• Registro interno — Luana
    Todo llegó de golpe.
    No como recuerdos ordenados, no como escenas claras…

    sino como un impacto.
    Un segundo estaba de pie.
    Al siguiente, el mundo se volvió demasiado rápido.

    Las imágenes no pedían permiso.
    Mi infancia —fragmentos rotos—
    manos que no eran mías, voces que no usaban mi nombre,
    la sensación constante de estar aprendiendo a sobrevivir, no a vivir.
    Después, sangre. No el color…

    La sensación.
    El peso de obedecer sin entender.
    El vacío de hacer lo que se esperaba de mí y no sentir nada al hacerlo.

    Corría mi mente como si alguien hubiera presionado avance rápido:
    rostros que ya no recuerdo completos,
    lugares donde nunca fui persona, solo función.

    Órdenes. Silencios. Frío.
    Luego, la transformación.
    No el dolor físico…

    sino la ruptura de saber que ya no había vuelta atrás.
    Ser loba.
    Ser algo más.

    Ser algo que otros nombraban por mí.
    Intenté respirar, pero el aire no entraba bien.

    Mis manos temblaban, no por miedo…
    sino porque mi cuerpo estaba cansado de sostenerme.

    Sentí el vínculo.
    Ese hilo invisible que siempre fingí no sentir.

    No como una voz.
    Como un eco que decía: no estás sola,
    y yo lo odié… porque no quería necesitar a nadie.

    Quise pensar: soy libre.
    Pero en ese instante no lo sentí cierto.
    Solo sentí agotamiento.
    Mis piernas cedieron.
    No fue una caída dramática.
    Fue lenta.
    Pesada.

    Como si la gravedad finalmente hubiera ganado.
    No pensé en morir.

    Pensé algo peor:
    ¿Y si nunca supe quién era sin sobrevivir?
    La esperanza no se rompió.

    Se apagó, como una luz cansada que no tenía fuerzas para seguir encendida.
    Y allí, desorientada, con la mente llena y el cuerpo vacío,
    entendí algo con una claridad brutal:
    No estaba tocando fondo porque fuera débil.

    Estaba tocando fondo porque nunca me había permitido parar.
    Registro interno — Luana Todo llegó de golpe. No como recuerdos ordenados, no como escenas claras… sino como un impacto. Un segundo estaba de pie. Al siguiente, el mundo se volvió demasiado rápido. Las imágenes no pedían permiso. Mi infancia —fragmentos rotos— manos que no eran mías, voces que no usaban mi nombre, la sensación constante de estar aprendiendo a sobrevivir, no a vivir. Después, sangre. No el color… La sensación. El peso de obedecer sin entender. El vacío de hacer lo que se esperaba de mí y no sentir nada al hacerlo. Corría mi mente como si alguien hubiera presionado avance rápido: rostros que ya no recuerdo completos, lugares donde nunca fui persona, solo función. Órdenes. Silencios. Frío. Luego, la transformación. No el dolor físico… sino la ruptura de saber que ya no había vuelta atrás. Ser loba. Ser algo más. Ser algo que otros nombraban por mí. Intenté respirar, pero el aire no entraba bien. Mis manos temblaban, no por miedo… sino porque mi cuerpo estaba cansado de sostenerme. Sentí el vínculo. Ese hilo invisible que siempre fingí no sentir. No como una voz. Como un eco que decía: no estás sola, y yo lo odié… porque no quería necesitar a nadie. Quise pensar: soy libre. Pero en ese instante no lo sentí cierto. Solo sentí agotamiento. Mis piernas cedieron. No fue una caída dramática. Fue lenta. Pesada. Como si la gravedad finalmente hubiera ganado. No pensé en morir. Pensé algo peor: ¿Y si nunca supe quién era sin sobrevivir? La esperanza no se rompió. Se apagó, como una luz cansada que no tenía fuerzas para seguir encendida. Y allí, desorientada, con la mente llena y el cuerpo vacío, entendí algo con una claridad brutal: No estaba tocando fondo porque fuera débil. Estaba tocando fondo porque nunca me había permitido parar.
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  • Nota Psicológica Confidencial — Sujeto:
    LUANA

    Clasificación: Reservado
    Estado: Evaluación introspectiva post-transformación completa
    Tiempo transcurrido desde conversión total: 4 años

    Resumen general:
    Luana presenta un alto nivel de conciencia identitaria posterior a un proceso prolongado de disociación y control externo. La ruptura física con su creador no derivó en una ruptura psicológica del vínculo de creación, lo cual ha generado un conflicto interno sostenido entre autonomía personal y existencia del lazo primigenio.

    Estado emocional predominante
    Cansancio profundo ante figuras de autoridad, control o expectativas impuestas.

    Determinación silenciosa orientada a la autodeterminación.

    Conflicto latente, no explosivo: el vínculo no genera rechazo visceral, sino una incomodidad persistente.

