• Kiara- Edad actualmente no reconocida. Edad de apariencia: 20 años.
    Siglo de la tragedia: No reconocido

    𝑹𝒆𝒄𝒖𝒆𝒓𝒅𝒐𝒔.

    Kiara es una joven marcada por la tragedia y la resiliencia. Varios años habían pasado desde que su pueblo fue arrasado, pero las memorias de su infancia aún resuenan en su mente como ecos lejanos. Recuerda los días soleados en los que corría libre entre los árboles, el aroma del campo y las risas de sus amigos. Cada rincón de aquel lugar estaba impregnado de magia y alegría, un hogar que ahora solo existe en sus recuerdos.

    La noche de la tragedia sigue grabada a fuego en su corazón. Huyó por el río, malherida y asustada, sintiendo cómo las aguas turbulentas la arrastraban lejos de todo lo que conocía. En ese momento de desesperación, casi se rindió; el cansancio la envolvía como una sombra oscura. Sin embargo, el destino tenía otros planes para ella. Fue rescatada por los guardias de un rey benevolente, un hombre que se convirtió en una figura paterna para Kiara. Aunque era humano, él vio más allá de su apariencia; reconoció su valor y su potencial.

    Bajo su tutela, Kiara aprendió a luchar con destreza y astucia, convirtiéndose en una guerrera fuerte e inteligente. El rey le enseñó no solo a defenderse, sino también a liderar con compasión y justicia. A pesar de ser un humano en un mundo que había traicionado a su pueblo, Kiara desarrolló un profundo aprecio por él. Se sintió protegida bajo su manto y encontró en él una nueva familia.

    Sin embargo, con el tiempo, la verdad sobre su naturaleza comenzó a salir a la luz. La gente del reino empezó a notar que no envejecía como ellos; sus rasgos permanecían inalterables mientras los demás pasaban por el ciclo natural de la vida. Temiendo ser descubierta y enfrentarse al mismo destino que había llevado a su pueblo a la ruina, decidió huir nuevamente. Dejó atrás el trono que había llegado a ocupar con tanto esfuerzo y sacrificio, dejando ese puesto en manos de un tirano.

    Ahora, Kiara vaga por tierras desconocidas, llevando consigo el peso del pasado y la esperanza de encontrar un nuevo propósito. Su corazón está dividido entre el amor por el rey que le dio una segunda oportunidad y el dolor por lo perdido. Aunque ha dejado atrás un reino que podría haber sido suyo, sigue buscando un lugar donde pueda ser libre sin temor a ser cazada nuevamente; un lugar donde pueda reconciliarse con su identidad como Kitsune y honrar la memoria de aquellos que ya no están.
    Kiara- Edad actualmente no reconocida. Edad de apariencia: 20 años. Siglo de la tragedia: No reconocido 𝑹𝒆𝒄𝒖𝒆𝒓𝒅𝒐𝒔. Kiara es una joven marcada por la tragedia y la resiliencia. Varios años habían pasado desde que su pueblo fue arrasado, pero las memorias de su infancia aún resuenan en su mente como ecos lejanos. Recuerda los días soleados en los que corría libre entre los árboles, el aroma del campo y las risas de sus amigos. Cada rincón de aquel lugar estaba impregnado de magia y alegría, un hogar que ahora solo existe en sus recuerdos. La noche de la tragedia sigue grabada a fuego en su corazón. Huyó por el río, malherida y asustada, sintiendo cómo las aguas turbulentas la arrastraban lejos de todo lo que conocía. En ese momento de desesperación, casi se rindió; el cansancio la envolvía como una sombra oscura. Sin embargo, el destino tenía otros planes para ella. Fue rescatada por los guardias de un rey benevolente, un hombre que se convirtió en una figura paterna para Kiara. Aunque era humano, él vio más allá de su apariencia; reconoció su valor y su potencial. Bajo su tutela, Kiara aprendió a luchar con destreza y astucia, convirtiéndose en una guerrera fuerte e inteligente. El rey le enseñó no solo a defenderse, sino también a liderar con compasión y justicia. A pesar de ser un humano en un mundo que había traicionado a su pueblo, Kiara desarrolló un profundo aprecio por él. Se sintió protegida bajo su manto y encontró en él una nueva familia. Sin embargo, con el tiempo, la verdad sobre su naturaleza comenzó a salir a la luz. La gente del reino empezó a notar que no envejecía como ellos; sus rasgos permanecían inalterables mientras los demás pasaban por el ciclo natural de la vida. Temiendo ser descubierta y enfrentarse al mismo destino que había llevado a su pueblo a la ruina, decidió huir nuevamente. Dejó atrás el trono que había llegado a ocupar con tanto esfuerzo y sacrificio, dejando ese puesto en manos de un tirano. Ahora, Kiara vaga por tierras desconocidas, llevando consigo el peso del pasado y la esperanza de encontrar un nuevo propósito. Su corazón está dividido entre el amor por el rey que le dio una segunda oportunidad y el dolor por lo perdido. Aunque ha dejado atrás un reino que podría haber sido suyo, sigue buscando un lugar donde pueda ser libre sin temor a ser cazada nuevamente; un lugar donde pueda reconciliarse con su identidad como Kitsune y honrar la memoria de aquellos que ya no están.
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  • ♛┈⛧┈┈•༶
    𝑃𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑙 𝑑𝑖𝑎𝑏𝑙𝑜 𝑦 𝑒𝑙 𝑐𝑜𝑦𝑜𝑡𝑒 𝑑𝑎𝑛 𝑚𝑎𝑠 𝑚𝑖𝑒𝑑𝑜 𝑎𝑡𝑎𝑑𝑜𝑠 𝑦 ℎ𝑎𝑚𝑏𝑟𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜𝑠, 𝑒𝑛 𝑣𝑒𝑧 𝑑𝑒 𝑠𝑢𝑒𝑙𝑡𝑜𝑠 𝑦 ℎ𝑎𝑟𝑡𝑜𝑠.
    ༶•┈┈⛧┈♛

    El ojo bien puesto en la mesa, contando una a una las balas. La ha visto varias veces ya, pero le sigue pareciendo sorprendente cuanto han cambiado las armas; pasó de revolveres, rifles y escopetas, a granadas y metralletas.

    Hoy los niños ven un revolver y huyen despavoridos. Era una de las tantas quejas para con el mundo actual.

    -Diecisiete tiros... ¿Cómo te llamas, preciosa? ¿Glock...?

