Cuando Fenrir nació…
lo supe.
Nada volvería a ser igual.
No era duda.
No era miedo.
Era certeza.
Necesitaba poder.
Para protegerla.
Para protegerme.
Para dominar.
…Pero yo ya tenía poder.
No había sido bendecido por la Luna Violeta.
Aquella entidad… poderosa, codiciosa, egoísta…
me veía como poco más que un instrumento.
Un siervo útil en su tablero.
Y, sin embargo…
yo sabía lo que era.
Siempre lo había sabido.
Conocía mi lugar.
Y era la hora de, por fin, ponerse un poco serio.
Entonces…
los recuerdos regresaron.
No como fragmentos.
No como ecos.
Sino como una verdad enterrada demasiado tiempo.
El poder de creación contenido en las lunas…
no era más que una fracción.
Una parte ínfima… de algo mucho más antiguo.
Mucho más profundo.
Había aceptado mi naturaleza como catástrofe.
Como maldición.
…Pero aún no había aceptado lo que realmente era.
Un demonio.
Y lo más irónico…
es que nunca había dejado de serlo.
Ni siquiera hizo falta que pronunciara su nombre.
Porque ya estaba allí.
Esperando.
Y entonces…
con una calma que recorrió cada valle,
que rozó cada brisa…
el mundo se estremeció.
No hubo explosión.
No hubo ruido.
Sólo presencia.
La tierra tembló…
no por impacto,
sino por reconocimiento.
El aire… desapareció.
Convertido en un vacío que devoraba incluso los nombres.
Los océanos… se replegaron.
No por miedo…
sino porque, por un instante,
algo infinitamente más antiguo que ellos
había reclamado la existencia.
Y en ese silencio absoluto…
todo se arrodilló.
Incluso el rey del inframundo.
Porque lo que emergía…
no era poder.
Era autoridad.
Una espada.
Olvidada.
Arcana.
Rota.
No forjada como un arte…
sino nacida de la furia de una bestia.
Su tamaño… suficiente para ocultarme dos veces tras su hoja.
Su forma… imperfecta, brutal.
Y su filo…
maldito.
Cada corte no sólo destruía…
alteraba la presión misma de la realidad,
colapsándola sin vacilación.
No dejaba heridas.
Borraba la existencia.
Y ante ella…
incliné la cabeza.
No por sumisión.
Sino por respeto.
Porque ese poder…
siempre había sido mío.
Y entonces…
la voz que no necesitaba ser pronunciada…
atravesó el mundo.
"Arrasa, Leviatán."
Cuando Fenrir nació…
lo supe.
Nada volvería a ser igual.
No era duda.
No era miedo.
Era certeza.
Necesitaba poder.
Para protegerla.
Para protegerme.
Para dominar.
…Pero yo ya tenía poder.
No había sido bendecido por la Luna Violeta.
Aquella entidad… poderosa, codiciosa, egoísta…
me veía como poco más que un instrumento.
Un siervo útil en su tablero.
Y, sin embargo…
yo sabía lo que era.
Siempre lo había sabido.
Conocía mi lugar.
Y era la hora de, por fin, ponerse un poco serio.
Entonces…
los recuerdos regresaron.
No como fragmentos.
No como ecos.
Sino como una verdad enterrada demasiado tiempo.
El poder de creación contenido en las lunas…
no era más que una fracción.
Una parte ínfima… de algo mucho más antiguo.
Mucho más profundo.
Había aceptado mi naturaleza como catástrofe.
Como maldición.
…Pero aún no había aceptado lo que realmente era.
Un demonio.
Y lo más irónico…
es que nunca había dejado de serlo.
Ni siquiera hizo falta que pronunciara su nombre.
Porque ya estaba allí.
Esperando.
Y entonces…
con una calma que recorrió cada valle,
que rozó cada brisa…
el mundo se estremeció.
No hubo explosión.
No hubo ruido.
Sólo presencia.
La tierra tembló…
no por impacto,
sino por reconocimiento.
El aire… desapareció.
Convertido en un vacío que devoraba incluso los nombres.
Los océanos… se replegaron.
No por miedo…
sino porque, por un instante,
algo infinitamente más antiguo que ellos
había reclamado la existencia.
Y en ese silencio absoluto…
todo se arrodilló.
Incluso el rey del inframundo.
Porque lo que emergía…
no era poder.
Era autoridad.
Una espada.
Olvidada.
Arcana.
Rota.
No forjada como un arte…
sino nacida de la furia de una bestia.
Su tamaño… suficiente para ocultarme dos veces tras su hoja.
Su forma… imperfecta, brutal.
Y su filo…
maldito.
Cada corte no sólo destruía…
alteraba la presión misma de la realidad,
colapsándola sin vacilación.
No dejaba heridas.
Borraba la existencia.
Y ante ella…
incliné la cabeza.
No por sumisión.
Sino por respeto.
Porque ese poder…
siempre había sido mío.
Y entonces…
la voz que no necesitaba ser pronunciada…
atravesó el mundo.
"Arrasa, Leviatán."