    Ausencia de sumisión emocional, reemplazada por una búsqueda constante de coherencia interna.

    Luana no presenta dependencia afectiva activa hacia el creador, pero sí una conciencia constante del lazo, lo que indica que el conflicto no es de apego, sino de significado.

    Identidad y autopercepción
    Se percibe a sí misma como un ser completo, no fragmentado entre humano y loba.

    La forma lobuna ha sido integrada de manera funcional y consciente; no hay pérdida de control ni episodios de fuga instintiva.

    Rechaza activamente etiquetas como creación, arma, extensión o herencia.
    Luana se define por elección, no por origen.

    Relación con el vínculo de creación
    El vínculo es reconocido como existente, pero no aceptado como autoridad.
    No se percibe como una cadena, sino como una presencia no resuelta.
    La negación previa del vínculo no era ignorancia, sino un mecanismo de defensa para preservar su identidad.
    Actualmente, Luana no busca romper el lazo, sino redefinir su significado bajo sus propios términos.

    Mecanismos de defensa
    Control emocional elevado: evita reacciones impulsivas.

    Introspección constante: analiza sus emociones antes de permitir que actúen sobre ella.

    Distanciamiento selectivo: no huye, pero mantiene límites claros.

    No se detecta negación patológica, sino resistencia consciente.

    Conclusión
    Luana se encuentra en una etapa crítica de consolidación identitaria. El mayor riesgo no es el vínculo en sí, sino la posibilidad de que este sea interpretado externamente como un derecho sobre ella.

    Su estabilidad depende de mantener una verdad interna clara:
    Ser creada no implica pertenecer.
    El siguiente punto de evolución psicológica será decidir qué lugar ocupa el vínculo en su vida, no desde la obligación, sino desde la elección.
    Nota Psicológica Confidencial — Sujeto: LUANA Clasificación: Reservado Estado: Evaluación introspectiva post-transformación completa Tiempo transcurrido desde conversión total: 4 años Resumen general: Luana presenta un alto nivel de conciencia identitaria posterior a un proceso prolongado de disociación y control externo. La ruptura física con su creador no derivó en una ruptura psicológica del vínculo de creación, lo cual ha generado un conflicto interno sostenido entre autonomía personal y existencia del lazo primigenio. Estado emocional predominante Cansancio profundo ante figuras de autoridad, control o expectativas impuestas. Determinación silenciosa orientada a la autodeterminación. Conflicto latente, no explosivo: el vínculo no genera rechazo visceral, sino una incomodidad persistente. Ausencia de sumisión emocional, reemplazada por una búsqueda constante de coherencia interna. Luana no presenta dependencia afectiva activa hacia el creador, pero sí una conciencia constante del lazo, lo que indica que el conflicto no es de apego, sino de significado. Identidad y autopercepción Se percibe a sí misma como un ser completo, no fragmentado entre humano y loba. La forma lobuna ha sido integrada de manera funcional y consciente; no hay pérdida de control ni episodios de fuga instintiva. Rechaza activamente etiquetas como creación, arma, extensión o herencia. Luana se define por elección, no por origen. Relación con el vínculo de creación El vínculo es reconocido como existente, pero no aceptado como autoridad. No se percibe como una cadena, sino como una presencia no resuelta. La negación previa del vínculo no era ignorancia, sino un mecanismo de defensa para preservar su identidad. Actualmente, Luana no busca romper el lazo, sino redefinir su significado bajo sus propios términos. Mecanismos de defensa Control emocional elevado: evita reacciones impulsivas. Introspección constante: analiza sus emociones antes de permitir que actúen sobre ella. Distanciamiento selectivo: no huye, pero mantiene límites claros. No se detecta negación patológica, sino resistencia consciente. Conclusión Luana se encuentra en una etapa crítica de consolidación identitaria. El mayor riesgo no es el vínculo en sí, sino la posibilidad de que este sea interpretado externamente como un derecho sobre ella. Su estabilidad depende de mantener una verdad interna clara: Ser creada no implica pertenecer. El siguiente punto de evolución psicológica será decidir qué lugar ocupa el vínculo en su vida, no desde la obligación, sino desde la elección.
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  • — Luana

    Cuatro años.
    Cuatro ciclos completos desde la noche en que dejé de ser algo a medio hacer y me convertí en lo que soy ahora. Cuatro años desde que mi sangre terminó de sellarse con la suya, desde que mi cuerpo aceptó la transformación total… y desde que me fui.
    El vínculo nunca se rompió.
    Eso lo supe desde el primer día.

    No importa cuánta distancia puse entre nosotros, cuántos territorios crucé, cuántas lunas ignoré su llamado. El lazo seguía ahí, silencioso, constante, como un latido ajeno escondido bajo el mío. No me ordenaba. No me arrastraba. Solo existía. Y quizá por eso me molestaba tanto.
    Porque yo no quería deberle nada a nadie.

