Mansión Carmesí.
En los alrededores de una gran mansión con excéntricas decoraciones de súbito valor y lujosamente conservada, se encontraban varios grupos de demonios murmurando entre sí palabras que nadie más debía escuchar.
Se rumoreaba desde hace días que la orda demoníaca dirigida por uno de los príncipes infernales estaba llena de ineptitud y debilidad, demostrando el bajo dominio de su líder, cuyo nombre no se atrevían a mencionar para evitar calamidades sobre ellos. No obstante, sus lenguas eran más rápidas que las de una cascabel y rasgaban cada sección de la mente de quien lograba escucharlas. Había llegado a oídos de los mismos súbditos de éste líder "inepto".
Y no solamente a ellos, sino.. al mismo príncipe.
El Lord demonio se encontraba en su trono, probando unas uvas jugosas y frescas que su sacerdotisa (encargada de sus asuntos reales) había obtenido para él. La dama que lo servía agregó otra uva dentro de la boca de su amo, evitando rozar sus rojizos y suaves labios, que contenían un poco de humedad. Sus bellos ojos estaban cerrados esperando la próxima fruta mientras saboreaba la reciente. Sus largas y gruesas pestañas hacían sombra en sus párpados. La dama pensó que un rostro tan hermoso podía ser la aniquilación de un reino entero, sin embargo, su amo siempre utilizaba una máscara horrorosa; bañada con sangre de inocentes y pulida en sombras de resentimiento. Sólo él podría usarla, cualquier otro ser que se atreviera a colocar tal abominación en su rostro, caería inmediatamente en la locura.
Ella se había distraído observando la inalcanzable belleza masculina frente suyo, sin percatarse que su mirada había sido demasiado intensa y sus movimientos se habían detenido mientras su respiración se aceleraba. El Lord en el trono suspiró casi imperceptible y en un abrir y cerrar de ojos, estiró su mano hacia la doncella, quién se dió cuenta de su error tardíamente para reaccionar cuando sintió la opresión en su cuello; sus huesos parecían de goma bajo la delicada, pero monstruosamente fuerte mano que apretaba sin compasión cada centímetro de éste hasta romperlo.
Un cuerpo inerte cayó al suelo y enseguida varios súbditos demonios que estaban en el mismo salón, se arrodillaron y suplicaron clemencia al unísono.
El Lord se reincorporó en el lujoso trono, tomando una postura más digna y dominante demostrando su mal humor recién adquirido, nada parecido a su anterior actitud relajada. Abrió sus ojos y observó con atención su mano, notando que se había manchado sus dedos con sangre. Frunció su boca con notable disgusto y la llevó hacia un costado, enseguida varios sirvientes se arrodillaron a su lado para empezar a limpiar la mano ensangrentada. Después de todo, no había sido la primera vez.
En el gran salón se encontraba un gran silencio, sólo se escuchaban los traqueteos de los sirvientes haciendo su trabajo sin levantar la vista. No querían ser los próximos al mirar por accidente el rostro del Lord. Todos en la Mansión e incluso, en el inframundo sabían que este príncipe odiaba que los demás observaran demasiado su rostro. Siempre que alguien lo hacía, próximamente sucedía un baño de sangre. Por eso deducían que utilizaba máscaras para cubrirlo.
Cuando terminaron, se marcharon tan sigilosos como habían llegado. En pocos segundos, unos pasos resonaron en el salón mientras se aproximaban hacia el trono. Luego de una reverencia sutil, una mujer con vestimentas rojizas que detallaban su curvilínea figura, con maquillaje exagerado y joyas lujosas que adornaban su cuerpo de belleza hipnotizante, llegó frente al príncipe quién sólo le dedicó una mirada de molestia.
— Su excelencia ha asesinado de nuevo a una de mis sirvientas, es la cuarta en éstos últimos dos días. Debo felicitarlo, ha disminuido el número.
Ella había leído la actitud de su Señor, lo conocía desde hace mucho tiempo. En cada oración suya no ocultaba su coqueta actitud, sin embargo, su palabras seguían teniendo ese toque respetuoso hacia la figura sentada en el trono, cuya imagen era como la de un dios entre las nubes, tan cerca, pero tan lejos a su vez. Intocable y así mismo, sentía que podría tocar la punta de sus zapatos. Pero.. todavía quería seguir viva.
— Su excelencia, sé que estás pensando en esos sucios rumores. Pero.. ¿Quién no conoce el poder insólito del segundo príncipe? Debe considerarse muerto para soltar su lengua de tal manera.
El inmortal finalmente mostró una sonrisa fría en sus labios y el corazón de la sacerdotisa se volcó un instante. Entrecerró sus ojos y se levantó del trono para alejarse de éste.
— Bien, estará muerto.
Fueron sus únicas palabras. Todo el tiempo había estado de mal humor por ese asunto, pero podía resolverlo por su propia mano, no le importaba que identidad tenía la otra parte.
En esa noche...
Un grupo de criaturas de todo tipo de formas, tamaño y rangos, invadieron los hogares que permanecían en silencio dentro de la ciudad más próspera de un reino en plena oscuridad. Empezando a construir el caos que llenó la atmósfera de lamentos y gritos aterrorizados.
El Lord demonio no se detuvo en ese lugar, fue más allá de la frontera e invadió un espacio prohibido para una persona común. Bueno, él no era común.
En un parpadeo, estaba dentro de los aposentos reales del rey que gobernaba ese reino. Era un rey que había conocido desde hace años y habían realizado un tratado de "paz". Sin embargo, ese tratado había sido violado por el propio rey recientemente.
La mirada del demonio fue la de un depredador con extremo resentimiento que había esperado por esa presa desde hace mucho. Su sonrisa siniestra se ocultó debajo de una máscara demoníaca y cuya figura estaba sumergida entre las sombras que, no importaba cuan oscuras eran, no podían ocultar sus sádicas intenciones.
Esa noche, miles de vidas se perdieron de manera insana. Varias almas empezaron a nadar en el río Naihe, mientras que otras comenzaron a ser eternamente condenadas.
[ Scream My Name - Thomas La rosa.]