• -ya casi es navidad...que le van a pedir al panzón ? Que no sea yo por qué eso pasa cada año...y no puedo ir a todas las casas donde me piden (?)-
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  • "𝕾𝖆𝖇𝖊𝖘... 𝕹𝖔 𝖑𝖊 𝖙𝖊𝖓í𝖆 𝖋𝖊 𝖆 𝖊𝖘𝖙𝖊 𝖒𝖚𝖓𝖉𝖔, 𝖕𝖊𝖗𝖔 𝖕𝖆𝖘𝖆𝖗 𝖓𝖆𝖛𝖎𝖉𝖆𝖉𝖊𝖘 𝖊𝖓 𝖊𝖘𝖙𝖆 𝖈𝖆𝖇𝖆ñ𝖆 𝖊𝖓 𝖊𝖑 𝖇𝖔𝖘𝖖𝖚𝖊 𝖊𝖘 𝖑𝖔 𝖒𝖊𝖏𝖔𝖗 𝖖𝖚𝖊 𝖕𝖚𝖉𝖊 𝖍𝖆𝖇𝖊𝖗 𝖍𝖊𝖈𝖍𝖔. 𝕰𝖘𝖙𝖊 𝖒𝖚𝖓𝖉𝖔 𝖊𝖘 𝖎𝖓𝖈𝖗𝖊í𝖇𝖑𝖊"

    *𝕋𝕖 𝕕𝕚𝕔𝕖 𝕧𝕚é𝕟𝕕𝕠𝕥𝕖 𝕒 𝕝𝕠𝕤 𝕠𝕛𝕠𝕤 𝕕𝕚𝕣𝕖𝕔𝕥𝕒𝕞𝕖𝕟𝕥𝕖, 𝕡𝕒𝕣𝕖𝕔𝕖 𝕤𝕖𝕣 𝕢𝕦𝕖 𝕝𝕒 𝕚𝕕𝕖𝕒 𝕕𝕖 𝕤𝕖𝕔𝕦𝕖𝕤𝕥𝕣𝕒𝕣𝕥𝕖 𝕡𝕒𝕣𝕒 𝕦𝕟 𝕤𝕒𝕔𝕣𝕚𝕗𝕚𝕔𝕚𝕠 𝕤𝕖 𝕓𝕠𝕣𝕣ó 𝕕𝕖 𝕤𝕦 𝕞𝕖𝕟𝕥𝕖, 𝕖𝕤𝕥á𝕤 𝕒 𝕤𝕒𝕝𝕧𝕠... ℙ𝕠𝕣 𝕒𝕙𝕠𝕣𝕒*
    "𝕾𝖆𝖇𝖊𝖘... 𝕹𝖔 𝖑𝖊 𝖙𝖊𝖓í𝖆 𝖋𝖊 𝖆 𝖊𝖘𝖙𝖊 𝖒𝖚𝖓𝖉𝖔, 𝖕𝖊𝖗𝖔 𝖕𝖆𝖘𝖆𝖗 𝖓𝖆𝖛𝖎𝖉𝖆𝖉𝖊𝖘 𝖊𝖓 𝖊𝖘𝖙𝖆 𝖈𝖆𝖇𝖆ñ𝖆 𝖊𝖓 𝖊𝖑 𝖇𝖔𝖘𝖖𝖚𝖊 𝖊𝖘 𝖑𝖔 𝖒𝖊𝖏𝖔𝖗 𝖖𝖚𝖊 𝖕𝖚𝖉𝖊 𝖍𝖆𝖇𝖊𝖗 𝖍𝖊𝖈𝖍𝖔. 𝕰𝖘𝖙𝖊 𝖒𝖚𝖓𝖉𝖔 𝖊𝖘 𝖎𝖓𝖈𝖗𝖊í𝖇𝖑𝖊" *𝕋𝕖 𝕕𝕚𝕔𝕖 𝕧𝕚é𝕟𝕕𝕠𝕥𝕖 𝕒 𝕝𝕠𝕤 𝕠𝕛𝕠𝕤 𝕕𝕚𝕣𝕖𝕔𝕥𝕒𝕞𝕖𝕟𝕥𝕖, 𝕡𝕒𝕣𝕖𝕔𝕖 𝕤𝕖𝕣 𝕢𝕦𝕖 𝕝𝕒 𝕚𝕕𝕖𝕒 𝕕𝕖 𝕤𝕖𝕔𝕦𝕖𝕤𝕥𝕣𝕒𝕣𝕥𝕖 𝕡𝕒𝕣𝕒 𝕦𝕟 𝕤𝕒𝕔𝕣𝕚𝕗𝕚𝕔𝕚𝕠 𝕤𝕖 𝕓𝕠𝕣𝕣ó 𝕕𝕖 𝕤𝕦 𝕞𝕖𝕟𝕥𝕖, 𝕖𝕤𝕥á𝕤 𝕒 𝕤𝕒𝕝𝕧𝕠... ℙ𝕠𝕣 𝕒𝕙𝕠𝕣𝕒*
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  • Se había sentado frente al televisor, esa pantalla plana que no servía en ese gran departamento más que para dar las noticias de vez en cuando, ahora su gente le había traído un aparato para “distraerse”, a esa cosa la llamaban videojuego, ese control tan extraño ahora en sus manos, que a penas y sabía manejar.

