• Zelkova entreabrió los ojos con lentitud y se incorporó del catre. Sus miradas erraron por la estancia hasta percatarse de que yacía en un lugar ignoto. A sus espaldas reposaba una cruz. Bajó la vista hacia su torso desnudo, cubierto de contusiones y lacerias, y frunció el ceño, poco ufano de su estado.

    ●Fue una recia vapulación... Logré conservar la vida merced a la gracia de Dios.

    Dejó escapar un grave suspiro, encendió un cigarro y aspiró la humareda con gesto caviloso.

    ●He menester de mayor potestad. Más poder.
    Zelkova entreabrió los ojos con lentitud y se incorporó del catre. Sus miradas erraron por la estancia hasta percatarse de que yacía en un lugar ignoto. A sus espaldas reposaba una cruz. Bajó la vista hacia su torso desnudo, cubierto de contusiones y lacerias, y frunció el ceño, poco ufano de su estado. ●Fue una recia vapulación... Logré conservar la vida merced a la gracia de Dios. Dejó escapar un grave suspiro, encendió un cigarro y aspiró la humareda con gesto caviloso. ●He menester de mayor potestad. Más poder.
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  • La estrategía de la hormiga. Cada una, carga un granito de arena pero juntas construyen un hormiguero gigante.
    La estrategía de la hormiga. Cada una, carga un granito de arena pero juntas construyen un hormiguero gigante.
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  • Adoro mi dia mas cuando puedo salirme con la mia
    Adoro mi dia mas cuando puedo salirme con la mia
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  • 𝘌𝘴𝘵𝘰𝘺 𝘢𝘣𝘶𝘳𝘳𝘪𝘥𝘰.

    𝘔𝘶𝘺 𝘢𝘣𝘶𝘳𝘳𝘪𝘥𝘰.
    𝘌𝘴𝘵𝘰𝘺 𝘢𝘣𝘶𝘳𝘳𝘪𝘥𝘰. 𝘔𝘶𝘺 𝘢𝘣𝘶𝘳𝘳𝘪𝘥𝘰.
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  • 𝕯𝖔 𝖓𝖔𝖙 𝖘𝖙𝖔𝖕 𝖇𝖆𝖗𝖐𝖎𝖓𝖌, 𝖑𝖎𝖙𝖙𝖑𝖊 𝖇𝖎𝖙𝖈𝖍.
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  • ─── No me considero superior por mi fuerza. Me considero superior porque habría sobrevivido siendo tú... y tú jamás habrías sobrevivido siendo yo. ──
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  • Contabilizó en silencio los peligros desde la ventana. Quizás desde ahí se veían más grandes.

    ¿Cuántos pasos hasta la puerta principal? ¿Cuántos, cuando te has acostumbrado a mirar el mundo a través del cristal?
    Contabilizó en silencio los peligros desde la ventana. Quizás desde ahí se veían más grandes. ¿Cuántos pasos hasta la puerta principal? ¿Cuántos, cuando te has acostumbrado a mirar el mundo a través del cristal?
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  • ¿Que estás viendo? Solo ando descanzando un poco!.
    ¿Que estás viendo? Solo ando descanzando un poco!.
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  • —La música posee una virtud que ni siquiera muchos dioses comprenden: adormece las inquietudes de la mente sin extinguirlas por completo...
    —La música posee una virtud que ni siquiera muchos dioses comprenden: adormece las inquietudes de la mente sin extinguirlas por completo...
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  • «Toda vida tiene un valor, toda historia representa una vida»
    Categoría Slice of Life
    París siempre huele a lluvia vieja y a asfalto húmedo cuando la tarde decide retirarse sin pedir permiso. Es de esas ciudades melancólicas que avivan las emociones de los bien aventurados; llámense enamorados o incrédulos del romanticismo barato. Su folclor y cabizbajo ambiente citadino se impregna en la memoria como la fotografía de una infancia calurosa, y entre callejuelas, cada una más vagabunda que la anterior, se encuentran plasmados los retazos de una historia antigua que respeta a sus ancestros y padres fundadores.