    Estoy de pie junto a la ventana, la luz del atardecer cortando mi piel en franjas irregulares. Sombra y claridad. Siempre lo mismo. Paso los dedos por mi brazo, sintiendo la fuerza contenida bajo la superficie, el control que me costó años ganar. Ya no tiemblo cuando la bestia se mueve dentro de mí. Ya no le temo. La conozco.

    Es mía
    Durante mucho tiempo creí que el vínculo era una cadena.
    Una forma más de control.
    Una voz esperando el momento para reclamarme.
    Me equivoqué… o quizá nunca quise entenderlo.

    No obedecí. Nunca lo hice del todo. Y aun así, el lazo no se volvió castigo ni amenaza. Simplemente permaneció. Como si la creación no exigiera sumisión, solo reconocimiento. Y eso era lo que yo me negaba a dar.

    Porque quería ser libre.
    Porque estaba cansada de existir bajo expectativas ajenas.
    Porque no me transformé para convertirme en la sombra de otro.

    Cierro los ojos y respiro hondo. Mi mente ya no se fragmenta como antes. La loba no empuja, no araña. Observa conmigo. Hemos aprendido a caminar juntas, no una sobre la otra. Esa fue mi verdadera victoria. No huir No romper Integrar
    Si el vínculo sigue ahí, no es porque me controle.

    Es porque me recuerda lo que soy… y lo que sobreviví.

    No le debo lealtad ciega a nadie.
    No nací para obedecer órdenes disfrazadas de destino.
    Soy Luana
    No la creación.
    No la herencia
    No el error ni el experimento.
    Solo yo.

    Y por primera vez desde aquella noche, esa certeza pesa menos que la libertad que siento al pronunciarla en silencio.
    — Luana Cuatro años. Cuatro ciclos completos desde la noche en que dejé de ser algo a medio hacer y me convertí en lo que soy ahora. Cuatro años desde que mi sangre terminó de sellarse con la suya, desde que mi cuerpo aceptó la transformación total… y desde que me fui. El vínculo nunca se rompió. Eso lo supe desde el primer día. No importa cuánta distancia puse entre nosotros, cuántos territorios crucé, cuántas lunas ignoré su llamado. El lazo seguía ahí, silencioso, constante, como un latido ajeno escondido bajo el mío. No me ordenaba. No me arrastraba. Solo existía. Y quizá por eso me molestaba tanto. Porque yo no quería deberle nada a nadie. Estoy de pie junto a la ventana, la luz del atardecer cortando mi piel en franjas irregulares. Sombra y claridad. Siempre lo mismo. Paso los dedos por mi brazo, sintiendo la fuerza contenida bajo la superficie, el control que me costó años ganar. Ya no tiemblo cuando la bestia se mueve dentro de mí. Ya no le temo. La conozco. Es mía Durante mucho tiempo creí que el vínculo era una cadena. Una forma más de control. Una voz esperando el momento para reclamarme. Me equivoqué… o quizá nunca quise entenderlo. No obedecí. Nunca lo hice del todo. Y aun así, el lazo no se volvió castigo ni amenaza. Simplemente permaneció. Como si la creación no exigiera sumisión, solo reconocimiento. Y eso era lo que yo me negaba a dar. Porque quería ser libre. Porque estaba cansada de existir bajo expectativas ajenas. Porque no me transformé para convertirme en la sombra de otro. Cierro los ojos y respiro hondo. Mi mente ya no se fragmenta como antes. La loba no empuja, no araña. Observa conmigo. Hemos aprendido a caminar juntas, no una sobre la otra. Esa fue mi verdadera victoria. No huir No romper Integrar Si el vínculo sigue ahí, no es porque me controle. Es porque me recuerda lo que soy… y lo que sobreviví. No le debo lealtad ciega a nadie. No nací para obedecer órdenes disfrazadas de destino. Soy Luana No la creación. No la herencia No el error ni el experimento. Solo yo. Y por primera vez desde aquella noche, esa certeza pesa menos que la libertad que siento al pronunciarla en silencio.
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  • "Instinto Primario”

    La noche respiraba.
    El bosque entero parecía contener el aire mientras la luna ascendía sobre las copas de los árboles, blanca, inmensa, testigo de mi renacer.

    Podía sentirlo… el pulso bajo mi piel, la vibración en los huesos, el fuego líquido corriendo por mis venas.
    Darkus había desatado algo que llevaba dormido demasiado tiempo.
    No me había maldecido… me había devuelto lo que me arrebataron.

    El cambio comenzaba en mis ojos.
    Una ardiente presión detrás del iris, un temblor.
    El mundo se volvió más nítido, el aire más denso, los sonidos más crueles.
    Podía escuchar la respiración de los árboles, el murmullo de las criaturas escondidas.
    Y mi propio corazón… golpeando como un tambor de guerra.

