—¿Quién eres?
—Soy Ciel Phantomhive.
—¿Quién eres?
—Ya te lo dije.
—¿Quién eres? —insistió la voz.
Ciel arrugó el entrecejo y volvió a repetir con molestia:
—¡Ciel Phantomhive!
—¡No! —exclamó la voz con el mismo ímpetu—. ¡Tú no eres nada!
De repente, la negrura comenzó a tomar forma.
Un espejo apareció frente a él, reflejando su rostro confuso en medio de la oscuridad.
Al verse, Ciel se sobresaltó.
—Soy yo —musitó.
—Es verdad —convino la voz—. Tienes su mismo rostro. Pero no eres él.
La voz parecía segura de lo que decía, Ciel no quiso creer en sus palabras.
—¡Lo soy! —afirmó, inclinándose hacia el espejo. Sus ojos azules se veían dudosos. —¡Soy… Soy Ciel Phantomhive!
—No importa lo que hagas, jamás serás él.
«Porque Ciel Phantomhive murió esa noche.
En aquel altar.
Devorado por el demonio».
—¡Estoy vivo! —le gritó Ciel, llevándose una mano al pecho. Sus dedos arrugaron la tela de su chaqueta con desesperación. —¡Estoy aquí!
El espejo reflejó su semblante ambivalente: entre la duda y la certeza.
Entre la vida y la muerte.
—¿Qué es un cuerpo sin un alma? —inquirió la voz.
—Yo… Yo soy…
Ciel sintió el temblor de sus extremidades.
El frío recorrió cada ápice de su ser
«Nada».
—Soy Ciel Phantomhive.
—¿Quién eres?
—Ya te lo dije.
—¿Quién eres? —insistió la voz.
Ciel arrugó el entrecejo y volvió a repetir con molestia:
—¡Ciel Phantomhive!
—¡No! —exclamó la voz con el mismo ímpetu—. ¡Tú no eres nada!
De repente, la negrura comenzó a tomar forma.
Un espejo apareció frente a él, reflejando su rostro confuso en medio de la oscuridad.
Al verse, Ciel se sobresaltó.
—Soy yo —musitó.
—Es verdad —convino la voz—. Tienes su mismo rostro. Pero no eres él.
La voz parecía segura de lo que decía, Ciel no quiso creer en sus palabras.
—¡Lo soy! —afirmó, inclinándose hacia el espejo. Sus ojos azules se veían dudosos. —¡Soy… Soy Ciel Phantomhive!
—No importa lo que hagas, jamás serás él.
«Porque Ciel Phantomhive murió esa noche.
En aquel altar.
Devorado por el demonio».
—¡Estoy vivo! —le gritó Ciel, llevándose una mano al pecho. Sus dedos arrugaron la tela de su chaqueta con desesperación. —¡Estoy aquí!
El espejo reflejó su semblante ambivalente: entre la duda y la certeza.
Entre la vida y la muerte.
—¿Qué es un cuerpo sin un alma? —inquirió la voz.
—Yo… Yo soy…
Ciel sintió el temblor de sus extremidades.
El frío recorrió cada ápice de su ser
«Nada».
—¿Quién eres?
—Soy Ciel Phantomhive.
—¿Quién eres?
—Ya te lo dije.
—¿Quién eres? —insistió la voz.
Ciel arrugó el entrecejo y volvió a repetir con molestia:
—¡Ciel Phantomhive!
—¡No! —exclamó la voz con el mismo ímpetu—. ¡Tú no eres nada!
De repente, la negrura comenzó a tomar forma.
Un espejo apareció frente a él, reflejando su rostro confuso en medio de la oscuridad.
Al verse, Ciel se sobresaltó.
—Soy yo —musitó.
—Es verdad —convino la voz—. Tienes su mismo rostro. Pero no eres él.
La voz parecía segura de lo que decía, Ciel no quiso creer en sus palabras.
—¡Lo soy! —afirmó, inclinándose hacia el espejo. Sus ojos azules se veían dudosos. —¡Soy… Soy Ciel Phantomhive!
—No importa lo que hagas, jamás serás él.
«Porque Ciel Phantomhive murió esa noche.
En aquel altar.
Devorado por el demonio».
—¡Estoy vivo! —le gritó Ciel, llevándose una mano al pecho. Sus dedos arrugaron la tela de su chaqueta con desesperación. —¡Estoy aquí!
El espejo reflejó su semblante ambivalente: entre la duda y la certeza.
Entre la vida y la muerte.
—¿Qué es un cuerpo sin un alma? —inquirió la voz.
—Yo… Yo soy…
Ciel sintió el temblor de sus extremidades.
El frío recorrió cada ápice de su ser
«Nada».