• La mirada de "¿cómo se le quitan las baterías a esta persona?" que pone al cometer el error de escuchar a un vendedor de celulares hablar y hablar de cámaras, pantallas, apps y demás cosas que no entiende. Él sólo quería otro cacahuate sencillo que reemplazara al roto...
    La mirada de "¿cómo se le quitan las baterías a esta persona?" que pone al cometer el error de escuchar a un vendedor de celulares hablar y hablar de cámaras, pantallas, apps y demás cosas que no entiende. Él sólo quería otro cacahuate sencillo que reemplazara al roto...
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  • 𝑂𝑟𝑐ℎ𝑒𝑠𝑡𝑟𝑎
    Ashes of Dreams Por cualquier frontera las ataduras invisibles atan su cuerpo, no hay salida, no hay sonido y la oscuridad es profunda que sus sentidos se nublan.  Los hilos se mueven al sonido de una melodía entristecedora, su garganta se cierra; quema, la voz jamás nace, la indeleble amargura crece en alguna parte remota de su pecho.  Su...
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  • ¿Una pequeña ayuda?
    -hace apenas unos minutos, había estado en el escenario como todas las noches. ¿Su presentación?, impecable. Nadie podía negarlo. Cada giro, cada paso, cada mirada, todo estaba hecho de puro corazón. ¿Y ahora?, ahora estaba sentada afuera, en la terraza del lugar, viendo las estrellas, con la mirada fija en el cielo.- ¿Se te perdió...
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  • 𖹭^᪲᪲᪲𝅄 ׁ ˳

    La luz del atardecer caía justo a sus espaldas, reflejándose en su cabello rubio. Su sonrisa, brillante y acogedora, hacía que el espacio se sintiera más liviano de lo que realmente era. Tenía los brazos apoyados con soltura, como si estuviera descansando después de reir demasiado, con esa postura relajada que solo tomaba cuando realmente se sentía cómoda.

    Al verte, sus ojos se entrecerraron un poco más por la sonrisa que traía encima.

    —¡Ah, con que ahí estás! —dijo, con esa voz que sonaba a alivio disfrazada de broma.

    Un mechón dorado cayó sobre su rostro y ella lo apartó con un gesto tranquilo, distraído, mientras mantenía esa sonrisa cálida que parecían invitarte sin decirlo.

    —Pensé que te perderias este atardecer tan bonito... —fingió un puchero, pero no tardó en volver a reir. —Ven, cuentame como fue tu día.
    𖹭^᪲᪲᪲𝅄 ׁ ˳🍮 La luz del atardecer caía justo a sus espaldas, reflejándose en su cabello rubio. Su sonrisa, brillante y acogedora, hacía que el espacio se sintiera más liviano de lo que realmente era. Tenía los brazos apoyados con soltura, como si estuviera descansando después de reir demasiado, con esa postura relajada que solo tomaba cuando realmente se sentía cómoda. Al verte, sus ojos se entrecerraron un poco más por la sonrisa que traía encima. —¡Ah, con que ahí estás! —dijo, con esa voz que sonaba a alivio disfrazada de broma. Un mechón dorado cayó sobre su rostro y ella lo apartó con un gesto tranquilo, distraído, mientras mantenía esa sonrisa cálida que parecían invitarte sin decirlo. —Pensé que te perderias este atardecer tan bonito... —fingió un puchero, pero no tardó en volver a reir. —Ven, cuentame como fue tu día.
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  • —A ver... si destino 300$ para que no me corten la luz... otra vez... y 150$ para el tipo que dice que puede arreglar el techo que gotea sobre el sofá... —escribe en una libreta, concentrada— entonces me quedan 58$ para la comida de este mes. Hm. Insuficiente... ¿se podrá vivir un mes a base de jugo de cajita y galletas de la suerte?

    Da un golpecito al lápiz contra su barbilla, pensativa.

    —¡Ah! Pero si mi hermano me envía esos 500$ que le pedí... podría pagar una de las multas... Y eso liberaría 1000$ del fondo de emergencias... —sigue tomando notas, ahora con más entusiasmo— ¡Y así, puedo destinar 1058$ a los regalos de Navidad! ... que serán todos para mí, claro. Definitivamente, la adultez es solo un mito para asustar a los débiles (?)
    —A ver... si destino 300$ para que no me corten la luz... otra vez... y 150$ para el tipo que dice que puede arreglar el techo que gotea sobre el sofá... —escribe en una libreta, concentrada— entonces me quedan 58$ para la comida de este mes. Hm. Insuficiente... ¿se podrá vivir un mes a base de jugo de cajita y galletas de la suerte? Da un golpecito al lápiz contra su barbilla, pensativa. —¡Ah! Pero si mi hermano me envía esos 500$ que le pedí... podría pagar una de las multas... Y eso liberaría 1000$ del fondo de emergencias... —sigue tomando notas, ahora con más entusiasmo— ¡Y así, puedo destinar 1058$ a los regalos de Navidad! ... que serán todos para mí, claro. Definitivamente, la adultez es solo un mito para asustar a los débiles (?)
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  • A la próxima persona que me pregunte que si estoy bien le voy a romper la cara.
    A la próxima persona que me pregunte que si estoy bien le voy a romper la cara.
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  • 𝐒abía que volver con heridas no sería fácil de explicar. Más de una vez, durante el camino de regreso, intentó despertar su poder para cerrar los cortes… pero algo dentro de ella se lo impedía. Tal vez era el miedo a perder el control, o quizá esa fuerza dormida simplemente se negaba a auxiliarla. Fuera lo que fuese, no tuvo éxito, y solo le quedó aceptar que tendría que enfrentar el momento tal cual estaba.

