โ”€โ”€โ”€โ”€ ๐ทí๐‘Ž ๐‘™๐‘–๐‘๐‘Ÿ๐‘’ ๐‘ฆ ๐‘™๐‘Ž ๐‘ก๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘›๐‘ž๐‘ข๐‘–๐‘™๐‘–๐‘‘๐‘Ž๐‘‘ ๐‘Ž๐‘‘๐‘’๐‘๐‘ข๐‘Ž๐‘‘๐‘Ž. โ”€โ”€โ”€โ”€

[] ๐ต๐‘’๐‘Ÿ๐‘™í๐‘›, ๐ด๐‘™๐‘’๐‘š๐‘Ž๐‘›๐‘–๐‘Ž — ๐Ÿถ๐Ÿธ:๐Ÿน๐Ÿถ ๐‘ƒ.๐‘€

Caminaba en ese entonces por las calles de Kreuzberg bajo una lluvia fina pero persistente que Berlín parece regalarle casi a diario en esta época del año. El paraguas negro que lleva apenas alcanza a cubrirlo; el viento frío se encarga de mojarle los bordes del abrigo y de salpicarle las botas cada vez que pisa un charco mal calculado.

Las luces de los semáforos se reflejan en los adoquines brillantes y en los charcos que multiplican la ciudad. Pasa frente a murales enormes medio descoloridos, bicicletas encadenadas que parecen haber sido abandonadas hace décadas, y escaparates de tiendas de segunda mano que exhiben lámparas extrañas y vinilos polvorientos.

Hay algo reconfortante en esa mezcla de desorden y melancolía que desprende el barrio.

Después de unos quince minutos deambulando sin rumbo fijo, la ve: una pequeña cafetería con ventanales grandes y empañados, un letrero de madera pintado a mano que simplemente dice :

โ ๐Š๐€๐…๐…๐„๐„ & ๐Š๐”๐‚๐‡๐„๐ โž

y una luz cálida color ámbar que se derrama hacia la calle como si quisiera invitar a cualquiera que pase por ahí.

Empuja la puerta y el tintineo de una campanita anuncia su llegada.

El aroma a café recién molido y masa horneada lo envuelve de inmediato. Se sacude un poco el agua del abrigo, cierra el paraguas y lo apoya junto a otros en la entrada.

๐˜— : โ”€โ”€โ”€โ”€ ๐˜Ž๐˜ถ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜›๐˜ข๐˜จ. ๐˜ž๐˜ข๐˜ด ๐˜ฎö๐˜ค๐˜ฉ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ด๐˜ต ๐˜ฅ๐˜ถ? โ”€โ”€โ”€โ”€ (๐˜‰๐˜ถ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ข๐˜ด ๐˜ต๐˜ข๐˜ณ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ด ¿๐˜˜๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ฆ๐˜ข? )

Dice la chica detrás del mostrador con una sonrisa amable.

โ”€โ”€โ”€โ”€ ๐˜Ž๐˜ถ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜›๐˜ข๐˜จ. ๐˜Œ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜Š๐˜ข๐˜ฑ๐˜ฑ๐˜ถ๐˜ค๐˜ค๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฐ, ๐˜ฃ๐˜ช๐˜ต๐˜ต๐˜ฆ. โ”€โ”€โ”€โ”€ (¡๐˜‰๐˜ถ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ข๐˜ด ๐˜ต๐˜ข๐˜ณ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ด! ๐˜œ๐˜ฏ ๐˜ค๐˜ข๐˜ฑ๐˜ถ๐˜ค๐˜ฉ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฐ, ๐˜ฑ๐˜ฐ๐˜ณ ๐˜ง๐˜ข๐˜ท๐˜ฐ๐˜ณ.)

Responde en un alemán correcto pero con ese acento que todavía delata que no lleva tantos años aquí.