    Le murmuró al arma, de cerca, como un amante susurrando al oído. El cañón a milímetros del rostro, la corredera casi que besando la negrura de su extraña piel. Los cartuchos en la mesa desprendían un aroma bien conocido para él; pólvora.

    Recuerdos revolotean, cargados en nostalgia. Entonces cerró su único ojo y se sumergió en memorias del ayer, uno tan lejano como el sol del día siguiente. Para cuando abrió los párpados ya estaba en otro lugar, en otro momento, en uno de los días donde la sangre corría bajo su piel tal y como debía hacer.

    La puerta se abre por la mano de un joven Cormac, más vivo pero igual de tuerto. Frente a él hay cuatro hombres; Tres de sus lacayos y un viejo, dueño de la casa donde estaban pasando la noche y el mismo que maniataron para molestarlo y hacer de las suyas sin preocuparse de recibir plomo. Sentados en la mesa, repartiendo las cartas que seguramente pertenecían al anciano.

    -Maleducados... ¿Por qué juegan sin mí?

    Exclamó Cormac, quien tomó asiento luego de intercambiar un par de carcajadas con su camaradas. Entonces tomaron las cartas, las desparramaron una y otra vez sobre la madera e incluso la mancharon con el alcohol que habían robado en el atraco anterior. Todo marchaba bien, bajo las expectativas de los bandidos, hasta que el anciano habló.

    -¿Puedo jugar?

    Las miradas le cayeron duras. Medio ebrios y medio tontos, naturalmente rechazaron la petición e incluso se mofaron del viejo.

    -¿Cómo crees, vejete pendejo?

    Ramírez, el de rostro curtido y el más canoso del grupo, pellizcó el rostro del vejete. Pero antes de volver a repartir las cuartas fue detenido por Cormac, quien sonreía burlesco en dirección al maniatado.

    -Dale cartas a él también, Ramírez.

    Ahora las miradas caen en Cormac, incrédulas y expectantes de sus intenciones. Entonces el tuerto sacó un revolver, vacío el tambor y desparramó las balas sobre la mesa. Cargó una bala, acomodó el tambor y lo giró un total de cinco veces.

    -Por cada ronda que ganemos le apuntaremos al anciano, y por cada ronda que él gane nos apuntará a uno de nosotros... El que lo mate se llevará el dinero que pongamos en la mesa.

    Una vez anunciada la propuesta dejó caer el arma en el centro de la mesa, cargada con una única bala en una única recamara. Ramírez y compañía intercambiaron miradas, luego voltearon a Cormac y notaron que él intercambia miradas con el viejo. Inexpresivos estaban ambos, como un estanque de agua en un día sin viento. Cormac había notado que el anciano estaba demasiado tranquilo, incluso juraría haberlo visto reír por una de las bromas tontas soltadas durante las partidas anteriores. Pero no hubo cuestionamientos ni dudas, solo repartieron las cartas con ansias de descargar su malicias.

    Transcurrieron las horas, las cartas españolas pasaron de mano en mano con cada partida, y ya la luna había abandonado su punto más alto en el cielo. Cinco rondas, una ganada por el viejo y las otras cuatro por Cormac y sus camaradas; no hubo disparo, solamente el susurro del viento, el danzar del fuego de la lámpara y los pésimos chistes de Ramírez.

    (1/2)
    ♛┈⛧┈┈•༶ 𝑃𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑙 𝑑𝑖𝑎𝑏𝑙𝑜 𝑦 𝑒𝑙 𝑐𝑜𝑦𝑜𝑡𝑒 𝑑𝑎𝑛 𝑚𝑎𝑠 𝑚𝑖𝑒𝑑𝑜 𝑎𝑡𝑎𝑑𝑜𝑠 𝑦 ℎ𝑎𝑚𝑏𝑟𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜𝑠, 𝑒𝑛 𝑣𝑒𝑧 𝑑𝑒 𝑠𝑢𝑒𝑙𝑡𝑜𝑠 𝑦 ℎ𝑎𝑟𝑡𝑜𝑠. ༶•┈┈⛧┈♛ El ojo bien puesto en la mesa, contando una a una las balas. La ha visto varias veces ya, pero le sigue pareciendo sorprendente cuanto han cambiado las armas; pasó de revolveres, rifles y escopetas, a granadas y metralletas. Hoy los niños ven un revolver y huyen despavoridos. Era una de las tantas quejas para con el mundo actual. -Diecisiete tiros... ¿Cómo te llamas, preciosa? ¿Glock...? Le murmuró al arma, de cerca, como un amante susurrando al oído. El cañón a milímetros del rostro, la corredera casi que besando la negrura de su extraña piel. Los cartuchos en la mesa desprendían un aroma bien conocido para él; pólvora. Recuerdos revolotean, cargados en nostalgia. Entonces cerró su único ojo y se sumergió en memorias del ayer, uno tan lejano como el sol del día siguiente. Para cuando abrió los párpados ya estaba en otro lugar, en otro momento, en uno de los días donde la sangre corría bajo su piel tal y como debía hacer. La puerta se abre por la mano de un joven Cormac, más vivo pero igual de tuerto. Frente a él hay cuatro hombres; Tres de sus lacayos y un viejo, dueño de la casa donde estaban pasando la noche y el mismo que maniataron para molestarlo y hacer de las suyas sin preocuparse de recibir plomo. Sentados en la mesa, repartiendo las cartas que seguramente pertenecían al anciano. -Maleducados... ¿Por qué juegan sin mí? Exclamó Cormac, quien tomó asiento luego de intercambiar un par de carcajadas con su camaradas. Entonces tomaron las cartas, las desparramaron una y otra vez sobre la madera e incluso la mancharon con el alcohol que habían robado en el atraco anterior. Todo marchaba bien, bajo las expectativas de los bandidos, hasta que el anciano habló. -¿Puedo jugar? Las miradas le cayeron duras. Medio ebrios y medio tontos, naturalmente rechazaron la petición e incluso se mofaron del viejo. -¿Cómo crees, vejete pendejo? Ramírez, el de rostro curtido y el más canoso del grupo, pellizcó el rostro del vejete. Pero antes de volver a repartir las cuartas fue detenido por Cormac, quien sonreía burlesco en dirección al maniatado. -Dale cartas a él también, Ramírez. Ahora las miradas caen en Cormac, incrédulas y expectantes de sus intenciones. Entonces el tuerto sacó un revolver, vacío el tambor y desparramó las balas sobre la mesa. Cargó una bala, acomodó el tambor y lo giró un total de cinco veces. -Por cada ronda que ganemos le apuntaremos al anciano, y por cada ronda que él gane nos apuntará a uno de nosotros... El que lo mate se llevará el dinero que pongamos en la mesa. Una vez anunciada la propuesta dejó caer el arma en el centro de la mesa, cargada con una única bala en una única recamara. Ramírez y compañía intercambiaron miradas, luego voltearon a Cormac y notaron que él intercambia miradas con el viejo. Inexpresivos estaban ambos, como un estanque de agua en un día sin viento. Cormac había notado que el anciano estaba demasiado tranquilo, incluso juraría haberlo visto reír por una de las bromas tontas soltadas durante las partidas anteriores. Pero no hubo cuestionamientos ni dudas, solo repartieron las cartas con ansias de descargar su malicias. Transcurrieron las horas, las cartas españolas pasaron de mano en mano con cada partida, y ya la luna había abandonado su punto más alto en el cielo. Cinco rondas, una ganada por el viejo y las otras cuatro por Cormac y sus camaradas; no hubo disparo, solamente el susurro del viento, el danzar del fuego de la lámpara y los pésimos chistes de Ramírez. (1/2)
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  • El bosque se alzaba en sombras vivientes, sus troncos retorcidos como figuras esculpidas por el tiempo, sus ramas desnudas entrelazándose contra la bóveda oscura del cielo. El aire era denso con el aroma de la tierra húmeda, impregnado por el aliento musgoso de los árboles centenarios que se erguían como guardianes de un reino olvidado. Entre sus raíces nudosas, el silencio se enroscaba como un animal dormido, interrumpido solo por el murmullo lejano del viento filtrándose a través de las copas.