    Mis manos se curvaron, los dedos temblando al sentir cómo las uñas se alargaban, afiladas, naturales.
    No dolía.
    Era liberador.
    La piel ardía, los músculos se tensaban, mi cuerpo reclamando su forma verdadera, aquella que los Carson intentaron apagar a base de miedo y sangre.

    Un aullido desgarró el silencio.
    No supe si provenía de mí o del alma misma del bosque.
    Pero en ese instante, entendí.
    No era humana.
    No era bestia.
    Era ambas.
    Y por primera vez, no tenía miedo de ello.

    La luna me bañó con su luz pálida, y mi sombra cambió.
    Orejas, colmillos, una fuerza que rugía desde lo más profundo.
    La loba despertaba, y con ella, el hambre.
    No de carne… sino de justicia.

    Darkus me observaba desde la distancia, su silueta imponente entre los árboles, sus ojos ardiendo como brasas antiguas.
    No dijo nada.
    No hacía falta.
    Sabía lo que vendría después.

    Corrí.
    El suelo bajo mis pies temblaba.
    Las ramas se abrían ante mí.
    El viento era mi cómplice.
    Cada sentido vivo, agudo, perfecto.
    El olor del miedo, del hierro, del sudor…
    Todo me guiaba hacia la presa.

    No cazaba por placer.
    Cazaba por instinto.
    Por redención.
    Por las voces silenciadas que aún gritaban dentro de mí.

    La loba y la mujer se habían fundido.
    Ya no había una sin la otra.
    Y esa unión era peligrosa.
    Letal.

    Cuando la luna alcanzó su punto más alto, me detuve.
    El bosque calló.
    Mi reflejo en un charco de agua me devolvió la mirada: un ser con ojos de dos colores, mitad sombra, mitad luz.
    Era yo.
    La verdadera.
    La que sobrevivió a los Carson.
    La que se negó a morir.

    Y ahora, bajo el manto de la noche, el nombre Luana Smith Carson dejaba de ser una marca de esclava.
    Se convertía en una advertencia.

    Darküs Volkøv
    "Instinto Primario” La noche respiraba. El bosque entero parecía contener el aire mientras la luna ascendía sobre las copas de los árboles, blanca, inmensa, testigo de mi renacer. Podía sentirlo… el pulso bajo mi piel, la vibración en los huesos, el fuego líquido corriendo por mis venas. Darkus había desatado algo que llevaba dormido demasiado tiempo. No me había maldecido… me había devuelto lo que me arrebataron. El cambio comenzaba en mis ojos. Una ardiente presión detrás del iris, un temblor. El mundo se volvió más nítido, el aire más denso, los sonidos más crueles. Podía escuchar la respiración de los árboles, el murmullo de las criaturas escondidas. Y mi propio corazón… golpeando como un tambor de guerra. Mis manos se curvaron, los dedos temblando al sentir cómo las uñas se alargaban, afiladas, naturales. No dolía. Era liberador. La piel ardía, los músculos se tensaban, mi cuerpo reclamando su forma verdadera, aquella que los Carson intentaron apagar a base de miedo y sangre. Un aullido desgarró el silencio. No supe si provenía de mí o del alma misma del bosque. Pero en ese instante, entendí. No era humana. No era bestia. Era ambas. Y por primera vez, no tenía miedo de ello. La luna me bañó con su luz pálida, y mi sombra cambió. Orejas, colmillos, una fuerza que rugía desde lo más profundo. La loba despertaba, y con ella, el hambre. No de carne… sino de justicia. Darkus me observaba desde la distancia, su silueta imponente entre los árboles, sus ojos ardiendo como brasas antiguas. No dijo nada. No hacía falta. Sabía lo que vendría después. Corrí. El suelo bajo mis pies temblaba. Las ramas se abrían ante mí. El viento era mi cómplice. Cada sentido vivo, agudo, perfecto. El olor del miedo, del hierro, del sudor… Todo me guiaba hacia la presa. No cazaba por placer. Cazaba por instinto. Por redención. Por las voces silenciadas que aún gritaban dentro de mí. La loba y la mujer se habían fundido. Ya no había una sin la otra. Y esa unión era peligrosa. Letal. Cuando la luna alcanzó su punto más alto, me detuve. El bosque calló. Mi reflejo en un charco de agua me devolvió la mirada: un ser con ojos de dos colores, mitad sombra, mitad luz. Era yo. La verdadera. La que sobrevivió a los Carson. La que se negó a morir. Y ahora, bajo el manto de la noche, el nombre Luana Smith Carson dejaba de ser una marca de esclava. Se convertía en una advertencia. [Darkus]
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  • “La Marca del Lobo”

    El sonido de la lluvia golpeaba el cristal con violencia.
    El aire del cuarto estaba denso, casi eléctrico, como si presintiera lo que estaba por suceder.

