• —Ya no hacen a los hombres como antes. Todos huyen cuando les dices que quieres implantar tus huevecillos en su abdomen. ¿Qué le pasó a los caballeros de antaño?
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  • Un nuevo matiz para la colección. Quise probar con un diseño un poco más libre y ver qué reacciones provoca. Al fin y al menos, un caballero debe saber portar cualquier estilo con distinción... ¿Es de su total agrado este cambio?
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  • Vida pasada o un bello sueño

    Año 1162 en algún lugar de Italia...
    La noche es perfecta y una enorme luna llena illumina los bosques que rodean el castillo.
    En uno de los grandes balcones de piedra Alma la mira suspirando .
    Su padre ha vuelto a regañarla por estar luchando a espada con uno de sus caballeros, porque no entiende que ella no quiere tejer ni bordar- resopla mirando la hermosa luna llena sujetando entre sus manos una hermosa espada que esconde en sus aposentos.
    Mañana al amanecer volvera a escapar a el patio de armas aunque le cueste un nuevo castigo
    Continuará.......
    Vida pasada o un bello sueño Año 1162 en algún lugar de Italia... La noche es perfecta y una enorme luna llena illumina los bosques que rodean el castillo. En uno de los grandes balcones de piedra Alma la mira suspirando . Su padre ha vuelto a regañarla por estar luchando a espada con uno de sus caballeros, porque no entiende que ella no quiere tejer ni bordar- resopla mirando la hermosa luna llena sujetando entre sus manos una hermosa espada que esconde en sus aposentos. Mañana al amanecer volvera a escapar a el patio de armas aunque le cueste un nuevo castigo Continuará.......
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  • Los Caballeros Bastardos-Arco III:
    Fandom Culto de Saturno
    Categoría Acción
    Era una mañana fría. El cielo se teñía de tonos rosados mientras la ciudad despertaba lentamente. Los primeros automóviles comenzaban a llenar las calles y las cafeterías abrían sus puertas a los trabajadores que iniciaban una nueva jornada.

    Entre aquella multitud se encontraban nuestros protagonistas: Zelkova, el cura exiliado. Nami, la ladrona. Marco, el vengador.

    Los dos hermanos ocultaban sus identidades bajo pelucas, maquillaje y ropa distinta a la habitual. A simple vista eran sólo ciudadanos más entre la multitud. Fugitivos ante la ley, no podían permitirse cometer errores.

    Zelkova, en cambio, caminaba con relativa tranquilidad. Según los registros alterados por el Culto de Saturno, estaba muerto. Aquella circunstancia lo convertía en el único miembro del grupo capaz de moverse libremente dentro del ojo del huracán.

    Finalmente llegaron frente al Hospital Privado Germánico Nueva Esperanza. El edificio se elevaba majestuoso sobre los demás, una torre de cristal y acero que reflejaba los colores del amanecer. Su reputación era impecable. Médicos prestigiosos, tecnología de vanguardia y pacientes capaces de pagar tratamientos imposibles de encontrar en otros lugares.

    En la cima del octavo piso, observando la ciudad desde una amplia oficina, se encontraba el director: Cassius Vagner.

    Un apellido respetado en el ámbito médico. Una figura influyente cuya red de hospitales se extendía por varias regiones del país.

    Abajo, las puertas automáticas se abrieron silenciosamente al detectar la presencia de los recién llegados. Por ahora, sus disfraces seguían funcionando.

    Porque mientras los tres cruzaban aquellas puertas, lejos de su vista comenzaban a moverse piezas mucho más peligrosas que cualquier policía o cultista al que hubieran enfrentado antes. Los enemigos estaban cerca. Y cuando finalmente mostraran sus rostros, la guerra contra el Culto de Saturno entraría en una nueva fase.

    Una fase marcada por sangre, secretos y hombres que habían renunciado a toda nobleza para convertirse en algo peor.

