• El hombre contemplaba la botella que había estado bebiendo, sin sentir el más mínimo efecto del alcohol o el sabor del mismo, sus sentidos apenas y eran funcionales, ya no podía recordar cómo se sentían las cosas antes de convertirse en ... Eso.

    – Y pensar que an- antes disfrutaba tanto esto ... Ahora no siento na- nada.

    Dijo con una profunda melancolía, mientras tosía y de nuevo, sus fallidas cuerdas vocales trataban de no trabarse con las palabras.
    El hombre contemplaba la botella que había estado bebiendo, sin sentir el más mínimo efecto del alcohol o el sabor del mismo, sus sentidos apenas y eran funcionales, ya no podía recordar cómo se sentían las cosas antes de convertirse en ... Eso. – Y pensar que an- antes disfrutaba tanto esto ... Ahora no siento na- nada. Dijo con una profunda melancolía, mientras tosía y de nuevo, sus fallidas cuerdas vocales trataban de no trabarse con las palabras.
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  • Avanzo con la frente en alto, aunque en mi pecho habiten recuerdos que aún susurran.
    Soy joven y valerosa, pero llevo nostalgias como antiguas cartas selladas en el corazón.
    He caído, y en cada herida templé mi espíritu con lealtad a quien fui y a quien sueño ser.
    No reniego del ayer: lo honro como a un viejo estandarte que aún guía mis pasos.
    Sigo adelante, caballerosa y firme, porque mi destino me aguarda más allá de la melancolía.
    Avanzo con la frente en alto, aunque en mi pecho habiten recuerdos que aún susurran. Soy joven y valerosa, pero llevo nostalgias como antiguas cartas selladas en el corazón. He caído, y en cada herida templé mi espíritu con lealtad a quien fui y a quien sueño ser. No reniego del ayer: lo honro como a un viejo estandarte que aún guía mis pasos. Sigo adelante, caballerosa y firme, porque mi destino me aguarda más allá de la melancolía.
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  • No prestaba atención a nada en específico, todo parecía carecer de interés para ella. Sus ojos azules vagaban sin rumbo, desprovistos de un propósito claro. A su alrededor, la ciudad resplandecía. Incluso durante la noche, el bullicio urbano se hacía presente: los carteles luminosos con sus llamativas publicidades, las luces que delineaban las calles y coronaban los edificios. Sin embargo, nada de aquello lograba capturar su atención. Con el codo descansando suavemente sobre la barandilla y la mano sosteniendo su mentón, parecía debatirse entre el aburrimiento y la reflexión.

    ──── "No puedo creer que haya pasado tanto tiempo..." ──── pensó con melancolía, mientras exhalaba por los labios, liberando apenas un suspiro, como queriendo desprenderse de algo que pesaba en su interior ──── Si estuvieras aquí, probablemente te pediría... ──── susurró en voz baja, hablando para sí misma. Pero antes de decir algo "indebido", optó por interrumpirse. ¿Para qué decir más? Al final del día, el orgullo Viltrumita no era algo que pudiera disiparse fácilmente, aun después de tantos años viviendo en la Tierra.

    ──── ¿Pero que estoy diciendo? debo estar loca.
    No prestaba atención a nada en específico, todo parecía carecer de interés para ella. Sus ojos azules vagaban sin rumbo, desprovistos de un propósito claro. A su alrededor, la ciudad resplandecía. Incluso durante la noche, el bullicio urbano se hacía presente: los carteles luminosos con sus llamativas publicidades, las luces que delineaban las calles y coronaban los edificios. Sin embargo, nada de aquello lograba capturar su atención. Con el codo descansando suavemente sobre la barandilla y la mano sosteniendo su mentón, parecía debatirse entre el aburrimiento y la reflexión. ──── "No puedo creer que haya pasado tanto tiempo..." ──── pensó con melancolía, mientras exhalaba por los labios, liberando apenas un suspiro, como queriendo desprenderse de algo que pesaba en su interior ──── Si estuvieras aquí, probablemente te pediría... ──── susurró en voz baja, hablando para sí misma. Pero antes de decir algo "indebido", optó por interrumpirse. ¿Para qué decir más? Al final del día, el orgullo Viltrumita no era algo que pudiera disiparse fácilmente, aun después de tantos años viviendo en la Tierra. ──── ¿Pero que estoy diciendo? debo estar loca.
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  • ──── 𝐷í𝑎 𝑙𝑖𝑏𝑟𝑒 𝑦 𝑙𝑎 𝑡𝑟𝑎𝑛𝑞𝑢𝑖𝑙𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑎𝑑𝑒𝑐𝑢𝑎𝑑𝑎. ────

