• NUEVA CONQUISTA: 1/2


    —Mientras la noche se llenaba de fuego y escombros, el estaba sobre la ciudad devastada pensando que hacer, se sentia vacio y aburrido, ya no habia nada que destruir o alguien a quien valga la pena matar—

    —En eso,vio como un destello verde aparecio en el cielo, parecia ser una especie de portal y el lo reconocio al instante, era uno de los portales de Angstrom—


    —¡ANGSTROOOM!


    —Mark no lo penso dos veces y se lanzo de lleno al portal, esperando encontrar a esa rata traidora del otro lado, pero no fue asi, en su lugar fue trasladado a un universo nuevo, uno virgen y puro, como solia ser su mundo antes de que lo devastara—
    NUEVA CONQUISTA: 1/2 —Mientras la noche se llenaba de fuego y escombros, el estaba sobre la ciudad devastada pensando que hacer, se sentia vacio y aburrido, ya no habia nada que destruir o alguien a quien valga la pena matar— —En eso,vio como un destello verde aparecio en el cielo, parecia ser una especie de portal y el lo reconocio al instante, era uno de los portales de Angstrom— —¡ANGSTROOOM! —Mark no lo penso dos veces y se lanzo de lleno al portal, esperando encontrar a esa rata traidora del otro lado, pero no fue asi, en su lugar fue trasladado a un universo nuevo, uno virgen y puro, como solia ser su mundo antes de que lo devastara—
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  • Las ruedas del coche chirriaron un poco al girar en la entrada de tierra. Uno de los almacenes vacíos de Angela, apartado, con los portones cerrados y dos de sus hombres de confianza montando guardia. No hablaban, solo asintieron con la cabeza cuando nos vieron llegar. Angela bajó primero, me miró en silencio mientras yo abría la puerta del copiloto. No me dijo nada. No tenía que hacerlo.

    Caminamos juntas hasta la entrada. Ella me dio las llaves sin preguntar. Las tomé, sintiendo el metal frío en la palma.

    —Estaré aquí fuera —dijo con calma, pero firme—. Si me necesitas, solo grita mi nombre.

    Asentí y entré sola.

    Dentro, el olor a humedad se mezclaba con algo más metálico. Sangre seca, probablemente. El foco colgando del techo iluminaba solo el centro del espacio. Y allí estaba él. Atado a una silla de hierro oxidado, la cabeza baja, respirando con dificultad. Le habían dado una paliza. Una buena. No me hizo falta preguntar si había sido Angela quien lo había ordenado.

    Cerré la puerta tras de mí. Él levantó la mirada.

    —Así que al final viniste, piccola —su voz era rasposa, como si le costara hasta hablar—. Siempre fuiste valiente… pero también una traidora.

    No respondí. Caminé hacia él. Lenta. Paso a paso.

    —A los doce años tuviste los cojones de entregarme. Por eso pasé catorce putos años entre ratas. Pero salí. Y mírate ahora —rió entre dientes, escupiendo sangre—. Sigues siendo la misma niña rota.

    Me quedé delante de él, sacando el arma de mi cinturón. La sostuve en mi mano, pero no la levanté aún.

    —No soy una niña —dije con voz baja—. Y tú ya no me das miedo.

    —Mientes. Temblabas cuando te toqué. Como antes. Como siempre. Tú nunca pudiste con esto.

    Me acerqué, apoyando la pistola contra su frente. Me miró. Sonrió.

    —Hazlo.

    —No —susurré, bajando el arma. Vi cómo se le tensaba la mandíbula, como si no lo esperara. Entonces, saqué el cuchillo pequeño que llevaba en el tobillo.

    Lo miré fijamente.

    —No mereces una bala.

    Y ahí sí tembló. Lo vi en sus ojos. Ya no hablaba.

    Mis movimientos fueron calculados. Nada impulsivo. Solo precisión. El filo pasó por donde debía. Lo justo para que doliera. Para que lo sintiera. Para que entendiera que esta vez no era la niña que se quedaba callada y que al fin tomaba justicia dejando que aquel hombre que se hacía llamar su padre, se desangrara lleno de dolor.

