• - Auch.

    Justo cuando pensaba que era seguro salir, la última pared en pie, se le ocurre caer encima de él, menos mal que seguía dentro de Chroma, aunque estaba apenas recuperándose del último encuentro.

    Sale de los escombros más por el enojo que la supervivencia.
    - Auch. Justo cuando pensaba que era seguro salir, la última pared en pie, se le ocurre caer encima de él, menos mal que seguía dentro de Chroma, aunque estaba apenas recuperándose del último encuentro. Sale de los escombros más por el enojo que la supervivencia.
    0 turnos 0 maullidos
  • Vitaligrafo, sobre los vulpafilas, criaturas afortunadamente estériles proveniente de las colmenas infestadas de la luna de Deimos, en Marte, ignoran por completo la voluntad de la colmena y funcionan bajo su propia voluntad, por lo que son considerados neutrales y valiosos para quizá algún día encontrar una cura.

    Hoy compartiré uno de los rasgos más increíbles de supervivencia de estos compañeros infestados, he sido testigo de su virtual inmortalidad y puedo dar fe con mis observaciones, grabaciones y demás evidencia de las muchas veces que escapan del beso de la muerte.

    Cuando su cuerpo es sometido a un daño letal, fatal o explosivo que haría trizas a muchas formas de vida, una nueva herida se abre, una nueva larva con todos los recuerdos, los datos genéticos y habilidades sale expulsado hacia la dirección más lejana posible, lejos de la fuente del daño, por lo que esa larva se esconde y sobrevive lo suficiente para volver a crecer, y no se tardan en crecer.

    El vulpafila mío, tiene la mala costumbre de adherirse al torso de Chroma cuando ocurre esa eventualidad, usando el cuerpo del Warframe como fuente de nutrientes y protección mientras vuelve poco a poco a recuperar su cuerpo original, toma alrededor de una hora volver a la normalidad y se desprende del Warframe cuando ya desarrolla sus extremidades y cola.

    Por supuesto la primera vez me asusto demasiado pensando que perdería también a mi Warframe, sin embargo, mi hipótesis fue errónea y debo admitir que me cuesta contener el deseo del cuerpo de Chroma de quemar al vulpafila en sus primeras resurrecciones, sin embargo, me alivia saber que nunca más volví a sentir incomodidad.
    Vitaligrafo, sobre los vulpafilas, criaturas afortunadamente estériles proveniente de las colmenas infestadas de la luna de Deimos, en Marte, ignoran por completo la voluntad de la colmena y funcionan bajo su propia voluntad, por lo que son considerados neutrales y valiosos para quizá algún día encontrar una cura. Hoy compartiré uno de los rasgos más increíbles de supervivencia de estos compañeros infestados, he sido testigo de su virtual inmortalidad y puedo dar fe con mis observaciones, grabaciones y demás evidencia de las muchas veces que escapan del beso de la muerte. Cuando su cuerpo es sometido a un daño letal, fatal o explosivo que haría trizas a muchas formas de vida, una nueva herida se abre, una nueva larva con todos los recuerdos, los datos genéticos y habilidades sale expulsado hacia la dirección más lejana posible, lejos de la fuente del daño, por lo que esa larva se esconde y sobrevive lo suficiente para volver a crecer, y no se tardan en crecer. El vulpafila mío, tiene la mala costumbre de adherirse al torso de Chroma cuando ocurre esa eventualidad, usando el cuerpo del Warframe como fuente de nutrientes y protección mientras vuelve poco a poco a recuperar su cuerpo original, toma alrededor de una hora volver a la normalidad y se desprende del Warframe cuando ya desarrolla sus extremidades y cola. Por supuesto la primera vez me asusto demasiado pensando que perdería también a mi Warframe, sin embargo, mi hipótesis fue errónea y debo admitir que me cuesta contener el deseo del cuerpo de Chroma de quemar al vulpafila en sus primeras resurrecciones, sin embargo, me alivia saber que nunca más volví a sentir incomodidad.
    Me gusta
    2
    0 turnos 0 maullidos
  • ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado.

    Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano?

    Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso.

    Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí:

    «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?».

    En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma.

    «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí».

    Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional.

    No me quise quedar a seguir escuchando.

    Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin...

    Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme.

    Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre.

    Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz.

    ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad?

    Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo.

    Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro.

    Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada.

    Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos.

    La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba.

    No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas.

    Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije:

    «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no».

    Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
    ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado. Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano? Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso. Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí: «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?». En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma. «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí». Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional. No me quise quedar a seguir escuchando. Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin... Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme. Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre. Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz. ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad? Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo. Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro. Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada. Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos. La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba. No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas. Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije: «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no». Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
    Me encocora
    Me gusta
    13
    3 turnos 0 maullidos
  • Es maravillosa la capacidad que tenemos de adaptarnos a lo nuevo. Para bien o para mal, sólo es supervivencia.
    Es maravillosa la capacidad que tenemos de adaptarnos a lo nuevo. Para bien o para mal, sólo es supervivencia.
    Me gusta
    3
    4 turnos 0 maullidos
  • ────Esta sí que fue una ardua noche. Memorizar veinticinco páginas a las tres de la madrugada es toda una experiencia. Ahora solo queda recordar cómo funcionan los párpados... creo que no era tan complicado. Si me ven cabeceando, no duden en pellizcarme el brazo... o hacerme cosquillas en la pancita para despertarme. Cualquiera de esos métodos está aprobado por la Afro-ciencia; la rama experimental encargada del estudio de la supervivencia nocturna.
    ────Esta sí que fue una ardua noche. Memorizar veinticinco páginas a las tres de la madrugada es toda una experiencia. Ahora solo queda recordar cómo funcionan los párpados... creo que no era tan complicado. Si me ven cabeceando, no duden en pellizcarme el brazo... o hacerme cosquillas en la pancita para despertarme. Cualquiera de esos métodos está aprobado por la Afro-ciencia; la rama experimental encargada del estudio de la supervivencia nocturna.
    Me encocora
    Me gusta
    Me enjaja
    14
    2 turnos 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    ****La Edad del Caos****
    -La calma antes del juicio

    Lejos de los templos, lejos de la guerra, existía un lugar donde el mundo aún respiraba, la aldea de los nómadas. Allí, el viento no llevaba plegarias a los dioses sino historias de supervivencia, Onix fue la primera en volver a casa. Su presencia, inesperada y marcada por el dolor, no pasó desapercibida. Entre los suyos aún quedaban rostros que recordaban y entre ellos, uno que no la había olvidado, su tío, el hermano de su padre.

    El mismo hombre que había sobrevivido cuando los Elunai arrasaron con su gente en otra aldea, llevándose a los niños como si fueran herramientas, como si sus vidas no tuvieran valor. Cuando vio a Onix no hizo preguntas simplemente la abrazó y eso fue suficiente.

    Yen llegó como una sombra ajena pero no fue rechazada. Su apariencia, su esencia, su forma de existir, la acercaban más a ellos que a cualquier templo. Para los nómadas, no era una aberración, era solo una niña y eso era suficiente.

    El tiempo, por primera vez desde la tragedia, comenzó a avanzar sin violencia, Yen aprendió a vivir, a caminar sin miedo constante, a comer sin mirar sobre su hombro, a dormir… sin gritar.

    Pero la paz no era completa nunca lo sería, el tío de Onix comenzó a entrenarlas, no como soldados, no como herramientas sino como sobrevivientes.

    Les enseñó a moverse, a resistir, a leer el entorno pero sobre todo, a entender algo que los templos jamás enseñaban: El mundo no era justo y nadie vendría a salvarlas.