    La luna, alta y distante, vertía su luz pálida a través del dosel, con la frialdad de un ojo que observa sin intervenir. Su resplandor deslavado caía en delgadas franjas entre las hojas, bañando el suelo con manchas de plata líquida que se desvanecían en la penumbra circundante, allí donde las sombras se volvían tan densas que parecían absorber la propia luz. El claro donde ella se encontraba no era una excepción: en su centro, el lago yacía inmóvil, su superficie un espejo turbio que reflejaba el cielo estrellado y el contorno de los árboles inclinándose sobre él como figuras expectantes.

    Ella estaba allí, en el corazón de aquel rincón olvidado por el tiempo, de rodillas junto al borde del agua. La hierba húmeda se adhería a la tela de su manto negro, esparcido a su alrededor como una extensión de la misma sombra en la que se hallaba envuelta. Se fundía con la penumbra, indistinguible.

    Su cabello, suelto por primera vez en incontables noches, flotaba en el aire con la lentitud de la niebla atrapada en la brisa. Se deslizaba sobre sus hombros, algunas hebras rozando la superficie del agua con movimientos casi imperceptibles, perturbando apenas su reflejo. En el espejo líquido, su imagen se veía alterada, desdibujada por ondas minúsculas que hacían que su silueta pareciera fluctuar entre lo real y lo ilusorio.

    Sus alas, plegadas con una rigidez inusual contra su espalda, parecían más pesadas que nunca. No solo en el sentido físico, sino en algo más profundo, más insidioso. Como si aquella quietud que la rodeaba las mantuviera ancladas, encadenadas a algo que no podía verse ni tocarse.

    El aire a su alrededor era frío, pero no de la manera en que lo es el invierno, con su mordedura nítida y certera. Era un frío más sutil, un escalofrío que se deslizaba bajo la piel, que se filtraba en los huesos como un eco de memorias atrapadas en la bruma. Un frío que parecía emanar de la propia tierra, de la piedra sumergida en la profundidad del lago, de los árboles que habían estado allí por siglos, testigos silenciosos de incontables noches como esta.

    El aire estaba cargado de matices sutiles, esencias que se entrelazaban en la penumbra como hilos invisibles de un tapiz antiguo. La humedad de la noche impregnaba cada aliento con el perfume de la tierra negra, aún tibia de la luz extinguida del día. Había un dejo de musgo fresco y corteza húmeda, el aroma denso y profundo de los árboles viejos cuyas raíces se hundían en lo desconocido. En algún rincón, una flor oculta exhalaba una fragancia tenue, casi imperceptible, un susurro efímero de dulzura que se perdía antes de poder aferrarse del todo.

    Era un aroma cargado de vida, y sin embargo, había en él algo melancólico, como si el bosque respirara con la calma de un sueño olvidado. La brisa llevaba consigo rastros de agua estancada, un eco de humedad y quietud ancestral proveniente del lago, donde la superficie inmóvil conservaba el olor de las piedras sumergidas, del fango frío que yacía en sus profundidades. No era desagradable.

    El ambiente estaba impregnado de silencio. Era una mudez viva, tejida con los sonidos más pequeños y casi imperceptibles: el roce lejano de hojas al moverse con la brisa apenas perceptible, el crujido esporádico de una rama, el tenue zumbido de una criatura nocturna oculta entre las sombras. Cada sonido era un susurro contenido, un murmullo dentro de la inmensidad, como si el bosque entero escuchara, como si aguardara algo sin romper nunca su propia vigilia.

    Pero ella no se movió. Sus dedos descansaban sobre la hierba empapada, apenas rozando la humedad fría que se acumulaba en las hojas. Sus ojos, brasas encendidas en la penumbra, no miraban el reflejo, ni el lago, ni el bosque a su alrededor. Se perdían más allá, en un punto imposible de alcanzar.

    Pero algo la arrastró sutilmente fuera de su ensoñación.

    No fue un sonido evidente ni una alteración brusca. Fue la ausencia de algo que, hasta ese momento, había formado parte de aquel equilibrio silencioso. Un murmullo que cesó antes de tiempo. Una brizna de hierba que no volvió a oscilar con el viento. Un reflejo en el agua que pareció tensarse por una fracción de segundo antes de volver a la calma.

    No levantó la cabeza. Sus alas no se tensaron, sus manos no se apartaron del agua. Apenas si parpadeó. Pero en la inmovilidad de su postura había un matiz distinto ahora, un detenimiento apenas perceptible en la cadencia de su respiración.