    𝐏ara suavizar la preocupación y el enojo que seguro vendría, pensó que un pequeño obsequio podría ayudar. En el trayecto reunió un ramillete de flores, compró onigiris rellenos de pescado conservado, cuatro brochetas de dangos de mijo y unas batatas asadas cuyo calor seguía atrapado bajo el pañuelo que las envolvía. Aunque el cuerpo le ardía de dolor, cargó la pequeña cesta de bambú con una sonrisa tibia, esperando que eso, al menos, lo alegrara un poco.

    𝐄l día entero había pasado lejos de la casa. Tras subir esas interminables escaleras del templo, continuó su camino hasta llegar al porche. La madera crujió bajo su peso. Se quitó los zapatos y se detuvo en la entrada; inclinó apenas el rostro, escondiendo la herida de la mejilla bajo la cortina rojiza de su cabello. Aun así, no dejó que desapareciera la chispa de emoción por, por fin, estar de vuelta.

    — ¡He vuelto! Traje mucha comida calentita y rica. Parece que la nieve todavía se hace desear y la lluvia no tiene piedad, pero… qué bonito día igual, ¿no crees? —dijo, intentando que el cansancio no se le filtrara en la voz. El entusiasmo seguía ahí, sostenido por pura terquedad, y de algún modo estar en casa la hacía respirar un poco mejor.

    𝐄scuchó pasos rápidos desde el interior, ese ritmo apurado que siempre anunciaba la clase de recibimiento que le esperaba. Apoyó el hombro en el marco de la puerta y acomodó su cabello con prisa, dejándolo caer sobre el costado lastimado, cruzando los dedos para que él no lo notara.

    Kazuo
    𝐒abía que volver con heridas no sería fácil de explicar. Más de una vez, durante el camino de regreso, intentó despertar su poder para cerrar los cortes… pero algo dentro de ella se lo impedía. Tal vez era el miedo a perder el control, o quizá esa fuerza dormida simplemente se negaba a auxiliarla. Fuera lo que fuese, no tuvo éxito, y solo le quedó aceptar que tendría que enfrentar el momento tal cual estaba. 𝐏ara suavizar la preocupación y el enojo que seguro vendría, pensó que un pequeño obsequio podría ayudar. En el trayecto reunió un ramillete de flores, compró onigiris rellenos de pescado conservado, cuatro brochetas de dangos de mijo y unas batatas asadas cuyo calor seguía atrapado bajo el pañuelo que las envolvía. Aunque el cuerpo le ardía de dolor, cargó la pequeña cesta de bambú con una sonrisa tibia, esperando que eso, al menos, lo alegrara un poco. 𝐄l día entero había pasado lejos de la casa. Tras subir esas interminables escaleras del templo, continuó su camino hasta llegar al porche. La madera crujió bajo su peso. Se quitó los zapatos y se detuvo en la entrada; inclinó apenas el rostro, escondiendo la herida de la mejilla bajo la cortina rojiza de su cabello. Aun así, no dejó que desapareciera la chispa de emoción por, por fin, estar de vuelta. — ¡He vuelto! Traje mucha comida calentita y rica. Parece que la nieve todavía se hace desear y la lluvia no tiene piedad, pero… qué bonito día igual, ¿no crees? —dijo, intentando que el cansancio no se le filtrara en la voz. El entusiasmo seguía ahí, sostenido por pura terquedad, y de algún modo estar en casa la hacía respirar un poco mejor. 𝐄scuchó pasos rápidos desde el interior, ese ritmo apurado que siempre anunciaba la clase de recibimiento que le esperaba. Apoyó el hombro en el marco de la puerta y acomodó su cabello con prisa, dejándolo caer sobre el costado lastimado, cruzando los dedos para que él no lo notara. [8KazuoAihara8]
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  • —'Lo que el perro vio' —lee en voz alta, con su mirada en una de las páginas intentando distraerse con la lectura— Hmm, fascinante. Perspectivas no humanas... ¿El capítulo aplicaría si el 'perro' en cuestión soy yo, y lo que 'vi' fue...? No. No aplica.

    Da vuelta la página con brusquedad.

    —'El poder del contexto' —murmuró— Claro. El contexto era yo haciendo el ridículo. Un contexto muuuy... poderosamente embarazoso. ¡Maldito contexto! ¡Y maldita neurología que no me permite archivar un evento de 1.7 segundos y seguir con mi día! (?) —dejó caer el libro sobre su rostro.
    —'Lo que el perro vio' —lee en voz alta, con su mirada en una de las páginas intentando distraerse con la lectura— Hmm, fascinante. Perspectivas no humanas... ¿El capítulo aplicaría si el 'perro' en cuestión soy yo, y lo que 'vi' fue...? No. No aplica. Da vuelta la página con brusquedad. —'El poder del contexto' —murmuró— Claro. El contexto era yo haciendo el ridículo. Un contexto muuuy... poderosamente embarazoso. ¡Maldito contexto! ¡Y maldita neurología que no me permite archivar un evento de 1.7 segundos y seguir con mi día! (?) —dejó caer el libro sobre su rostro.
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  • A trabajar...no me pagan las horas extra..
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  • Tal vez, y solo tal vez... Necesite ser más paciente.
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