    [] 𝐵𝑒𝑟𝑙í𝑛, 𝐴𝑙𝑒𝑚𝑎𝑛𝑖𝑎 — 𝟶𝟸:𝟹𝟶 𝑃.𝑀

    Caminaba en ese entonces por las calles de Kreuzberg bajo una lluvia fina pero persistente que Berlín parece regalarle casi a diario en esta época del año. El paraguas negro que lleva apenas alcanza a cubrirlo; el viento frío se encarga de mojarle los bordes del abrigo y de salpicarle las botas cada vez que pisa un charco mal calculado.

    Las luces de los semáforos se reflejan en los adoquines brillantes y en los charcos que multiplican la ciudad. Pasa frente a murales enormes medio descoloridos, bicicletas encadenadas que parecen haber sido abandonadas hace décadas, y escaparates de tiendas de segunda mano que exhiben lámparas extrañas y vinilos polvorientos.

    Hay algo reconfortante en esa mezcla de desorden y melancolía que desprende el barrio.

    Después de unos quince minutos deambulando sin rumbo fijo, la ve: una pequeña cafetería con ventanales grandes y empañados, un letrero de madera pintado a mano que simplemente dice :

    ❝ 𝐊𝐀𝐅𝐅𝐄𝐄 & 𝐊𝐔𝐂𝐇𝐄𝐍 ❞

    y una luz cálida color ámbar que se derrama hacia la calle como si quisiera invitar a cualquiera que pase por ahí.

    Empuja la puerta y el tintineo de una campanita anuncia su llegada.

    El aroma a café recién molido y masa horneada lo envuelve de inmediato. Se sacude un poco el agua del abrigo, cierra el paraguas y lo apoya junto a otros en la entrada.

    𝘗 : ──── 𝘎𝘶𝘵𝘦𝘯 𝘛𝘢𝘨. 𝘞𝘢𝘴 𝘮ö𝘤𝘩𝘵𝘦𝘴𝘵 𝘥𝘶? ──── (𝘉𝘶𝘦𝘯𝘢𝘴 𝘵𝘢𝘳𝘥𝘦𝘴 ¿𝘘𝘶𝘦 𝘥𝘦𝘴𝘦𝘢? )

    Dice la chica detrás del mostrador con una sonrisa amable.

    ──── 𝘎𝘶𝘵𝘦𝘯 𝘛𝘢𝘨. 𝘌𝘪𝘯𝘦𝘯 𝘊𝘢𝘱𝘱𝘶𝘤𝘤𝘪𝘯𝘰, 𝘣𝘪𝘵𝘵𝘦. ──── (¡𝘉𝘶𝘦𝘯𝘢𝘴 𝘵𝘢𝘳𝘥𝘦𝘴! 𝘜𝘯 𝘤𝘢𝘱𝘶𝘤𝘩𝘪𝘯𝘰, 𝘱𝘰𝘳 𝘧𝘢𝘷𝘰𝘳.)

    Responde en un alemán correcto pero con ese acento que todavía delata que no lleva tantos años aquí.

    ──── 𝘜𝘯𝘥. . . 𝘷𝘪𝘦𝘭𝘭𝘦𝘪𝘤𝘩𝘵 𝘦𝘪𝘯 𝘚𝘵ü𝘤𝘬 𝘈𝘱𝘧𝘦𝘭𝘴𝘵𝘳𝘶𝘥𝘦𝘭, 𝘸𝘦𝘯𝘯 𝘦𝘴 𝘸𝘦𝘭𝘤𝘩𝘦𝘯 𝘨𝘪𝘣𝘵. ──── ( 𝘠. . . 𝘘𝘶𝘪𝘻á𝘴 𝘶𝘯 𝘵𝘳𝘰𝘻𝘰 𝘥𝘦 𝘴𝘵𝘳𝘶𝘥𝘦𝘭 𝘥𝘦 𝘮𝘢𝘯𝘻𝘢𝘯𝘢, 𝘴𝘪 𝘩𝘢𝘺.)