    Mientras tanto en las alturas donde aún se aferraban los dioses, el miedo crecía, los restos del templo destruido no quedaron en silencio. Entre los escombros, entre los cuerpos, los registros sobrevivieron. Los Elunai los recuperaron y con ellos la verdad, Yen no era solo una anomalía, no era solo la hija de que ellos llamaban un “Señor del Caos”, era algo peor. Su esencia era pura, demasiado pura, compatible y capaz de unir lo que nunca debia mezclarse.

    Los informes eran claros, si crecía, si sobrevivía, si llegaba a engendrar no habría límite para lo que podría nacer de ella: Elunai, Nómadas, Demonios e Incluso… algo que superara a los propios dioses y ahí estaba el verdadero terror.

    Porque los demonios no eran simples criaturas, no como los mortales creían, ellos nacieron del poder original, del eco de aquello que dio origen a todo cuando los primeros fragmentos se separaron y tomaron forma.

    Los dioses alguna vez estuvieron conectados a ese poder pero lo perdieron, lo rompieron y con ello perdieron la capacidad de crear vida.

    Los demonios no, ellos heredaron ese derecho, por eso los dioses les temían. No por lo que eran sino por lo que podían llegar a ser y Yen era el puente.

    La decisión fue tomada sin discusión, no habría captura, no habría estudio, ya no habría segundas oportunidades... Yen debía morir.

    Mientras ese destino se sellaba en las alturas el mundo abajo ardía, Oz continuaba su avance. Templo tras templo caía, no había estrategia compleja, no había negociación solo destrucción. Cada santuario que caía era un golpe directo al dominio de los dioses, cada ruina un mensaje.

    El mundo ya no les pertenecía pero no era el único problema. En otro continente lejos de su alcance inmediato una nueva amenaza comenzaba a tomar forma.

    Una demonio poderosa, antigua en esencia aunque joven en forma, había reunido a los suyos, no como bestias, no como criaturas salvajes sino como un pueblo.

    Le dio un nombre: Ishtar. Y con él una intención, un reino. Los dioses ahora estaban atrapados.

    Si perseguían a Oz, perdían control sobre Ishtar, si atacaban a Ishtar, Oz seguiría destruyendo todo lo que quedaba.

    Y en medio de todo Yen, la pieza más peligrosa de todas. Sin saberlo la niña entrenaba en la aldea Nómada, Yen comenzaba a moverse con más seguridad. Su cuerpo aprendía… pero su mente avanzaba más rápido.

