La luz del atardecer cae en tonos cálidos sobre la ciudad, tiñendo los bordes de los edicios como si todo estuviera suspendido en un momento que no termina de irse. El arácnido permanece colgado boca abajo, balanceándose apenas, como si el tiempo también dudara en avanzar. El ruido de la ciudad se siente más lejano desde ahí, o tal vez simplemente deja de importar.
La rosa tiembla suavemente entre sus dedos, iluminada por ese débil rayo de sol, y meciéndose de lado a lado con sutileza.
—¿Sabes? Esto normalmente va acompañado de un plan mejor —comenta, con algo de reflexión—. Pero improvisar se me da bien... bueno, cuando no me están mirando así.
Un pequeño silencio, aunque no incómodo. Desciende apenas un poco, sus dedos y pies adheridos a la estructura por encima del borde del edicio, midiendo la distancia entre ambos con más cuidado del que admitiría. Y ahora la rosa queda justo entre los dos, suspendida, casi ofrecida pero aún no entregada.
—Y tú siempre haces eso... —inclina un poco la cabeza—, como si supieras exactamente cuándo dejar de moverte, para que yo dé el siguiente paso.
Sus dedos se ajustan levemente al tallo, con decisión.
—No es muy yo, ¿sabes? —murmura, más bajo—. Lo de las flores. No suelo tener ese tipo de detalle. Pero supongo que tú tampoco eres exactamente... el tipo de persona para la que hago lo que suelo hacer.
La observa. No como héroe, no como alguien en una misión, en hacer su deber; solo como Peter. La rosa baja un poco más. Esta vez sí con la suficiencia para que ella pueda tomarla, si quiere.
—No debería quedarme —la frase sale suave, casi sin peso. Como si ni él mismo se la creyera—. Pero si ya hice todo esto, supongo que mínimo es terminarlo bien. —silenció sus palabras, una pausa breve. —Así que... dime, Felicia —su voz baja apenas, de nuevo y con inciertidumbre—, ¿la tomas o me haces quedar como el tipo raro colgado con una flor?
La luz del atardecer cae en tonos cálidos sobre la ciudad, tiñendo los bordes de los edicios como si todo estuviera suspendido en un momento que no termina de irse. El arácnido permanece colgado boca abajo, balanceándose apenas, como si el tiempo también dudara en avanzar. El ruido de la ciudad se siente más lejano desde ahí, o tal vez simplemente deja de importar.
La rosa tiembla suavemente entre sus dedos, iluminada por ese débil rayo de sol, y meciéndose de lado a lado con sutileza.
—¿Sabes? Esto normalmente va acompañado de un plan mejor —comenta, con algo de reflexión—. Pero improvisar se me da bien... bueno, cuando no me están mirando así.
Un pequeño silencio, aunque no incómodo. Desciende apenas un poco, sus dedos y pies adheridos a la estructura por encima del borde del edicio, midiendo la distancia entre ambos con más cuidado del que admitiría. Y ahora la rosa queda justo entre los dos, suspendida, casi ofrecida pero aún no entregada.
—Y tú siempre haces eso... —inclina un poco la cabeza—, como si supieras exactamente cuándo dejar de moverte, para que yo dé el siguiente paso.
Sus dedos se ajustan levemente al tallo, con decisión.
—No es muy yo, ¿sabes? —murmura, más bajo—. Lo de las flores. No suelo tener ese tipo de detalle. Pero supongo que tú tampoco eres exactamente... el tipo de persona para la que hago lo que suelo hacer.
La observa. No como héroe, no como alguien en una misión, en hacer su deber; solo como Peter. La rosa baja un poco más. Esta vez sí con la suficiencia para que ella pueda tomarla, si quiere.
—No debería quedarme —la frase sale suave, casi sin peso. Como si ni él mismo se la creyera—. Pero si ya hice todo esto, supongo que mínimo es terminarlo bien. —silenció sus palabras, una pausa breve. —Así que... dime, Felicia —su voz baja apenas, de nuevo y con inciertidumbre—, ¿la tomas o me haces quedar como el tipo raro colgado con una flor?