https://ficrol.com/posts/380888 ・❥・ Fenrir Queen・❥・
Y entonces ocurrió.
Durante el último instante de su existencia, cuando las alas negras ya se desintegraban y la luz azul del Centinela devoraba lo que quedaba de él...
Zagreo levantó la cabeza.
No miró a la cosa que lo estaba matando.
Me miró a mí.
Incluso desde la órbita reconocí aquella expresión.
Aquel imbécil.
Mis brazos permanecieron cruzados detrás de la espalda mientras observaba desde el ventanal principal de la nave.
No me moví.
No intervine.
No porque no pudiera.
Sino porque él jamás me lo pediría.
Todos los míos conocen mi nombre.
Todos pueden invocarme.
Todos tienen derecho a reclamar mi ayuda cuando la necesiten.
Pero Zagreo...
Zagreo preferiría morir antes que reconocer que necesita que alguien lo salve.
Y yo jamás le faltaría al respeto arrebatándole una batalla que había elegido librar solo.
Así que observé.
Serena.
Silenciosa.
Inmóvil.
Mientras las llamas negras desaparecían.
Mientras la explosión azul consumía lo último que quedaba de su cuerpo.
Mientras el planeta entero contemplaba la caída de un monstruo.
Ni una sola emoción atravesó mi rostro.
Porque sabía que aquello no era el final.
Y porque él también lo sabía.
Cuando las últimas cenizas se dispersaron sobre el viento, suspiré.
Las enormes compuertas de la nave comenzaron a abrirse lentamente.
Frente a mí se extendían cientos de kilómetros de vacío.
Y di un paso.
La gravedad me recibió como una vieja amiga.
Caí.
Las nubes explotaron a mi alrededor.
La atmósfera comenzó a rugir.
Mi cabello dorado se convirtió en una estela atravesando el cielo mientras descendía cada vez más rápido.
Más rápido.
Más rápido.
Hasta que el propio aire empezó a incendiarse.
Cerré los ojos.
Escuché el viento.
Escuché al planeta.
Escuché el miedo.
Y suspiré.
Abajo, el Centinela levantó la vista.
Demasiado tarde.
Lo vi intentar reaccionar.
Miles de círculos sagrados aparecieron alrededor suyo.
Su lanza ascendió.
Sus brazos colosales se cruzaron frente al núcleo.
Intentando resistir.
Intentando sobrevivir.
Intentando comprender.
Abrí los ojos.
Mi ceño se frunció apenas.
Un gruñido escapó entre mis colmillos.
Y entonces...
Golpeé.
El mundo dejó de existir durante un instante.
La onda expansiva recorrió continentes enteros.
Montañas desaparecieron.
Océanos se levantaron.
Las placas tectónicas chocaron entre sí.
Volcanes despertaron.
La corteza planetaria se quebró como cristal.
El propio planeta gritó.
Y en el centro de aquella destrucción...
No quedó absolutamente nada del Centinela.
Ni restos.
Ni energía.
Ni polvo.
Ni siquiera átomos.
Solo una ausencia.
Una cicatriz imposible grabada en la realidad.
Y en medio de aquel infierno...
Había dejado intacto un pequeño fragmento de tierra.
Unos pocos metros cuadrados.
Porque allí estaba Zagreo.
Caminé entre el fuego.
Entre la lava.
Entre continentes que todavía seguían desplazándose.
Y finalmente llegué hasta él.
Lo observé unos segundos.
Destrozado.
Muerto.
Ridículo.
Me agaché.
Lo agarré del pecho con una sola mano y lo levanté como si pesara menos que una maleta.
Su cuerpo colgó inerte frente a mí.
Lo observé.
Y resoplé.
—Cara de culo...—
Ni siquiera muerto eras capaz de dejar de dar problemas.
La sombra de mi nave cubrió el cielo.
Columnas de luz descendieron lentamente hasta nosotros.
Y cuando finalmente comenzaron a envolvernos, negué con la cabeza.
—Ya te reviviré luego... pero como vuelvas a hacerme bajar cientos de kilómetros para recogerte pienso dejarte muerto una semana entera.—
Y entonces desaparecimos.
Porque la guerra había terminado.