    Luana no solía bajar la guardia, y mucho menos frente a un desconocido. Pero Darkus no era cualquier hombre. Había algo en él —en su forma de moverse, en la mirada salvaje que apenas contenía bajo la calma aparente— que le resultaba inquietantemente familiar. Era la clase de presencia que no se podía fingir… la de un depredador verdadero.

    Él estaba apoyado contra la pared, observándola en silencio, los ojos brillando con un tono ámbar casi animal bajo la penumbra.
    —Sabía que no eras humana —dijo finalmente, su voz grave, profunda, con un dejo de desafío.

    Luana ladeó el rostro, su expresión impenetrable.
    —Y sin embargo, viniste —respondió con suavidad, mientras avanzaba un paso más.
    Cada palabra caía como un filo entre ambos, una danza entre poder y peligro.

    Darkus sonrió apenas, un gesto más instintivo que humano.
    —Los de nuestra raza rara vez se cruzan sin dejar marcas.

    Ella detuvo su andar. Su sombra se reflejaba junto a la de él en la pared, dos siluetas que parecían fundirse en la oscuridad.
    El aire vibraba con una energía primitiva, el pulso de dos bestias que se reconocen.

    —No busco dejar marcas —susurró Luana, aunque su tono decía lo contrario.
    —Entonces no te acerques más —gruñó él.

    Silencio.
    Y después, el paso que lo cambió todo.

    Luana se detuvo frente a él, tan cerca que podía sentir el calor de su respiración. Sus ojos, oscuros como la tormenta que rugía afuera, lo miraron sin miedo.

    —Demasiado tarde, lobo.

    Darkus la sostuvo con la mirada. Había peligro allí… pero también una verdad: en el fondo, ambos eran criaturas del mismo caos, forjadas en la misma oscuridad.

    Y en esa noche, entre el eco de la lluvia y el temblor de la tensión, el mundo pareció detenerse.
    Solo quedaban ellos dos.
    Dos sombras, una misma furia.

    Darküs Volkøv

    ---
    “La Marca del Lobo” El sonido de la lluvia golpeaba el cristal con violencia. El aire del cuarto estaba denso, casi eléctrico, como si presintiera lo que estaba por suceder. Luana no solía bajar la guardia, y mucho menos frente a un desconocido. Pero Darkus no era cualquier hombre. Había algo en él —en su forma de moverse, en la mirada salvaje que apenas contenía bajo la calma aparente— que le resultaba inquietantemente familiar. Era la clase de presencia que no se podía fingir… la de un depredador verdadero. Él estaba apoyado contra la pared, observándola en silencio, los ojos brillando con un tono ámbar casi animal bajo la penumbra. —Sabía que no eras humana —dijo finalmente, su voz grave, profunda, con un dejo de desafío. Luana ladeó el rostro, su expresión impenetrable. —Y sin embargo, viniste —respondió con suavidad, mientras avanzaba un paso más. Cada palabra caía como un filo entre ambos, una danza entre poder y peligro. Darkus sonrió apenas, un gesto más instintivo que humano. —Los de nuestra raza rara vez se cruzan sin dejar marcas. Ella detuvo su andar. Su sombra se reflejaba junto a la de él en la pared, dos siluetas que parecían fundirse en la oscuridad. El aire vibraba con una energía primitiva, el pulso de dos bestias que se reconocen. —No busco dejar marcas —susurró Luana, aunque su tono decía lo contrario. —Entonces no te acerques más —gruñó él. Silencio. Y después, el paso que lo cambió todo. Luana se detuvo frente a él, tan cerca que podía sentir el calor de su respiración. Sus ojos, oscuros como la tormenta que rugía afuera, lo miraron sin miedo. —Demasiado tarde, lobo. Darkus la sostuvo con la mirada. Había peligro allí… pero también una verdad: en el fondo, ambos eran criaturas del mismo caos, forjadas en la misma oscuridad. Y en esa noche, entre el eco de la lluvia y el temblor de la tensión, el mundo pareció detenerse. Solo quedaban ellos dos. Dos sombras, una misma furia. [Darkus] ---
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  • — “Silencio antes del caos”

    El teléfono aún brillaba en su mano cuando la notificación vibró sobre la pantalla.
    Un mensaje codificado.
    Breve, directo.
    —“Movimiento confirmado. Medianoche. Mismo punto.”

    Luana dejó que el aire saliera lentamente de sus pulmones. Su reflejo seguía allí, inmóvil, mirándola como si supiera lo que iba a pasar. En el fondo, lo sabía: en su mundo, las pausas eran solo espejismos entre una tormenta y la siguiente.

    Dejó el dispositivo sobre la mesita y se levantó. El eco de sus pasos resonó en el suelo pulido mientras caminaba hacia el armario metálico. Al abrirlo, una suave luz azul reveló su colección de armas: ordenadas, limpias, personalizadas. Cada una con una historia que prefería no recordar.

