• —¿Quién eres?


    —Soy Ciel Phantomhive.


    —¿Quién eres?


    —Ya te lo dije.


    —¿Quién eres? —insistió la voz.


    Ciel arrugó el entrecejo y volvió a repetir con molestia:


    —¡Ciel Phantomhive!


    —¡No! —exclamó la voz con el mismo ímpetu—. ¡Tú no eres nada!


    De repente, la negrura comenzó a tomar forma.


    Un espejo apareció frente a él, reflejando su rostro confuso en medio de la oscuridad.



    Al verse, Ciel se sobresaltó.



    —Soy yo —musitó.


    —Es verdad —convino la voz—. Tienes su mismo rostro. Pero no eres él.


    La voz parecía segura de lo que decía, Ciel no quiso creer en sus palabras.


    —¡Lo soy! —afirmó, inclinándose hacia el espejo. Sus ojos azules se veían dudosos. —¡Soy… Soy Ciel Phantomhive!


    —No importa lo que hagas, jamás serás él.


    «Porque Ciel Phantomhive murió esa noche.


    En aquel altar.


    Devorado por el demonio».


    —¡Estoy vivo! —le gritó Ciel, llevándose una mano al pecho. Sus dedos arrugaron la tela de su chaqueta con desesperación. —¡Estoy aquí!


    El espejo reflejó su semblante ambivalente: entre la duda y la certeza.


    Entre la vida y la muerte.


    —¿Qué es un cuerpo sin un alma? —inquirió la voz.


    —Yo… Yo soy…


    Ciel sintió el temblor de sus extremidades.


    El frío recorrió cada ápice de su ser


    «Nada».
    —¿Quién eres? —Soy Ciel Phantomhive. —¿Quién eres? —Ya te lo dije. —¿Quién eres? —insistió la voz. Ciel arrugó el entrecejo y volvió a repetir con molestia: —¡Ciel Phantomhive! —¡No! —exclamó la voz con el mismo ímpetu—. ¡Tú no eres nada! De repente, la negrura comenzó a tomar forma. Un espejo apareció frente a él, reflejando su rostro confuso en medio de la oscuridad. Al verse, Ciel se sobresaltó. —Soy yo —musitó. —Es verdad —convino la voz—. Tienes su mismo rostro. Pero no eres él. La voz parecía segura de lo que decía, Ciel no quiso creer en sus palabras. —¡Lo soy! —afirmó, inclinándose hacia el espejo. Sus ojos azules se veían dudosos. —¡Soy… Soy Ciel Phantomhive! —No importa lo que hagas, jamás serás él. «Porque Ciel Phantomhive murió esa noche. En aquel altar. Devorado por el demonio». —¡Estoy vivo! —le gritó Ciel, llevándose una mano al pecho. Sus dedos arrugaron la tela de su chaqueta con desesperación. —¡Estoy aquí! El espejo reflejó su semblante ambivalente: entre la duda y la certeza. Entre la vida y la muerte. —¿Qué es un cuerpo sin un alma? —inquirió la voz. —Yo… Yo soy… Ciel sintió el temblor de sus extremidades. El frío recorrió cada ápice de su ser «Nada».
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  • Un nuevo comienzo
    Fandom Kuroshitsuji
    Categoría Otros
    Lugar: Mansión Phantomhive, Londres
    Hora: 11:47 p. m.
    Clima: Noche cerrada, lluvia fina golpeando los ventanales, niebla espesa envolviendo la propiedad.

    ON

    *Sebastian Michaelis sostenía la copa con una precisión impecable, como si incluso el cristal comprendiera la jerarquía que gobernaba la mansión Phantomhive. El vino oscuro reposaba en silencio, reflejando la luz trémula de los candelabros que iluminaban el salón principal, mientras la lluvia marcaba un ritmo constante contra los ventanales.

    La mansión estaba en calma, sin embargo, no era una calma vacía, sino una cuidadosamente impuesta. Afuera, la niebla se aferraba a los jardines como una presencia viva; mientras que dentro, los muros antiguos observaban, cómplices mudos de contratos que jamás debían pronunciarse en voz alta.

