Registro interno — Luana
Todo llegó de golpe.
No como recuerdos ordenados, no como escenas claras…
sino como un impacto.
Un segundo estaba de pie.
Al siguiente, el mundo se volvió demasiado rápido.
Las imágenes no pedían permiso.
Mi infancia —fragmentos rotos—
manos que no eran mías, voces que no usaban mi nombre,
la sensación constante de estar aprendiendo a sobrevivir, no a vivir.
Después, sangre. No el color…
La sensación.
El peso de obedecer sin entender.
El vacío de hacer lo que se esperaba de mí y no sentir nada al hacerlo.
Corría mi mente como si alguien hubiera presionado avance rápido:
rostros que ya no recuerdo completos,
lugares donde nunca fui persona, solo función.
Órdenes. Silencios. Frío.
Luego, la transformación.
No el dolor físico…
sino la ruptura de saber que ya no había vuelta atrás.
Ser loba.
Ser algo más.
Ser algo que otros nombraban por mí.
Intenté respirar, pero el aire no entraba bien.
Mis manos temblaban, no por miedo…
sino porque mi cuerpo estaba cansado de sostenerme.
Sentí el vínculo.
Ese hilo invisible que siempre fingí no sentir.
No como una voz.
Como un eco que decía: no estás sola,
y yo lo odié… porque no quería necesitar a nadie.
Quise pensar: soy libre.
Pero en ese instante no lo sentí cierto.
Solo sentí agotamiento.
Mis piernas cedieron.
No fue una caída dramática.
Fue lenta.
Pesada.
Como si la gravedad finalmente hubiera ganado.
No pensé en morir.
Pensé algo peor:
¿Y si nunca supe quién era sin sobrevivir?
La esperanza no se rompió.
Se apagó, como una luz cansada que no tenía fuerzas para seguir encendida.
Y allí, desorientada, con la mente llena y el cuerpo vacío,
entendí algo con una claridad brutal:
No estaba tocando fondo porque fuera débil.
Estaba tocando fondo porque nunca me había permitido parar.
Todo llegó de golpe.
No como recuerdos ordenados, no como escenas claras…
sino como un impacto.
Un segundo estaba de pie.
Al siguiente, el mundo se volvió demasiado rápido.
Las imágenes no pedían permiso.
Mi infancia —fragmentos rotos—
manos que no eran mías, voces que no usaban mi nombre,
la sensación constante de estar aprendiendo a sobrevivir, no a vivir.
Después, sangre. No el color…
La sensación.
El peso de obedecer sin entender.
El vacío de hacer lo que se esperaba de mí y no sentir nada al hacerlo.
Corría mi mente como si alguien hubiera presionado avance rápido:
rostros que ya no recuerdo completos,
lugares donde nunca fui persona, solo función.
Órdenes. Silencios. Frío.
Luego, la transformación.
No el dolor físico…
sino la ruptura de saber que ya no había vuelta atrás.
Ser loba.
Ser algo más.
Ser algo que otros nombraban por mí.
Intenté respirar, pero el aire no entraba bien.
Mis manos temblaban, no por miedo…
sino porque mi cuerpo estaba cansado de sostenerme.
Sentí el vínculo.
Ese hilo invisible que siempre fingí no sentir.
No como una voz.
Como un eco que decía: no estás sola,
y yo lo odié… porque no quería necesitar a nadie.
Quise pensar: soy libre.
Pero en ese instante no lo sentí cierto.
Solo sentí agotamiento.
Mis piernas cedieron.
No fue una caída dramática.
Fue lenta.
Pesada.
Como si la gravedad finalmente hubiera ganado.
No pensé en morir.
Pensé algo peor:
¿Y si nunca supe quién era sin sobrevivir?
La esperanza no se rompió.
Se apagó, como una luz cansada que no tenía fuerzas para seguir encendida.
Y allí, desorientada, con la mente llena y el cuerpo vacío,
entendí algo con una claridad brutal:
No estaba tocando fondo porque fuera débil.
Estaba tocando fondo porque nunca me había permitido parar.
Registro interno — Luana
Todo llegó de golpe.
No como recuerdos ordenados, no como escenas claras…
sino como un impacto.
Un segundo estaba de pie.
Al siguiente, el mundo se volvió demasiado rápido.
Las imágenes no pedían permiso.
Mi infancia —fragmentos rotos—
manos que no eran mías, voces que no usaban mi nombre,
la sensación constante de estar aprendiendo a sobrevivir, no a vivir.
Después, sangre. No el color…
La sensación.
El peso de obedecer sin entender.
El vacío de hacer lo que se esperaba de mí y no sentir nada al hacerlo.
Corría mi mente como si alguien hubiera presionado avance rápido:
rostros que ya no recuerdo completos,
lugares donde nunca fui persona, solo función.
Órdenes. Silencios. Frío.
Luego, la transformación.
No el dolor físico…
sino la ruptura de saber que ya no había vuelta atrás.
Ser loba.
Ser algo más.
Ser algo que otros nombraban por mí.
Intenté respirar, pero el aire no entraba bien.
Mis manos temblaban, no por miedo…
sino porque mi cuerpo estaba cansado de sostenerme.
Sentí el vínculo.
Ese hilo invisible que siempre fingí no sentir.
No como una voz.
Como un eco que decía: no estás sola,
y yo lo odié… porque no quería necesitar a nadie.
Quise pensar: soy libre.
Pero en ese instante no lo sentí cierto.
Solo sentí agotamiento.
Mis piernas cedieron.
No fue una caída dramática.
Fue lenta.
Pesada.
Como si la gravedad finalmente hubiera ganado.
No pensé en morir.
Pensé algo peor:
¿Y si nunca supe quién era sin sobrevivir?
La esperanza no se rompió.
Se apagó, como una luz cansada que no tenía fuerzas para seguir encendida.
Y allí, desorientada, con la mente llena y el cuerpo vacío,
entendí algo con una claridad brutal:
No estaba tocando fondo porque fuera débil.
Estaba tocando fondo porque nunca me había permitido parar.