โ”€โ”€โ”€โ”€ ๐˜œ๐˜ฏ๐˜ฅ. . . ๐˜ท๐˜ช๐˜ฆ๐˜ญ๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ช๐˜ค๐˜ฉ๐˜ต ๐˜ฆ๐˜ช๐˜ฏ ๐˜š๐˜ตü๐˜ค๐˜ฌ ๐˜ˆ๐˜ฑ๐˜ง๐˜ฆ๐˜ญ๐˜ด๐˜ต๐˜ณ๐˜ถ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ญ, ๐˜ธ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ฏ ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ธ๐˜ฆ๐˜ญ๐˜ค๐˜ฉ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜จ๐˜ช๐˜ฃ๐˜ต. โ”€โ”€โ”€โ”€ ( ๐˜ . . . ๐˜˜๐˜ถ๐˜ช๐˜ปá๐˜ด ๐˜ถ๐˜ฏ ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฐ๐˜ป๐˜ฐ ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ด๐˜ต๐˜ณ๐˜ถ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ฎ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ป๐˜ข๐˜ฏ๐˜ข, ๐˜ด๐˜ช ๐˜ฉ๐˜ข๐˜บ.)

Se lleva la bandeja a una mesa junto a la ventana. Se sienta, se quita la bufanda húmeda y deja que el calor del local le vaya descongelando los dedos. Afuera, la lluvia sigue cayendo en hilos finos y pacientes.

Adentro, el vapor del cappuccino sube en espirales lentas mientras la espuma dibuja un corazón imperfecto que se deshace poco a poco.

Mira la calle, la gente que pasa apresurada con capuchas y paraguas rotos, las luces que se encienden temprano porque el cielo gris nunca termina de aclararse. Piensa que en dos días tiene que volver al trabajo y debe aprovechar un poco cada momento.

Pero por ahora hay café caliente, un pedazo de strudel con canela que huele a infancia ajena, y el sonido suave de la lluvia golpeando el vidrio.