    Siempre más rápido, observaba, adaptaba, comprendía y en lo profundo de su ser aquel pensamiento seguía creciendo silencioso y firme: "Matar… no era incorrecto, era necesario".
    ****La Edad del Caos**** -La calma antes del juicio Lejos de los templos, lejos de la guerra, existía un lugar donde el mundo aún respiraba, la aldea de los nómadas. Allí, el viento no llevaba plegarias a los dioses sino historias de supervivencia, Onix fue la primera en volver a casa. Su presencia, inesperada y marcada por el dolor, no pasó desapercibida. Entre los suyos aún quedaban rostros que recordaban y entre ellos, uno que no la había olvidado, su tío, el hermano de su padre. El mismo hombre que había sobrevivido cuando los Elunai arrasaron con su gente en otra aldea, llevándose a los niños como si fueran herramientas, como si sus vidas no tuvieran valor. Cuando vio a Onix no hizo preguntas simplemente la abrazó y eso fue suficiente. Yen llegó como una sombra ajena pero no fue rechazada. Su apariencia, su esencia, su forma de existir, la acercaban más a ellos que a cualquier templo. Para los nómadas, no era una aberración, era solo una niña y eso era suficiente. El tiempo, por primera vez desde la tragedia, comenzó a avanzar sin violencia, Yen aprendió a vivir, a caminar sin miedo constante, a comer sin mirar sobre su hombro, a dormir… sin gritar. Pero la paz no era completa nunca lo sería, el tío de Onix comenzó a entrenarlas, no como soldados, no como herramientas sino como sobrevivientes. Les enseñó a moverse, a resistir, a leer el entorno pero sobre todo, a entender algo que los templos jamás enseñaban: El mundo no era justo y nadie vendría a salvarlas. Mientras tanto en las alturas donde aún se aferraban los dioses, el miedo crecía, los restos del templo destruido no quedaron en silencio. Entre los escombros, entre los cuerpos, los registros sobrevivieron. Los Elunai los recuperaron y con ellos la verdad, Yen no era solo una anomalía, no era solo la hija de que ellos llamaban un “Señor del Caos”, era algo peor. Su esencia era pura, demasiado pura, compatible y capaz de unir lo que nunca debia mezclarse. Los informes eran claros, si crecía, si sobrevivía, si llegaba a engendrar no habría límite para lo que podría nacer de ella: Elunai, Nómadas, Demonios e Incluso… algo que superara a los propios dioses y ahí estaba el verdadero terror. Porque los demonios no eran simples criaturas, no como los mortales creían, ellos nacieron del poder original, del eco de aquello que dio origen a todo cuando los primeros fragmentos se separaron y tomaron forma. Los dioses alguna vez estuvieron conectados a ese poder pero lo perdieron, lo rompieron y con ello perdieron la capacidad de crear vida. Los demonios no, ellos heredaron ese derecho, por eso los dioses les temían. No por lo que eran sino por lo que podían llegar a ser y Yen era el puente. La decisión fue tomada sin discusión, no habría captura, no habría estudio, ya no habría segundas oportunidades... Yen debía morir. Mientras ese destino se sellaba en las alturas el mundo abajo ardía, Oz continuaba su avance. Templo tras templo caía, no había estrategia compleja, no había negociación solo destrucción. Cada santuario que caía era un golpe directo al dominio de los dioses, cada ruina un mensaje. El mundo ya no les pertenecía pero no era el único problema. En otro continente lejos de su alcance inmediato una nueva amenaza comenzaba a tomar forma. Una demonio poderosa, antigua en esencia aunque joven en forma, había reunido a los suyos, no como bestias, no como criaturas salvajes sino como un pueblo. Le dio un nombre: Ishtar. Y con él una intención, un reino. Los dioses ahora estaban atrapados. Si perseguían a Oz, perdían control sobre Ishtar, si atacaban a Ishtar, Oz seguiría destruyendo todo lo que quedaba. Y en medio de todo Yen, la pieza más peligrosa de todas. Sin saberlo la niña entrenaba en la aldea Nómada, Yen comenzaba a moverse con más seguridad. Su cuerpo aprendía… pero su mente avanzaba más rápido. Siempre más rápido, observaba, adaptaba, comprendía y en lo profundo de su ser aquel pensamiento seguía creciendo silencioso y firme: "Matar… no era incorrecto, era necesario".
    Me encocora
    Me gusta
    5
    0 comentarios 2 compartidos
  • #Past

    El reinado de Iván el terrible había dejado una cicatriz en la tierra que sangraría hasta que el cielo se quiebre, tierras diezmadas, familias extintas y la fe tanto en dios como en la supervivencia decrecía con cada salir de la luna. Podría ser instinto o como quieran llamarlo, pero ya sabia lo que le esperaba, desde lejos podía oler los acrílicos incendiados mientras corría a toda velocidad a su casa.