    Tomó su chaqueta de cuero y la colocó sobre los hombros. Su anillo con el emblema de la familia brilló débilmente bajo la luz, recordándole quién era y todo lo que representaba.

    La líder de la familia Aurelian no necesitaba palabras para imponer respeto; bastaba con su presencia.
    Pero en esa noche, bajo la luna pálida y el rumor distante de la ciudad, no era la figura intocable que todos temían. Era simplemente Luana, una mujer que había aprendido a sobrevivir a fuerza de perder.

    Con el arma asegurada en la cadera y el cabello cayendo libre sobre su espalda, salió del cuarto sin mirar atrás.
    La guerra la esperaba.
    Y ella, como siempre, estaba lista para volver a empezar.


    ---
    — “Silencio antes del caos” El teléfono aún brillaba en su mano cuando la notificación vibró sobre la pantalla. Un mensaje codificado. Breve, directo. —“Movimiento confirmado. Medianoche. Mismo punto.” Luana dejó que el aire saliera lentamente de sus pulmones. Su reflejo seguía allí, inmóvil, mirándola como si supiera lo que iba a pasar. En el fondo, lo sabía: en su mundo, las pausas eran solo espejismos entre una tormenta y la siguiente. Dejó el dispositivo sobre la mesita y se levantó. El eco de sus pasos resonó en el suelo pulido mientras caminaba hacia el armario metálico. Al abrirlo, una suave luz azul reveló su colección de armas: ordenadas, limpias, personalizadas. Cada una con una historia que prefería no recordar. Tomó su chaqueta de cuero y la colocó sobre los hombros. Su anillo con el emblema de la familia brilló débilmente bajo la luz, recordándole quién era y todo lo que representaba. La líder de la familia Aurelian no necesitaba palabras para imponer respeto; bastaba con su presencia. Pero en esa noche, bajo la luna pálida y el rumor distante de la ciudad, no era la figura intocable que todos temían. Era simplemente Luana, una mujer que había aprendido a sobrevivir a fuerza de perder. Con el arma asegurada en la cadera y el cabello cayendo libre sobre su espalda, salió del cuarto sin mirar atrás. La guerra la esperaba. Y ella, como siempre, estaba lista para volver a empezar. ---
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  • “El Arte de la Sangre y la Elegancia”

    El sonido de los tacones resonaba como una cuenta regresiva en el mármol del pasillo.
    Cada paso era un golpe de autoridad, una advertencia.

    Luana Smith Carson avanzaba con la serenidad de quien sabe que domina la escena. El vestido rojo vino se ajustaba a su silueta con precisión mortal, dejando ver los hombros desnudos y el brillo suave de su piel. Sobre sus brazos descansaba una estola de piel blanca que contrastaba con la oscuridad del lugar, un símbolo de lujo… y de poder.

    El aire olía a vino caro y tensión.

    Las luces del salón se reflejaban en los cristales de las lámparas mientras los invitados —políticos, empresarios, mafiosos disfrazados de filántropos— giraban para mirarla entrar. Ninguno se atrevía a hablar primero.

    Sus tacones, salpicados con patrones rojos que parecían sangre seca, eran más que un accesorio: una declaración. Cada gota pintada contaba una historia que nadie se atrevería a preguntar.

    Luana detuvo su paso en el centro de la sala. Su mirada, dorada bajo las luces, se posó en el anfitrión: un hombre que, minutos antes, se jactaba de controlar el mercado negro del puerto.

    —Bonita fiesta —dijo con voz baja, melódica, casi amable—. Lástima que sea la última que organizas.

    El silencio se rompió con un leve chasquido de sus dedos.
    Las sombras en las esquinas comenzaron a moverse, como si obedecieran a su llamada. En segundos, la atmósfera cambió; el aire se volvió pesado, denso, oscuro.

    Los guardias se tensaron, las manos fueron a las armas. Pero Luana solo sonrió, inclinando ligeramente la cabeza.

    —Tranquilos —susurró—. Aún no es su turno.

    Se acercó al anfitrión, su perfume invadiendo el espacio entre ambos, y le susurró al oído:

    > “Nunca subestimes a una mujer que sabe convertir la elegancia en un arma.”