    Trato de no darle importancia al hecho de que los botones y sus dedos no eran compatibles, era un desastre, así que después de haber perdido más veces de las que le gustaría admitir, se lanzó al sillón quejándose desde los simientes de sus pulmones. — Bon sang, je déteste les inventions humaines.—
    Se había sentado frente al televisor, esa pantalla plana que no servía en ese gran departamento más que para dar las noticias de vez en cuando, ahora su gente le había traído un aparato para “distraerse”, a esa cosa la llamaban videojuego, ese control tan extraño ahora en sus manos, que a penas y sabía manejar. Trato de no darle importancia al hecho de que los botones y sus dedos no eran compatibles, era un desastre, así que después de haber perdido más veces de las que le gustaría admitir, se lanzó al sillón quejándose desde los simientes de sus pulmones. — Bon sang, je déteste les inventions humaines.—
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  • El mundo es oscuro, egoísta y cruel. Si encuentra el más mínimo rayo de sol, lo destruye.
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  • Bastate nice esta ropa, supongo que podré explorar sin llamar tanto la atención de alguien.
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  • Meh..
    No puedo dormir... - ha logrado conseguir un inhibidor, aún así el celo no lo deja dormir -
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  • ────𝑰 𝒂𝒑𝒑𝒓𝒆𝒄𝒊𝒂𝒕𝒆 𝒕𝒉𝒆 𝒘𝒂𝒚 𝒚𝒐𝒖 𝒘𝒂𝒕𝒄𝒉 𝒎𝒆, 𝑰 𝒄𝒂𝒏'𝒕 𝒍𝒊𝒆
    𝑰 𝒅𝒓𝒐𝒑 𝒊𝒕 𝒅𝒐𝒘𝒏, 𝑰 𝒑𝒊𝒄𝒌 𝒊𝒕 𝒖𝒑, 𝑰 𝒃𝒂𝒄𝒌 𝒊𝒕 𝒐𝒇𝒇 𝒕𝒉𝒆 𝒄𝒐𝒖𝒏𝒕𝒚 𝒍𝒊𝒏𝒆
    𝑰 𝒇𝒆𝒍𝒍 𝒇𝒓𝒐𝒎 𝑯𝒆𝒂𝒗𝒆𝒏, 𝒏𝒐𝒘 𝑰'𝒎 𝒍𝒊𝒗𝒊𝒏𝒈 𝒍𝒊𝒌𝒆 𝒂 𝒅𝒆𝒗𝒊𝒍
    𝒀𝒐𝒖 𝒄𝒂𝒏'𝒕 𝒈𝒆𝒕 𝒎𝒆 𝒐𝒇𝒇 𝒚𝒐𝒖𝒓 𝒎𝒊𝒏𝒅
    𝑰 𝒂𝒑𝒑𝒓𝒆𝒄𝒊𝒂𝒕𝒆 𝒕𝒉𝒆 𝒘𝒂𝒚 𝒚𝒐𝒖 𝒘𝒂𝒏𝒕 𝒎𝒆, 𝑰 𝒄𝒂𝒏'𝒕 𝒍𝒊𝒆 (𝒄𝒂𝒏'𝒕 𝒍𝒊𝒆)
    𝑰 𝒅𝒓𝒐𝒑 𝒊𝒕 𝒍𝒐𝒘, 𝑰 𝒃𝒂𝒄𝒌 𝒊𝒕 𝒖𝒑, 𝑰 𝒌𝒏𝒐𝒘 𝒚𝒐𝒖 𝒘𝒂𝒏𝒏𝒂 𝒕𝒉𝒊𝒏𝒌 𝒚𝒐𝒖'𝒓𝒆 𝒎𝒊𝒏𝒆
    𝑩𝒂𝒃𝒚, 𝑰 𝒕𝒐𝒕𝒂𝒍𝒍𝒚 𝒈𝒆𝒕 𝒊𝒕, 𝒚𝒐𝒖 𝒄𝒂𝒏'𝒕 𝒈𝒖𝒆𝒔𝒔 𝒔𝒐
    𝒀𝒐𝒖 𝒄𝒂𝒏'𝒕 𝒈𝒆𝒕 𝒎𝒆 𝒐𝒇𝒇 𝒚𝒐𝒖𝒓 𝒎𝒊𝒏𝒅
    𝑾𝒆 𝒊𝒏 𝒊𝒕 𝒕𝒐𝒈𝒆𝒕𝒉𝒆𝒓, 𝒃𝒖𝒕 𝒅𝒐𝒏'𝒕 𝒄𝒂𝒍𝒍 𝒎𝒆 𝒂𝒏𝒈𝒆𝒍 ⁠──── ♡


