—Y así, ahogada en la tristeza, encarando la devastadora realidad de su propia impermanencia, la mujer escogió dibujar. Dibujar, cuando de sus manos sólo obtenía un pulso tembloroso, el reclamar de sus dedos.
Dibujar, sí. Dibujar la sonrisa que nunca pudo encontrar en ese rostro. Dibujar sus esperanzas, sus anhelos, sus sueños. Porque el tener sueños, para alguien en su condición, era un grito de libertad. Una declaración de guerra. Una guerra que libraba, día con día, con un mundo que claramente no estaba hecho para ella.
Lo único que podía hacer era dibujar.
...
Faltan 213 trazos.
Dibujar, sí. Dibujar la sonrisa que nunca pudo encontrar en ese rostro. Dibujar sus esperanzas, sus anhelos, sus sueños. Porque el tener sueños, para alguien en su condición, era un grito de libertad. Una declaración de guerra. Una guerra que libraba, día con día, con un mundo que claramente no estaba hecho para ella.
Lo único que podía hacer era dibujar.
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Faltan 213 trazos.
—Y así, ahogada en la tristeza, encarando la devastadora realidad de su propia impermanencia, la mujer escogió dibujar. Dibujar, cuando de sus manos sólo obtenía un pulso tembloroso, el reclamar de sus dedos.
Dibujar, sí. Dibujar la sonrisa que nunca pudo encontrar en ese rostro. Dibujar sus esperanzas, sus anhelos, sus sueños. Porque el tener sueños, para alguien en su condición, era un grito de libertad. Una declaración de guerra. Una guerra que libraba, día con día, con un mundo que claramente no estaba hecho para ella.
Lo único que podía hacer era dibujar.
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Faltan 213 trazos.
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