    Cuando terminé, dejé el cuchillo sobre la mesa de metal cercana. Me limpié la sangre de las manos con un trapo sucio. No me importó que me manchara más. Caminé hacia la puerta, abriéndola viendo a Angela Di Trapani, que esperaba afuera.
    Las ruedas del coche chirriaron un poco al girar en la entrada de tierra. Uno de los almacenes vacíos de Angela, apartado, con los portones cerrados y dos de sus hombres de confianza montando guardia. No hablaban, solo asintieron con la cabeza cuando nos vieron llegar. Angela bajó primero, me miró en silencio mientras yo abría la puerta del copiloto. No me dijo nada. No tenía que hacerlo. Caminamos juntas hasta la entrada. Ella me dio las llaves sin preguntar. Las tomé, sintiendo el metal frío en la palma. —Estaré aquí fuera —dijo con calma, pero firme—. Si me necesitas, solo grita mi nombre. Asentí y entré sola. Dentro, el olor a humedad se mezclaba con algo más metálico. Sangre seca, probablemente. El foco colgando del techo iluminaba solo el centro del espacio. Y allí estaba él. Atado a una silla de hierro oxidado, la cabeza baja, respirando con dificultad. Le habían dado una paliza. Una buena. No me hizo falta preguntar si había sido Angela quien lo había ordenado. Cerré la puerta tras de mí. Él levantó la mirada. —Así que al final viniste, piccola —su voz era rasposa, como si le costara hasta hablar—. Siempre fuiste valiente… pero también una traidora. No respondí. Caminé hacia él. Lenta. Paso a paso. —A los doce años tuviste los cojones de entregarme. Por eso pasé catorce putos años entre ratas. Pero salí. Y mírate ahora —rió entre dientes, escupiendo sangre—. Sigues siendo la misma niña rota. Me quedé delante de él, sacando el arma de mi cinturón. La sostuve en mi mano, pero no la levanté aún. —No soy una niña —dije con voz baja—. Y tú ya no me das miedo. —Mientes. Temblabas cuando te toqué. Como antes. Como siempre. Tú nunca pudiste con esto. Me acerqué, apoyando la pistola contra su frente. Me miró. Sonrió. —Hazlo. —No —susurré, bajando el arma. Vi cómo se le tensaba la mandíbula, como si no lo esperara. Entonces, saqué el cuchillo pequeño que llevaba en el tobillo. Lo miré fijamente. —No mereces una bala. Y ahí sí tembló. Lo vi en sus ojos. Ya no hablaba. Mis movimientos fueron calculados. Nada impulsivo. Solo precisión. El filo pasó por donde debía. Lo justo para que doliera. Para que lo sintiera. Para que entendiera que esta vez no era la niña que se quedaba callada y que al fin tomaba justicia dejando que aquel hombre que se hacía llamar su padre, se desangrara lleno de dolor. Cuando terminé, dejé el cuchillo sobre la mesa de metal cercana. Me limpié la sangre de las manos con un trapo sucio. No me importó que me manchara más. Caminé hacia la puerta, abriéndola viendo a [haze_orange_shark_766], que esperaba afuera.
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  • ¿Acaso había hoy oferta especial en personas sin gusto y traidoras?
    ¿Acaso había hoy oferta especial en personas sin gusto y traidoras?
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  • "En la penumbra de un imperio que se desmorona, arden las mentiras escritas por manos traidoras… y yo, el último general, escribiré la verdad con fuego."

    "En la penumbra de un imperio que se desmorona, arden las mentiras escritas por manos traidoras… y yo, el último general, escribiré la verdad con fuego."
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  • — La vida no es justa, ¿verdad?

    Elam suspiró, no de cansancio o hastío sino de nostalgia, mientras que su mirada permanecía fija en el horizonte. Recorrer tantas ciudades y pueblos en los últimos meses le había permitido tener una "visión" más amplia de su mundo. Más personas, más historias, más aventuras.