    #SeductiveSunday ⁠♡ ────⁠



    https://youtu.be/34LLznRbbU8?si=Rv3TtS3Mx5CnpxDl
    ────𝑰 𝒂𝒑𝒑𝒓𝒆𝒄𝒊𝒂𝒕𝒆 𝒕𝒉𝒆 𝒘𝒂𝒚 𝒚𝒐𝒖 𝒘𝒂𝒕𝒄𝒉 𝒎𝒆, 𝑰 𝒄𝒂𝒏'𝒕 𝒍𝒊𝒆 𝑰 𝒅𝒓𝒐𝒑 𝒊𝒕 𝒅𝒐𝒘𝒏, 𝑰 𝒑𝒊𝒄𝒌 𝒊𝒕 𝒖𝒑, 𝑰 𝒃𝒂𝒄𝒌 𝒊𝒕 𝒐𝒇𝒇 𝒕𝒉𝒆 𝒄𝒐𝒖𝒏𝒕𝒚 𝒍𝒊𝒏𝒆 𝑰 𝒇𝒆𝒍𝒍 𝒇𝒓𝒐𝒎 𝑯𝒆𝒂𝒗𝒆𝒏, 𝒏𝒐𝒘 𝑰'𝒎 𝒍𝒊𝒗𝒊𝒏𝒈 𝒍𝒊𝒌𝒆 𝒂 𝒅𝒆𝒗𝒊𝒍 𝒀𝒐𝒖 𝒄𝒂𝒏'𝒕 𝒈𝒆𝒕 𝒎𝒆 𝒐𝒇𝒇 𝒚𝒐𝒖𝒓 𝒎𝒊𝒏𝒅 𝑰 𝒂𝒑𝒑𝒓𝒆𝒄𝒊𝒂𝒕𝒆 𝒕𝒉𝒆 𝒘𝒂𝒚 𝒚𝒐𝒖 𝒘𝒂𝒏𝒕 𝒎𝒆, 𝑰 𝒄𝒂𝒏'𝒕 𝒍𝒊𝒆 (𝒄𝒂𝒏'𝒕 𝒍𝒊𝒆) 𝑰 𝒅𝒓𝒐𝒑 𝒊𝒕 𝒍𝒐𝒘, 𝑰 𝒃𝒂𝒄𝒌 𝒊𝒕 𝒖𝒑, 𝑰 𝒌𝒏𝒐𝒘 𝒚𝒐𝒖 𝒘𝒂𝒏𝒏𝒂 𝒕𝒉𝒊𝒏𝒌 𝒚𝒐𝒖'𝒓𝒆 𝒎𝒊𝒏𝒆 𝑩𝒂𝒃𝒚, 𝑰 𝒕𝒐𝒕𝒂𝒍𝒍𝒚 𝒈𝒆𝒕 𝒊𝒕, 𝒚𝒐𝒖 𝒄𝒂𝒏'𝒕 𝒈𝒖𝒆𝒔𝒔 𝒔𝒐 𝒀𝒐𝒖 𝒄𝒂𝒏'𝒕 𝒈𝒆𝒕 𝒎𝒆 𝒐𝒇𝒇 𝒚𝒐𝒖𝒓 𝒎𝒊𝒏𝒅 𝑾𝒆 𝒊𝒏 𝒊𝒕 𝒕𝒐𝒈𝒆𝒕𝒉𝒆𝒓, 𝒃𝒖𝒕 𝒅𝒐𝒏'𝒕 𝒄𝒂𝒍𝒍 𝒎𝒆 𝒂𝒏𝒈𝒆𝒍 ⁠──── ♡ #SeductiveSunday ⁠♡ ────⁠ https://youtu.be/34LLznRbbU8?si=Rv3TtS3Mx5CnpxDl
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  • — En ocasiones sentí una enorme euforia, una liberación de todas las falsedades y prejuicios, todos los medios a través de los cuales un alma o un cuerpo se convierten en rehenes.—
    — En ocasiones sentí una enorme euforia, una liberación de todas las falsedades y prejuicios, todos los medios a través de los cuales un alma o un cuerpo se convierten en rehenes.—
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  • La Cena Silenciosa