    Se lleva la bandeja a una mesa junto a la ventana. Se sienta, se quita la bufanda húmeda y deja que el calor del local le vaya descongelando los dedos. Afuera, la lluvia sigue cayendo en hilos finos y pacientes.

    Adentro, el vapor del cappuccino sube en espirales lentas mientras la espuma dibuja un corazón imperfecto que se deshace poco a poco.

    Mira la calle, la gente que pasa apresurada con capuchas y paraguas rotos, las luces que se encienden temprano porque el cielo gris nunca termina de aclararse. Piensa que en dos días tiene que volver al trabajo y debe aprovechar un poco cada momento.

    Pero por ahora hay café caliente, un pedazo de strudel con canela que huele a infancia ajena, y el sonido suave de la lluvia golpeando el vidrio.

    Y eso, por unos minutos más, le parece suficiente.
    ──── 𝐷í𝑎 𝑙𝑖𝑏𝑟𝑒 𝑦 𝑙𝑎 𝑡𝑟𝑎𝑛𝑞𝑢𝑖𝑙𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑎𝑑𝑒𝑐𝑢𝑎𝑑𝑎. ──── [🇩🇪] 𝐵𝑒𝑟𝑙í𝑛, 𝐴𝑙𝑒𝑚𝑎𝑛𝑖𝑎 — 𝟶𝟸:𝟹𝟶 𝑃.𝑀 Caminaba en ese entonces por las calles de Kreuzberg bajo una lluvia fina pero persistente que Berlín parece regalarle casi a diario en esta época del año. El paraguas negro que lleva apenas alcanza a cubrirlo; el viento frío se encarga de mojarle los bordes del abrigo y de salpicarle las botas cada vez que pisa un charco mal calculado. Las luces de los semáforos se reflejan en los adoquines brillantes y en los charcos que multiplican la ciudad. Pasa frente a murales enormes medio descoloridos, bicicletas encadenadas que parecen haber sido abandonadas hace décadas, y escaparates de tiendas de segunda mano que exhiben lámparas extrañas y vinilos polvorientos. Hay algo reconfortante en esa mezcla de desorden y melancolía que desprende el barrio. Después de unos quince minutos deambulando sin rumbo fijo, la ve: una pequeña cafetería con ventanales grandes y empañados, un letrero de madera pintado a mano que simplemente dice : ❝ 𝐊𝐀𝐅𝐅𝐄𝐄 & 𝐊𝐔𝐂𝐇𝐄𝐍 ❞ y una luz cálida color ámbar que se derrama hacia la calle como si quisiera invitar a cualquiera que pase por ahí. Empuja la puerta y el tintineo de una campanita anuncia su llegada. El aroma a café recién molido y masa horneada lo envuelve de inmediato. Se sacude un poco el agua del abrigo, cierra el paraguas y lo apoya junto a otros en la entrada. 𝘗 : ──── 𝘎𝘶𝘵𝘦𝘯 𝘛𝘢𝘨. 𝘞𝘢𝘴 𝘮ö𝘤𝘩𝘵𝘦𝘴𝘵 𝘥𝘶? ──── (𝘉𝘶𝘦𝘯𝘢𝘴 𝘵𝘢𝘳𝘥𝘦𝘴 ¿𝘘𝘶𝘦 𝘥𝘦𝘴𝘦𝘢? ) Dice la chica detrás del mostrador con una sonrisa amable. ──── 𝘎𝘶𝘵𝘦𝘯 𝘛𝘢𝘨. 𝘌𝘪𝘯𝘦𝘯 𝘊𝘢𝘱𝘱𝘶𝘤𝘤𝘪𝘯𝘰, 𝘣𝘪𝘵𝘵𝘦. ──── (¡𝘉𝘶𝘦𝘯𝘢𝘴 𝘵𝘢𝘳𝘥𝘦𝘴! 𝘜𝘯 𝘤𝘢𝘱𝘶𝘤𝘩𝘪𝘯𝘰, 𝘱𝘰𝘳 𝘧𝘢𝘷𝘰𝘳.) Responde en un alemán correcto pero con ese acento que todavía delata que no lleva tantos años aquí. ──── 𝘜𝘯𝘥. . . 𝘷𝘪𝘦𝘭𝘭𝘦𝘪𝘤𝘩𝘵 𝘦𝘪𝘯 𝘚𝘵ü𝘤𝘬 𝘈𝘱𝘧𝘦𝘭𝘴𝘵𝘳𝘶𝘥𝘦𝘭, 𝘸𝘦𝘯𝘯 𝘦𝘴 𝘸𝘦𝘭𝘤𝘩𝘦𝘯 𝘨𝘪𝘣𝘵. ──── ( 𝘠. . . 𝘘𝘶𝘪𝘻á𝘴 𝘶𝘯 𝘵𝘳𝘰𝘻𝘰 𝘥𝘦 𝘴𝘵𝘳𝘶𝘥𝘦𝘭 𝘥𝘦 𝘮𝘢𝘯𝘻𝘢𝘯𝘢, 𝘴𝘪 𝘩𝘢𝘺.) Se lleva la bandeja a una mesa junto a la ventana. Se sienta, se quita la bufanda húmeda y deja que el calor del local le vaya descongelando los dedos. Afuera, la lluvia sigue cayendo en hilos finos y pacientes. Adentro, el vapor del cappuccino sube en espirales lentas mientras la espuma dibuja un corazón imperfecto que se deshace poco a poco. Mira la calle, la gente que pasa apresurada con capuchas y paraguas rotos, las luces que se encienden temprano porque el cielo gris nunca termina de aclararse. Piensa que en dos días tiene que volver al trabajo y debe aprovechar un poco cada momento. Pero por ahora hay café caliente, un pedazo de strudel con canela que huele a infancia ajena, y el sonido suave de la lluvia golpeando el vidrio. Y eso, por unos minutos más, le parece suficiente.
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  • Eco de una vida olvidada
    Fandom OC
    Categoría Original
    Morana