    — Mientras que a algunos el karma todavía no los alcanza, algunos están pagando los pecados de sus vidas anteriores. —De nuevo hubo un suspiro nostálgico, de esos que pocas veces salían de alguien risueño como él. — ¿Y yo? Quizá soy la excepción, quizá mi karma es esta maldición y el haber perdido un ojo. O quizá lo sea no poder comerme a esa maldita foca traidora de Fiadh.(?)
    — La vida no es justa, ¿verdad? Elam suspiró, no de cansancio o hastío sino de nostalgia, mientras que su mirada permanecía fija en el horizonte. Recorrer tantas ciudades y pueblos en los últimos meses le había permitido tener una "visión" más amplia de su mundo. Más personas, más historias, más aventuras. — Mientras que a algunos el karma todavía no los alcanza, algunos están pagando los pecados de sus vidas anteriores. —De nuevo hubo un suspiro nostálgico, de esos que pocas veces salían de alguien risueño como él. — ¿Y yo? Quizá soy la excepción, quizá mi karma es esta maldición y el haber perdido un ojo. O quizá lo sea no poder comerme a esa maldita foca traidora de Fiadh.(?)
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  • Le ha bajado la fiebre y anda jugando al escondite con Calisto. La gata se esconde por los rincones de la habitación, pero Irene es capaz de encontrarla cada vez sin problema, ganándose un gruñido por parte de su mascota

    - ¡Si es que no sabes esconderte, querida!

    La coge en brazos y da vueltas sobre sí misma para malestar de Calisto, quien sale huyendo en cuanto la deja de nuevo en el suelo.

    - Maldita traidora, ¡encima que juego contigo!

    Sí, desde luego, está mucho mejor.
    Le ha bajado la fiebre y anda jugando al escondite con Calisto. La gata se esconde por los rincones de la habitación, pero Irene es capaz de encontrarla cada vez sin problema, ganándose un gruñido por parte de su mascota - ¡Si es que no sabes esconderte, querida! La coge en brazos y da vueltas sobre sí misma para malestar de Calisto, quien sale huyendo en cuanto la deja de nuevo en el suelo. - Maldita traidora, ¡encima que juego contigo! Sí, desde luego, está mucho mejor.
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  • -pecado del orgullo despierta contra su voluntad. Aún así que se cuide Rosie porque le va a clavar los cuernos donde vea a la traidora que lo ofreció a Sebastián a cambio de unos dedos ensangrentados .
    Deslizó las pezuñas en el suelo levantando hierba y.... Bajo la cabeza olfateando el dulce aroma de la hierba... Observa a su alrededor y al verse solo se inclinaba pastar un poco -
    -pecado del orgullo despierta contra su voluntad. Aún así que se cuide Rosie porque le va a clavar los cuernos donde vea a la traidora que lo ofreció a Sebastián a cambio de unos dedos ensangrentados . Deslizó las pezuñas en el suelo levantando hierba y.... Bajo la cabeza olfateando el dulce aroma de la hierba... Observa a su alrededor y al verse solo se inclinaba pastar un poco -
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  • Ya no importa , no tengo nada que perder no me importa si soy un peon más en este juego o me vuelva una traidora del reino o de toda Britania .... No retocerede.

    #MokushiroNoYonKishi
    Ya no importa , no tengo nada que perder no me importa si soy un peon más en este juego o me vuelva una traidora del reino o de toda Britania .... No retocerede. #MokushiroNoYonKishi
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  • Maldito hijo de la gran puta... Pienso reventarle la cabeza a la zorra traidora de Lute después de esto.
    Maldito hijo de la gran puta... Pienso reventarle la cabeza a la zorra traidora de Lute después de esto.
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  • All villains must day...
    Fandom Continente de Ruthouryn
    Categoría Drama
    ❝ ...𝘢𝘯𝘥, 𝘢𝘴 𝘴𝘶𝘤𝘩, 𝘐 𝘢𝘮 𝘴𝘰𝘳𝘳𝘺 𝘐 𝘩𝘢𝘥 𝘵𝘰 𝘣𝘦 𝘵𝘩𝘦 𝘷𝘪𝘭𝘭𝘢𝘪𝘯 𝘰𝘧 𝘺𝘰𝘶𝘳 𝘴𝘵𝘰𝘳𝘺 ❞

    [SpringWar]

    ·̇·̣̇̇·̣̣̇·̣̇̇·̇ •๑♡๑•୨୧┈┈┈୨୧•๑♡๑• ·̇·̣̇̇·̣̣̇·̣̇̇·̇

    —Últimamente, a la princesa Aidna le resulta difícil conciliar el sueño.