    Los Caballeros Bastardos habían comenzado a cabalgar.
    Era una mañana fría. El cielo se teñía de tonos rosados mientras la ciudad despertaba lentamente. Los primeros automóviles comenzaban a llenar las calles y las cafeterías abrían sus puertas a los trabajadores que iniciaban una nueva jornada. Entre aquella multitud se encontraban nuestros protagonistas: Zelkova, el cura exiliado. Nami, la ladrona. Marco, el vengador. Los dos hermanos ocultaban sus identidades bajo pelucas, maquillaje y ropa distinta a la habitual. A simple vista eran sólo ciudadanos más entre la multitud. Fugitivos ante la ley, no podían permitirse cometer errores. Zelkova, en cambio, caminaba con relativa tranquilidad. Según los registros alterados por el Culto de Saturno, estaba muerto. Aquella circunstancia lo convertía en el único miembro del grupo capaz de moverse libremente dentro del ojo del huracán. Finalmente llegaron frente al Hospital Privado Germánico Nueva Esperanza. El edificio se elevaba majestuoso sobre los demás, una torre de cristal y acero que reflejaba los colores del amanecer. Su reputación era impecable. Médicos prestigiosos, tecnología de vanguardia y pacientes capaces de pagar tratamientos imposibles de encontrar en otros lugares. En la cima del octavo piso, observando la ciudad desde una amplia oficina, se encontraba el director: Cassius Vagner. Un apellido respetado en el ámbito médico. Una figura influyente cuya red de hospitales se extendía por varias regiones del país. Abajo, las puertas automáticas se abrieron silenciosamente al detectar la presencia de los recién llegados. Por ahora, sus disfraces seguían funcionando. Porque mientras los tres cruzaban aquellas puertas, lejos de su vista comenzaban a moverse piezas mucho más peligrosas que cualquier policía o cultista al que hubieran enfrentado antes. Los enemigos estaban cerca. Y cuando finalmente mostraran sus rostros, la guerra contra el Culto de Saturno entraría en una nueva fase. Una fase marcada por sangre, secretos y hombres que habían renunciado a toda nobleza para convertirse en algo peor. Los Caballeros Bastardos habían comenzado a cabalgar.
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    Grupal
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  • Un hombre conversaba por teléfono mientras permanecía en las gradas de un estadio de fútbol americano escolar. Su semblante apenas se alteró cuando escuchó la noticia al otro lado de la línea.

    ○¿Qué? ¿Moriarty ha muerto?

    En aquel instante resonó el estridente pitido que señalaba una nueva anotación. El público estalló en vítores. Su hijo acababa de marcar para el equipo.

    ○Al menos recuperaron lo que nos pertenece. Nunca soporté a ese calvo. Siempre observaba a mi esposa de una manera extraña.

    Disimuló una celebración junto al resto de los progenitores, alzando una mano para saludar a su hijo, la indiscutible estrella del encuentro.

    ○En fin, ¿para eso me llamabas? ¿De verdad no pueden encargarse de un par de alimañas?

    Volvió a acomodarse en su asiento mientras contemplaba el terreno de juego.

    ○Está bien... Está bien. Convocaré a los Caballeros. Están algo herrumbrosos, pero creo que aún pueden finiquitar el asunto.

    La llamada concluyó. Guardó el teléfono y descendió para felicitar a su hijo. Le habló de lo emocionante que había sido el partido, de cómo había sentido el corazón galopar en su pecho y de lo orgulloso que estaba de verlo triunfar.

    Todo era una patraña. No sentía nada. Ni orgullo. Ni emoción. Ni afecto.

    Finalmente llegó el momento de la fotografía. Su hijo sonreía mostrando la medalla de oro con legítimo orgullo. A su derecha se encontraba su padre. A la izquierda, su esposa y sus hijas.