    "Dos almas unidas bajo un lazo inquebrantable. Dos almas con anhelos distintos."

    "¿Es el amor tan inevitable, como para no poder olvidarlo?"

    "¿Es válido un rencor de un pasado hacia un nuevo futuro?"

    "Rotamos en el mundo del otro, en busca de respuestas, cuando solo debemos dejar fluir nuestros sentimientos"

    "Inmortalidad y ciclo de vida... ¿Es pues justo juzgar la decisión que se tome?"

    Era una noche inusualmente fría, de esas que parecen filtrarse hasta los huesos. El sacerdote oraba en una iglesia abandonada, envuelta en un silencio antiguo, apenas roto por el parpadeo tembloroso de unas pocas velas. Sus llamas proyectaban sombras inciertas sobre los muros agrietados, como si el lugar mismo recordara tiempos que él no podía nombrar.

    Desde hacía días, una sensación extraña lo acompañaba. Era profundamente familiar. Ignoraba su origen, y aun así sabía con certeza que no provenía de la razón, si no que estaba anclada a su alma. A medida que las horas transcurrían, aquella sensación crecía, volviéndose pesada, insistente, como un recuerdo nostálgico que se negaba a revelarse por completo. Intentaba concentrarse en sus oraciones, pero su mente no podía estar en blanco, y era ahogada por una melancolía sin nombre.

    Entonces, el sonido de unos pasos resonó en el edificio.

    No eran suaves, mas bien eran casi respetuosos, como si quien se acercaba temiera perturbar algo sagrado. El sacerdote detuvo su rezo. El corazón le latía con una inquietud que no lograba explicar.