    Es así como escondida en una de las venas adoquinadas del los suburbios adormecidos, la biblioteca popular se levanta como un santuario de madera crujiente y techos asfixiados por hileras interminables de estanterías. El ambiente dentro es denso, cargado de una quietud sagrada que solo se interrumpe por el susurro ocasional de una página al girar o el goteo rítmico del agua contra los ventanales altos. La luz filtrada por los cristales sucios es de un oro pálido, casi enfermo, que hace bailar los miles de motas de polvo en el aire como si fueran estrellas enanas flotando en un nexo olvidado. Huele a cuero gastado, a pegamento de encuadernación reseco y a esa dulce decadencia del papel antiguo que ha sobrevivido a demasiadas manos mortales. Para el común de los hombres, es solo un edificio viejo; para él, es un cementerio de intenciones y destinos atrapados en tinta.

    Entre los pasillos estrechos se mueve con la parsimonia de un felino que conoce de memoria los límites de su jaula. Sus botas apenas provocan un quejido en el parqué encerado. Viste con una sencillez oscura que contrasta con la opulencia de algunos tomos clásicos: una camiseta negra holgada que deja al descubierto la musculatura definida de sus brazos y la intrincada caligrafía de las runas que serpentean por sus antebrazos. Lleva las manos sepultadas en los bolsillos, adoptando una postura ligeramente encorvada, perezosa, como si el peso de su propia inmortalidad le fatigara los hombros. Al detenerse frente a una sección de poesía francesa del siglo XIX, alza la mano izquierda y, con un movimiento lento del índice, se baja apenas las gafas redondas de sol. El fucsia artificial de sus ojos divinos relampaguea un milisegundo en la penumbra, escaneando los títulos grabados en pan de oro con el hambre fría de un corrector de pruebas que busca un error en la creación.

    «Cuánta belleza inútil se acumula en los estantes de los hombres», piensa él, mientras el dedo índice de su otra mano juguetea de forma inconsciente con el expansor negro de su oreja derecha, haciéndolo girar sobre su propio eje.

    Colaboración: -𝓨𝐯𝐨𝐧𝐧𝐞
    París siempre huele a lluvia vieja y a asfalto húmedo cuando la tarde decide retirarse sin pedir permiso. Es de esas ciudades melancólicas que avivan las emociones de los bien aventurados; llámense enamorados o incrédulos del romanticismo barato. Su folclor y cabizbajo ambiente citadino se impregna en la memoria como la fotografía de una infancia calurosa, y entre callejuelas, cada una más vagabunda que la anterior, se encuentran plasmados los retazos de una historia antigua que respeta a sus ancestros y padres fundadores. Es así como escondida en una de las venas adoquinadas del los suburbios adormecidos, la biblioteca popular se levanta como un santuario de madera crujiente y techos asfixiados por hileras interminables de estanterías. El ambiente dentro es denso, cargado de una quietud sagrada que solo se interrumpe por el susurro ocasional de una página al girar o el goteo rítmico del agua contra los ventanales altos. La luz filtrada por los cristales sucios es de un oro pálido, casi enfermo, que hace bailar los miles de motas de polvo en el aire como si fueran estrellas enanas flotando en un nexo olvidado. Huele a cuero gastado, a pegamento de encuadernación reseco y a esa dulce decadencia del papel antiguo que ha sobrevivido a demasiadas manos mortales. Para el común de los hombres, es solo un edificio viejo; para él, es un cementerio de intenciones y destinos atrapados en tinta. Entre los pasillos estrechos se mueve con la parsimonia de un felino que conoce de memoria los límites de su jaula. Sus botas apenas provocan un quejido en el parqué encerado. Viste con una sencillez oscura que contrasta con la opulencia de algunos tomos clásicos: una camiseta negra holgada que deja al descubierto la musculatura definida de sus brazos y la intrincada caligrafía de las runas que serpentean por sus antebrazos. Lleva las manos sepultadas en los bolsillos, adoptando una postura ligeramente encorvada, perezosa, como si el peso de su propia inmortalidad le fatigara los hombros. Al detenerse frente a una sección de poesía francesa del siglo XIX, alza la mano izquierda y, con un movimiento lento del índice, se baja apenas las gafas redondas de sol. El fucsia artificial de sus ojos divinos relampaguea un milisegundo en la penumbra, escaneando los títulos grabados en pan de oro con el hambre fría de un corrector de pruebas que busca un error en la creación. «Cuánta belleza inútil se acumula en los estantes de los hombres», piensa él, mientras el dedo índice de su otra mano juguetea de forma inconsciente con el expansor negro de su oreja derecha, haciéndolo girar sobre su propio eje. Colaboración: -[doucevi3]
    Tipo
    Individual
    Líneas
    30
    Estado
    Disponible
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