Robin se encontraba nuevamente en su habitación, con los brazos cruzados, mirando pensativa por la ventana. La luz de las estrellas caía suavemente sobre la mesa frente a ella, pero sus pensamientos no dejaban de girar en torno a Songster. La percepción que tenía de él, siempre tan serio y contenido, la hacía cuestionarse una y otra vez si su manera de ser, tan abierta y expresiva, estaba generando una presión innecesaria sobre él.
Sabía que él sentía algo por ella. Podía verlo en los momentos fugaces en los que sus ojos se suavizaban cuando se cruzaban, en los gestos imperceptibles que hacía para protegerla, en la forma en que su atención nunca flaqueaba a pesar de su silencio. Pero cada vez que su propia expresión de afecto se hacía evidente—un toque en su brazo, una sonrisa que esperaba que llegara al fondo de su alma—ella no podía evitar preguntarse si realmente estaba haciendo lo correcto.
¿Estaba él sintiendo lo mismo, o le estaba presionando a corresponderle de una forma que no quería o no podía? Robin, siempre tan abierta y efusiva, a veces se preguntaba si su constante necesidad de cercanía lo incomodaba. ¿Se sentía él atrapado en su mar de emociones, incapaz de encontrar una salida sin herirla? A veces pensaba que quizás su falta de expresión, su aparente indiferencia, no era más que una barrera de protección, una forma de evitar que ella se acercara demasiado y lo desbordara con su cariño.
La duda se anidaba en su corazón, inquietante. Robin quería que él supiera lo mucho que significaba para ella, pero ¿y si, en su intento de demostrarlo, lo estaba alejando más? No podía evitar sentirse insegura en esos momentos, temerosa de que su deseo de conexión, tan evidente y sincero, estuviera creando una distancia entre ellos en lugar de acercarlos.
Robin se encontraba nuevamente en su habitación, con los brazos cruzados, mirando pensativa por la ventana. La luz de las estrellas caía suavemente sobre la mesa frente a ella, pero sus pensamientos no dejaban de girar en torno a Songster. La percepción que tenía de él, siempre tan serio y contenido, la hacía cuestionarse una y otra vez si su manera de ser, tan abierta y expresiva, estaba generando una presión innecesaria sobre él.
Sabía que él sentía algo por ella. Podía verlo en los momentos fugaces en los que sus ojos se suavizaban cuando se cruzaban, en los gestos imperceptibles que hacía para protegerla, en la forma en que su atención nunca flaqueaba a pesar de su silencio. Pero cada vez que su propia expresión de afecto se hacía evidente—un toque en su brazo, una sonrisa que esperaba que llegara al fondo de su alma—ella no podía evitar preguntarse si realmente estaba haciendo lo correcto.
¿Estaba él sintiendo lo mismo, o le estaba presionando a corresponderle de una forma que no quería o no podía? Robin, siempre tan abierta y efusiva, a veces se preguntaba si su constante necesidad de cercanía lo incomodaba. ¿Se sentía él atrapado en su mar de emociones, incapaz de encontrar una salida sin herirla? A veces pensaba que quizás su falta de expresión, su aparente indiferencia, no era más que una barrera de protección, una forma de evitar que ella se acercara demasiado y lo desbordara con su cariño.
La duda se anidaba en su corazón, inquietante. Robin quería que él supiera lo mucho que significaba para ella, pero ¿y si, en su intento de demostrarlo, lo estaba alejando más? No podía evitar sentirse insegura en esos momentos, temerosa de que su deseo de conexión, tan evidente y sincero, estuviera creando una distancia entre ellos en lugar de acercarlos.