    — No no no no no por favor, no ella, no eso. Por favor…

    En un momento dado las palabras cesaron de ser un sonido y comenzaron a retumbar pesadamente en su cabeza, tanto que su vista estaba casi nublada, ¿o serían las lágrimas? Imposible saber con la escasa preocupación por sí misma que tenía en ese momento, su mente estaba teñida de rojo con una furia que pocas veces había sentido. Al llegar pudo ver los escombros, el edificio estaba consumido hasta los cimientos, ¿su unidad habitacional? Fue lo primero que se fue abajo. Cayó de rodillas con una expresión vacía, sin lágrimas, sin gritos, solo un pequeño susurro casi inaudible escapando de sus labios entreabiertos, Ditru apareció unas horas después, corriendo igual que ella, y se detuvo en seco al verla allí arrodillada cubierta de nieve y cenizas en el centro de los escombros abrazando una máscara que en algún momento fue blanca sobre su regazo, cantando una canción de cuna mientras lloraba.

    — Zhazmin… lo siento… realmente quería creer que no sucedería, pero tenemos que irnos de inmediato antes de que regresen, sabes que esto fue una provocación para sacarnos de nuestro agujero y funciono, por favor, ven conmigo.

    El viejo cazador simplemente colocó su mano en el hombro de la jovencita y como si destrozara un encantamiento la dama estallo en un grito visceral, un doloroso berrinche que renegaba haber perdido lo único que amaba en ese triste mundo, que rogaba al cielo que le dejara morir para poder reunirse con ella. Morozov hacía mucho tiempo que estaba en el submundo, sabía la lluvia de flechas que se acercaba y quería llevarse a su niña del lugar, de un rápido y seco golpe a la nuca la dejo tendida sobre la ceniza inconsciente, alzándola en brazos junto a la máscara para llevarla al carro que llego detrás de él.

    — Descuida pequeña. Me encargaré que sus restos descansen junto a tu hogar. Pero aún no es tu momento…

    La siguiente noche recibió a la luna con la misma estampa que el día anterior, una niña cubierta de nieve sosteniendo un memento, rezando para morir.
    #Past El reinado de Iván el terrible había dejado una cicatriz en la tierra que sangraría hasta que el cielo se quiebre, tierras diezmadas, familias extintas y la fe tanto en dios como en la supervivencia decrecía con cada salir de la luna. Podría ser instinto o como quieran llamarlo, pero ya sabia lo que le esperaba, desde lejos podía oler los acrílicos incendiados mientras corría a toda velocidad a su casa. — No no no no no por favor, no ella, no eso. Por favor… En un momento dado las palabras cesaron de ser un sonido y comenzaron a retumbar pesadamente en su cabeza, tanto que su vista estaba casi nublada, ¿o serían las lágrimas? Imposible saber con la escasa preocupación por sí misma que tenía en ese momento, su mente estaba teñida de rojo con una furia que pocas veces había sentido. Al llegar pudo ver los escombros, el edificio estaba consumido hasta los cimientos, ¿su unidad habitacional? Fue lo primero que se fue abajo. Cayó de rodillas con una expresión vacía, sin lágrimas, sin gritos, solo un pequeño susurro casi inaudible escapando de sus labios entreabiertos, Ditru apareció unas horas después, corriendo igual que ella, y se detuvo en seco al verla allí arrodillada cubierta de nieve y cenizas en el centro de los escombros abrazando una máscara que en algún momento fue blanca sobre su regazo, cantando una canción de cuna mientras lloraba. — Zhazmin… lo siento… realmente quería creer que no sucedería, pero tenemos que irnos de inmediato antes de que regresen, sabes que esto fue una provocación para sacarnos de nuestro agujero y funciono, por favor, ven conmigo. El viejo cazador simplemente colocó su mano en el hombro de la jovencita y como si destrozara un encantamiento la dama estallo en un grito visceral, un doloroso berrinche que renegaba haber perdido lo único que amaba en ese triste mundo, que rogaba al cielo que le dejara morir para poder reunirse con ella. Morozov hacía mucho tiempo que estaba en el submundo, sabía la lluvia de flechas que se acercaba y quería llevarse a su niña del lugar, de un rápido y seco golpe a la nuca la dejo tendida sobre la ceniza inconsciente, alzándola en brazos junto a la máscara para llevarla al carro que llego detrás de él. — Descuida pequeña. Me encargaré que sus restos descansen junto a tu hogar. Pero aún no es tu momento… La siguiente noche recibió a la luna con la misma estampa que el día anterior, una niña cubierta de nieve sosteniendo un memento, rezando para morir.
    Me gusta
    Me shockea
    Me encocora
    6
    0 turnos 0 maullidos
  • Mmm… ¿Qué nueva aventura podría hacer? ¿Quizás una de supervivencia post apocalíptica donde la radiación hace casi imposible la vida en la tierra? ¿Huir de una ciudad maldita donde horrores acechan en cada esquina? ¿o una donde unos héroes tienen que salvar el mundo de un mal mayor? ¡Tantas ideas que no puedo decidirme por una sola!

