• La luz del atardecer se filtraba entre las hojas, dibujando manchas doradas sobre el sendero de piedra. La joven mujer avanzaba lentamente, sosteniendo un viejo libro. Había escapado del bullicio de la academia una vez más después de mucho tiempo. Los estudiantes, las reuniones y las responsabilidades podían esperar unas horas.

    El bosque, fuera de ser exigente, la deliraba con el suave murmullo de las hojas y el canto lejano de las aves. El cálido piso de piedra le recordaba, que no importaba que tan imponente fuera su apellido o que tan alta sea su reputación, aún podía permitirse sentir con libertad.

    Todo resultaba tan íntimo hasta que la inconfundible sensación de que alguien la observaba desde algún lugar se presentó.
    Sue levantó la mirada lentamente y examinó su alrededor.

    —Puedes salir.

    Su voz fue serena.

    —No te haré daño, solo dime ¿Que he hecho para ser vigilada?
    La luz del atardecer se filtraba entre las hojas, dibujando manchas doradas sobre el sendero de piedra. La joven mujer avanzaba lentamente, sosteniendo un viejo libro. Había escapado del bullicio de la academia una vez más después de mucho tiempo. Los estudiantes, las reuniones y las responsabilidades podían esperar unas horas. El bosque, fuera de ser exigente, la deliraba con el suave murmullo de las hojas y el canto lejano de las aves. El cálido piso de piedra le recordaba, que no importaba que tan imponente fuera su apellido o que tan alta sea su reputación, aún podía permitirse sentir con libertad. Todo resultaba tan íntimo hasta que la inconfundible sensación de que alguien la observaba desde algún lugar se presentó. Sue levantó la mirada lentamente y examinó su alrededor. —Puedes salir. Su voz fue serena. —No te haré daño, solo dime ¿Que he hecho para ser vigilada?
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  • Después de que el repartidor llamo bajo las escaleras en silencio y recibió el paquete, era de noche y para no gritar mucho subió rápidamente a su habitación, abrió la caja y vio los tres regalos que tenía, para sus padres Stefano Sforza y Arthur Bennet y para su hermana Scarlett Bennet , al abrirlos se emociono mucho y los guardo en cajitas y los fue a dejar a sus habitantes con una notita "Por todo el problema que hice por lo de mañana- los amo. Firma: Theo"
    Después de que el repartidor llamo bajo las escaleras en silencio y recibió el paquete, era de noche y para no gritar mucho subió rápidamente a su habitación, abrió la caja y vio los tres regalos que tenía, para sus padres [ember_pearl_mule_670] y [meteor_charcoal_turtle_877] y para su hermana [nova_malachite_zebra_572] , al abrirlos se emociono mucho y los guardo en cajitas y los fue a dejar a sus habitantes con una notita "Por todo el problema que hice por lo de mañana- los amo. Firma: Theo"
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  • ㅤㅤㅤ━ 𝙀𝙨𝙩𝙤𝙨 𝙙𝙞𝙖𝙨 𝙙𝙚 𝙙𝙚𝙨𝙘𝙖𝙣𝙨𝙤 𝙨𝙤𝙣 𝙩𝙖𝙣 𝙛𝙖𝙨𝙘𝙞𝙣𝙖𝙣𝙩𝙚𝙨.

    ㅤㅤㅤㅤ-ㅤ ( 𝘭𝘭𝘦𝘷𝘢 𝘴𝘦𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘦𝘭 𝘥𝘪𝘢. )
    ㅤㅤㅤ━ 𝙀𝙨𝙩𝙤𝙨 𝙙𝙞𝙖𝙨 𝙙𝙚 𝙙𝙚𝙨𝙘𝙖𝙣𝙨𝙤 𝙨𝙤𝙣 𝙩𝙖𝙣 𝙛𝙖𝙨𝙘𝙞𝙣𝙖𝙣𝙩𝙚𝙨. ㅤㅤㅤㅤ-ㅤ ( 𝘭𝘭𝘦𝘷𝘢 𝘴𝘦𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘦𝘭 𝘥𝘪𝘢. )
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  • La pesada puerta de la taberna se cerró lentamente a sus espaldas.