    La mesa era enorme, de mármol blanco pulido, rodeada de sillas tapizadas en terciopelo gris. Un candelabro de cristal colgaba sobre ellos, iluminando la sala con una luz cálida pero distante, como si quisiera ofrecer consuelo sin lograrlo. La casa era, sin duda, un reflejo del éxito de su padre: todo impecable, todo caro, todo intocable. Pero para Cho, no era más que un escenario vacío.

    Sentada en una de las esquinas de la mesa, Cho observaba en silencio mientras su padre, su esposa y su hermanastro interactuaban como si ella no estuviera ahí. Su padre llevaba una camisa perfectamente planchada y hablaba animadamente con su esposa, una mujer que parecía diseñada para encajar en esa vida de lujo: cabello impecable, uñas perfectamente pintadas, y una sonrisa ensayada que solo usaba para quienes le importaban. Su hermanastro, un niño de seis años con energía desbordante, interrumpía constantemente, pidiendo más jugo o mostrando sus garabatos escolares.

    "Papá, mira esto, lo hice hoy en la escuela", dijo el niño, agitando un papel lleno de líneas torcidas y colores saturados.

    "¡Es increíble, campeón!", respondió su padre con una sonrisa amplia y genuina.

    Cho, por otro lado, se limitaba a picar la comida en su plato, sin probar bocado. Nadie le preguntó cómo había estado su día. Nadie notó que había llegado tarde porque había perdido el primer autobús. Nadie se percató de que no había dicho una sola palabra desde que se sentó.

    De vez en cuando, su padre la miraba de reojo, pero no decía nada. Tal vez no sabía qué decirle. Tal vez no le importaba. Cho ni siquiera podía recordar cuándo fue la última vez que tuvieron una conversación que fuera más allá de lo básico.

    "¿Te gusta el salmón, Cho?" preguntó la esposa de su padre de repente, rompiendo el silencio.

    Cho levantó la mirada y asintió ligeramente. — Sí, está bien —, murmuró, aunque no había probado un solo bocado.

    La mujer simplemente asintió y volvió a concentrarse en su marido, como si la respuesta de Cho no hubiera tenido relevancia alguna.

    Mientras los demás reían y compartían anécdotas, Cho se sentía cada vez más pequeña, más ajena. Esta no era su familia. No importaba cuántas cenas compartieran o cuántas veces su padre intentara incluirla en su vida perfecta, siempre sería la hija del matrimonio anterior, la pieza que nunca encajaba.

    Terminó la cena sin decir nada más. Se levantó para llevar su plato a la cocina, pero nadie lo notó. Luego subió las escaleras hacia su habitación, su único refugio en esa casa.

    Al abrir la puerta, la familiaridad de su espacio la tranquilizó un poco. La habitación era grande, con muebles de madera tallada a mano y sábanas de las mejores telas, todo elegido con el dinero de su padre, quizá como una forma de limpiar su conciencia. Pero Cho se había asegurado de que el lugar tuviera su propio toque. Las paredes estaban cubiertas de pósters de sus bandas favoritas, un contraste extraño pero reconfortante con los acabados lujosos. Había estanterías repletas de libros de magia, cristales y objetos esotéricos, y veladoras que llenaban el aire con un tenue aroma a lavanda y sándalo. Sobre el escritorio, varios collares, anillos y pequeños amuletos se esparcían desordenadamente, junto con un diario abierto, donde a veces volcaba pensamientos que no podía decir en voz alta.

    Se dejó caer sobre la cama, mirando el techo alto decorado con molduras intrincadas. Aunque había llenado la habitación con cosas que la representaban, el espacio seguía pareciendo ajeno. Todo en esa casa le recordaba que no pertenecía ahí, ni a esa vida, ni a esa familia.