    Sebastian permanecía de pie, erguido, con la compostura intacta, como si incluso la soledad formara parte de su servicio.
    Giró entonces la copa con lentitud, escuchando el leve roce del líquido contra el cristal, sus ojos carmesíes no mostraban emoción alguna y aunque en su mirada habitaba una atención despierta, el no necesitaba compañía pues la oscuridad le resultaba familiar.

    Dejó la copa sobre la mesa con un gesto suave, casi ceremonial. El sonido se disipó entre el crepitar distante del fuego y el murmullo de la tormenta. Fue entonces que aquel demonio inclinó apenas la cabeza, no hacia nadie en particular, sino hacia el pacto invisible que lo ataba a ese lugar. Su expresión era serena, educada… peligrosamente honesta pues se dejó ver con una sonrisa ladina a su acto.

    Aquí, la mansión Phantomhive no dormía, Sebastian Michaelis, su mayordomo, permanecía vigilante, paciente, aguardando el momento exacto en que la noche exigiría su intervención.* ~
    Lugar: Mansión Phantomhive, Londres Hora: 11:47 p. m. Clima: Noche cerrada, lluvia fina golpeando los ventanales, niebla espesa envolviendo la propiedad. ON *Sebastian Michaelis sostenía la copa con una precisión impecable, como si incluso el cristal comprendiera la jerarquía que gobernaba la mansión Phantomhive. El vino oscuro reposaba en silencio, reflejando la luz trémula de los candelabros que iluminaban el salón principal, mientras la lluvia marcaba un ritmo constante contra los ventanales. La mansión estaba en calma, sin embargo, no era una calma vacía, sino una cuidadosamente impuesta. Afuera, la niebla se aferraba a los jardines como una presencia viva; mientras que dentro, los muros antiguos observaban, cómplices mudos de contratos que jamás debían pronunciarse en voz alta. Sebastian permanecía de pie, erguido, con la compostura intacta, como si incluso la soledad formara parte de su servicio. Giró entonces la copa con lentitud, escuchando el leve roce del líquido contra el cristal, sus ojos carmesíes no mostraban emoción alguna y aunque en su mirada habitaba una atención despierta, el no necesitaba compañía pues la oscuridad le resultaba familiar. Dejó la copa sobre la mesa con un gesto suave, casi ceremonial. El sonido se disipó entre el crepitar distante del fuego y el murmullo de la tormenta. Fue entonces que aquel demonio inclinó apenas la cabeza, no hacia nadie en particular, sino hacia el pacto invisible que lo ataba a ese lugar. Su expresión era serena, educada… peligrosamente honesta pues se dejó ver con una sonrisa ladina a su acto. Aquí, la mansión Phantomhive no dormía, Sebastian Michaelis, su mayordomo, permanecía vigilante, paciente, aguardando el momento exacto en que la noche exigiría su intervención.* ~
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  • —A partir de hoy, abandono mis deseos y ambiciones como heredero de la familia Phantomhive: de ahora en adelante, perseguiré mi sueño de ser un heladero que...


    Jean no pudo continuar, miró hacia el interlocutor con disgusto.

    —¿Es necesario que diga la frase completa? Esto es ridículo.


    || Sin embargo, sí es necesario querido Jeancito ¿?

    Bueno, dejo de molestar a mi propio pj.
    Esta es una actualización acompañada de un aviso.

    Como pueden ver, estoy en Hiatus.

    Seguramente esté entrando, respondiendo lentamente, pero es posible que también, esté muchos días sin entrar, incluso más. Tampoco quisiera dar un estimado porque ni yo sé.

    Para los que tienen algo de aprecio a este personaje, no se preocupen, volveré.