    La luz del sol incidía de tal manera que ocultaba parcialmente los rostros de las mujeres tras un resplandor blanquecino. Y en el centro de aquella imagen familiar perfecta permanecía él. Erguido. Impecable. Con una sonrisa inmóvil, vacía y mortecina, semejante a la de un cadáver que hubiese aprendido a fingir que aún seguía vivo.
    Un hombre conversaba por teléfono mientras permanecía en las gradas de un estadio de fútbol americano escolar. Su semblante apenas se alteró cuando escuchó la noticia al otro lado de la línea. ○¿Qué? ¿Moriarty ha muerto? En aquel instante resonó el estridente pitido que señalaba una nueva anotación. El público estalló en vítores. Su hijo acababa de marcar para el equipo. ○Al menos recuperaron lo que nos pertenece. Nunca soporté a ese calvo. Siempre observaba a mi esposa de una manera extraña. Disimuló una celebración junto al resto de los progenitores, alzando una mano para saludar a su hijo, la indiscutible estrella del encuentro. ○En fin, ¿para eso me llamabas? ¿De verdad no pueden encargarse de un par de alimañas? Volvió a acomodarse en su asiento mientras contemplaba el terreno de juego. ○Está bien... Está bien. Convocaré a los Caballeros. Están algo herrumbrosos, pero creo que aún pueden finiquitar el asunto. La llamada concluyó. Guardó el teléfono y descendió para felicitar a su hijo. Le habló de lo emocionante que había sido el partido, de cómo había sentido el corazón galopar en su pecho y de lo orgulloso que estaba de verlo triunfar. Todo era una patraña. No sentía nada. Ni orgullo. Ni emoción. Ni afecto. Finalmente llegó el momento de la fotografía. Su hijo sonreía mostrando la medalla de oro con legítimo orgullo. A su derecha se encontraba su padre. A la izquierda, su esposa y sus hijas. La luz del sol incidía de tal manera que ocultaba parcialmente los rostros de las mujeres tras un resplandor blanquecino. Y en el centro de aquella imagen familiar perfecta permanecía él. Erguido. Impecable. Con una sonrisa inmóvil, vacía y mortecina, semejante a la de un cadáver que hubiese aprendido a fingir que aún seguía vivo.
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  • Mi estimado caballero Valentín Cross por ser tu cumpleaños, pues pedírme lo que gustes...
    Mi estimado caballero [shadow_purple_lion_344] por ser tu cumpleaños, pues pedírme lo que gustes...
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  • Contemplen el firmamento... Dicen que las estrellas ya han trazado nuestro final, que somos esclavos de un libreto inalterable. Un chemin écrit en lettres de sang... un camino escrito con letras de sangre.
    Pero el miedo es una sombra que no tiene cabida en el corazón de un caballero. Yo no temo a los hilos invisibles del destino, porque sé que la tinta todavía está fresca. Si el universo ha dictado mi caída, yo tomo la pluma con firmeza, desafío a la tempestad y con mi propio puño... j'écris mon propre destin. Yo escribo mi propia gloria.
    Contemplen el firmamento... Dicen que las estrellas ya han trazado nuestro final, que somos esclavos de un libreto inalterable. Un chemin écrit en lettres de sang... un camino escrito con letras de sangre. Pero el miedo es una sombra que no tiene cabida en el corazón de un caballero. Yo no temo a los hilos invisibles del destino, porque sé que la tinta todavía está fresca. Si el universo ha dictado mi caída, yo tomo la pluma con firmeza, desafío a la tempestad y con mi propio puño... j'écris mon propre destin. Yo escribo mi propia gloria.
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  • Condenado a muerte:

    Zelkova franqueó innumerables retenes, trasponiendo compuerta tras compuerta bajo la escrutadora mirada de oficiales y agentes de inteligencia. Su itinerario lo condujo hasta el pabellón de máxima custodia, un laberinto de corredores concatenados que desembocaba en la celda más remota y, por ende, más vigilada. Torretas centinelas apuntaban a cada ángulo, mientras decenas de monitores parecían registrar hasta el más nimio aliento.

    Al franquear el umbral, el presbítero habló con gravedad.

    ●Wargrave Howlett...

    Ante él reposaba aquel caballero de refinadas maneras. Ceñían su cuerpo una camisola de fuerza y gruesos grilletes; una venda ocultaba sus ojos, una máscara regulaba su respiración y haces escarlatas recorrían cada palmo de su anatomía.

    Howlett esbozó una sonrisa.

    ○Vaya, si es el padre Legasov. ¿Qué os trae ante un condenado a muerte? ¿Acaso un sermón? Qué lástima. Digamos que milito en la ribera opuesta. No me arrepiento de nada, pues no considero haber cometido pecado alguno.

    Zelkova avanzó unos pasos.

    ●No vengo a sermonearte. Aunque desearía purificar tu ánima, he acudido por un asunto que también te concierne.

    Wargrave alzó levemente la cabeza.

    ○Os escucho.

    ●El Culto del Saturno es más formidable de lo que supuse. Necesito aliados.

    ○¿Y venís a solicitar mi ayuda?

    interrumpió con una risilla.

    ○Paso.

    Las alarmas comenzaron a ulular. La camisola cayó al suelo como si jamás hubiese estado anudada. La venda se deshizo en polvo suspendido y los grilletes cedieron en un santiamén. Lentamente se quita la máscara. Fue una demostración inequívoca: ninguna prisión podía retenerlo.

    ○No estoy tan demente como para enfrentarme a ellos. Fui uno de los suyos; lo sabéis. ¿Por qué alguien...? Oh... ya comprendo. Os cruzasteis con una de las Diez Bolsas.

    Aquel apelativo quedó suspendido en el aire.Las alarmas cesaron cuando los operadores observaron el gesto sereno del sacerdote.

    ○Lo deduzco por el estado de vuestro traje.