    Si alguien estaba allí, su presencia era tolerada, aunque envuelta en el velo cauteloso del ángel.
    El bosque se alzaba en sombras vivientes, sus troncos retorcidos como figuras esculpidas por el tiempo, sus ramas desnudas entrelazándose contra la bóveda oscura del cielo. El aire era denso con el aroma de la tierra húmeda, impregnado por el aliento musgoso de los árboles centenarios que se erguían como guardianes de un reino olvidado. Entre sus raíces nudosas, el silencio se enroscaba como un animal dormido, interrumpido solo por el murmullo lejano del viento filtrándose a través de las copas. La luna, alta y distante, vertía su luz pálida a través del dosel, con la frialdad de un ojo que observa sin intervenir. Su resplandor deslavado caía en delgadas franjas entre las hojas, bañando el suelo con manchas de plata líquida que se desvanecían en la penumbra circundante, allí donde las sombras se volvían tan densas que parecían absorber la propia luz. El claro donde ella se encontraba no era una excepción: en su centro, el lago yacía inmóvil, su superficie un espejo turbio que reflejaba el cielo estrellado y el contorno de los árboles inclinándose sobre él como figuras expectantes. Ella estaba allí, en el corazón de aquel rincón olvidado por el tiempo, de rodillas junto al borde del agua. La hierba húmeda se adhería a la tela de su manto negro, esparcido a su alrededor como una extensión de la misma sombra en la que se hallaba envuelta. Se fundía con la penumbra, indistinguible. Su cabello, suelto por primera vez en incontables noches, flotaba en el aire con la lentitud de la niebla atrapada en la brisa. Se deslizaba sobre sus hombros, algunas hebras rozando la superficie del agua con movimientos casi imperceptibles, perturbando apenas su reflejo. En el espejo líquido, su imagen se veía alterada, desdibujada por ondas minúsculas que hacían que su silueta pareciera fluctuar entre lo real y lo ilusorio. Sus alas, plegadas con una rigidez inusual contra su espalda, parecían más pesadas que nunca. No solo en el sentido físico, sino en algo más profundo, más insidioso. Como si aquella quietud que la rodeaba las mantuviera ancladas, encadenadas a algo que no podía verse ni tocarse. El aire a su alrededor era frío, pero no de la manera en que lo es el invierno, con su mordedura nítida y certera. Era un frío más sutil, un escalofrío que se deslizaba bajo la piel, que se filtraba en los huesos como un eco de memorias atrapadas en la bruma. Un frío que parecía emanar de la propia tierra, de la piedra sumergida en la profundidad del lago, de los árboles que habían estado allí por siglos, testigos silenciosos de incontables noches como esta. El aire estaba cargado de matices sutiles, esencias que se entrelazaban en la penumbra como hilos invisibles de un tapiz antiguo. La humedad de la noche impregnaba cada aliento con el perfume de la tierra negra, aún tibia de la luz extinguida del día. Había un dejo de musgo fresco y corteza húmeda, el aroma denso y profundo de los árboles viejos cuyas raíces se hundían en lo desconocido. En algún rincón, una flor oculta exhalaba una fragancia tenue, casi imperceptible, un susurro efímero de dulzura que se perdía antes de poder aferrarse del todo. Era un aroma cargado de vida, y sin embargo, había en él algo melancólico, como si el bosque respirara con la calma de un sueño olvidado. La brisa llevaba consigo rastros de agua estancada, un eco de humedad y quietud ancestral proveniente del lago, donde la superficie inmóvil conservaba el olor de las piedras sumergidas, del fango frío que yacía en sus profundidades. No era desagradable. El ambiente estaba impregnado de silencio. Era una mudez viva, tejida con los sonidos más pequeños y casi imperceptibles: el roce lejano de hojas al moverse con la brisa apenas perceptible, el crujido esporádico de una rama, el tenue zumbido de una criatura nocturna oculta entre las sombras. Cada sonido era un susurro contenido, un murmullo dentro de la inmensidad, como si el bosque entero escuchara, como si aguardara algo sin romper nunca su propia vigilia. Pero ella no se movió. Sus dedos descansaban sobre la hierba empapada, apenas rozando la humedad fría que se acumulaba en las hojas. Sus ojos, brasas encendidas en la penumbra, no miraban el reflejo, ni el lago, ni el bosque a su alrededor. Se perdían más allá, en un punto imposible de alcanzar. Pero algo la arrastró sutilmente fuera de su ensoñación. No fue un sonido evidente ni una alteración brusca. Fue la ausencia de algo que, hasta ese momento, había formado parte de aquel equilibrio silencioso. Un murmullo que cesó antes de tiempo. Una brizna de hierba que no volvió a oscilar con el viento. Un reflejo en el agua que pareció tensarse por una fracción de segundo antes de volver a la calma. No levantó la cabeza. Sus alas no se tensaron, sus manos no se apartaron del agua. Apenas si parpadeó. Pero en la inmovilidad de su postura había un matiz distinto ahora, un detenimiento apenas perceptible en la cadencia de su respiración. Si alguien estaba allí, su presencia era tolerada, aunque envuelta en el velo cauteloso del ángel.
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  • Vestigia .

    El espejo

    Quien soy y que ha de ser .. maravillosa pregunta, a responder en la verdad diría un ilusionista, creador y destructor a voluntad, el suspiro de un corazón sin miedos y el latido que hace vibrar el espejo, revelado sin miedo, caballero y guerrero también aventurero, que no se diga que no dije y no advertí, pirata soy y mi placer es robar y conquistar corazones, que alguno venga con intención de hacerme guerra y lo haré vivir el peor error y lamentara las consecuencias de sus acciones, yo no conozco la piedad, el perdón no existe, vida por alma que mi tormento y mi castigo es eterno, que diré, quien soy, en este mundo y está versión soy un caballero con alma de fuego, escribiré canciones y daré versos, en este mundo, en esta vida, hasta que la vida me bendiga con una muerte digna, no tenga por mal alguno que está vida no soy de hacer mal soy de complacer, ni juzgo a quien porque no soy quien, versiones muchas y sin corazón, la lógica piensa el corazón no olvida, recuerdos y memorias vergüenzas o glorias, que más da si bailas con migo así sea una vez voy a ofrecerte un sueño irrepetible, porque eso somos irremediablemente fantasías en un espejo que no se repiten, el reflejo no regresa el tiempo .
    Vestigia . El espejo Quien soy y que ha de ser .. maravillosa pregunta, a responder en la verdad diría un ilusionista, creador y destructor a voluntad, el suspiro de un corazón sin miedos y el latido que hace vibrar el espejo, revelado sin miedo, caballero y guerrero también aventurero, que no se diga que no dije y no advertí, pirata soy y mi placer es robar y conquistar corazones, que alguno venga con intención de hacerme guerra y lo haré vivir el peor error y lamentara las consecuencias de sus acciones, yo no conozco la piedad, el perdón no existe, vida por alma que mi tormento y mi castigo es eterno, que diré, quien soy, en este mundo y está versión soy un caballero con alma de fuego, escribiré canciones y daré versos, en este mundo, en esta vida, hasta que la vida me bendiga con una muerte digna, no tenga por mal alguno que está vida no soy de hacer mal soy de complacer, ni juzgo a quien porque no soy quien, versiones muchas y sin corazón, la lógica piensa el corazón no olvida, recuerdos y memorias vergüenzas o glorias, que más da si bailas con migo así sea una vez voy a ofrecerte un sueño irrepetible, porque eso somos irremediablemente fantasías en un espejo que no se repiten, el reflejo no regresa el tiempo .
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  • No podía quedarme quieto.