    Jamás abandonaría a Jean (y mis otros pjs).
    —A partir de hoy, abandono mis deseos y ambiciones como heredero de la familia Phantomhive: de ahora en adelante, perseguiré mi sueño de ser un heladero que... Jean no pudo continuar, miró hacia el interlocutor con disgusto. —¿Es necesario que diga la frase completa? Esto es ridículo. || Sin embargo, sí es necesario querido Jeancito ¿? Bueno, dejo de molestar a mi propio pj. Esta es una actualización acompañada de un aviso. Como pueden ver, estoy en Hiatus. Seguramente esté entrando, respondiendo lentamente, pero es posible que también, esté muchos días sin entrar, incluso más. Tampoco quisiera dar un estimado porque ni yo sé. Para los que tienen algo de aprecio a este personaje, no se preocupen, volveré. Jamás abandonaría a Jean (y mis otros pjs).
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  • Cálida nieve
    Fandom Kuroshitsuji/Black Butler OC y otros
    Categoría Slice of Life
    Copos de nieve caían del cielo.

    Danzantes. Delicados y parsimoniosos.

    Una vista helada y hermosa.

    Jean alzó la mano, sintiendo un pinchazo de frialdad depositarse en su palma.

    —Parece que esta noche nevará intensamente —dedujo con tranquilidad, bajando la vista hacia su mano y observando la nieve derretirse por su calor corporal.

    Bajó el brazo y miró a Hiro contemplativamente.

    El androide —vestido como un mayordomo por Sebastian, bajo el jardín rodeado del más impoluto blanco, parecía un adolescente común y corriente.
    Solo sus ojos, parpadeando una antinatural luz rojiza, daban cuenta de su verdadera naturaleza.

    Jean se quedó observándolo fijamente, con un rostro taciturno que parecía suavizarse a medida que transcurrían los segundos.

    —Esta es… —por alguna razón, dudó en continuar.

    Hiro había llegado a la mansión Phantomhive para cumplir una orden de su padre.

    Naturalmente, a Jean la imposición del conde Phantomhive lo había irritado profundamente.

    La primera vez que había tenido trato con él, Jean lo había detestado al instante, y, seguramente, esa versión de sí mismo jamás se habría imaginado encontrarse en esta situación:

    Hiro era de su total confianza.

    Además... de su amigo.

    Jean apretó los labios, y finalmente, venciendo a su vergüenza, musitó:

    —Esta es tu primera Navidad con nosotros.

    Luego, rápidamente, se corrigió con torpeza. —Por supuesto, si tienes pensado pasarlo aquí. Tienes un hermano esperándote.

    Dio un paso hacia delante, agachándose para tomar un poco de nieve entre sus manos.

    Ocultando sus emociones.

    A pesar de los guantes negros que portaba, la frialdad traspasó hacia sus manos.

    —Deduzco que la Navidad en tu época es muy distinta —cambió de tema; haciendo una bola de nieve, Jean se enderezó y la lanzó sin mucha fuerza hacia un tocón.

    Este se balanceó, pareciendo que se caería de lado, pero al final, se quedó quieto.

    —Estoy seguro que algunas tradiciones habrán perdurado —añadió con una certeza arrogante—. Retorcidas, deformadas; para bien o para mal, este es un patrón que ha sucedido a lo largo de la historia de la humanidad. Los mismos símbolos navideños, como armar un árbol y decorarlo en el salón, o el mismo Santa Claus, un santo de raíces paganas, provienen de tradiciones antiguas distorsionadas. No sería sorprendente que en el futuro, continuara siendo así.