    Continuó Howlett.

    ○Creyeron haberos dado muerte, pero ese don vuestro siempre fue fastidioso.

    ●No me interesa reclutarte. Sólo quiero saber cuanto conoces. Después de todo, fuiste el Guardián del Séptimo Sello.

    Wargrave sonrió con una mezcla de orgullo y hastío.

    ○Y encontraron un reemplazo mucho mejor. Por no decir que roza lo invencible. Puede abatir inmortales, hacer llover sobre el desierto, congelar volcanes e incluso extinguir el sol. Ese individuo merece el título de Superhombre que tanto ansían el señor M y el doctor C. Creo que se hacía llamar Recaudador de Impuestos.

    Guardó silencio unos instantes.

    ○Y aun si él no existiera, ¿esperáis que reciba con agrado la visita de ese maldito Barbagia? Está trastornado. Y eso lo afirmo yo, que serví junto a monstruos de primer orden. ¿Qué tenéis entre manos para abrazar semejante insensatez? ¿Ultrajaron a vuestra prometida o algo parecido? Porque, siendo franco, camináis sobre cuerda floja. Aprovechad y cambiaos de identidad.

    Le hizo un ademán para que se retirase. Para él, la conversación había concluido.

    Zelkova, sin embargo, lo sujetó por la camisa. Aquel hombre poseía el singular talento de arrancarle la compostura.

    ●¡Cierra la boca y escucha!

    Wargrave apartó la mano de un manotazo. En su semblante apareció una ira contenida, como la de una bestia que aún anhela revancha.

    ○¿Sabéis por qué me concedieron el retiro tras nuestra última confrontación? Porque me ignoraron. Así de simple.

    Rió con amargura.

    ○Como una planta del pie que pasa junto a una hormiga. Puede aplastarla, sí, pero ¿para qué molestarse si no representa amenaza alguna? Es desalentador, aunque al menos sigo vivo, acompañado de mis libros y mis muchachos.

    Saludó con una mano a las cámaras ocultas y guiñó un ojo hacia los francotiradores que observaban mediante láseres.

    ●¿Y si os dijera que puedo derrotarlo?

    Replicó Zelkova.

    Wargrave soltó una carcajada.

    ○¿Tú? No permitáis que el orgullo os embriague. Yo mismo me dejé vencer. Esa es la verdad. Y aunque reunáis aliados o ejércitos enteros, seguís interfiriendo con el Nuevo Orden Mundial. No bromeéis. Quizá ahora mismo estén decidiendo qué nación olvidada devolver a los mapas sólo por el puro placer.

    ●Si aceptas mi petición, te diré dónde está...

    Howlett llevó un dedo a sus labios.

    ○Shhh... Os escucharán.

    Luego, elevando deliberadamente la voz, declaró:

    ○Bien. Me habéis convencido. No sabría por dónde comenzar.

    Extendió la mano.

    ○Compartid uno de vuestros cigarrillos. Será una charla extensa, así que acomodaos, Legasov.

    Su expresión se tornó sombría.

    ○Porque el Recipiente está próximo a ser poseído.

