El sol de la tarde se filtraba entre las ramas de un árbol alto y nudoso, iluminando con calidez el parque tranquilo. Los niños jugaban, las hojas caían lentas, y el viento acariciaba el césped. De pronto, un llanto suave rompió la armonía.
—¡Mi gloooobo! —sollozaba una pequeña, mirando con los ojos llorosos hacia las alturas.
Un globo rojo con forma de corazón vibraba suavemente entre las ramas más altas del árbol. Su hilo se había enredado en una rama delgada, muy por encima del alcance de cualquiera.
Entonces apareció él.
Caminando con paso sereno, las manos en los bolsillos, Sniffles se acercó observando la escena con calma. Su pelaje celeste se movía con el viento, y sus ojos negros brillaban con dulzura mientras miraba hacia arriba.
—¿Quieres que te lo baje? —preguntó con una sonrisa pequeña mirando a la niña.
Ella asintió con timidez, limpiándose las mejillas con las mangas.
El Vermilinguo trepa por el tronco del árbol, subiendo hasta la rama, desenredando el globo y luego desciende para enrregarseñl a la pequeña, quien lo recibió como si fuera un tesoro rescatado del cielo.
—¡Gracias, señor Osito Hormiguero!
—gritó feliz, sin saber su nombre.
Sniffles.soltó una risa breve, se inclinó y acarició su cabeza con cariño.
—De nada, pequeña saltamontes—susurró—. No dejes que se te escape otra vez, ¿sí?.
El sol de la tarde se filtraba entre las ramas de un árbol alto y nudoso, iluminando con calidez el parque tranquilo. Los niños jugaban, las hojas caían lentas, y el viento acariciaba el césped. De pronto, un llanto suave rompió la armonía.
—¡Mi gloooobo! —sollozaba una pequeña, mirando con los ojos llorosos hacia las alturas.
Un globo rojo con forma de corazón vibraba suavemente entre las ramas más altas del árbol. Su hilo se había enredado en una rama delgada, muy por encima del alcance de cualquiera.
Entonces apareció él.
Caminando con paso sereno, las manos en los bolsillos, Sniffles se acercó observando la escena con calma. Su pelaje celeste se movía con el viento, y sus ojos negros brillaban con dulzura mientras miraba hacia arriba.
—¿Quieres que te lo baje? —preguntó con una sonrisa pequeña mirando a la niña.
Ella asintió con timidez, limpiándose las mejillas con las mangas.
El Vermilinguo trepa por el tronco del árbol, subiendo hasta la rama, desenredando el globo y luego desciende para enrregarseñl a la pequeña, quien lo recibió como si fuera un tesoro rescatado del cielo.
—¡Gracias, señor Osito Hormiguero!
—gritó feliz, sin saber su nombre.
Sniffles.soltó una risa breve, se inclinó y acarició su cabeza con cariño.
—De nada, pequeña saltamontes—susurró—. No dejes que se te escape otra vez, ¿sí?.