    *Apuntando todas las ideas que se me ocurrían en mi libreta teniendo muchas páginas escritas*
    Mmm… ¿Qué nueva aventura podría hacer? ¿Quizás una de supervivencia post apocalíptica donde la radiación hace casi imposible la vida en la tierra? ¿Huir de una ciudad maldita donde horrores acechan en cada esquina? ¿o una donde unos héroes tienen que salvar el mundo de un mal mayor? ¡Tantas ideas que no puedo decidirme por una sola! *Apuntando todas las ideas que se me ocurrían en mi libreta teniendo muchas páginas escritas*
    Me gusta
    Me encocora
    3
    0 turnos 0 maullidos
  • *Recostado, con la mirada perdida en el techo, disfrutando del silencio absoluto. Sostiene el cigarrillo con elegancia, saboreando el momento de paz antes de la inevitable tormenta de la guerra. Está en su mundo.*
    (Pensamiento interno, voz grave y pausada) “La Orden Negra está tranquila, los Exorcistas están ocupados... y yo tengo tabaco. El equilibrio perfecto. Si la eternidad es esto, puedo soportarla. Solo un minuto más de este bendito silen...”

    ¡PUM! ...

    *La realidad se rompe. El Conde del Milenio se materializa instantáneamente en medio de la habitación. Su inmensa figura, su sonrisa de pesadilla y su chistera llena de flores coloridas chocan violentamente con la estética lúgubre de Noei. El Conde se inclina sobre el Tyki que realmente está en el suelo detrás de él, gritando con una alegría maníaca.*

    — ¡¡¡BUENOS DÍAAAS, MI QUERIDO MIKK-BOY!!! ¡Ufufufu! ¡Qué alegría verte tan... relajado! —

    *El Conde da una palmada sonora que hace temblar las paredes. *

    — Pero, ¡oh, cielos! El tiempo vuela cuando te diviertes creando Akumas, y tenemos una agenda lleníssima. ¡Sheril ya está impaciente y Road dice que llegas tarde a la hora del té destructivo!—

    *Mi expresión no ha cambiado mucho, pero la gota de sudor frío en su sien y el ligero temblor de su mano delatan su pánico interno. Ha pasado de la paz absoluta al terror absoluto en cero segundos. Sigue fumando, pero ahora es un acto reflejo de pura supervivencia nerviosa.*