    ---
    Hiro
    Copos de nieve caían del cielo. Danzantes. Delicados y parsimoniosos. Una vista helada y hermosa. Jean alzó la mano, sintiendo un pinchazo de frialdad depositarse en su palma. —Parece que esta noche nevará intensamente —dedujo con tranquilidad, bajando la vista hacia su mano y observando la nieve derretirse por su calor corporal. Bajó el brazo y miró a Hiro contemplativamente. El androide —vestido como un mayordomo por Sebastian, bajo el jardín rodeado del más impoluto blanco, parecía un adolescente común y corriente. Solo sus ojos, parpadeando una antinatural luz rojiza, daban cuenta de su verdadera naturaleza. Jean se quedó observándolo fijamente, con un rostro taciturno que parecía suavizarse a medida que transcurrían los segundos. —Esta es… —por alguna razón, dudó en continuar. Hiro había llegado a la mansión Phantomhive para cumplir una orden de su padre. Naturalmente, a Jean la imposición del conde Phantomhive lo había irritado profundamente. La primera vez que había tenido trato con él, Jean lo había detestado al instante, y, seguramente, esa versión de sí mismo jamás se habría imaginado encontrarse en esta situación: Hiro era de su total confianza. Además... de su amigo. Jean apretó los labios, y finalmente, venciendo a su vergüenza, musitó: —Esta es tu primera Navidad con nosotros. Luego, rápidamente, se corrigió con torpeza. —Por supuesto, si tienes pensado pasarlo aquí. Tienes un hermano esperándote. Dio un paso hacia delante, agachándose para tomar un poco de nieve entre sus manos. Ocultando sus emociones. A pesar de los guantes negros que portaba, la frialdad traspasó hacia sus manos. —Deduzco que la Navidad en tu época es muy distinta —cambió de tema; haciendo una bola de nieve, Jean se enderezó y la lanzó sin mucha fuerza hacia un tocón. Este se balanceó, pareciendo que se caería de lado, pero al final, se quedó quieto. —Estoy seguro que algunas tradiciones habrán perdurado —añadió con una certeza arrogante—. Retorcidas, deformadas; para bien o para mal, este es un patrón que ha sucedido a lo largo de la historia de la humanidad. Los mismos símbolos navideños, como armar un árbol y decorarlo en el salón, o el mismo Santa Claus, un santo de raíces paganas, provienen de tradiciones antiguas distorsionadas. No sería sorprendente que en el futuro, continuara siendo así. --- [Hiritox3]
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  • VIII. Augusta Vindelicorum
    Fandom Kuroshitsuji/Black Butler OC y otros
    Categoría Otros
    Las largas horas de viaje habían agotado terriblemente a Jean, que difícilmente pudo mantener un rostro educado ni la actitud afable habitual con el señor Heinrich; de hecho, ante cada conversación, asentía con una sonrisa débil o forzada, intentando mantener su rol de anfitrión solícito incluso cuando se hallaban lejos de la mansión Phantomhive.

    Además, con lo quisquilloso que solía ser Jean con la apariencia, el calor distintivo de agosto lo irritaba profundamente, detestando sentirse sucio por el sudor, o sofocado por el fuerte sol.

    Pero eso cambió cuando viajaron por el ferry de vapor.

    En la proa, Jean se maravilló ante la vista del mar del norte.

    Recordando haberla visto por primera vez en su infancia, cuando, junto a Charles Grey, había viajado hacia Howick Hall, el hogar ancestral de su familia; Northumberland estaba ubicado al norte de Inglaterra, cerca de Bamburgh, donde el mar podía observarse por el horizonte.

    En cambio, aquí Jean se vio rodeado de un azul profundo, donde el mar parecía no tener fin y el aroma a sal fue intenso.

    —Tal cual como la recuerdo —musitó, guardando el aliento, mientras se aferraba a la barandilla para no caerse del mirador.

    En ese instante, en sus ojos pareció reflejarse el mar, sin poder diferenciarse la tonalidad de azules, cálidos como el clima que los arropaba con una refrescante brisa.

    Jean había quedado fascinado, y sin importarle guardar las apariencias, había mostrado genuina alegría, incluso, el mareo que había sufrido inicialmente parecía haber menguado por su emoción infantil.

    Naturalmente, esta reacción se debió a que fue la primera vez que viajaba tan lejos de casa.

    —Côte d'Opale —pronunció en un excelente francés, volviendo a maravillarse por las vistas.

    La costa de Ópalo era una ladera de un profundo verde que bordeaba el mar y el canal de la mancha; es decir, que con solo verla podían saber que se encontraban en Francia.

    Era parte del itinerario pisar suelo francés, dirigirse a París y desde allí, tomar un tren hacia Munich. Estando ahí debían tomar otro tren que los dejaría finalmente en Augsburgo.