Y era hora de volver a casa.
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[Sury_Sakai_1724]
Y entonces ocurrió.
Durante el último instante de su existencia, cuando las alas negras ya se desintegraban y la luz azul del Centinela devoraba lo que quedaba de él...
Zagreo levantó la cabeza.
No miró a la cosa que lo estaba matando.
Me miró a mí.
Incluso desde la órbita reconocí aquella expresión.
Aquel imbécil.
Mis brazos permanecieron cruzados detrás de la espalda mientras observaba desde el ventanal principal de la nave.
No me moví.
No intervine.
No porque no pudiera.
Sino porque él jamás me lo pediría.
Todos los míos conocen mi nombre.
Todos pueden invocarme.
Todos tienen derecho a reclamar mi ayuda cuando la necesiten.
Pero Zagreo...
Zagreo preferiría morir antes que reconocer que necesita que alguien lo salve.
Y yo jamás le faltaría al respeto arrebatándole una batalla que había elegido librar solo.
Así que observé.
Serena.
Silenciosa.
Inmóvil.
Mientras las llamas negras desaparecían.
Mientras la explosión azul consumía lo último que quedaba de su cuerpo.
Mientras el planeta entero contemplaba la caída de un monstruo.
Ni una sola emoción atravesó mi rostro.
Porque sabía que aquello no era el final.
Y porque él también lo sabía.
Cuando las últimas cenizas se dispersaron sobre el viento, suspiré.
Las enormes compuertas de la nave comenzaron a abrirse lentamente.
Frente a mí se extendían cientos de kilómetros de vacío.
Y di un paso.
La gravedad me recibió como una vieja amiga.
Caí.
Las nubes explotaron a mi alrededor.
La atmósfera comenzó a rugir.
Mi cabello dorado se convirtió en una estela atravesando el cielo mientras descendía cada vez más rápido.
Más rápido.
Más rápido.
Hasta que el propio aire empezó a incendiarse.
Cerré los ojos.
Escuché el viento.
Escuché al planeta.
Escuché el miedo.
Y suspiré.
Abajo, el Centinela levantó la vista.
Demasiado tarde.
Lo vi intentar reaccionar.
Miles de círculos sagrados aparecieron alrededor suyo.
Su lanza ascendió.
Sus brazos colosales se cruzaron frente al núcleo.
Intentando resistir.
Intentando sobrevivir.
Intentando comprender.
Abrí los ojos.
Mi ceño se frunció apenas.
Un gruñido escapó entre mis colmillos.
Y entonces...
Golpeé.
El mundo dejó de existir durante un instante.
La onda expansiva recorrió continentes enteros.
Montañas desaparecieron.
Océanos se levantaron.
Las placas tectónicas chocaron entre sí.
Volcanes despertaron.
La corteza planetaria se quebró como cristal.
El propio planeta gritó.
Y en el centro de aquella destrucción...
No quedó absolutamente nada del Centinela.
Ni restos.
Ni energía.
Ni polvo.
Ni siquiera átomos.
Solo una ausencia.
Una cicatriz imposible grabada en la realidad.
Y en medio de aquel infierno...
Había dejado intacto un pequeño fragmento de tierra.
Unos pocos metros cuadrados.
Porque allí estaba Zagreo.
Caminé entre el fuego.
Entre la lava.
Entre continentes que todavía seguían desplazándose.
Y finalmente llegué hasta él.
Lo observé unos segundos.
Destrozado.
Muerto.
Ridículo.
Me agaché.
Lo agarré del pecho con una sola mano y lo levanté como si pesara menos que una maleta.
Su cuerpo colgó inerte frente a mí.
Lo observé.
Y resoplé.
—Cara de culo...—
Ni siquiera muerto eras capaz de dejar de dar problemas.
La sombra de mi nave cubrió el cielo.
Columnas de luz descendieron lentamente hasta nosotros.
Y cuando finalmente comenzaron a envolvernos, negué con la cabeza.
—Ya te reviviré luego... pero como vuelvas a hacerme bajar cientos de kilómetros para recogerte pienso dejarte muerto una semana entera.—
Y entonces desaparecimos.
Porque la guerra había terminado.
Y era hora de volver a casa.