    TYKI: (Voz controlada, pero con un deje de desesperación) — Jefe... Conde... ¿es absolutamente necesario que aparezca como si fuera un truco de magia barato? Casi me da un infarto... y soy un Noé. — Da una calada rápida. — Y... ¿podría por favor no mencionar el té de Road? Sabe a caos. Prometo que me muevo en... cinco minutos.
    *Recostado, con la mirada perdida en el techo, disfrutando del silencio absoluto. Sostiene el cigarrillo con elegancia, saboreando el momento de paz antes de la inevitable tormenta de la guerra. Está en su mundo.* (Pensamiento interno, voz grave y pausada) “La Orden Negra está tranquila, los Exorcistas están ocupados... y yo tengo tabaco. El equilibrio perfecto. Si la eternidad es esto, puedo soportarla. Solo un minuto más de este bendito silen...” ¡PUM! ... *La realidad se rompe. El Conde del Milenio se materializa instantáneamente en medio de la habitación. Su inmensa figura, su sonrisa de pesadilla y su chistera llena de flores coloridas chocan violentamente con la estética lúgubre de Noei. El Conde se inclina sobre el Tyki que realmente está en el suelo detrás de él, gritando con una alegría maníaca.* — ¡¡¡BUENOS DÍAAAS, MI QUERIDO MIKK-BOY!!! ¡Ufufufu! ¡Qué alegría verte tan... relajado! — *El Conde da una palmada sonora que hace temblar las paredes. * — Pero, ¡oh, cielos! El tiempo vuela cuando te diviertes creando Akumas, y tenemos una agenda lleníssima. ¡Sheril ya está impaciente y Road dice que llegas tarde a la hora del té destructivo!— *Mi expresión no ha cambiado mucho, pero la gota de sudor frío en su sien y el ligero temblor de su mano delatan su pánico interno. Ha pasado de la paz absoluta al terror absoluto en cero segundos. Sigue fumando, pero ahora es un acto reflejo de pura supervivencia nerviosa.* TYKI: (Voz controlada, pero con un deje de desesperación) — Jefe... Conde... ¿es absolutamente necesario que aparezca como si fuera un truco de magia barato? Casi me da un infarto... y soy un Noé. — Da una calada rápida. — Y... ¿podría por favor no mencionar el té de Road? Sabe a caos. Prometo que me muevo en... cinco minutos.
    0 turnos 0 maullidos
  • Muy de vez en cuando, los recuerdos llegan a su cabeza.
    Por las noches, sobre todo.
    Un remolino de memorias, de culpa, arrepentimiento.
    El recordar aquél día es lo que lo mantiene atado a este plano.
    Sus manos manchadas con la sangre de sus hermanos, de aquellos a quienes amaba.
    Era su supervivencia o la de los demás. Eligió vivir.
    ¿Por qué estaba prohibido querer ser como aquellos a los que su Padre tanto amaba?

    Nunca lo entendió. Hoy, no espera entenderlo.
    Aún así, cuando no está distraído, todo vuelve a su cabeza como un huracán.

    Desde entonces, hizo un juramento. No permitir que los demás se hundan como él lo hizo. Ir en contra de todos los principios que su Padre les impuso, como señal de mantener la rebelión.

    En los momentos en los que "No solo observa", él siente.
    En los momentos en los que se permite sentir, sabe que es vulnerable...
    Y aún así, elige serlo con algunas personas especiales.

    La eternidad es especialmente experta en mantenerte recordando estas cosas, ¿No?
    Muy de vez en cuando, los recuerdos llegan a su cabeza. Por las noches, sobre todo. Un remolino de memorias, de culpa, arrepentimiento. El recordar aquél día es lo que lo mantiene atado a este plano. Sus manos manchadas con la sangre de sus hermanos, de aquellos a quienes amaba. Era su supervivencia o la de los demás. Eligió vivir. ¿Por qué estaba prohibido querer ser como aquellos a los que su Padre tanto amaba? Nunca lo entendió. Hoy, no espera entenderlo. Aún así, cuando no está distraído, todo vuelve a su cabeza como un huracán. Desde entonces, hizo un juramento. No permitir que los demás se hundan como él lo hizo. Ir en contra de todos los principios que su Padre les impuso, como señal de mantener la rebelión. En los momentos en los que "No solo observa", él siente. En los momentos en los que se permite sentir, sabe que es vulnerable... Y aún así, elige serlo con algunas personas especiales. La eternidad es especialmente experta en mantenerte recordando estas cosas, ¿No?
    Me entristece
    Me encocora
    Me shockea
    6
    0 turnos 0 maullidos
Ver más resultados
Patrocinados