    Al incorporarse y girar hacia el origen del sonido, una sensación aún más intensa lo atravesó, como si algo dentro de él se hubiese reconocido antes de que su mente pudiera reaccionar.
    Y allí, entre las sombras y la luz vacilante, se encontró con aquello que fue…con aquello que amó.

    No supo quién era esa presencia, ni por qué su pecho se llenaba de un dolor dulce, casi insoportable. No recordaba nombres, ni promesas, ni vidas pasadas. Solo sabía que, al mirarla, algo en su interior se quebraba suavemente, como una memoria intentando despertar desde lo más profundo del tiempo.
    [Undead_Mistress] "Dos almas unidas bajo un lazo inquebrantable. Dos almas con anhelos distintos." "¿Es el amor tan inevitable, como para no poder olvidarlo?" "¿Es válido un rencor de un pasado hacia un nuevo futuro?" "Rotamos en el mundo del otro, en busca de respuestas, cuando solo debemos dejar fluir nuestros sentimientos" "Inmortalidad y ciclo de vida... ¿Es pues justo juzgar la decisión que se tome?" Era una noche inusualmente fría, de esas que parecen filtrarse hasta los huesos. El sacerdote oraba en una iglesia abandonada, envuelta en un silencio antiguo, apenas roto por el parpadeo tembloroso de unas pocas velas. Sus llamas proyectaban sombras inciertas sobre los muros agrietados, como si el lugar mismo recordara tiempos que él no podía nombrar. Desde hacía días, una sensación extraña lo acompañaba. Era profundamente familiar. Ignoraba su origen, y aun así sabía con certeza que no provenía de la razón, si no que estaba anclada a su alma. A medida que las horas transcurrían, aquella sensación crecía, volviéndose pesada, insistente, como un recuerdo nostálgico que se negaba a revelarse por completo. Intentaba concentrarse en sus oraciones, pero su mente no podía estar en blanco, y era ahogada por una melancolía sin nombre. Entonces, el sonido de unos pasos resonó en el edificio. No eran suaves, mas bien eran casi respetuosos, como si quien se acercaba temiera perturbar algo sagrado. El sacerdote detuvo su rezo. El corazón le latía con una inquietud que no lograba explicar. Al incorporarse y girar hacia el origen del sonido, una sensación aún más intensa lo atravesó, como si algo dentro de él se hubiese reconocido antes de que su mente pudiera reaccionar. Y allí, entre las sombras y la luz vacilante, se encontró con aquello que fue…con aquello que amó. No supo quién era esa presencia, ni por qué su pecho se llenaba de un dolor dulce, casi insoportable. No recordaba nombres, ni promesas, ni vidas pasadas. Solo sabía que, al mirarla, algo en su interior se quebraba suavemente, como una memoria intentando despertar desde lo más profundo del tiempo.
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  • — En todas nosotras hay un pedacito de paraíso. Aún si estamos llenas de ira, salvajismo, dulzura o melancolía, nada de ello condiciona el Edén particular de cada mujer. Y eso no nos vuelve ángeles y tampoco demonios. Somos nuestro propio concepto.—
    — En todas nosotras hay un pedacito de paraíso. Aún si estamos llenas de ira, salvajismo, dulzura o melancolía, nada de ello condiciona el Edén particular de cada mujer. Y eso no nos vuelve ángeles y tampoco demonios. Somos nuestro propio concepto.—
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  • a diferencia de otras prescentaciones la de esa noche no seria en un escenario, Summer solo s eencontraba melancolico y con ganas de cantar algo suave por una vez, sus pokemon empezaron a hacer una melodia tranquila dejando que su entrenador pudiera cantar
    -Drop by drop, fall apart too soon
    Glass floor breaks silence, sleep beneath room
    Drank fearing father, setting sun
    Distant echo repeating
    Setting sun- suspiro disfrutando la compañia de sus pokemon en aquel parque apenas visitado