    No sé si los seres como yo pueden sentir ansiedad, pero algo dentro de mí no me dejaba estar en paz.

    Si no podía regresar a la pradera, entonces ayudaría en otros lugares. No importaba cuán lejos estuvieran.

    ~ No me echaré a llorar en un rincón del vacío, eso sería deprimente hasta para mí. ~

    Así que caminé.

    O floté.

    O simplemente aparecí en distintos mundos.

    Algunas dimensiones eran hermosas, llenas de luz y melodías que hacían vibrar el alma. Otras eran ruinas interminables, donde solo quedaban sombras de lo que una vez fue.

    Algunas me aceptaban.

    Otras intentaban destruirme en cuanto me veían.

    Pero seguí adelante.

    En un mundo donde el cielo era de un púrpura hirviente, ayudé a un niño de cristal a encontrar su reflejo perdido.

    En una ciudad suspendida en el borde de una tormenta eterna, guié a un viajero que llevaba siglos buscando el camino a casa.

    En un reino hecho de memorias olvidadas, salvé a un ser hecho de palabras antes de que fuera devorado por el olvido.

    Algunos me agradecían.

    Otros me temían.

    Pero yo no hacía esto por ellos.

    Lo hacía para no olvidar quién soy.

    Para no olvidar por qué comencé todo esto.

    ~ Ayudar a los perdidos… ese siempre ha sido mi propósito, ¿no? ~

    Y si la pradera no me deja regresar, entonces convertiré todo el multiverso en mi campo de acción.

    Seguiré buscando el camino de vuelta.

    Pero mientras lo hago…

    Seguiré ayudando.
    No podía quedarme quieto. No sé si los seres como yo pueden sentir ansiedad, pero algo dentro de mí no me dejaba estar en paz. Si no podía regresar a la pradera, entonces ayudaría en otros lugares. No importaba cuán lejos estuvieran. ~ No me echaré a llorar en un rincón del vacío, eso sería deprimente hasta para mí. ~ Así que caminé. O floté. O simplemente aparecí en distintos mundos. Algunas dimensiones eran hermosas, llenas de luz y melodías que hacían vibrar el alma. Otras eran ruinas interminables, donde solo quedaban sombras de lo que una vez fue. Algunas me aceptaban. Otras intentaban destruirme en cuanto me veían. Pero seguí adelante. En un mundo donde el cielo era de un púrpura hirviente, ayudé a un niño de cristal a encontrar su reflejo perdido. En una ciudad suspendida en el borde de una tormenta eterna, guié a un viajero que llevaba siglos buscando el camino a casa. En un reino hecho de memorias olvidadas, salvé a un ser hecho de palabras antes de que fuera devorado por el olvido. Algunos me agradecían. Otros me temían. Pero yo no hacía esto por ellos. Lo hacía para no olvidar quién soy. Para no olvidar por qué comencé todo esto. ~ Ayudar a los perdidos… ese siempre ha sido mi propósito, ¿no? ~ Y si la pradera no me deja regresar, entonces convertiré todo el multiverso en mi campo de acción. Seguiré buscando el camino de vuelta. Pero mientras lo hago… Seguiré ayudando.
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  • 𝐹𝑎𝑐𝑖𝑙𝑖𝑠 𝑑𝑒𝑠𝑐𝑒𝑛𝑠𝑢𝑠 𝐴𝑣𝑒𝑟𝑛𝑜
    Categoría Fantasía
    𝗥𝗼𝗹 𝗮𝗯𝗶𝗲𝗿𝘁𝗼

    Ten un poco de miedo al camino hacia el infierno.
    Suena tentador y atractivo, poserlo todo y dar lo que nunca te perteneció. Eso fue lo que Jace tuvo que sufrir, ser un sacrificio en un juego bajo una trampa vestida de inocencia, para cuando se dio cuenta de las siniestras intenciones, se encontraba lejos de todo lo conocido, vagando de un lado a otro como un nómada sin hogar.

    Extrañar el olor de algo, el calor de alguien, la idea de ser y oertenecer, ahí ya hacia solo una sensación pero nada mas que el rojizo cabello, los ojos tan conocidos como los suyos, la elegancia y familiar silueta, así como la torpeza y magnificencia de personas que no podía recordar.  ¿Qué soy? Se preguntaba Jace constantemente. Saber su nombre era un consuelo para saciar la codicia de su corazon inquieto ¿Qué busco? Sin respuesta sin forma, solo un cuestionamiento que algunas criaturas consideraban dignas de burla ¿Puedo volver? Lo que nisiquiera quería saber pues si lo que obtenía era un no se rompería como metal sobre la fragua, inamovible una vez que el frio lo sellase sin remedio.

    Caminar por todos lados era una buena forma de darse un respiro de la voz repitiendo su nombre al vacío de sus memorias. Mirar cada rincón sin explorar buscando magia suficiente para darle sentido a su pensamiento, sin ser imprudente, quería volver entero a casa no podía darse el gusto de sentir un extremo dolor para pasar pagina, supuso, la bella voz se molestaría con el por ser imprudente.

    -Espero poder volver pronto. Quiero saber de quien es esa voz.

    Despues de todo, el nombre pandemonium del bar, resguardo de la criatura, sonaba aun menos alentador despertando viejos sentimientos que le hicieron poner una risa burlona llena de ironía y otro montón de borrosas memorias 'El ángel esta dándome señales extrañas' del cielo al infierno, así se interpretaba todo.

    - 𝐹𝑎𝑐𝑖𝑙𝑖𝑠 𝑑𝑒𝑠𝑐𝑒𝑛𝑠𝑢𝑠 𝐴𝑣𝑒𝑟𝑛𝑜. Y con eso, otra noche menos para descansar.