    Ambos tomaron asiento y prosiguieron su coloquio mientras el monitoreo continuaba. Sin embargo, por una causa extraña y ajena a cualquier avería mecánica, ni una sola palabra alcanzó los sistemas de escucha. Era como si una voluntad invisible hubiese tendido un velo sobre la conversación. Los operadores observaron, confundidos, los registros mudos. Y nadie osó intervenir. Después de todo, era la primera vez que Wargrave Howlett aceptaba un interrogatorio.
    Condenado a muerte: Zelkova franqueó innumerables retenes, trasponiendo compuerta tras compuerta bajo la escrutadora mirada de oficiales y agentes de inteligencia. Su itinerario lo condujo hasta el pabellón de máxima custodia, un laberinto de corredores concatenados que desembocaba en la celda más remota y, por ende, más vigilada. Torretas centinelas apuntaban a cada ángulo, mientras decenas de monitores parecían registrar hasta el más nimio aliento. Al franquear el umbral, el presbítero habló con gravedad. ●Wargrave Howlett... Ante él reposaba aquel caballero de refinadas maneras. Ceñían su cuerpo una camisola de fuerza y gruesos grilletes; una venda ocultaba sus ojos, una máscara regulaba su respiración y haces escarlatas recorrían cada palmo de su anatomía. Howlett esbozó una sonrisa. ○Vaya, si es el padre Legasov. ¿Qué os trae ante un condenado a muerte? ¿Acaso un sermón? Qué lástima. Digamos que milito en la ribera opuesta. No me arrepiento de nada, pues no considero haber cometido pecado alguno. Zelkova avanzó unos pasos. ●No vengo a sermonearte. Aunque desearía purificar tu ánima, he acudido por un asunto que también te concierne. Wargrave alzó levemente la cabeza. ○Os escucho. ●El Culto del Saturno es más formidable de lo que supuse. Necesito aliados. ○¿Y venís a solicitar mi ayuda? interrumpió con una risilla. ○Paso. Las alarmas comenzaron a ulular. La camisola cayó al suelo como si jamás hubiese estado anudada. La venda se deshizo en polvo suspendido y los grilletes cedieron en un santiamén. Lentamente se quita la máscara. Fue una demostración inequívoca: ninguna prisión podía retenerlo. ○No estoy tan demente como para enfrentarme a ellos. Fui uno de los suyos; lo sabéis. ¿Por qué alguien...? Oh... ya comprendo. Os cruzasteis con una de las Diez Bolsas. Aquel apelativo quedó suspendido en el aire.Las alarmas cesaron cuando los operadores observaron el gesto sereno del sacerdote. ○Lo deduzco por el estado de vuestro traje. Continuó Howlett. ○Creyeron haberos dado muerte, pero ese don vuestro siempre fue fastidioso. ●No me interesa reclutarte. Sólo quiero saber cuanto conoces. Después de todo, fuiste el Guardián del Séptimo Sello. Wargrave sonrió con una mezcla de orgullo y hastío. ○Y encontraron un reemplazo mucho mejor. Por no decir que roza lo invencible. Puede abatir inmortales, hacer llover sobre el desierto, congelar volcanes e incluso extinguir el sol. Ese individuo merece el título de Superhombre que tanto ansían el señor M y el doctor C. Creo que se hacía llamar Recaudador de Impuestos. Guardó silencio unos instantes. ○Y aun si él no existiera, ¿esperáis que reciba con agrado la visita de ese maldito Barbagia? Está trastornado. Y eso lo afirmo yo, que serví junto a monstruos de primer orden. ¿Qué tenéis entre manos para abrazar semejante insensatez? ¿Ultrajaron a vuestra prometida o algo parecido? Porque, siendo franco, camináis sobre cuerda floja. Aprovechad y cambiaos de identidad. Le hizo un ademán para que se retirase. Para él, la conversación había concluido. Zelkova, sin embargo, lo sujetó por la camisa. Aquel hombre poseía el singular talento de arrancarle la compostura. ●¡Cierra la boca y escucha! Wargrave apartó la mano de un manotazo. En su semblante apareció una ira contenida, como la de una bestia que aún anhela revancha. ○¿Sabéis por qué me concedieron el retiro tras nuestra última confrontación? Porque me ignoraron. Así de simple. Rió con amargura. ○Como una planta del pie que pasa junto a una hormiga. Puede aplastarla, sí, pero ¿para qué molestarse si no representa amenaza alguna? Es desalentador, aunque al menos sigo vivo, acompañado de mis libros y mis muchachos. Saludó con una mano a las cámaras ocultas y guiñó un ojo hacia los francotiradores que observaban mediante láseres. ●¿Y si os dijera que puedo derrotarlo? Replicó Zelkova. Wargrave soltó una carcajada. ○¿Tú? No permitáis que el orgullo os embriague. Yo mismo me dejé vencer. Esa es la verdad. Y aunque reunáis aliados o ejércitos enteros, seguís interfiriendo con el Nuevo Orden Mundial. No bromeéis. Quizá ahora mismo estén decidiendo qué nación olvidada devolver a los mapas sólo por el puro placer. ●Si aceptas mi petición, te diré dónde está... Howlett llevó un dedo a sus labios. ○Shhh... Os escucharán. Luego, elevando deliberadamente la voz, declaró: ○Bien. Me habéis convencido. No sabría por dónde comenzar. Extendió la mano. ○Compartid uno de vuestros cigarrillos. Será una charla extensa, así que acomodaos, Legasov. Su expresión se tornó sombría. ○Porque el Recipiente está próximo a ser poseído. Ambos tomaron asiento y prosiguieron su coloquio mientras el monitoreo continuaba. Sin embargo, por una causa extraña y ajena a cualquier avería mecánica, ni una sola palabra alcanzó los sistemas de escucha. Era como si una voluntad invisible hubiese tendido un velo sobre la conversación. Los operadores observaron, confundidos, los registros mudos. Y nadie osó intervenir. Después de todo, era la primera vez que Wargrave Howlett aceptaba un interrogatorio.
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  • 𝐿𝑎 𝑃𝑟𝑖𝑚𝑒𝑟𝑎 𝑦 𝐸𝑡𝑒𝑟𝑛𝑎 𝐿𝑙𝑎𝑚𝑎
    Fandom OC
    Categoría Drama
    Ambient: https://youtu.be/reiZrOUYpjY?si=aBIYTpySt-M_Q6_g