    https://music.youtube.com/watch?v=x-ErRfoDojo&si=hhjGZSWJOvvCRfuI
    a diferencia de otras prescentaciones la de esa noche no seria en un escenario, Summer solo s eencontraba melancolico y con ganas de cantar algo suave por una vez, sus pokemon empezaron a hacer una melodia tranquila dejando que su entrenador pudiera cantar -Drop by drop, fall apart too soon Glass floor breaks silence, sleep beneath room Drank fearing father, setting sun Distant echo repeating Setting sun- suspiro disfrutando la compañia de sus pokemon en aquel parque apenas visitado https://music.youtube.com/watch?v=x-ErRfoDojo&si=hhjGZSWJOvvCRfuI
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  • Soy un ser eterno preso de la melancolía
    Soy un ser eterno preso de la melancolía 🥀
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  • Una tenue luz dorada se filtraba por el cristal de la tienda, iluminando el ambiente. Tras el mostrador, Raden permanecía concentrada, sumergida en la meticulosa labor de resucitar un pedazo de alma atrapado en el óleo. Un pequeño cuadro de un paisaje desgastado por el tiempo.

    — Ahí, justo ahí... —murmuró para si, inclinándose sobre la superficie craquelada, con un pincel en su mano— puedo verlo... el eco del dolor que tuvo el artista al pintar este árbol tan solitario y melancólico. . .

    Su dedo índice, enguantado, trazó el contorno del roble en el lienzo.

    — No te preocupes —susurró, dirigiendo sus palabras al cuadro— No voy a devolverte tu juventud, eso sería un insulto. Solo voy a potenciar tu melancolía... para que el próximo dueño pueda sentirla en sus huesos ~

    Dejó el pincel a un lado y tomó un frasco de cristal que contenía un líquido irisado, de un color que fluctuaba entre púrpura y negro.

    La tienda, en ese momento, guardaba silencio. Los cuchicheos habituales de los objetos parecían haberse aquietsdo. La puerta de entrada permancía entreabierta, esperando el ingreso de cualquier alma lo suficientemente valiente. . . o lo suficientemente perdida.

    Laplus Darkness
    Una tenue luz dorada se filtraba por el cristal de la tienda, iluminando el ambiente. Tras el mostrador, Raden permanecía concentrada, sumergida en la meticulosa labor de resucitar un pedazo de alma atrapado en el óleo. Un pequeño cuadro de un paisaje desgastado por el tiempo. — Ahí, justo ahí... —murmuró para si, inclinándose sobre la superficie craquelada, con un pincel en su mano— puedo verlo... el eco del dolor que tuvo el artista al pintar este árbol tan solitario y melancólico. . . Su dedo índice, enguantado, trazó el contorno del roble en el lienzo. — No te preocupes —susurró, dirigiendo sus palabras al cuadro— No voy a devolverte tu juventud, eso sería un insulto. Solo voy a potenciar tu melancolía... para que el próximo dueño pueda sentirla en sus huesos ~ Dejó el pincel a un lado y tomó un frasco de cristal que contenía un líquido irisado, de un color que fluctuaba entre púrpura y negro. La tienda, en ese momento, guardaba silencio. Los cuchicheos habituales de los objetos parecían haberse aquietsdo. La puerta de entrada permancía entreabierta, esperando el ingreso de cualquier alma lo suficientemente valiente. . . o lo suficientemente perdida. [glow_lavender_mouse_820]
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
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    ˖ ݁𖥔. ݁ . 𝑬𝒍 𝑫𝒊𝒂𝒓𝒊𝒐 𝒅𝒆 𝑺𝒄𝒂𝒓𝒍𝒆𝒕𝒕 . ݁.𖥔 ݁ ˖

    𝑪𝒂𝒑í𝒕𝒖𝒍𝒐 𝑰: 𝑫𝒊𝒂𝒎𝒂𝒏𝒕𝒆𝒔 𝒆𝒔𝒄𝒂𝒓𝒍𝒂𝒕𝒂𝒔.

    Querido diario,

    Hoy, finalmente, es mi turno…

    En la familia Moretti, nadie puede escribir un diario antes de cumplir quince años.
    