    En principio, si Jean hubiera sabido que el viaje sería tan extenuante, hubiera declinado.

    Sin embargo, la tarea que se tenía entre manos necesitaba de su presencia. No podía delegársela a nadie, pues, no existía en el mundo nadie más capaz que el mismo Jean para ejecutarla.

    Así, tras pisar suelo firme y tener otras horas de viaje en tren, ambos caballeros arribaron a la Ciudad de la Luz.

    —La Ville Lumière —murmuró Jean, mirando las luces de la Torre Eiffel y de los edificios circundantes con fascinación.

    La noche parecía fulgurante bajo la iluminación eléctrica, creando un ambiente de ensueño.

    Jean sentía el cuerpo fatigado, y algunas náuseas todavía lo afectaban por el viaje en ferry.

    Pero quiso caminar un poco más, conocer algo de París.

    Tan entusiasmado por ello como si nunca pudiera regresar.

    Tan estúpidamente infantil.

    —¿Le gustaría dar un paseo? —propuso con la voz rasposa, dirigiéndole una sonrisa débil por el cansancio. —Si su deseo es descansar, lo entenderé. El hotel se encuentra cerca.

    Hizo una seña con la cabeza hacia la edificación en cuestión.

    Sintiéndose tontamente esperanzado con la idea de ser acompañado.

    «Cálmate un poco» se reprochó con vergüenza.

    Estaba comportándose inapropiadamente.
    Las largas horas de viaje habían agotado terriblemente a Jean, que difícilmente pudo mantener un rostro educado ni la actitud afable habitual con el señor Heinrich; de hecho, ante cada conversación, asentía con una sonrisa débil o forzada, intentando mantener su rol de anfitrión solícito incluso cuando se hallaban lejos de la mansión Phantomhive. Además, con lo quisquilloso que solía ser Jean con la apariencia, el calor distintivo de agosto lo irritaba profundamente, detestando sentirse sucio por el sudor, o sofocado por el fuerte sol. Pero eso cambió cuando viajaron por el ferry de vapor. En la proa, Jean se maravilló ante la vista del mar del norte. Recordando haberla visto por primera vez en su infancia, cuando, junto a Charles Grey, había viajado hacia Howick Hall, el hogar ancestral de su familia; Northumberland estaba ubicado al norte de Inglaterra, cerca de Bamburgh, donde el mar podía observarse por el horizonte. En cambio, aquí Jean se vio rodeado de un azul profundo, donde el mar parecía no tener fin y el aroma a sal fue intenso. —Tal cual como la recuerdo —musitó, guardando el aliento, mientras se aferraba a la barandilla para no caerse del mirador. En ese instante, en sus ojos pareció reflejarse el mar, sin poder diferenciarse la tonalidad de azules, cálidos como el clima que los arropaba con una refrescante brisa. Jean había quedado fascinado, y sin importarle guardar las apariencias, había mostrado genuina alegría, incluso, el mareo que había sufrido inicialmente parecía haber menguado por su emoción infantil. Naturalmente, esta reacción se debió a que fue la primera vez que viajaba tan lejos de casa. —Côte d'Opale —pronunció en un excelente francés, volviendo a maravillarse por las vistas. La costa de Ópalo era una ladera de un profundo verde que bordeaba el mar y el canal de la mancha; es decir, que con solo verla podían saber que se encontraban en Francia. Era parte del itinerario pisar suelo francés, dirigirse a París y desde allí, tomar un tren hacia Munich. Estando ahí debían tomar otro tren que los dejaría finalmente en Augsburgo. En principio, si Jean hubiera sabido que el viaje sería tan extenuante, hubiera declinado. Sin embargo, la tarea que se tenía entre manos necesitaba de su presencia. No podía delegársela a nadie, pues, no existía en el mundo nadie más capaz que el mismo Jean para ejecutarla. Así, tras pisar suelo firme y tener otras horas de viaje en tren, ambos caballeros arribaron a la Ciudad de la Luz. —La Ville Lumière —murmuró Jean, mirando las luces de la Torre Eiffel y de los edificios circundantes con fascinación. La noche parecía fulgurante bajo la iluminación eléctrica, creando un ambiente de ensueño. Jean sentía el cuerpo fatigado, y algunas náuseas todavía lo afectaban por el viaje en ferry. Pero quiso caminar un poco más, conocer algo de París. Tan entusiasmado por ello como si nunca pudiera regresar. Tan estúpidamente infantil. —¿Le gustaría dar un paseo? —propuso con la voz rasposa, dirigiéndole una sonrisa débil por el cansancio. —Si su deseo es descansar, lo entenderé. El hotel se encuentra cerca. Hizo una seña con la cabeza hacia la edificación en cuestión. Sintiéndose tontamente esperanzado con la idea de ser acompañado. «Cálmate un poco» se reprochó con vergüenza. Estaba comportándose inapropiadamente.
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  • Velada de máscaras
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    ✦ 𝐒𝐈𝐑𝐈𝐔𝐒 ✦