    Su mente vaga, perdida, junto con su cuerpo por los pasillos del enorme palacio de Hvit, asustada de su propia magia. Sus sueños están poblados de 𝘬𝘰𝘴𝘩𝘮𝘢𝘳𝘪, demonios de las pesadillas que perturban su alma y su concentración. Aidna ya no sueña con el futuro, quizá porque no hay un futuro claro en su vida.

    No importa cuántas veces haya purificado su cuerpo en las fuentes de Selene, ni los ritos, rezos y súplicas que ha realizado a la diosa. Nada funciona ya. En sus sueños, la presencia de Leïlla se ha apoderado de todo, atrapándole y tentándole a rendirse y dejarse llevar.

    Sin embargo, tras quedarse dormida en un evento, y sin particular mala intención, la Reina de Hvit ha decidido echar un somnífero en la cena de Aidna, haciendo que se desplome de camino a su cuarto y que los guardias reales tengan que llevarla a sus aposentos.

    Con la excusa de mandar a Edain a una misión fuera de Hvit, pensando que la princesa necesitaba simplemente reposo, la reina acaba de condenar a Aidna a una de las peores pesadillas que ha tenido hasta el momento.

    Comenzó como un sueño hermoso. Los jardines de La Corte de la primavera eran bellos y Aidna debía reconocer que nunca había visto tantas flores en un mismo sitio. El sol acariciaba su piel blanca, casi nívea, sin quemarle; una fresca brisa movía sus cabellos e impregnaba el aire de un dulce aroma a azahar. En el fondo, Neramar y Nifrid jugaban juntos a perseguirse por los jardines. No había miedo en ellos, solo felicidad, alegría. El corazón de Aidna, debilitado por la falta de reposo, se reblandeció momentáneamente. Se acercó a ellos, queriendo averiguar más de lo que parecía una simple premonición.

    Dio un paso al frente, y liberó un grito del sorpresa al sentir que el pie se le hundía en el barro... no, no era barro; se trataba de una sustancia espesa, color carmesí, que dañaba su piel con el simple roce—. No... no, por favor. —Suplicó, retrocediendo lentamente mientras el campo pasaba a componerse de rosas carmesí. No eran naturalmente de ese color, Aidna lo presentía. Sus sospechas se confirmaron cuando el cielo se tiñó de un naranja tóxico y las flores empezaron a rezumar sangre—.

    ¡Basta! Sea lo que sea que quieres de mí, ¡No te lo daré! —Exclamó, a la presencia burlona que poblaba sus pesadillas. Normalmente tomaba la forma de la reina Leïlla. Hoy, sin embargo, parecía sentirse especialmente cruel, y quien apareció ante ella no fue otro que el mismo Nifrid.

    "Eres una tortuosa criatura, pequeña princesa. No sé cómo lo haces, pero tus barreras oníricas siempre acaban salvándote".

    Era la voz de Nifrid, pero al mismo tiempo no lo era. Se trataba de algo erróneo, algo que no debía existir en aquel mundo—.

    ¿Qué quieres de mí?

    —Nifrid esbozó una sonrisa, salvo que ya no era Nifrid. Ante ella se presentaba una mujer de aspecto cruel, con la piel corrompida por el paso del tiempo y la falta de vida. Un ser completamente antinatural, que hizo estremecer a Aidna de pies a cabeza. Alrededor de la mujer, todo parecía carente de vida, como si su propia presencia estuviese rodeada por un halo de muerte.

    "Tú no lo sabes, pero eres una pieza importante en un juego que comenzó hace mucho tiempo". Pronunció la mujer.

    El suelo emanaba un calor asfixiante, y por primera vez en toda su vida, Aidna sintió perlas de sudor poblándole la frente. No. No era sudor. Era su cuerpo, derritiéndose bajo el influjo de aquella criatura.

    "Tú plan con Nifrid, alteza, debe ser detenido. El príncipe debe vivir."

    Aidna se estremeció, empalideciendo repentinamente. ¿Cómo podía saber aquella mujer cuáles eran sus planes? Solo Rhianwen sabía de ellos, y por muy dura que fuese, no la tomaba como una traidora.