    Después, sin mirar atrás, giró sobre sus tacones, dejando tras de sí el eco de su perfume, el crujido de la piel blanca de su abrigo y la sensación inevitable de que algo oscuro acababa de comenzar.
    “El Arte de la Sangre y la Elegancia” El sonido de los tacones resonaba como una cuenta regresiva en el mármol del pasillo. Cada paso era un golpe de autoridad, una advertencia. Luana Smith Carson avanzaba con la serenidad de quien sabe que domina la escena. El vestido rojo vino se ajustaba a su silueta con precisión mortal, dejando ver los hombros desnudos y el brillo suave de su piel. Sobre sus brazos descansaba una estola de piel blanca que contrastaba con la oscuridad del lugar, un símbolo de lujo… y de poder. El aire olía a vino caro y tensión. Las luces del salón se reflejaban en los cristales de las lámparas mientras los invitados —políticos, empresarios, mafiosos disfrazados de filántropos— giraban para mirarla entrar. Ninguno se atrevía a hablar primero. Sus tacones, salpicados con patrones rojos que parecían sangre seca, eran más que un accesorio: una declaración. Cada gota pintada contaba una historia que nadie se atrevería a preguntar. Luana detuvo su paso en el centro de la sala. Su mirada, dorada bajo las luces, se posó en el anfitrión: un hombre que, minutos antes, se jactaba de controlar el mercado negro del puerto. —Bonita fiesta —dijo con voz baja, melódica, casi amable—. Lástima que sea la última que organizas. El silencio se rompió con un leve chasquido de sus dedos. Las sombras en las esquinas comenzaron a moverse, como si obedecieran a su llamada. En segundos, la atmósfera cambió; el aire se volvió pesado, denso, oscuro. Los guardias se tensaron, las manos fueron a las armas. Pero Luana solo sonrió, inclinando ligeramente la cabeza. —Tranquilos —susurró—. Aún no es su turno. Se acercó al anfitrión, su perfume invadiendo el espacio entre ambos, y le susurró al oído: > “Nunca subestimes a una mujer que sabe convertir la elegancia en un arma.” Después, sin mirar atrás, giró sobre sus tacones, dejando tras de sí el eco de su perfume, el crujido de la piel blanca de su abrigo y la sensación inevitable de que algo oscuro acababa de comenzar.
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  • Escena: “El Humo de la Medianoche”

    La ciudad dormía, pero el mundo de Luana nunca descansaba.
    Desde el balcón de un edificio en el centro, el humo del cigarrillo se elevaba lento, dibujando formas inciertas bajo la luz de la luna. El brillo tenue de los autos a lo lejos reflejaba en sus anillos, y el aire nocturno le revolvía el cabello como si susurrara secretos antiguos.

    Luana apoyó el codo sobre la baranda metálica, la mirada fija en el horizonte donde las luces se mezclaban con la oscuridad. Acababa de cerrar un trato. Uno de esos que no se firman con tinta, sino con sangre y silencio.

    —Otro imperio cayendo... —murmuró, dejando que el humo escapara entre sus labios—. Y ellos creen que aún tienen el control.

    El tono de su voz era suave, casi perezoso, pero detrás de él se escondía una mente en constante movimiento. Bajo su abrigo oscuro, la pistola Night Whisper reposaba como una extensión natural de su cuerpo. No la necesitaba siempre… pero le gustaba saber que estaba ahí.

    A su espalda, la puerta del balcón se abrió apenas con un clic. No se giró; ya había sentido la presencia desde hacía minutos.

    —Sabes que no deberías estar aquí —dijo sin cambiar el tono.

    —Tampoco tú, jefa —respondió una voz masculina, con un dejo de nerviosismo.

    Ella sonrió con sutileza, una de esas sonrisas que nadie sabe si son de agrado o amenaza. Aplastó el cigarrillo en el borde del barandal, el brillo rojo extinguiéndose con un leve crujido.

    —Si vas a traerme malas noticias, al menos trae una copa de vino —susurró mientras se giraba, los ojos ámbar brillando a la luz de la luna.

    El hombre tragó saliva y extendió un sobre sellado con el emblema de una familia rival.
    Luana lo tomó, sin prisa. Lo abrió, leyó unas líneas y exhaló con calma.

    —Interesante. Quieren jugar sucio otra vez. —Sus dedos se deslizaron por el papel, sintiendo las letras grabadas—. Bien. Juguemos.

    De pronto, las sombras del balcón se alargaron, fundiéndose con sus piernas, como si la oscuridad misma la reconociera. La temperatura bajó apenas un grado.

    —Reúne al grupo, Marco —ordenó—. A medianoche saldremos a cazar.

    Cuando él salió, Luana volvió su mirada al cielo. La luna la observaba, silenciosa, como una vieja cómplice.
    Encendió otro cigarrillo, dejando que el humo se perdiera con el viento.

    > “El poder no se gana… se toma.”



    Y Luana Smith Carson estaba a punto de recordárselo al mundo.