    Que las respuestas aparezcan, como por arte de brujería, quizás y con toda la buena fortuna, un día podría encontrar el lugar anhelado.
    𝗥𝗼𝗹 𝗮𝗯𝗶𝗲𝗿𝘁𝗼 Ten un poco de miedo al camino hacia el infierno. Suena tentador y atractivo, poserlo todo y dar lo que nunca te perteneció. Eso fue lo que Jace tuvo que sufrir, ser un sacrificio en un juego bajo una trampa vestida de inocencia, para cuando se dio cuenta de las siniestras intenciones, se encontraba lejos de todo lo conocido, vagando de un lado a otro como un nómada sin hogar. Extrañar el olor de algo, el calor de alguien, la idea de ser y oertenecer, ahí ya hacia solo una sensación pero nada mas que el rojizo cabello, los ojos tan conocidos como los suyos, la elegancia y familiar silueta, así como la torpeza y magnificencia de personas que no podía recordar.  ¿Qué soy? Se preguntaba Jace constantemente. Saber su nombre era un consuelo para saciar la codicia de su corazon inquieto ¿Qué busco? Sin respuesta sin forma, solo un cuestionamiento que algunas criaturas consideraban dignas de burla ¿Puedo volver? Lo que nisiquiera quería saber pues si lo que obtenía era un no se rompería como metal sobre la fragua, inamovible una vez que el frio lo sellase sin remedio. Caminar por todos lados era una buena forma de darse un respiro de la voz repitiendo su nombre al vacío de sus memorias. Mirar cada rincón sin explorar buscando magia suficiente para darle sentido a su pensamiento, sin ser imprudente, quería volver entero a casa no podía darse el gusto de sentir un extremo dolor para pasar pagina, supuso, la bella voz se molestaría con el por ser imprudente. -Espero poder volver pronto. Quiero saber de quien es esa voz. Despues de todo, el nombre pandemonium del bar, resguardo de la criatura, sonaba aun menos alentador despertando viejos sentimientos que le hicieron poner una risa burlona llena de ironía y otro montón de borrosas memorias 'El ángel esta dándome señales extrañas' del cielo al infierno, así se interpretaba todo. - 𝐹𝑎𝑐𝑖𝑙𝑖𝑠 𝑑𝑒𝑠𝑐𝑒𝑛𝑠𝑢𝑠 𝐴𝑣𝑒𝑟𝑛𝑜. Y con eso, otra noche menos para descansar. Que las respuestas aparezcan, como por arte de brujería, quizás y con toda la buena fortuna, un día podría encontrar el lugar anhelado.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    10
    Estado
    Disponible
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  • ᴇʟíᴀꜱ
    ──────
    En Knaresborough cada nueva generación de neófitos "Llamas de sangre" eran censados y asignados a una unidad de nodrizas quienes los criarían y educarían desde el momento que terminaran de lactar, asignándole nombres aleatorios con el fin de no poder ser identificados por sus padres a medida que crezcan, el vínculo paternal era roto al momento que la madre dejaba de amamantar, luego de eso, sería un adiós para siempre.

    Así pasaba con cada infante de esta tribu que cada año crecía en número volviéndose más y más poderosa.

    Los padres asumían el arrebatamiento de sus hijos como algo natural parte del ciclo de vida. Los nuevos habitantes del pueblo serían inducidos a un duro entrenamiento y adoctrinamiento militar apenas tuvieran consciencia del porqué y con qué fin habían sido concebidos.

    Este no era el caso de Elías, hijo de Hamza, un Llama de Sangre y Astrid, arquera Nórdica quien se había asentado en la tribu sin saber lo que significaría ser madre en un lugar como ese. La única forma de que una extranjera sea aceptada y recibida en Knaresborough era procrear y pasar por el rito de brazas calientes en cuencos con agua de mar durante la luna sangrienta para que así, por este pacto, el niño naciera con poderes de fuego... un soldado más para la ambiciosa colección del gobernante en ese entonces.

    Las madres quedaban con quemaduras de segundo grado en gran parte de sus cuerpos, era el costo de procrear bebés con poderes sobrenaturales

    Astrid, como las demás sufrió el mismo destino, tardó un largo tiempo en sanar las cicatrices que las brazas habían hecho en su piel. Ella, después de todo este sacrificio no daría su único hijo así como así, lo amaba sin conocerlo aún, no lo dejaría ir. Tenía que encontrar la manera de no perderlo.

    Pasó el tiempo y Elías era un hermoso y feliz bebé pelirrojo de pocos meses, cuando con mucho pesar Astrid le pidió a su esposo Hamza que lo marcara en su espalda, una huella al rojo vivo que no se borarría, la señal que aún estando lejos les indicaría quien era su hijo. Y así fue, el niño creció ganándose el respeto y cariño de las personas que estaban a su cargo. Mientras sus padres biológicos jamás dejaron de verlo y compartir con él a escondidas entregando todos sus conocimientos y amor a su preciado hijo.
    Como pocos pudo conocer a sus padres y mantener una relación de familia en lo secreto de las vigilias, en la soledad y con ellos podía llamarse con su legítimo nombre: Elías, pero para todos los demás era conocido como Gaspar el joven promesa.

    En una de tantas veladas con sus padres recibió una noticia que traía consigo una gran responsabilidad: Su madre Astrid esperaba una niña; su nombre sería Elizabeth y por ella también haría el rito de la luna roja aunque eso significara pasar por el doloroso proceso de sanación.

    Pasó el tiempo y Elizabeth pequeña todavía ya era parte de un grupo que en el futuro tenían todas las fichas puestas para ser el escuadrón combativo más letal de los últimos tiempos.

    A diferencia de su hermano, Liz no fue marcada ya que sus padres fueron asesinados por alta traición (a penas ella nació) al descubrir que mantenían contacto con su hijo, más nunca descubrieron de quien se trataba.
    Elías hizo unos arreglos con una de las nodrisas que afortunadamente lo tenían en gran estima para registrar con el nombre real a la pequeña pelirroja, nunca se presentó ante ella como su familiar, la observaba y cuidaba a distancia siempre que podía.