    A no ser...

    La presencia que había sentido. Claro. Sí había alguien escuchando aquella conversación—.

    ¿Quién eres?

    —"Eso no importa". Pronunció, haciendo un ademán de desprecio. "Pero me temo que no puedo permitir que sigas campando a tus anchas de esa forma, princesa. Por el momento, hasta que sepa qué hacer contigo, permanecerás aquí. No es tan mal sitio una vez te acostumbras".

    La mujer volvió a tomar la usual forma de Leïlla. Chasqueó los dedos y, antes de que Aidna pudiese reaccionar, la atrapó entre enredaderas punzantes. Sus muñecas, cintura y cuello quedaron inmobilizados.

    "No, pero no es sólo así como te sientes, ¿Verdad, pequeña? Te falta algo más..."

    Con un sonoro estruendo, unos pesados barrotes dorados cayeron alrededor de la princesa. El suelo se cubrió por vapor desprendiéndose por el calor, y el sol azotaba con crudeza sobre ella.

    Al principio, Aidna gritó.

    No podía distinguir el día de la noche, no sabía cuánto tiempo había transcurrido, pero se sentían días, si no semanas. Y al principio, gritó. Pidió ayuda, auxilio. A Selene, a Edain, a cualquiera que pudiese escucharla.

    Nadie vino.

    Sus fuerzas fueron mermándose, y sintió más y más ganas de dejarse ir. No veía sentido a la lucha, a aquella guerra que ella no había elegido. Se sentía terriblemente sola y abandonada, encerrada tras aquellos barrotes, condenada a, simplemente, esperar—.

    Por favor, por favor, que alguien me ayude... —Sollozó, cerrando los ojos y rindiéndose a los rayos punzantes del sol—.

