|| La fecha indicada se sitúa 20 años atrás ||
Sucedió.
Uno. Dos. Tres. No hubo catorce, a diferencia de aquella letra de U2. Pero sí conté hasta doce.
El primero cayó con culpa. Mi mano temblaba.
El segundo no cayó. Mi mano sólo tembló cuando me di cuenta de que su sangre se había convertido en mi elixir.
El tercero me lo pensé. ¿Qué quería hacer con él? Y cuando quise darme cuenta, el cuchillo era una extensión natural de mi.
Y cuando conté doce, el espacio se abrió.
Sólo puedo decir que, cuando comprendí lo que había pasado en unos momentos que parecían años, una entidad incomprensible en eones para cualquier ser pensante y experimentado a la vez mi caída y desgracia junto a mi poder más infinito, contaba con algo nuevo.
Un contrato.
Me daba poder.
Me otorgaba lo que mi alma siempre había deseado.
Y al mismo tiempo, una maldición.
Mi existencia.
Mi personalidad.
Mi autonomía.
Para él, todo lo que yo representaba era como aplastar un insecto con un dedo.
Quizás ni siquiera eso.
Lo que tenía claro era mi despertar.
Mi mente había transcurrido años indecisa.
¿Correcto? ¿Incorrecto? ¿Qué pasaba si desafiaba las normas? ¿Qué recompensa tenía si las cumplía?
Y todo ello se esfumó tan rápido como mi mirada se posó en un solitario maletín lleno de cuchillos al momento de escuchar los pasos acercarse a mi.
Antes de que el primero cayese, mi mano temblaba.
Antes de que la culpa fuese sentida, mi mente estaba despierta.
Porque lo sabía.
Y lo aceptaba con gusto.
Mi mano temblaba de emoción.
Mi mente sentía culpa de no haberlo alargado para disfrutar.
Esto soy yo.
Y pase lo que pase, no sentiré más que orgullo a la vez que negaré lo que soy.
|| La fecha indicada se sitúa 20 años atrás ||
Sucedió.
Uno. Dos. Tres. No hubo catorce, a diferencia de aquella letra de U2. Pero sí conté hasta doce.
El primero cayó con culpa. Mi mano temblaba.
El segundo no cayó. Mi mano sólo tembló cuando me di cuenta de que su sangre se había convertido en mi elixir.
El tercero me lo pensé. ¿Qué quería hacer con él? Y cuando quise darme cuenta, el cuchillo era una extensión natural de mi.
Y cuando conté doce, el espacio se abrió.
Sólo puedo decir que, cuando comprendí lo que había pasado en unos momentos que parecían años, una entidad incomprensible en eones para cualquier ser pensante y experimentado a la vez mi caída y desgracia junto a mi poder más infinito, contaba con algo nuevo.
Un contrato.
Me daba poder.
Me otorgaba lo que mi alma siempre había deseado.
Y al mismo tiempo, una maldición.
Mi existencia.
Mi personalidad.
Mi autonomía.
Para él, todo lo que yo representaba era como aplastar un insecto con un dedo.
Quizás ni siquiera eso.
Lo que tenía claro era mi despertar.
Mi mente había transcurrido años indecisa.
¿Correcto? ¿Incorrecto? ¿Qué pasaba si desafiaba las normas? ¿Qué recompensa tenía si las cumplía?
Y todo ello se esfumó tan rápido como mi mirada se posó en un solitario maletín lleno de cuchillos al momento de escuchar los pasos acercarse a mi.
Antes de que el primero cayese, mi mano temblaba.
Antes de que la culpa fuese sentida, mi mente estaba despierta.
Porque lo sabía.
Y lo aceptaba con gusto.
Mi mano temblaba de emoción.
Mi mente sentía culpa de no haberlo alargado para disfrutar.
Esto soy yo.
Y pase lo que pase, no sentiré más que orgullo a la vez que negaré lo que soy.