también estuvieran esperando.
    Habían pasado semanas.
    Semanas desde que Sparda partió hacia el este, tras la pista de una organización humana —rusos— que jugaba con reliquias demoníacas que jamás debieron tocar.
    Y Alastor odiaba esperar.
    De pronto, la radio chirrió.
    Un ruido extraño, interferencia… y luego un pulso demoníaco recorrió toda la mansión.
    Alastor sonrió lento.

    — Ah… ya estás en casa, querido~

    La puerta principal se abrió sin que nadie la tocara.
    El viento y la lluvia entraron como una ola, apagando varias velas. En el umbral apareció la enorme figura de Sparda, cubierto de heridas, su armadura marcada por balas rúnicas y sangre oscura. Su espada estaba envuelta en sellos rotos, prueba de un combate brutal.
    Pero sus ojos… solo buscaban una cosa.A Alastor.
    Cerró la puerta detrás de sí con un golpe pesado.

    — La organización rusa ha sido eliminada

    dijo con voz grave

    —.No volverán a usar artefactos infernales contra nosotros.

    Dejó la espada apoyada en la pared. Sus hombros, por primera vez en días, cedieron un poco.

    — Pero… lo que más quería… era volver contigo.

    El ambiente se volvió más cálido, casi vibrante.
    Sparda avanzó unos pasos.

    — ¿Me esperaste?
    La lluvia golpeaba los vitrales de la mansión como dedos impacientes. Dentro, el aire olía a incienso, electricidad estática y algo más… algo antiguo. Alastor estaba sentado en uno de los sillones del salón principal, la radio encendida en un murmullo de jazz distorsionado. Las sombras se movían a su alrededor como si también estuvieran esperando. Habían pasado semanas. Semanas desde que Sparda partió hacia el este, tras la pista de una organización humana —rusos— que jugaba con reliquias demoníacas que jamás debieron tocar. Y Alastor odiaba esperar. De pronto, la radio chirrió. Un ruido extraño, interferencia… y luego un pulso demoníaco recorrió toda la mansión. Alastor sonrió lento. — Ah… ya estás en casa, querido~ La puerta principal se abrió sin que nadie la tocara. El viento y la lluvia entraron como una ola, apagando varias velas. En el umbral apareció la enorme figura de Sparda, cubierto de heridas, su armadura marcada por balas rúnicas y sangre oscura. Su espada estaba envuelta en sellos rotos, prueba de un combate brutal. Pero sus ojos… solo buscaban una cosa.A Alastor. Cerró la puerta detrás de sí con un golpe pesado. — La organización rusa ha sido eliminada dijo con voz grave —.No volverán a usar artefactos infernales contra nosotros. Dejó la espada apoyada en la pared. Sus hombros, por primera vez en días, cedieron un poco. — Pero… lo que más quería… era volver contigo. El ambiente se volvió más cálido, casi vibrante. Sparda avanzó unos pasos. — ¿Me esperaste?
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