    El año del Búho llegó y con este el terrible genocidio de toda la tribu, muchos murieron y a él lo tomaron prisionero, entre cinco fue engrillado y arrastrado hasta un barco para hacerlo esclavo en el viejo continente. Su mundo se había destrozado por completo el corazón le dolía causando en cada palpitar agudas punzadas, pero entonces la vio... su pequeña hermanita se escabullía para ser libre. Elizabeth lo logró, eso quería creer, era una chispa de esperanza. Lograría escapar y la encontraría donde sea que estuviera sólo tenía que esperar el tiempo adecuado.

    A͟͞c͟͞t͟͞u͟͞a͟͞l͟͞i͟͞d͟͞a͟͞d͟͞ ͟͞

    Seis años pasaron para lograr su ansiada independencia después de un largo y tortuoso tiempo como esclavo al fin pudo emprender su búsqueda. Recordaba a Elizabeth como una niña, sería difícil dar con ella dependiendo sólo de sus memorias.
    Por suerte para él, después de un par de años de intensa investigación arribó a uno de los poblados donde Liz había adquirido cierta popularidad como la Reina Escarlata: una guerrera de ojos carmesí y la furia de su llama que consumía todo a su paso. Elías no dudó, era ella.

    Siguió migaja por migaja que obtenía de información recorriendo cada lugar que Liz había pisado hasta que despues de miles de kilómetros recorridos de travesía llegó a Kyoto.

    ── Te encontraré Elizabeth, aunque sea lo último que haga
    ᴇʟíᴀꜱ ────── En Knaresborough cada nueva generación de neófitos "Llamas de sangre" eran censados y asignados a una unidad de nodrizas quienes los criarían y educarían desde el momento que terminaran de lactar, asignándole nombres aleatorios con el fin de no poder ser identificados por sus padres a medida que crezcan, el vínculo paternal era roto al momento que la madre dejaba de amamantar, luego de eso, sería un adiós para siempre. Así pasaba con cada infante de esta tribu que cada año crecía en número volviéndose más y más poderosa. Los padres asumían el arrebatamiento de sus hijos como algo natural parte del ciclo de vida. Los nuevos habitantes del pueblo serían inducidos a un duro entrenamiento y adoctrinamiento militar apenas tuvieran consciencia del porqué y con qué fin habían sido concebidos. Este no era el caso de Elías, hijo de Hamza, un Llama de Sangre y Astrid, arquera Nórdica quien se había asentado en la tribu sin saber lo que significaría ser madre en un lugar como ese. La única forma de que una extranjera sea aceptada y recibida en Knaresborough era procrear y pasar por el rito de brazas calientes en cuencos con agua de mar durante la luna sangrienta para que así, por este pacto, el niño naciera con poderes de fuego... un soldado más para la ambiciosa colección del gobernante en ese entonces. Las madres quedaban con quemaduras de segundo grado en gran parte de sus cuerpos, era el costo de procrear bebés con poderes sobrenaturales Astrid, como las demás sufrió el mismo destino, tardó un largo tiempo en sanar las cicatrices que las brazas habían hecho en su piel. Ella, después de todo este sacrificio no daría su único hijo así como así, lo amaba sin conocerlo aún, no lo dejaría ir. Tenía que encontrar la manera de no perderlo. Pasó el tiempo y Elías era un hermoso y feliz bebé pelirrojo de pocos meses, cuando con mucho pesar Astrid le pidió a su esposo Hamza que lo marcara en su espalda, una huella al rojo vivo que no se borarría, la señal que aún estando lejos les indicaría quien era su hijo. Y así fue, el niño creció ganándose el respeto y cariño de las personas que estaban a su cargo. Mientras sus padres biológicos jamás dejaron de verlo y compartir con él a escondidas entregando todos sus conocimientos y amor a su preciado hijo. Como pocos pudo conocer a sus padres y mantener una relación de familia en lo secreto de las vigilias, en la soledad y con ellos podía llamarse con su legítimo nombre: Elías, pero para todos los demás era conocido como Gaspar el joven promesa. En una de tantas veladas con sus padres recibió una noticia que traía consigo una gran responsabilidad: Su madre Astrid esperaba una niña; su nombre sería Elizabeth y por ella también haría el rito de la luna roja aunque eso significara pasar por el doloroso proceso de sanación. Pasó el tiempo y Elizabeth pequeña todavía ya era parte de un grupo que en el futuro tenían todas las fichas puestas para ser el escuadrón combativo más letal de los últimos tiempos. A diferencia de su hermano, Liz no fue marcada ya que sus padres fueron asesinados por alta traición (a penas ella nació) al descubrir que mantenían contacto con su hijo, más nunca descubrieron de quien se trataba. Elías hizo unos arreglos con una de las nodrisas que afortunadamente lo tenían en gran estima para registrar con el nombre real a la pequeña pelirroja, nunca se presentó ante ella como su familiar, la observaba y cuidaba a distancia siempre que podía. El año del Búho llegó y con este el terrible genocidio de toda la tribu, muchos murieron y a él lo tomaron prisionero, entre cinco fue engrillado y arrastrado hasta un barco para hacerlo esclavo en el viejo continente. Su mundo se había destrozado por completo el corazón le dolía causando en cada palpitar agudas punzadas, pero entonces la vio... su pequeña hermanita se escabullía para ser libre. Elizabeth lo logró, eso quería creer, era una chispa de esperanza. Lograría escapar y la encontraría donde sea que estuviera sólo tenía que esperar el tiempo adecuado. A͟͞c͟͞t͟͞u͟͞a͟͞l͟͞i͟͞d͟͞a͟͞d͟͞ ͟͞ Seis años pasaron para lograr su ansiada independencia después de un largo y tortuoso tiempo como esclavo al fin pudo emprender su búsqueda. Recordaba a Elizabeth como una niña, sería difícil dar con ella dependiendo sólo de sus memorias. Por suerte para él, después de un par de años de intensa investigación arribó a uno de los poblados donde Liz había adquirido cierta popularidad como la Reina Escarlata: una guerrera de ojos carmesí y la furia de su llama que consumía todo a su paso. Elías no dudó, era ella. Siguió migaja por migaja que obtenía de información recorriendo cada lugar que Liz había pisado hasta que despues de miles de kilómetros recorridos de travesía llegó a Kyoto. ── Te encontraré Elizabeth, aunque sea lo último que haga
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  • Y ahí estaba de nuevo, ese recuerdo... Ese momento, esos destellos que vienen como golpes en los ratos más solitarios. Como si de un golpe de viento se tratara. El pelirrojo yacía diciendo sus memorias en un tono bajo a su ayudante y alumno Bast.

