El vapor del té ascendía en finas espirales, desdibujándose en el aire como pensamientos que se niegan a tomar forma. Sentado con una elegancia casi antinatural, el Conejo Blanco sostenía la taza entre sus dedos enguantados, inclinándola apenas antes de dar un sorbo lento y medido.
El mundo a su alrededor parecía irrelevante… distante.
Sus ojos, ocultos tras aquella máscara inmutable, no observaban realmente la habitación. Miraban más allá. Siempre más allá.
—Curioso…
murmuró con una voz suave, apenas un hilo que rompía el silencio
— Cómo incluso en la calma… el eco del caos persiste.
Dejó la taza sobre el platillo con un leve clic, perfectamente alineada, como si incluso ese gesto formara parte de algún orden invisible que solo él comprendía.
Sus pensamientos divagaban fragmentos de poder, ambición, recuerdos que no eran del todo suyos. La sensación de algo incompleto se enroscaba en su mente, insistente, como una melodía que no logra resolverse.
Una risa baja escapó de sus labios.
—Y, sin embargo… aquí estoy.
Apoyó el mentón sobre su mano, ladeando ligeramente la cabeza
-Jugando a la serenidad… como si el destino fuese algo que pudiera ignorarse con una simple taza de té.
El silencio volvió a envolverlo.
Pero no era paz.
Nunca lo era.
El vapor del té ascendía en finas espirales, desdibujándose en el aire como pensamientos que se niegan a tomar forma. Sentado con una elegancia casi antinatural, el Conejo Blanco sostenía la taza entre sus dedos enguantados, inclinándola apenas antes de dar un sorbo lento y medido.
El mundo a su alrededor parecía irrelevante… distante.
Sus ojos, ocultos tras aquella máscara inmutable, no observaban realmente la habitación. Miraban más allá. Siempre más allá.
—Curioso…
murmuró con una voz suave, apenas un hilo que rompía el silencio
— Cómo incluso en la calma… el eco del caos persiste.
Dejó la taza sobre el platillo con un leve clic, perfectamente alineada, como si incluso ese gesto formara parte de algún orden invisible que solo él comprendía.
Sus pensamientos divagaban fragmentos de poder, ambición, recuerdos que no eran del todo suyos. La sensación de algo incompleto se enroscaba en su mente, insistente, como una melodía que no logra resolverse.
Una risa baja escapó de sus labios.
—Y, sin embargo… aquí estoy.
Apoyó el mentón sobre su mano, ladeando ligeramente la cabeza
-Jugando a la serenidad… como si el destino fuese algo que pudiera ignorarse con una simple taza de té.
El silencio volvió a envolverlo.
Pero no era paz.
Nunca lo era.