Dicen que las palabras tienen poder, y que solo cuando la mente y el alma se alinean, la tinta reconoce a su dueño.
Es una costumbre tan antigua como nuestro apellido… y tan inquebrantable como las promesas que se murmuran bajo los candelabros del salón principal.
    Así que aquí estoy, con mi pluma, mi secreto y un apellido que pesa más que el aire que respiro.
He crecido entre columnas de mármol y pasillos silenciosos, donde incluso los ecos temen alzar la voz.

    Los Moretti somos reconocidos por nuestra marca: el cabello cobrizo que arde con la luz del sol y los ojos verdes o grises que heredan el reflejo del mármol y la tormenta.

    Mis padres, Alessandro Moretti e Isabella di Ravello, son la imagen misma del poder y la belleza eterna.
Mi padre, Alessandro, es un hombre de mirada firme y palabras escasas; cuando habla, el mundo parece detenerse para escucharlo.
Mi madre, Isabella, es una sinfonía de perfección y melancolía: cada uno de sus gestos parece calculado, pero detrás de esa serenidad habita una tristeza que ni el tiempo ha logrado borrar.

    Y luego estamos nosotros…

    sus hijos.
    
Los cuatro diamantes de la Casa Moretti.

    Luca, el primogénito, es la imagen de mi padre: fuerte, silencioso, hecho de deber y sombras.
    Su destino está trazado desde antes de nacer: liderar, mantener el apellido, sostener el linaje.
    
Adriano, el segundo, es fuego disfrazado de calma; tiene la sonrisa de un poeta y los ojos de alguien que sabe más de lo que debería.
    
Giulia, la tercera, es la más parecida a mi madre: elegante, calculadora y dueña de una inteligencia tan afilada como una daga de cristal.
    
Y luego estoy yo… Scarlett, la más joven.
La que sonríe demasiado, ríe cuando no debe y dice lo que otros solo se atreven a pensar.
    Dicen que tengo la belleza de mi madre y la rebeldía de nadie sabe quién.
    
Que mis ojos esconden la inquietud de las tormentas y que mi espíritu no conoce frenos ni cadenas.
Tal vez tengan razón.
    Aunque mi cabello lleva ese fuego —rojizo, intenso, casi vivo—, mis ojos no heredaron el verde ancestral ni el gris de la familia.
Los míos son de un azul imposible, profundo e inquietante.
    Desde niña me lo han hecho notar.
Ese azul no pertenece al linaje, dicen.
Y aunque nadie lo mencione en voz alta, todos lo piensan: algo en mí no encaja del todo con los Moretti.
    Yo no nací para seguir el ritmo lento y medido de los Moretti.
    
Nací para romperlo.

    Ser parte de esta familia es caminar sobre cristales y fingir que no cortan.
Desde fuera, todos nos admiran: somos la nobleza pura, el linaje más antiguo, los herederos de una sangre que —según dicen— no pertenece del todo al tiempo humano.
    
Pero dentro de nuestras murallas hay silencios que gritan, retratos que cambian con la luz de la luna y pasillos donde el aire se vuelve tan pesado que incluso las velas dudan en encenderse.

    Nadie habla de los secretos Moretti.
    
Ni de las desapariciones.
    
Ni de las noches en que el reloj del vestíbulo se detiene solo, justo a las tres y trece.
    Yo era una niña cuando escuché por primera vez los susurros sobre lo que somos realmente.
Casi inmortales, decían.
    
Pero… ¿a qué precio?

    Hoy comienzo este diario no para seguir la tradición, sino para romper el silencio.
Quiero entender por qué, cuando me miro en los espejos antiguos del palacio, siento que algo me observa desde el otro lado.
Algo que tiene mis ojos…

    pero no mi alma.