    𝟏𝟗𝟎𝟎
    𝐇𝐨𝐭𝐞𝐥 𝐋𝐚𝐧𝐠𝐡𝐚𝐦

    La cola negra ondeó por el viento nocturno, refinada como su frac, elegante como su porte.

    —¿Es el conde Phantomhive?

    Los nobles a su alrededor susurraban descaradamente fuerte.

    —¡Es él!

    De hecho, algunos de ellos se acercaron a saludarlo. Ciel les respondió con una sonrisa cortés e ingresó en el hotel.

    El vestíbulo era puro lujo; candelabros del cristal más precioso, brillando traslúcidos bajo la iluminación eléctrica. Paredes y suelos de un impoluto blanco con dorado: la opulencia en todo su esplendor.

    —Conde Phantomhive, ¿está aquí por la velada?

    Asintió.

    Pero fue su mayordomo quien se encargó de entregar la invitación con una sonrisa. Luego, fueron guiados hacia el gran salón donde se desarrollaba el evento.

    Las puertas fueron abiertas por el botones, y de inmediato, Ciel se encontró con la vista de una habitación amplia, llena de mesas decoradas con buen gusto, ocupadas por aristócratas vestidos de la misma manera.

    Vaciló un instante, pero metió un pie en el interior, luego el otro.

    La gente ya lo había visto, clavando sus miradas en él. Algunos arrogantes, otros curiosos, o indiferentes.

    Así, tragándose su renuencia, Ciel ingresó dispuesto a lidiar con la alta sociedad.
    ✦ 𝐒𝐈𝐑𝐈𝐔𝐒 ✦ 𝟏𝟗𝟎𝟎 𝐇𝐨𝐭𝐞𝐥 𝐋𝐚𝐧𝐠𝐡𝐚𝐦 La cola negra ondeó por el viento nocturno, refinada como su frac, elegante como su porte. —¿Es el conde Phantomhive? Los nobles a su alrededor susurraban descaradamente fuerte. —¡Es él! De hecho, algunos de ellos se acercaron a saludarlo. Ciel les respondió con una sonrisa cortés e ingresó en el hotel. El vestíbulo era puro lujo; candelabros del cristal más precioso, brillando traslúcidos bajo la iluminación eléctrica. Paredes y suelos de un impoluto blanco con dorado: la opulencia en todo su esplendor. —Conde Phantomhive, ¿está aquí por la velada? Asintió. Pero fue su mayordomo quien se encargó de entregar la invitación con una sonrisa. Luego, fueron guiados hacia el gran salón donde se desarrollaba el evento. Las puertas fueron abiertas por el botones, y de inmediato, Ciel se encontró con la vista de una habitación amplia, llena de mesas decoradas con buen gusto, ocupadas por aristócratas vestidos de la misma manera. Vaciló un instante, pero metió un pie en el interior, luego el otro. La gente ya lo había visto, clavando sus miradas en él. Algunos arrogantes, otros curiosos, o indiferentes. Así, tragándose su renuencia, Ciel ingresó dispuesto a lidiar con la alta sociedad.
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  • El aguilucho despliega sus garras
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    Categoría Drama
    Cuando arribaron a la mansión Phantomhive, la noche había caído profunda y ruidosa.