    En el claro del bosque antiguo, donde la luz dorada se filtraba entre las hojas como un recuerdo que se niega a morir, Siegmeyer se arrodilló. Su armadura , marcada por el paso de incontables batallas, brillaba débilmente bajo el sol del atardecer. La capa roja, raída y descolorida por el tiempo, caía pesadamente sobre sus hombros. Su gran espada descansaba en su espalda, testigo silencioso de una pena que nunca sanaba.

    Habían pasado más de siglos. Y aun así, el dolor era fresco como la mañana en que la perdió. Su nombre era Liora. Su primer amor. La mujer que le enseñó que un corazón inmortal podía latir con la misma fuerza que uno mortal. La conoció cuando él aún era joven en espíritu, recién bendecido (o maldecido) con la inmortalidad. Ella era una simple sanadora de una aldea fronteriza, cabello castaño que brillaba como miel bajo el sol, ojos verdes llenos de una calidez que hacía que el mundo entero pareciera menos cruel. No era una guerrera, ni una princesa, ni una maga poderosa. Solo era ella y eso bastaba.

    Se enamoraron despacio, como crecen las flores silvestres primero como compañeros, ella curaba sus heridas después de cada batalla, riendo suavemente cuando él intentaba impresionarla con historias de dragones y ejércitos caídos. Eres un tonto Siegmeyer”, le susurraba mientras pasaba sus dedos por su rostro.

    Compartieron años que para él fueron un suspiro. Caminatas por este mismo bosque, noches bajo las estrellas donde ella apoyaba la cabeza en su pecho y soñaba en voz alta con una vida sencilla, una casa pequeña, hijos corriendo entre las flores, envejecer juntos. Siegmeyer nunca tuvo el valor de decirle que él no envejecería. Que mientras ella hablaba de canas y arrugas, él ya sabía que la vería marchitarse.

    La enfermedad llegó sin aviso. Una plaga oscura que ni sus hierbas ni sus oraciones pudieron detener. Siegmeyer lo intentó todo. Cabalgó días enteros en busca de curanderos legendarios, ofreció su propia sangre a dioses que en ese entonces creía, se arrodilló en templos olvidados rogando un milagro, pero nada funcionó.

    En sus últimos días, yacía en la cama de su humilde cabaña, frágil como una hoja seca. Tomó su mano grande y callosa entre las suyas, ya temblorosas y frías.

    —Prométeme algo. —Le dijo con voz débil pero serena—. No dejes que esto te convierta en piedra. Ama de nuevo. Ríe. Vive… por los dos. —

    El caballero que había enfrentado dragones y ejércitos sin temblar, rompió a llorar como un niño.

    —No puedo. — Susurró. — No quiero vivir sin ti. —

    Liora sonrió con esfuerzo, esa sonrisa que siempre lograba calmar sus tormentas internas.

    — Entonces vive por mí. Cada vez que protejas a alguien, cada vez que mires una flor silvestre o escuches el viento entre los árboles… que sea por mí. Yo estaré ahí, en tus recuerdos. No me dejes ir del todo. —

    Murió al amanecer, con la mano aún entrelazada con la de él. Siegmeyer se quedó allí, inmóvil, sosteniendo un cuerpo que ya no era ella. El sol salió igual que siempre, indiferente a su dolor.

    Siglos despues, cuando todo se habia tornado mas oscuro. Las lágrimas caían silenciosas bajo el yelmo. Había tenido otros compañeros desde entonces, y los había amado a cada uno. Pero ella fue la primera. Antes de marcharse, tocó con los dedos la pequeña piedra que había tallado siglos atrás junto al claro, solo un nombre y una frase sencilla.