    —Si... Lo recuerdo perfectamente... Todos los días que veía a Denna, ella cada noche con un nuevo acompañante, todos intentando tomarla para ellos. Mientras que yo a lo lejos solo apreciaba como jugaba con sus corazones. Sabía que aunque ellos podían tener un beso, un abrazo o más, sabía perfectamente que ella los dejaría porque un amor no es algo que puedas tomar para ti, es algo que debes apreciar desde la distancia.

    Esa noche yo había salido de dar un pequeño concierto a diferentes duques y baroneses. Pero ahí estaba ella... Bailando y hablando al oído con su pareja de esa noche. Nos vimos, y de un momento a otro volvimos a conectar, como si el tiempo entre nosotros se detuviera y reanudara su andar cada que nuestras miradas se cruzaban... Denna...
    Y ahí estaba de nuevo, ese recuerdo... Ese momento, esos destellos que vienen como golpes en los ratos más solitarios. Como si de un golpe de viento se tratara. El pelirrojo yacía diciendo sus memorias en un tono bajo a su ayudante y alumno Bast. —Si... Lo recuerdo perfectamente... Todos los días que veía a Denna, ella cada noche con un nuevo acompañante, todos intentando tomarla para ellos. Mientras que yo a lo lejos solo apreciaba como jugaba con sus corazones. Sabía que aunque ellos podían tener un beso, un abrazo o más, sabía perfectamente que ella los dejaría porque un amor no es algo que puedas tomar para ti, es algo que debes apreciar desde la distancia. Esa noche yo había salido de dar un pequeño concierto a diferentes duques y baroneses. Pero ahí estaba ella... Bailando y hablando al oído con su pareja de esa noche. Nos vimos, y de un momento a otro volvimos a conectar, como si el tiempo entre nosotros se detuviera y reanudara su andar cada que nuestras miradas se cruzaban... Denna...
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  • [luka se alza sobre su trono de sombras, su silueta esculpida en la penumbra por las llamas que nunca cesan. Sus ojos, dos abismos sin fondo, contemplan la inmensidad de su dominio: un océano de almas rotas, un reino donde el tiempo no es más que un castigo.]

    *Su voz resuena como un trueno en el vacío, grave, eterna, cargada de un desprecio indiferente.*
    —Aquí no hay tiempo, solo el peso infinito de cada segundo que se arrastra sin fin…

    [Las llamas danzan a su alrededor, no queman carne, sino memorias. Se alimentan de lo que una vez fue, dejando tras de sí solo el eco de un ayer que nadie recuerda.]

    *Luka deja escapar una risa seca, amarga, sin alegría.*
    —Estoy solo… y aquí, la soledad es peor que el fuego.

    [El viento gélido trae susurros distorsionados, risas de aquellos que alguna vez intentaron desafiarle. Pero incluso esas voces se desvanecen, porque en este trono, en este reino maldito, la única verdad es la angustia sin fin.]

    *Sus garras se cierran en el aire vacío, como si intentara aferrarse a algo que dejó de existir.*
    —¿Cuánto más? ¿Cuánto más hasta que deje de importar?

    [Pero el infierno no responde. Solo el eco de su propia voz regresa a él, recordándole la única condena que ni siquiera un rey puede evitar: la soledad eterna.]
    [luka se alza sobre su trono de sombras, su silueta esculpida en la penumbra por las llamas que nunca cesan. Sus ojos, dos abismos sin fondo, contemplan la inmensidad de su dominio: un océano de almas rotas, un reino donde el tiempo no es más que un castigo.] *Su voz resuena como un trueno en el vacío, grave, eterna, cargada de un desprecio indiferente.* —Aquí no hay tiempo, solo el peso infinito de cada segundo que se arrastra sin fin… [Las llamas danzan a su alrededor, no queman carne, sino memorias. Se alimentan de lo que una vez fue, dejando tras de sí solo el eco de un ayer que nadie recuerda.] *Luka deja escapar una risa seca, amarga, sin alegría.* —Estoy solo… y aquí, la soledad es peor que el fuego. [El viento gélido trae susurros distorsionados, risas de aquellos que alguna vez intentaron desafiarle. Pero incluso esas voces se desvanecen, porque en este trono, en este reino maldito, la única verdad es la angustia sin fin.] *Sus garras se cierran en el aire vacío, como si intentara aferrarse a algo que dejó de existir.* —¿Cuánto más? ¿Cuánto más hasta que deje de importar? [Pero el infierno no responde. Solo el eco de su propia voz regresa a él, recordándole la única condena que ni siquiera un rey puede evitar: la soledad eterna.]
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  • — La noche había llegado, así como la lluvia, y la jóven Mumei aún seguía caminando por las vacías calles de la ciudad. Su mente, no dejaba de divagar entre memorias que jamás sucedieron, y aquellas que no recordaba. Su preocupación por lo último, la estaba llevando a empezar a escribir un diario en caso de perder sus memorias actuales. Sacó el libreto y una pluma de su mochila y se sentó en un banco mientras tarareaba una de sus canciones favoritas: "Remember me".
    Comenzó a escribir cada uno de los recuerdos que tenía, desde los más bonitos, hasta los mas detestables. Cualquiera pensaría que una guardiana tendría una vida color de rosa, pero ¿por qué ella no lo ve así? Esa es la pregunta que ronda por su cabeza a diario.
    Sus ojos comenzaron a lagrimear, y sus sollozos se empezaron a escuchar. Todo se podría camuflar con la lluvia, de no ser porque era bastante ruidosa, y su rostro no la ayudaba. —

    — La noche había llegado, así como la lluvia, y la jóven Mumei aún seguía caminando por las vacías calles de la ciudad. Su mente, no dejaba de divagar entre memorias que jamás sucedieron, y aquellas que no recordaba. Su preocupación por lo último, la estaba llevando a empezar a escribir un diario en caso de perder sus memorias actuales. Sacó el libreto y una pluma de su mochila y se sentó en un banco mientras tarareaba una de sus canciones favoritas: "Remember me". Comenzó a escribir cada uno de los recuerdos que tenía, desde los más bonitos, hasta los mas detestables. Cualquiera pensaría que una guardiana tendría una vida color de rosa, pero ¿por qué ella no lo ve así? Esa es la pregunta que ronda por su cabeza a diario. Sus ojos comenzaron a lagrimear, y sus sollozos se empezaron a escuchar. Todo se podría camuflar con la lluvia, de no ser porque era bastante ruidosa, y su rostro no la ayudaba. —
    Me entristece
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