    Tomó una de las veladoras de su mesita y la encendió, observando la llama parpadear en el aire quieto. Quizá, pensó, el dinero podía comprar muebles lujosos y un techo perfecto, pero no podía comprar amor, ni cercanía, ni ese hogar que había perdido hacía mucho tiempo.
    La Cena Silenciosa La mesa era enorme, de mármol blanco pulido, rodeada de sillas tapizadas en terciopelo gris. Un candelabro de cristal colgaba sobre ellos, iluminando la sala con una luz cálida pero distante, como si quisiera ofrecer consuelo sin lograrlo. La casa era, sin duda, un reflejo del éxito de su padre: todo impecable, todo caro, todo intocable. Pero para Cho, no era más que un escenario vacío. Sentada en una de las esquinas de la mesa, Cho observaba en silencio mientras su padre, su esposa y su hermanastro interactuaban como si ella no estuviera ahí. Su padre llevaba una camisa perfectamente planchada y hablaba animadamente con su esposa, una mujer que parecía diseñada para encajar en esa vida de lujo: cabello impecable, uñas perfectamente pintadas, y una sonrisa ensayada que solo usaba para quienes le importaban. Su hermanastro, un niño de seis años con energía desbordante, interrumpía constantemente, pidiendo más jugo o mostrando sus garabatos escolares. "Papá, mira esto, lo hice hoy en la escuela", dijo el niño, agitando un papel lleno de líneas torcidas y colores saturados. "¡Es increíble, campeón!", respondió su padre con una sonrisa amplia y genuina. Cho, por otro lado, se limitaba a picar la comida en su plato, sin probar bocado. Nadie le preguntó cómo había estado su día. Nadie notó que había llegado tarde porque había perdido el primer autobús. Nadie se percató de que no había dicho una sola palabra desde que se sentó. De vez en cuando, su padre la miraba de reojo, pero no decía nada. Tal vez no sabía qué decirle. Tal vez no le importaba. Cho ni siquiera podía recordar cuándo fue la última vez que tuvieron una conversación que fuera más allá de lo básico. "¿Te gusta el salmón, Cho?" preguntó la esposa de su padre de repente, rompiendo el silencio. Cho levantó la mirada y asintió ligeramente. — Sí, está bien —, murmuró, aunque no había probado un solo bocado. La mujer simplemente asintió y volvió a concentrarse en su marido, como si la respuesta de Cho no hubiera tenido relevancia alguna. Mientras los demás reían y compartían anécdotas, Cho se sentía cada vez más pequeña, más ajena. Esta no era su familia. No importaba cuántas cenas compartieran o cuántas veces su padre intentara incluirla en su vida perfecta, siempre sería la hija del matrimonio anterior, la pieza que nunca encajaba. Terminó la cena sin decir nada más. Se levantó para llevar su plato a la cocina, pero nadie lo notó. Luego subió las escaleras hacia su habitación, su único refugio en esa casa. Al abrir la puerta, la familiaridad de su espacio la tranquilizó un poco. La habitación era grande, con muebles de madera tallada a mano y sábanas de las mejores telas, todo elegido con el dinero de su padre, quizá como una forma de limpiar su conciencia. Pero Cho se había asegurado de que el lugar tuviera su propio toque. Las paredes estaban cubiertas de pósters de sus bandas favoritas, un contraste extraño pero reconfortante con los acabados lujosos. Había estanterías repletas de libros de magia, cristales y objetos esotéricos, y veladoras que llenaban el aire con un tenue aroma a lavanda y sándalo. Sobre el escritorio, varios collares, anillos y pequeños amuletos se esparcían desordenadamente, junto con un diario abierto, donde a veces volcaba pensamientos que no podía decir en voz alta. Se dejó caer sobre la cama, mirando el techo alto decorado con molduras intrincadas. Aunque había llenado la habitación con cosas que la representaban, el espacio seguía pareciendo ajeno. Todo en esa casa le recordaba que no pertenecía ahí, ni a esa vida, ni a esa familia. Tomó una de las veladoras de su mesita y la encendió, observando la llama parpadear en el aire quieto. Quizá, pensó, el dinero podía comprar muebles lujosos y un techo perfecto, pero no podía comprar amor, ni cercanía, ni ese hogar que había perdido hacía mucho tiempo.
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  • Ni voy a hablar....


    -ya está resentido se enterró sin querer una espada creada para herir a los demonios de su especie y justo en su brazo cuando estaba "ocupado" para arreglar la llegada de dos albinos ....
    Molesto giro sobre su propio eje ocultándose en una esquina de su cueva. No tiene ánimos de darle la cara a los demás no quiere que sientan compasión por casi perder la pata al ponerse a pelear con un monje que si puede matarlo -
    Ni voy a hablar.... -ya está resentido se enterró sin querer una espada creada para herir a los demonios de su especie y justo en su brazo cuando estaba "ocupado" para arreglar la llegada de dos albinos .... Molesto giro sobre su propio eje ocultándose en una esquina de su cueva. No tiene ánimos de darle la cara a los demás no quiere que sientan compasión por casi perder la pata al ponerse a pelear con un monje que si puede matarlo -
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