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    🌙 Escena: “El Humo de la Medianoche” La ciudad dormía, pero el mundo de Luana nunca descansaba. Desde el balcón de un edificio en el centro, el humo del cigarrillo se elevaba lento, dibujando formas inciertas bajo la luz de la luna. El brillo tenue de los autos a lo lejos reflejaba en sus anillos, y el aire nocturno le revolvía el cabello como si susurrara secretos antiguos. Luana apoyó el codo sobre la baranda metálica, la mirada fija en el horizonte donde las luces se mezclaban con la oscuridad. Acababa de cerrar un trato. Uno de esos que no se firman con tinta, sino con sangre y silencio. —Otro imperio cayendo... —murmuró, dejando que el humo escapara entre sus labios—. Y ellos creen que aún tienen el control. El tono de su voz era suave, casi perezoso, pero detrás de él se escondía una mente en constante movimiento. Bajo su abrigo oscuro, la pistola Night Whisper reposaba como una extensión natural de su cuerpo. No la necesitaba siempre… pero le gustaba saber que estaba ahí. A su espalda, la puerta del balcón se abrió apenas con un clic. No se giró; ya había sentido la presencia desde hacía minutos. —Sabes que no deberías estar aquí —dijo sin cambiar el tono. —Tampoco tú, jefa —respondió una voz masculina, con un dejo de nerviosismo. Ella sonrió con sutileza, una de esas sonrisas que nadie sabe si son de agrado o amenaza. Aplastó el cigarrillo en el borde del barandal, el brillo rojo extinguiéndose con un leve crujido. —Si vas a traerme malas noticias, al menos trae una copa de vino —susurró mientras se giraba, los ojos ámbar brillando a la luz de la luna. El hombre tragó saliva y extendió un sobre sellado con el emblema de una familia rival. Luana lo tomó, sin prisa. Lo abrió, leyó unas líneas y exhaló con calma. —Interesante. Quieren jugar sucio otra vez. —Sus dedos se deslizaron por el papel, sintiendo las letras grabadas—. Bien. Juguemos. De pronto, las sombras del balcón se alargaron, fundiéndose con sus piernas, como si la oscuridad misma la reconociera. La temperatura bajó apenas un grado. —Reúne al grupo, Marco —ordenó—. A medianoche saldremos a cazar. Cuando él salió, Luana volvió su mirada al cielo. La luna la observaba, silenciosa, como una vieja cómplice. Encendió otro cigarrillo, dejando que el humo se perdiera con el viento. > “El poder no se gana… se toma.” Y Luana Smith Carson estaba a punto de recordárselo al mundo. ---
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  • Luana estaba en su estudio de ballet, practicando una nueva rutina con la canción de fondo "Feeling Good-Michael Bublé".

    Dió unos pasos en puntillas mientras se preparaba correctamente, dejándose llevar por el sonido, su cuerpo realizó pirouettes, arabesques, passé, infinidades de pasos básicos de ballet.

    Miraba su reflejo en el inmenso espejo frente a ella, sonrió, amaba bailar más que cantar, pero era agotador.

    Terminó su rutina y escuchó por encima de la música unos aplausos, volteó hacia la fuente de los sonidos y miró a la persona que estaba acompañándola.

    —Hola, ¿qué haces aquí?
    Luana estaba en su estudio de ballet, practicando una nueva rutina con la canción de fondo "Feeling Good-Michael Bublé". Dió unos pasos en puntillas mientras se preparaba correctamente, dejándose llevar por el sonido, su cuerpo realizó pirouettes, arabesques, passé, infinidades de pasos básicos de ballet. Miraba su reflejo en el inmenso espejo frente a ella, sonrió, amaba bailar más que cantar, pero era agotador. Terminó su rutina y escuchó por encima de la música unos aplausos, volteó hacia la fuente de los sonidos y miró a la persona que estaba acompañándola. —Hola, ¿qué haces aquí?
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  • Luana tenía algunos meses en los que no subía a un escenario para una presentación de ballet, dejó de lado su pasión por el baile para seguir en sus conciertos y giras.

    Por esa razón, ella estaba nerviosa, a punto de subir a su presentación después de su descanso.

    La pieza que interpretaba esa noche era "Black Swan" de BTS, una versión nueva, apta para que Luana y su compañera hicieran magia sobre el escenario. Su compañera sería el cisne negro, y por lo tanto ella el blanco. Era un dueto que habían practicado durante semanas para esta competencia.

    Meditaba desde detrás del telón, del otro lado del escenario estaba ya lista y un poco nerviosa su compañera.

    Anunciaron sus nombres y el baile que harían. Salió al escenario con una sonrisa y paso lento, se colocó en posición, sonó la melodía y lo supo, debía deslumbrar esa noche.
    Luana tenía algunos meses en los que no subía a un escenario para una presentación de ballet, dejó de lado su pasión por el baile para seguir en sus conciertos y giras. Por esa razón, ella estaba nerviosa, a punto de subir a su presentación después de su descanso. La pieza que interpretaba esa noche era "Black Swan" de BTS, una versión nueva, apta para que Luana y su compañera hicieran magia sobre el escenario. Su compañera sería el cisne negro, y por lo tanto ella el blanco. Era un dueto que habían practicado durante semanas para esta competencia. Meditaba desde detrás del telón, del otro lado del escenario estaba ya lista y un poco nerviosa su compañera. Anunciaron sus nombres y el baile que harían. Salió al escenario con una sonrisa y paso lento, se colocó en posición, sonó la melodía y lo supo, debía deslumbrar esa noche.
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