    El canto de los grillos, los animales nocturnos escabulléndose por el follaje, y el relincho de los caballos inundaron el espacio vívidamente, despertando a Jean del sueño al cual había caído durante el trayecto.

    Se enderezó en el asiento, tallándose los ojos con suavidad y mirando a través de la ventana.

    Las luces eléctricas iluminaron la penumbra, haciendo parecer a la imponente mansión como un faro en medio de la negrura.

    El carruaje se detuvo frente a la entrada. Rápidamente, Sebastian abandonó su rol de chófer, abriéndole la puerta y ofreciéndole la mano para bajar.

    Jean evadió su cara con desdén.

    —Lleva a Hiro a su habitación —ordenó en cambio, bajando por su cuenta con cuidado—, y dile al Conde Phantomhive que lo espero en el salón

    Jean pasó por su lado, e ingresó a la mansión con expresión adusta.
    Cuando arribaron a la mansión Phantomhive, la noche había caído profunda y ruidosa. El canto de los grillos, los animales nocturnos escabulléndose por el follaje, y el relincho de los caballos inundaron el espacio vívidamente, despertando a Jean del sueño al cual había caído durante el trayecto. Se enderezó en el asiento, tallándose los ojos con suavidad y mirando a través de la ventana. Las luces eléctricas iluminaron la penumbra, haciendo parecer a la imponente mansión como un faro en medio de la negrura. El carruaje se detuvo frente a la entrada. Rápidamente, Sebastian abandonó su rol de chófer, abriéndole la puerta y ofreciéndole la mano para bajar. Jean evadió su cara con desdén. —Lleva a Hiro a su habitación —ordenó en cambio, bajando por su cuenta con cuidado—, y dile al Conde Phantomhive que lo espero en el salón Jean pasó por su lado, e ingresó a la mansión con expresión adusta.
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  • — ¡Nmhg!

    Se siente más cansado de lo habitual, cuando más ha descansado de su labor como líder de la mansión Phantomhive.
    — ¡Nmhg! Se siente más cansado de lo habitual, cuando más ha descansado de su labor como líder de la mansión Phantomhive.
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  • como siempre cual santo en sus tierras Aruna ingreso a la biblioteca phantomhive buscando a Jean Phantomhive -Jeeeaaaan! cuando vas a salir de verdad ya yienen semanas que no tenemos alguna salida juntos- como un niño pequeño hiba con su rostro en modo puchero molesto de que su hermano lo haya estado ignorando todo este tiempo
    como siempre cual santo en sus tierras Aruna ingreso a la biblioteca phantomhive buscando a [littl3gr3y] -Jeeeaaaan! cuando vas a salir de verdad ya yienen semanas que no tenemos alguna salida juntos- como un niño pequeño hiba con su rostro en modo puchero molesto de que su hermano lo haya estado ignorando todo este tiempo
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  • ♔『✧Eαrl◦Ᵽђαŋτσмħινз✧』♔ ◦Aşτrз◦

    Al recibir el regalo, me detuve a contemplar el florero con un hermoso ramo de tulipanes rojos. Sonreí con suavidad y lo coloqué sobre mi escritorio, al lado de mis documentos, dándole un aire más cálido a mi oficina. No pude evitar dejar unas palabras de agradecimiento.

    —Un detalle tan vivo y elegante merece un buen lugar. Muchas gracias, realmente alegran la vista en medio de tanto papeleo.
    [Ciel.Phantomhive] Al recibir el regalo, me detuve a contemplar el florero con un hermoso ramo de tulipanes rojos. Sonreí con suavidad y lo coloqué sobre mi escritorio, al lado de mis documentos, dándole un aire más cálido a mi oficina. No pude evitar dejar unas palabras de agradecimiento. —Un detalle tan vivo y elegante merece un buen lugar. Muchas gracias, realmente alegran la vista en medio de tanto papeleo.
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