El asfalto todavía conservaba el frío de la noche cuando Elena se dejó caer boca arriba, justo a mitad de la calle secundaria que llevaba al viejo cine. No había tráfico a esa hora; Mystic Falls dormía temprano entre semana. Con las manos cruzadas sobre el pecho y el cabello extendido como una mancha oscura sobre el pavimento, fijó la mirada en un punto indefinido del cielo. Las farolas distorsionaban parte del firmamento, pero ella no estaba tratando de contar estrellas.
El contacto contra el suelo le resultaba curioso. Cuando era humana, tumbarse en la calle hubiera significado polvo, piel raspada y el temor a que algún auto apareciera en cualquier momento. Ahora solo significaba frío superficial y un margen más amplio entre el peligro y la costumbre. Sus sentidos vampíricos rastreaban sin esfuerzo el murmullo distante de un motor tres cuadras más abajo, el roce de una ventana que alguien cerraba y el goteo de un aire acondicionado mal drenado.
Exhaló lentamente, dejando que el aire saliera aunque no lo necesitara. El olor a hojas húmedas, panadería cerrada y asfalto mojado le era más nítido de lo que habría sido antes. Ser vampira tenía esos detalles sensoriales que se colaban en los momentos de quietud, recordándole que ya no vivía el mundo desde el mismo lugar que los demás.
Permaneció así unos segundos más, inmóvil bajo el brillo apagado de las farolas, como si la calle fuera un observatorio improvisado y nadie más fuera a reclamarlo. La noche estaba tranquila, y por una vez no parecía exigirle nada.
El asfalto todavía conservaba el frío de la noche cuando Elena se dejó caer boca arriba, justo a mitad de la calle secundaria que llevaba al viejo cine. No había tráfico a esa hora; Mystic Falls dormía temprano entre semana. Con las manos cruzadas sobre el pecho y el cabello extendido como una mancha oscura sobre el pavimento, fijó la mirada en un punto indefinido del cielo. Las farolas distorsionaban parte del firmamento, pero ella no estaba tratando de contar estrellas.
El contacto contra el suelo le resultaba curioso. Cuando era humana, tumbarse en la calle hubiera significado polvo, piel raspada y el temor a que algún auto apareciera en cualquier momento. Ahora solo significaba frío superficial y un margen más amplio entre el peligro y la costumbre. Sus sentidos vampíricos rastreaban sin esfuerzo el murmullo distante de un motor tres cuadras más abajo, el roce de una ventana que alguien cerraba y el goteo de un aire acondicionado mal drenado.
Exhaló lentamente, dejando que el aire saliera aunque no lo necesitara. El olor a hojas húmedas, panadería cerrada y asfalto mojado le era más nítido de lo que habría sido antes. Ser vampira tenía esos detalles sensoriales que se colaban en los momentos de quietud, recordándole que ya no vivía el mundo desde el mismo lugar que los demás.
Permaneció así unos segundos más, inmóvil bajo el brillo apagado de las farolas, como si la calle fuera un observatorio improvisado y nadie más fuera a reclamarlo. La noche estaba tranquila, y por una vez no parecía exigirle nada.