El interior de aquel lugar parecía más una cicatriz abierta en la montaña que una simple taberna. Las paredes de piedra labrada se alzaban húmedas y oscuras, cubiertas de grietas antiguas y estandartes desgarrados de compañías mercenarias desaparecidas hacía años.
La llamaban La Espina de los Mercenarios, un refugio para asesinos, cazadores de recompensas, desertores y monstruos con rostro humano. Cada mesa estaba ocupada por figuras peligrosas.
Entonces la enorme puerta de madera se abrió lentamente. El murmullo disminuyó apenas un instante. Un joven cura entró con evidente cautela. Vestía un largo abrigo oscuro empapado por la lluvia exterior y llevaba una llamativa gorra de caza roja que contrastaba con la penumbra del lugar. Sus pasos eran inseguros, casi demasiado suaves para un sitio como aquel. La tensión en sus hombros delataba miedo, aunque intentaba ocultarlo manteniendo la mirada firme.
El cura tragó saliva mientras avanzaba entre las mesas, ignorando las miradas hostiles y las sonrisas burlonas. Sus manos permanecían ocultas dentro del abrigo, aferrándose probablemente a algo que le daba valor: quizá un rosario, quizá una carta, quizá una promesa imposible de abandonar.
Había llegado buscando contratar a alguien para una misión.
El interior de aquel lugar parecía más una cicatriz abierta en la montaña que una simple taberna. Las paredes de piedra labrada se alzaban húmedas y oscuras, cubiertas de grietas antiguas y estandartes desgarrados de compañías mercenarias desaparecidas hacía años.
La llamaban La Espina de los Mercenarios, un refugio para asesinos, cazadores de recompensas, desertores y monstruos con rostro humano. Cada mesa estaba ocupada por figuras peligrosas.
Entonces la enorme puerta de madera se abrió lentamente. El murmullo disminuyó apenas un instante. Un joven cura entró con evidente cautela. Vestía un largo abrigo oscuro empapado por la lluvia exterior y llevaba una llamativa gorra de caza roja que contrastaba con la penumbra del lugar. Sus pasos eran inseguros, casi demasiado suaves para un sitio como aquel. La tensión en sus hombros delataba miedo, aunque intentaba ocultarlo manteniendo la mirada firme.
El cura tragó saliva mientras avanzaba entre las mesas, ignorando las miradas hostiles y las sonrisas burlonas. Sus manos permanecían ocultas dentro del abrigo, aferrándose probablemente a algo que le daba valor: quizá un rosario, quizá una carta, quizá una promesa imposible de abandonar.
Había llegado buscando contratar a alguien para una misión.