La primera vez que Vancroft arrebató una vida, se trataba del padre de Elias, y había sido, en una sola palabra: magnífico. Devolverle a ese monstruo cada gota del daño y tormento que le había impartido a su madre durante décadas se sintió como emerger de aguas profundas y volver a respirar. Al ser su primera vez dejando salir sus instintos asesinos, admitía que fue un trabajo descuidado; visceral, caótico, dejando un cuerpo irreconocible y deformado sobre un charco de sus propios pecados.
Pero la mejor parte no fue la masacre en sí. Fue el momento en que su otra conciencia, Elias, tomó el control y encontró aquel cadáver destrozado. No hubo gritos de terror. No hubo reclamos morales ni miedo paralizante. Hubo un silencio pesado, seguido de un alivio que los inundó a ambos.
La imagen de ese bulto sin vida se quedaría grabada en sus mentes para siempre, de eso no había duda, pero el peso del mundo había desaparecido de los hombros de Elias. Por primera vez en su vida, era libre. Y Vancroft lo sintió con cada fibra de su ser, porque él podía sentir todo lo que Elias sentía.
Esa epifanía se había convertido en su doctrina. Entonces... ¿por qué?
¿Por qué todo lo que veía ahora en los rostros de las familias a las que también "liberaba" de sus cargas no reflejaba esa misma gratitud? Vancroft era meticuloso ahora, un profesional en las sombras que nunca dejaba pistas. Pero, a través de los ojos de Elias, se veía obligado a presenciar la reacción de los familiares cuando encontraban los cuerpos sin vida de esos pacientes terminales, de esas anclas que los hundían. Veía desesperación. Veía dolor, llanto y una agonía incomprensible.
¿Por qué la gente era tan ciega? ¿Por qué no podían honrar su buena voluntad y su impecable trabajo con la misma expresión de paz que alguna vez vio nacer en el rostro de Elias?
Los odiaba. Odiaba su hipocresía y su apego a lo que ya estaba roto. Y, a la vez, esa profunda decepción era el combustible que encendía su motor. Alimentaba su necesidad enfermiza de seguir adelante, de seguir reparando el mundo, extirpando a cuanto paciente terminal se cruzara en su memoria fotográfica, hasta que alguien, algún día, por fin comprendiera su obra y le diera las gracias.
La primera vez que Vancroft arrebató una vida, se trataba del padre de Elias, y había sido, en una sola palabra: magnífico. Devolverle a ese monstruo cada gota del daño y tormento que le había impartido a su madre durante décadas se sintió como emerger de aguas profundas y volver a respirar. Al ser su primera vez dejando salir sus instintos asesinos, admitía que fue un trabajo descuidado; visceral, caótico, dejando un cuerpo irreconocible y deformado sobre un charco de sus propios pecados.
Pero la mejor parte no fue la masacre en sí. Fue el momento en que su otra conciencia, Elias, tomó el control y encontró aquel cadáver destrozado. No hubo gritos de terror. No hubo reclamos morales ni miedo paralizante. Hubo un silencio pesado, seguido de un alivio que los inundó a ambos.
La imagen de ese bulto sin vida se quedaría grabada en sus mentes para siempre, de eso no había duda, pero el peso del mundo había desaparecido de los hombros de Elias. Por primera vez en su vida, era libre. Y Vancroft lo sintió con cada fibra de su ser, porque él podía sentir todo lo que Elias sentía.
Esa epifanía se había convertido en su doctrina. Entonces... ¿por qué?
¿Por qué todo lo que veía ahora en los rostros de las familias a las que también "liberaba" de sus cargas no reflejaba esa misma gratitud? Vancroft era meticuloso ahora, un profesional en las sombras que nunca dejaba pistas. Pero, a través de los ojos de Elias, se veía obligado a presenciar la reacción de los familiares cuando encontraban los cuerpos sin vida de esos pacientes terminales, de esas anclas que los hundían. Veía desesperación. Veía dolor, llanto y una agonía incomprensible.
¿Por qué la gente era tan ciega? ¿Por qué no podían honrar su buena voluntad y su impecable trabajo con la misma expresión de paz que alguna vez vio nacer en el rostro de Elias?
Los odiaba. Odiaba su hipocresía y su apego a lo que ya estaba roto. Y, a la vez, esa profunda decepción era el combustible que encendía su motor. Alimentaba su necesidad enfermiza de seguir adelante, de seguir reparando el mundo, extirpando a cuanto paciente terminal se cruzara en su memoria fotográfica, hasta que alguien, algún día, por fin comprendiera su obra y le diera las gracias.