    “Liora. Mi primer amanecer.”

    || Disculpen lo meloso. ||
    Ambient: https://youtu.be/reiZrOUYpjY?si=aBIYTpySt-M_Q6_g En el claro del bosque antiguo, donde la luz dorada se filtraba entre las hojas como un recuerdo que se niega a morir, Siegmeyer se arrodilló. Su armadura , marcada por el paso de incontables batallas, brillaba débilmente bajo el sol del atardecer. La capa roja, raída y descolorida por el tiempo, caía pesadamente sobre sus hombros. Su gran espada descansaba en su espalda, testigo silencioso de una pena que nunca sanaba. Habían pasado más de siglos. Y aun así, el dolor era fresco como la mañana en que la perdió. Su nombre era Liora. Su primer amor. La mujer que le enseñó que un corazón inmortal podía latir con la misma fuerza que uno mortal. La conoció cuando él aún era joven en espíritu, recién bendecido (o maldecido) con la inmortalidad. Ella era una simple sanadora de una aldea fronteriza, cabello castaño que brillaba como miel bajo el sol, ojos verdes llenos de una calidez que hacía que el mundo entero pareciera menos cruel. No era una guerrera, ni una princesa, ni una maga poderosa. Solo era ella y eso bastaba. Se enamoraron despacio, como crecen las flores silvestres primero como compañeros, ella curaba sus heridas después de cada batalla, riendo suavemente cuando él intentaba impresionarla con historias de dragones y ejércitos caídos. Eres un tonto Siegmeyer”, le susurraba mientras pasaba sus dedos por su rostro. Compartieron años que para él fueron un suspiro. Caminatas por este mismo bosque, noches bajo las estrellas donde ella apoyaba la cabeza en su pecho y soñaba en voz alta con una vida sencilla, una casa pequeña, hijos corriendo entre las flores, envejecer juntos. Siegmeyer nunca tuvo el valor de decirle que él no envejecería. Que mientras ella hablaba de canas y arrugas, él ya sabía que la vería marchitarse. La enfermedad llegó sin aviso. Una plaga oscura que ni sus hierbas ni sus oraciones pudieron detener. Siegmeyer lo intentó todo. Cabalgó días enteros en busca de curanderos legendarios, ofreció su propia sangre a dioses que en ese entonces creía, se arrodilló en templos olvidados rogando un milagro, pero nada funcionó. En sus últimos días, yacía en la cama de su humilde cabaña, frágil como una hoja seca. Tomó su mano grande y callosa entre las suyas, ya temblorosas y frías. —Prométeme algo. —Le dijo con voz débil pero serena—. No dejes que esto te convierta en piedra. Ama de nuevo. Ríe. Vive… por los dos. — El caballero que había enfrentado dragones y ejércitos sin temblar, rompió a llorar como un niño. —No puedo. — Susurró. — No quiero vivir sin ti. — Liora sonrió con esfuerzo, esa sonrisa que siempre lograba calmar sus tormentas internas. — Entonces vive por mí. Cada vez que protejas a alguien, cada vez que mires una flor silvestre o escuches el viento entre los árboles… que sea por mí. Yo estaré ahí, en tus recuerdos. No me dejes ir del todo. — Murió al amanecer, con la mano aún entrelazada con la de él. Siegmeyer se quedó allí, inmóvil, sosteniendo un cuerpo que ya no era ella. El sol salió igual que siempre, indiferente a su dolor. Siglos despues, cuando todo se habia tornado mas oscuro. Las lágrimas caían silenciosas bajo el yelmo. Había tenido otros compañeros desde entonces, y los había amado a cada uno. Pero ella fue la primera. Antes de marcharse, tocó con los dedos la pequeña piedra que había tallado siglos atrás junto al claro, solo un nombre y una frase sencilla. “Liora. Mi primer amanecer.” || Disculpen lo meloso. ||
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  • Everything’s blurry, I don’t wanna worry
    Fandom Hellaverse
    Categoría Otros
    —𝙍𝙤𝙡 𝙘𝙤𝙣: Husk
    —𝙋𝙚𝙧𝙩𝙚𝙣𝙚𝙘𝙚 𝙖𝙡 𝙥𝙖𝙨𝙖𝙙𝙤
    —𝙡𝙪𝙜𝙖𝙧: Casino Magic Cat.

    Siempre odió el negocio familiar. En vida, habría dado cualquier cosa para huir de ellos, lejos bien lejos. Pero una vez en el infierno…

    Si, se había reencontrado con su padre, al que en poco tiempo desbancó como cabeza de familia, impresionando así a los antepasados (puesto que prácticamente toda su familia había acabado allí abajo desde hacía generaciones), demostrándole a todos que; Anthony en realidad siempre fue un más que apto hijo de la familia Greco. Solo que no le había dado la real gana. Y realmente, seguía sin ser lo que Anthony, quien ahora era conocido como Ángel Dust quiso pero, si lo que necesitó para sobrevivir. De modo, que finalmente habia acabado por pillarle el gusto; conspiraciones, asesinatos, negocios sucios, engaños, drogas, armas ilegales… Para ahora aquello era su “Gran teatro” y él la estrella que hacía su propio show. Si, ese fue su modo de sobrellevar aquel deseo que siempre tuvo de ser actor y que jamás pudo cumplir, ahora su nueva “vida” era una eterna actuación, llena de glamour y sangre.