    — 𝑆𝑐𝑎𝑟𝑙𝑒𝑡𝑡 𝑀𝑜𝑟𝑒𝑡𝑡𝑖
    ˖ ݁𖥔. ݁ . 𝑬𝒍 𝑫𝒊𝒂𝒓𝒊𝒐 𝒅𝒆 𝑺𝒄𝒂𝒓𝒍𝒆𝒕𝒕 . ݁.𖥔 ݁ ˖ 𝑪𝒂𝒑í𝒕𝒖𝒍𝒐 𝑰: 𝑫𝒊𝒂𝒎𝒂𝒏𝒕𝒆𝒔 𝒆𝒔𝒄𝒂𝒓𝒍𝒂𝒕𝒂𝒔. Querido diario, Hoy, finalmente, es mi turno… En la familia Moretti, nadie puede escribir un diario antes de cumplir quince años. 
Dicen que las palabras tienen poder, y que solo cuando la mente y el alma se alinean, la tinta reconoce a su dueño.
Es una costumbre tan antigua como nuestro apellido… y tan inquebrantable como las promesas que se murmuran bajo los candelabros del salón principal. Así que aquí estoy, con mi pluma, mi secreto y un apellido que pesa más que el aire que respiro.
He crecido entre columnas de mármol y pasillos silenciosos, donde incluso los ecos temen alzar la voz. Los Moretti somos reconocidos por nuestra marca: el cabello cobrizo que arde con la luz del sol y los ojos verdes o grises que heredan el reflejo del mármol y la tormenta. Mis padres, Alessandro Moretti e Isabella di Ravello, son la imagen misma del poder y la belleza eterna.
Mi padre, Alessandro, es un hombre de mirada firme y palabras escasas; cuando habla, el mundo parece detenerse para escucharlo.
Mi madre, Isabella, es una sinfonía de perfección y melancolía: cada uno de sus gestos parece calculado, pero detrás de esa serenidad habita una tristeza que ni el tiempo ha logrado borrar. Y luego estamos nosotros… sus hijos. 
Los cuatro diamantes de la Casa Moretti. Luca, el primogénito, es la imagen de mi padre: fuerte, silencioso, hecho de deber y sombras. Su destino está trazado desde antes de nacer: liderar, mantener el apellido, sostener el linaje. 
Adriano, el segundo, es fuego disfrazado de calma; tiene la sonrisa de un poeta y los ojos de alguien que sabe más de lo que debería. 
Giulia, la tercera, es la más parecida a mi madre: elegante, calculadora y dueña de una inteligencia tan afilada como una daga de cristal. 
Y luego estoy yo… Scarlett, la más joven.
La que sonríe demasiado, ríe cuando no debe y dice lo que otros solo se atreven a pensar. Dicen que tengo la belleza de mi madre y la rebeldía de nadie sabe quién. 
Que mis ojos esconden la inquietud de las tormentas y que mi espíritu no conoce frenos ni cadenas.
Tal vez tengan razón. Aunque mi cabello lleva ese fuego —rojizo, intenso, casi vivo—, mis ojos no heredaron el verde ancestral ni el gris de la familia.
Los míos son de un azul imposible, profundo e inquietante. Desde niña me lo han hecho notar.
Ese azul no pertenece al linaje, dicen.
Y aunque nadie lo mencione en voz alta, todos lo piensan: algo en mí no encaja del todo con los Moretti. Yo no nací para seguir el ritmo lento y medido de los Moretti. 
Nací para romperlo. Ser parte de esta familia es caminar sobre cristales y fingir que no cortan.
Desde fuera, todos nos admiran: somos la nobleza pura, el linaje más antiguo, los herederos de una sangre que —según dicen— no pertenece del todo al tiempo humano. 
Pero dentro de nuestras murallas hay silencios que gritan, retratos que cambian con la luz de la luna y pasillos donde el aire se vuelve tan pesado que incluso las velas dudan en encenderse. Nadie habla de los secretos Moretti. 
Ni de las desapariciones. 
Ni de las noches en que el reloj del vestíbulo se detiene solo, justo a las tres y trece. Yo era una niña cuando escuché por primera vez los susurros sobre lo que somos realmente.
Casi inmortales, decían. 
Pero… ¿a qué precio? Hoy comienzo este diario no para seguir la tradición, sino para romper el silencio.
Quiero entender por qué, cuando me miro en los espejos antiguos del palacio, siento que algo me observa desde el otro lado.
Algo que tiene mis ojos… pero no mi alma. — 𝑆𝑐𝑎𝑟𝑙𝑒𝑡𝑡 𝑀𝑜𝑟𝑒𝑡𝑡𝑖
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