    El último rastro de calidez desapareció junto con el murmullo de las conversaciones y el aroma de la cerveza recién servida. Frente a él sólo quedaba un sendero de tierra húmeda que se perdía entre una espesura de árboles antiguos.

    Gavlan ajustó las correas de la enorme mochila que descansaba sobre su espalda. El tintineo de frascos, cuchillos arrojadizos y pequeñas bolsas con veneno rompía el silencio con cada paso que daba.

    El bosque no tardó en envolverlo.

    Los troncos eran tan gruesos que varios hombres no habrían podido rodearlos con los brazos. Sus copas ocultaban casi por completo el cielo, permitiendo que únicamente algunos delgados rayos de luz atravesaran aquel techo de hojas. El aire era frío, pesado, impregnado por el olor a tierra mojada y madera envejecida.

    No había aves.

    Ni insectos.

    Sólo el sonido de las botas de Gavlan hundiéndose sobre hojas secas y raíces retorcidas.

    —Hm...

    El mercader rompió el silencio con un leve gruñido.

    —Demasiado tranquilo.

    Su mano descendió hasta uno de los cuchillos ocultos en el cinturón. No lo desenfundó, pero dejó los dedos apoyados sobre la empuñadura.

    Continuó avanzando.

    Con el paso de los minutos, el sendero comenzó a transformarse. Las raíces dieron paso a enormes losas de piedra cubiertas de musgo. Fragmentos de columnas emergían del suelo como si un antiguo reino hubiera sido tragado por el bosque siglos atrás.

    Entonces los vio.

    A lo lejos.

    Entre la neblina.

    No eran árboles.

    Eran piernas.

    Colosales.

    Tan inmensas que durante un instante su mente tardó en comprender lo que contemplaba. Más arriba, apenas visible entre las copas, se distinguía la silueta de un gigante caminando lentamente entre el bosque. Cada uno de sus pasos hacía vibrar la tierra con un estremecimiento apenas perceptible.

    ...

    Otro.

    Y un tercero.

    Se desplazaban sin prestar atención al pequeño viajero que cruzaba su territorio.

    Gavlan levantó ligeramente el visor de su casco para observar mejor.

    —Bueno...

    Murmuró con una risa seca.

    —Mientras ellos no necesiten flechas... yo tampoco necesitaré correr.

    Volvió a bajar el visor.

    La enorme barba rojiza se balanceó sobre la coraza mientras retomaba el camino con la tranquilidad de quien había sobrevivido a demasiadas expediciones como para dejarse intimidar por el tamaño de sus vecinos.

    Después de todo...

    Los gigantes podían aplastar a un hombre con un solo paso.

    Pero ninguno de ellos sabía preparar flechas envenenadas.

    Y eso, según Gavlan, siempre era una ventaja.
    La pesada puerta de la taberna se cerró lentamente a sus espaldas. El último rastro de calidez desapareció junto con el murmullo de las conversaciones y el aroma de la cerveza recién servida. Frente a él sólo quedaba un sendero de tierra húmeda que se perdía entre una espesura de árboles antiguos. Gavlan ajustó las correas de la enorme mochila que descansaba sobre su espalda. El tintineo de frascos, cuchillos arrojadizos y pequeñas bolsas con veneno rompía el silencio con cada paso que daba. El bosque no tardó en envolverlo. Los troncos eran tan gruesos que varios hombres no habrían podido rodearlos con los brazos. Sus copas ocultaban casi por completo el cielo, permitiendo que únicamente algunos delgados rayos de luz atravesaran aquel techo de hojas. El aire era frío, pesado, impregnado por el olor a tierra mojada y madera envejecida. No había aves. Ni insectos. Sólo el sonido de las botas de Gavlan hundiéndose sobre hojas secas y raíces retorcidas. —Hm... El mercader rompió el silencio con un leve gruñido. —Demasiado tranquilo. Su mano descendió hasta uno de los cuchillos ocultos en el cinturón. No lo desenfundó, pero dejó los dedos apoyados sobre la empuñadura. Continuó avanzando. Con el paso de los minutos, el sendero comenzó a transformarse. Las raíces dieron paso a enormes losas de piedra cubiertas de musgo. Fragmentos de columnas emergían del suelo como si un antiguo reino hubiera sido tragado por el bosque siglos atrás. Entonces los vio. A lo lejos. Entre la neblina. No eran árboles. Eran piernas. Colosales. Tan inmensas que durante un instante su mente tardó en comprender lo que contemplaba. Más arriba, apenas visible entre las copas, se distinguía la silueta de un gigante caminando lentamente entre el bosque. Cada uno de sus pasos hacía vibrar la tierra con un estremecimiento apenas perceptible. ... Otro. Y un tercero. Se desplazaban sin prestar atención al pequeño viajero que cruzaba su territorio. Gavlan levantó ligeramente el visor de su casco para observar mejor. —Bueno... Murmuró con una risa seca. —Mientras ellos no necesiten flechas... yo tampoco necesitaré correr. Volvió a bajar el visor. La enorme barba rojiza se balanceó sobre la coraza mientras retomaba el camino con la tranquilidad de quien había sobrevivido a demasiadas expediciones como para dejarse intimidar por el tamaño de sus vecinos. Después de todo... Los gigantes podían aplastar a un hombre con un solo paso. Pero ninguno de ellos sabía preparar flechas envenenadas. Y eso, según Gavlan, siempre era una ventaja.
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  • *Junto a el, fueron a una ciudad pues se decía que la lluvia de estrellas, se miraba muy bonita desde ese lugar, para tener un recuerdo hermoso juntos, fueron para contemplar dicho evento astrologico, esperando el momento.