    Pero, esa noche se encontraba en el casino no por obligación, si no por cortesía. Tras una reunión de overlords, Husk; el rey de los casinos le había invitado a una noche distendida, jugando y contemplando los espectáculos en compañía del amo del lugar. En opinión de Angel; un viejo cascarrabias pero bastante sexy. Y como el caballero italiano que Ángel era, esa noche acudió acompañado de su escolta y entre ellos su hombre de más confianza: Su hermano mayor, Arackniss. Quien fue el ultimo en morir y acabar en el infierno (aunque fue unos meses después que Ángel) y simplemente se encontró con el percal de que Henroin, su padre ahora era poco más que un “viejo chocho” Segun palabras del propio Ángel y que, era su hermano pequeño, quien nunca quiso nada, quien lo tenía ahora todo ¿La reacción del hermano mayor? Encogerse de hombros y aceptarlo sin más. Pues esa había sido siempre la forma en la que Arackniss se adaptó a un destino que tampoco pidió entre los Greco, pero con el alivio de que ya no tenía que heredar nada, solo ser leal a su hermano menor.

    Con elegancia y presencia, Ángel Dust se adentró en el local con sus hombres, y los trabajadores del casino no tardaron en correr a informar al propietario del lugar que su invitado de honor ya había llegado.
    —𝙍𝙤𝙡 𝙘𝙤𝙣: [HuSk1] —𝙋𝙚𝙧𝙩𝙚𝙣𝙚𝙘𝙚 𝙖𝙡 𝙥𝙖𝙨𝙖𝙙𝙤 —𝙡𝙪𝙜𝙖𝙧: Casino Magic Cat. Siempre odió el negocio familiar. En vida, habría dado cualquier cosa para huir de ellos, lejos bien lejos. Pero una vez en el infierno… Si, se había reencontrado con su padre, al que en poco tiempo desbancó como cabeza de familia, impresionando así a los antepasados (puesto que prácticamente toda su familia había acabado allí abajo desde hacía generaciones), demostrándole a todos que; Anthony en realidad siempre fue un más que apto hijo de la familia Greco. Solo que no le había dado la real gana. Y realmente, seguía sin ser lo que Anthony, quien ahora era conocido como Ángel Dust quiso pero, si lo que necesitó para sobrevivir. De modo, que finalmente habia acabado por pillarle el gusto; conspiraciones, asesinatos, negocios sucios, engaños, drogas, armas ilegales… Para ahora aquello era su “Gran teatro” y él la estrella que hacía su propio show. Si, ese fue su modo de sobrellevar aquel deseo que siempre tuvo de ser actor y que jamás pudo cumplir, ahora su nueva “vida” era una eterna actuación, llena de glamour y sangre. Pero, esa noche se encontraba en el casino no por obligación, si no por cortesía. Tras una reunión de overlords, Husk; el rey de los casinos le había invitado a una noche distendida, jugando y contemplando los espectáculos en compañía del amo del lugar. En opinión de Angel; un viejo cascarrabias pero bastante sexy. Y como el caballero italiano que Ángel era, esa noche acudió acompañado de su escolta y entre ellos su hombre de más confianza: Su hermano mayor, Arackniss. Quien fue el ultimo en morir y acabar en el infierno (aunque fue unos meses después que Ángel) y simplemente se encontró con el percal de que Henroin, su padre ahora era poco más que un “viejo chocho” Segun palabras del propio Ángel y que, era su hermano pequeño, quien nunca quiso nada, quien lo tenía ahora todo ¿La reacción del hermano mayor? Encogerse de hombros y aceptarlo sin más. Pues esa había sido siempre la forma en la que Arackniss se adaptó a un destino que tampoco pidió entre los Greco, pero con el alivio de que ya no tenía que heredar nada, solo ser leal a su hermano menor. Con elegancia y presencia, Ángel Dust se adentró en el local con sus hombres, y los trabajadores del casino no tardaron en correr a informar al propietario del lugar que su invitado de honor ya había llegado.
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