Y eso, por unos minutos más, le parece suficiente.
โ”€โ”€โ”€โ”€ ๐ทí๐‘Ž ๐‘™๐‘–๐‘๐‘Ÿ๐‘’ ๐‘ฆ ๐‘™๐‘Ž ๐‘ก๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘›๐‘ž๐‘ข๐‘–๐‘™๐‘–๐‘‘๐‘Ž๐‘‘ ๐‘Ž๐‘‘๐‘’๐‘๐‘ข๐‘Ž๐‘‘๐‘Ž. โ”€โ”€โ”€โ”€ [๐Ÿ‡ฉ๐Ÿ‡ช] ๐ต๐‘’๐‘Ÿ๐‘™í๐‘›, ๐ด๐‘™๐‘’๐‘š๐‘Ž๐‘›๐‘–๐‘Ž — ๐Ÿถ๐Ÿธ:๐Ÿน๐Ÿถ ๐‘ƒ.๐‘€ Caminaba en ese entonces por las calles de Kreuzberg bajo una lluvia fina pero persistente que Berlín parece regalarle casi a diario en esta época del año. El paraguas negro que lleva apenas alcanza a cubrirlo; el viento frío se encarga de mojarle los bordes del abrigo y de salpicarle las botas cada vez que pisa un charco mal calculado. Las luces de los semáforos se reflejan en los adoquines brillantes y en los charcos que multiplican la ciudad. Pasa frente a murales enormes medio descoloridos, bicicletas encadenadas que parecen haber sido abandonadas hace décadas, y escaparates de tiendas de segunda mano que exhiben lámparas extrañas y vinilos polvorientos. Hay algo reconfortante en esa mezcla de desorden y melancolía que desprende el barrio. Después de unos quince minutos deambulando sin rumbo fijo, la ve: una pequeña cafetería con ventanales grandes y empañados, un letrero de madera pintado a mano que simplemente dice : โ ๐Š๐€๐…๐…๐„๐„ & ๐Š๐”๐‚๐‡๐„๐ โž y una luz cálida color ámbar que se derrama hacia la calle como si quisiera invitar a cualquiera que pase por ahí. Empuja la puerta y el tintineo de una campanita anuncia su llegada. El aroma a café recién molido y masa horneada lo envuelve de inmediato. Se sacude un poco el agua del abrigo, cierra el paraguas y lo apoya junto a otros en la entrada. ๐˜— : โ”€โ”€โ”€โ”€ ๐˜Ž๐˜ถ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜›๐˜ข๐˜จ. ๐˜ž๐˜ข๐˜ด ๐˜ฎö๐˜ค๐˜ฉ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ด๐˜ต ๐˜ฅ๐˜ถ? โ”€โ”€โ”€โ”€ (๐˜‰๐˜ถ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ข๐˜ด ๐˜ต๐˜ข๐˜ณ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ด ¿๐˜˜๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ฆ๐˜ข? ) Dice la chica detrás del mostrador con una sonrisa amable. โ”€โ”€โ”€โ”€ ๐˜Ž๐˜ถ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜›๐˜ข๐˜จ. ๐˜Œ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜Š๐˜ข๐˜ฑ๐˜ฑ๐˜ถ๐˜ค๐˜ค๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฐ, ๐˜ฃ๐˜ช๐˜ต๐˜ต๐˜ฆ. โ”€โ”€โ”€โ”€ (¡๐˜‰๐˜ถ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ข๐˜ด ๐˜ต๐˜ข๐˜ณ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ด! ๐˜œ๐˜ฏ ๐˜ค๐˜ข๐˜ฑ๐˜ถ๐˜ค๐˜ฉ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฐ, ๐˜ฑ๐˜ฐ๐˜ณ ๐˜ง๐˜ข๐˜ท๐˜ฐ๐˜ณ.) Responde en un alemán correcto pero con ese acento que todavía delata que no lleva tantos años aquí. โ”€โ”€โ”€โ”€ ๐˜œ๐˜ฏ๐˜ฅ. . . ๐˜ท๐˜ช๐˜ฆ๐˜ญ๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ช๐˜ค๐˜ฉ๐˜ต ๐˜ฆ๐˜ช๐˜ฏ ๐˜š๐˜ตü๐˜ค๐˜ฌ ๐˜ˆ๐˜ฑ๐˜ง๐˜ฆ๐˜ญ๐˜ด๐˜ต๐˜ณ๐˜ถ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ญ, ๐˜ธ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ฏ ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ธ๐˜ฆ๐˜ญ๐˜ค๐˜ฉ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜จ๐˜ช๐˜ฃ๐˜ต. โ”€โ”€โ”€โ”€ ( ๐˜ . . . ๐˜˜๐˜ถ๐˜ช๐˜ปá๐˜ด ๐˜ถ๐˜ฏ ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฐ๐˜ป๐˜ฐ ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ด๐˜ต๐˜ณ๐˜ถ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ฎ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ป๐˜ข๐˜ฏ๐˜ข, ๐˜ด๐˜ช ๐˜ฉ๐˜ข๐˜บ.) Se lleva la bandeja a una mesa junto a la ventana. Se sienta, se quita la bufanda húmeda y deja que el calor del local le vaya descongelando los dedos. Afuera, la lluvia sigue cayendo en hilos finos y pacientes. Adentro, el vapor del cappuccino sube en espirales lentas mientras la espuma dibuja un corazón imperfecto que se deshace poco a poco. Mira la calle, la gente que pasa apresurada con capuchas y paraguas rotos, las luces que se encienden temprano porque el cielo gris nunca termina de aclararse. Piensa que en dos días tiene que volver al trabajo y debe aprovechar un poco cada momento. Pero por ahora hay café caliente, un pedazo de strudel con canela que huele a infancia ajena, y el sonido suave de la lluvia golpeando el vidrio. Y eso, por unos minutos más, le parece suficiente.
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