    ❝ ...𝘢𝘯𝘥, 𝘢𝘴 𝘴𝘶𝘤𝘩, 𝘐 𝘢𝘮 𝘴𝘰𝘳𝘳𝘺 𝘐 𝘩𝘢𝘥 𝘵𝘰 𝘣𝘦 𝘵𝘩𝘦 𝘷𝘪𝘭𝘭𝘢𝘪𝘯 𝘰𝘧 𝘺𝘰𝘶𝘳 𝘴𝘵𝘰𝘳𝘺 ❞ [SpringWar] ·̇·̣̇̇·̣̣̇·̣̇̇·̇ •๑♡๑•୨୧┈┈┈୨୧•๑♡๑• ·̇·̣̇̇·̣̣̇·̣̇̇·̇ —Últimamente, a la princesa Aidna le resulta difícil conciliar el sueño. Su mente vaga, perdida, junto con su cuerpo por los pasillos del enorme palacio de Hvit, asustada de su propia magia. Sus sueños están poblados de 𝘬𝘰𝘴𝘩𝘮𝘢𝘳𝘪, demonios de las pesadillas que perturban su alma y su concentración. Aidna ya no sueña con el futuro, quizá porque no hay un futuro claro en su vida. No importa cuántas veces haya purificado su cuerpo en las fuentes de Selene, ni los ritos, rezos y súplicas que ha realizado a la diosa. Nada funciona ya. En sus sueños, la presencia de Leïlla se ha apoderado de todo, atrapándole y tentándole a rendirse y dejarse llevar. Sin embargo, tras quedarse dormida en un evento, y sin particular mala intención, la Reina de Hvit ha decidido echar un somnífero en la cena de Aidna, haciendo que se desplome de camino a su cuarto y que los guardias reales tengan que llevarla a sus aposentos. Con la excusa de mandar a Edain a una misión fuera de Hvit, pensando que la princesa necesitaba simplemente reposo, la reina acaba de condenar a Aidna a una de las peores pesadillas que ha tenido hasta el momento. Comenzó como un sueño hermoso. Los jardines de La Corte de la primavera eran bellos y Aidna debía reconocer que nunca había visto tantas flores en un mismo sitio. El sol acariciaba su piel blanca, casi nívea, sin quemarle; una fresca brisa movía sus cabellos e impregnaba el aire de un dulce aroma a azahar. En el fondo, Neramar y Nifrid jugaban juntos a perseguirse por los jardines. No había miedo en ellos, solo felicidad, alegría. El corazón de Aidna, debilitado por la falta de reposo, se reblandeció momentáneamente. Se acercó a ellos, queriendo averiguar más de lo que parecía una simple premonición. Dio un paso al frente, y liberó un grito del sorpresa al sentir que el pie se le hundía en el barro... no, no era barro; se trataba de una sustancia espesa, color carmesí, que dañaba su piel con el simple roce—. No... no, por favor. —Suplicó, retrocediendo lentamente mientras el campo pasaba a componerse de rosas carmesí. No eran naturalmente de ese color, Aidna lo presentía. Sus sospechas se confirmaron cuando el cielo se tiñó de un naranja tóxico y las flores empezaron a rezumar sangre—. ¡Basta! Sea lo que sea que quieres de mí, ¡No te lo daré! —Exclamó, a la presencia burlona que poblaba sus pesadillas. Normalmente tomaba la forma de la reina Leïlla. Hoy, sin embargo, parecía sentirse especialmente cruel, y quien apareció ante ella no fue otro que el mismo Nifrid. "Eres una tortuosa criatura, pequeña princesa. No sé cómo lo haces, pero tus barreras oníricas siempre acaban salvándote". Era la voz de Nifrid, pero al mismo tiempo no lo era. Se trataba de algo erróneo, algo que no debía existir en aquel mundo—. ¿Qué quieres de mí? —Nifrid esbozó una sonrisa, salvo que ya no era Nifrid. Ante ella se presentaba una mujer de aspecto cruel, con la piel corrompida por el paso del tiempo y la falta de vida. Un ser completamente antinatural, que hizo estremecer a Aidna de pies a cabeza. Alrededor de la mujer, todo parecía carente de vida, como si su propia presencia estuviese rodeada por un halo de muerte. "Tú no lo sabes, pero eres una pieza importante en un juego que comenzó hace mucho tiempo". Pronunció la mujer. El suelo emanaba un calor asfixiante, y por primera vez en toda su vida, Aidna sintió perlas de sudor poblándole la frente. No. No era sudor. Era su cuerpo, derritiéndose bajo el influjo de aquella criatura. "Tú plan con Nifrid, alteza, debe ser detenido. El príncipe debe vivir." Aidna se estremeció, empalideciendo repentinamente. ¿Cómo podía saber aquella mujer cuáles eran sus planes? Solo Rhianwen sabía de ellos, y por muy dura que fuese, no la tomaba como una traidora. A no ser... La presencia que había sentido. Claro. Sí había alguien escuchando aquella conversación—. ¿Quién eres? —"Eso no importa". Pronunció, haciendo un ademán de desprecio. "Pero me temo que no puedo permitir que sigas campando a tus anchas de esa forma, princesa. Por el momento, hasta que sepa qué hacer contigo, permanecerás aquí. No es tan mal sitio una vez te acostumbras". La mujer volvió a tomar la usual forma de Leïlla. Chasqueó los dedos y, antes de que Aidna pudiese reaccionar, la atrapó entre enredaderas punzantes. Sus muñecas, cintura y cuello quedaron inmobilizados. "No, pero no es sólo así como te sientes, ¿Verdad, pequeña? Te falta algo más..." Con un sonoro estruendo, unos pesados barrotes dorados cayeron alrededor de la princesa. El suelo se cubrió por vapor desprendiéndose por el calor, y el sol azotaba con crudeza sobre ella. Al principio, Aidna gritó. No podía distinguir el día de la noche, no sabía cuánto tiempo había transcurrido, pero se sentían días, si no semanas. Y al principio, gritó. Pidió ayuda, auxilio. A Selene, a Edain, a cualquiera que pudiese escucharla. Nadie vino. Sus fuerzas fueron mermándose, y sintió más y más ganas de dejarse ir. No veía sentido a la lucha, a aquella guerra que ella no había elegido. Se sentía terriblemente sola y abandonada, encerrada tras aquellos barrotes, condenada a, simplemente, esperar—. Por favor, por favor, que alguien me ayude... —Sollozó, cerrando los ojos y rindiéndose a los rayos punzantes del sol—.
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