    No pasó mucho cuando el cielo se lleno de estrellas fugaces, ambos estaban juntos mientras el cielo estaba adornado por esa lluvia. *

    Bonita vista...

    *Comento de forma que solo fuera escuchado por ambos. *
    *Junto a el, fueron a una ciudad pues se decía que la lluvia de estrellas, se miraba muy bonita desde ese lugar, para tener un recuerdo hermoso juntos, fueron para contemplar dicho evento astrologico, esperando el momento. No pasó mucho cuando el cielo se lleno de estrellas fugaces, ambos estaban juntos mientras el cielo estaba adornado por esa lluvia. * Bonita vista... *Comento de forma que solo fuera escuchado por ambos. *
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  • —Al fin de durmió, ahora si podré robarme el tanque de gas.




    Hay dos versiones en este recuerdo. Por supuesto que me gusta pensar que eso fue lo que sucedió ese día.
    —Al fin de durmió, ahora si podré robarme el tanque de gas. Hay dos versiones en este recuerdo. Por supuesto que me gusta pensar que eso fue lo que sucedió ese día.
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  • ¿Cómo le quitas las manos de encima a tu esposo cuando se ve tan sexy con su uniforme de carreras?, pregunta seria.
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  • —There are so many faces... What do u like, the most?
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  • Un día largo de trabajo había abierto paso a una bulliciosa noche en el bar de la ciudad, el joven moreno había entrado y sonriente, con su jovialidad y exageración de siempre.

    — Aquí va llegando Austin, el rey, el noble y el que todos adoran.

    La clientela del bar había observado las interacciones del chico, algunas risas se escucharon además de varias negativas en los semblantes de los aventureros. Era más que notoria la falta de emoción en los presentes ante la jovialidad demostrada del chico de tez morena.

    — No sean tan exagerados... uno a la vez.

    Comentó Austin como si no se hubiera dado cuenta de la falta de interacción, caminando se sentó sobre un taburete sujetando su confiable espada.

    — Cantinero, Deme una bien fría.

    Un día largo de trabajo había abierto paso a una bulliciosa noche en el bar de la ciudad, el joven moreno había entrado y sonriente, con su jovialidad y exageración de siempre. — Aquí va llegando Austin, el rey, el noble y el que todos adoran. La clientela del bar había observado las interacciones del chico, algunas risas se escucharon además de varias negativas en los semblantes de los aventureros. Era más que notoria la falta de emoción en los presentes ante la jovialidad demostrada del chico de tez morena. — No sean tan exagerados... uno a la vez. Comentó Austin como si no se hubiera dado cuenta de la falta de interacción, caminando se sentó sobre un taburete sujetando su confiable espada. — Cantinero, Deme una bien fría.
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  • — Recordatorio, cuando hables de tu novio con tu padre ten cuidado con lo que sueltas...creo que le genere un complejo a papá..
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