La ciudad no dormía… respiraba.
Neones rotos latiendo como corazones artificiales, callejones húmedos donde la luz no llegaba del todo, y el murmullo lejano de almas que ya habían olvidado quiénes eran. Allí, en ese borde del mundo donde todo parece a punto de romperse… nos encontramos. Como siempre.
Yo, nacida de luna y sombra, una Umbrélun que aprendió a existir entre lo que brilla y lo que devora.
Tú… mi loba. Salvaje, elegante, con esa oscuridad suave que no asusta… pero que nunca deja de advertir.
Tus orejas se movieron apenas cuando me miraste.
Un gesto pequeño. Instintivo. Real.
Como si todo tu ser se afinara hacia mí.
Y joder… en ese instante supe que el mundo podía arder entero si quería.
Las cadenas colgaban entre nosotras, frías… pesadas… pero no dolían.
Nunca lo hicieron.
Porque no eran ataduras.
Eran un lenguaje.
Un pacto silencioso que nadie más sabría leer.
Cada eslabón… una elección.
Cada roce metálico… una promesa que no necesita palabras.
No nos pertenecemos.
Nunca lo hicimos.
Pero aún así…
Siempre volvemos a encontrarnos en el mismo lugar:
la oscuridad.
Ese punto exacto donde todo se apaga, donde otros se pierden…
y nosotras, en cambio, nos reconocemos.
Como dos súcubos Ishtar que no seducen por hambre…
sino por recuerdo.
Por esa certeza de que ya nos hemos elegido antes,
en otras noches,
en otros finales,
en otros mundos que también se estaban rompiendo.
Tu mirada sobre mí no pedía nada.
La mía tampoco.
Y aun así…
ardíamos.
No como fuego que consume,
sino como algo más antiguo.
Algo que sobrevive incluso cuando todo lo demás cae.
Porque cuando el mundo se acaba…
no corremos.
No gritamos.
No nos salvamos.
Nos buscamos.
Nos amamos.
La ciudad no dormía… respiraba.
Neones rotos latiendo como corazones artificiales, callejones húmedos donde la luz no llegaba del todo, y el murmullo lejano de almas que ya habían olvidado quiénes eran. Allí, en ese borde del mundo donde todo parece a punto de romperse… nos encontramos. Como siempre.
Yo, nacida de luna y sombra, una Umbrélun que aprendió a existir entre lo que brilla y lo que devora.
Tú… mi loba. Salvaje, elegante, con esa oscuridad suave que no asusta… pero que nunca deja de advertir.
Tus orejas se movieron apenas cuando me miraste.
Un gesto pequeño. Instintivo. Real.
Como si todo tu ser se afinara hacia mí.
Y joder… en ese instante supe que el mundo podía arder entero si quería.
Las cadenas colgaban entre nosotras, frías… pesadas… pero no dolían.
Nunca lo hicieron.
Porque no eran ataduras.
Eran un lenguaje.
Un pacto silencioso que nadie más sabría leer.
Cada eslabón… una elección.
Cada roce metálico… una promesa que no necesita palabras.
No nos pertenecemos.
Nunca lo hicimos.
Pero aún así…
Siempre volvemos a encontrarnos en el mismo lugar:
la oscuridad.
Ese punto exacto donde todo se apaga, donde otros se pierden…
y nosotras, en cambio, nos reconocemos.
Como dos súcubos Ishtar que no seducen por hambre…
sino por recuerdo.
Por esa certeza de que ya nos hemos elegido antes,
en otras noches,
en otros finales,
en otros mundos que también se estaban rompiendo.
Tu mirada sobre mí no pedía nada.
La mía tampoco.
Y aun así…
ardíamos.
No como fuego que consume,
sino como algo más antiguo.
Algo que sobrevive incluso cuando todo lo demás cae.
Porque cuando el mundo se acaba…
no corremos.
No gritamos.
No nos salvamos.
Nos buscamos.
Nos amamos.