-Dos días atrás, Vaelith abandonó el Reino del Eclipse sin anunciarlo. No hubo despedidas ni explicaciones. Simplemente desapareció entre las sombras como si hubiera sido tragado por la propia oscuridad. Incluso
Lilithia Feu 🪷🌸 fue incapaz de seguir su rastro. El reino permaneció igual que siempre: silencioso, vacío y eterno. Sin embargo, durante su ausencia, las sombras parecían inquietas, moviéndose sin órdenes y observando constantemente hacia un mismo punto en el horizonte.-
-La razon de su partida era un Arbol. No un árbol común, sino una entidad antigua cuya existencia precedía a imperios, dioses y estrellas. Oculto en un rincón olvidado del mundo, el Árbol Negro permanecía inmóvil desde tiempos imposibles de medir. Sus raíces atravesaban la realidad como venas gigantescas, extendiéndose por lugares que ninguna criatura había cartografiado jamás. Hacía siglos que Vaelith conocía su existencia, pero algo había cambiado. Había sentido una perturbación en aquellas raíces, una vibración extraña que recorrió el mundo entero como el eco de una campana silenciosa.-
-Durante dos días permaneció junto a aquella colosal presencia. No luchó contra nada ni buscó tesoros ocultos. Observó. Escuchó. Descendió por túneles abiertos entre las raíces y exploró cavidades tan antiguas que ni siquiera el tiempo parecía haberlas alcanzado. Cuanto más se adentraba, más comprendía que el Árbol Negro no era simplemente una forma de vida. Era una prisión. Una gigantesca estructura viva destinada a contener algo enterrado bajo el mundo desde antes del nacimiento de la luna y el sol.-
-Cuando regresó al Reino del Eclipse, lo hizo cubierto por el polvo oscuro de aquellas profundidades. No pronunció palabra alguna sobre lo que había descubierto. Sin embargo, desde entonces, cada vez que permanece solo en sus aposentos, sus ojos se dirigen involuntariamente hacia el suelo, como si pudiera sentir algo moviéndose en las profundidades del mundo. Algo que sigue encerrado bajo las raíces del Árbol Negro. Algo que, por primera vez en incontables eras, parece haber comenzado a despertar.-
-Dos días atrás, Vaelith abandonó el Reino del Eclipse sin anunciarlo. No hubo despedidas ni explicaciones. Simplemente desapareció entre las sombras como si hubiera sido tragado por la propia oscuridad. Incluso [Lili_Feu80] fue incapaz de seguir su rastro. El reino permaneció igual que siempre: silencioso, vacío y eterno. Sin embargo, durante su ausencia, las sombras parecían inquietas, moviéndose sin órdenes y observando constantemente hacia un mismo punto en el horizonte.-
-La razon de su partida era un Arbol. No un árbol común, sino una entidad antigua cuya existencia precedía a imperios, dioses y estrellas. Oculto en un rincón olvidado del mundo, el Árbol Negro permanecía inmóvil desde tiempos imposibles de medir. Sus raíces atravesaban la realidad como venas gigantescas, extendiéndose por lugares que ninguna criatura había cartografiado jamás. Hacía siglos que Vaelith conocía su existencia, pero algo había cambiado. Había sentido una perturbación en aquellas raíces, una vibración extraña que recorrió el mundo entero como el eco de una campana silenciosa.-
-Durante dos días permaneció junto a aquella colosal presencia. No luchó contra nada ni buscó tesoros ocultos. Observó. Escuchó. Descendió por túneles abiertos entre las raíces y exploró cavidades tan antiguas que ni siquiera el tiempo parecía haberlas alcanzado. Cuanto más se adentraba, más comprendía que el Árbol Negro no era simplemente una forma de vida. Era una prisión. Una gigantesca estructura viva destinada a contener algo enterrado bajo el mundo desde antes del nacimiento de la luna y el sol.-
-Cuando regresó al Reino del Eclipse, lo hizo cubierto por el polvo oscuro de aquellas profundidades. No pronunció palabra alguna sobre lo que había descubierto. Sin embargo, desde entonces, cada vez que permanece solo en sus aposentos, sus ojos se dirigen involuntariamente hacia el suelo, como si pudiera sentir algo moviéndose en las profundidades del mundo. Algo que sigue encerrado bajo las raíces del Árbol Negro. Algo que, por primera vez en incontables eras, parece haber comenzado a despertar.-