• Las garras de la inocencia

    Razor era conocido en Mondstadt como un chico enérgico, tranquilo e inocente. Para muchos, incluso tierno. Sin embargo, bajo esa apariencia se escondía una mente alerta al peligro, una inteligencia nata para el combate y, por encima de todo, un instinto feroz por proteger a su manada, a quienes consideraba su verdadera familia.

    El mercado negro surtía de todo a quienes buscaban lo que no podía conseguirse por medios legales: pociones adulteradas, alcohol, ingredientes a sobreprecio, armas, materiales… y pieles. Demasiadas pieles.

    Tras los últimos aullidos, profundos y majestuosos, la noche cayó sobre el bosque. La manada dormía. Razor se encontraba acurrucado bajo el tronco de un árbol, abrazado a uno de los lobos más viejos; los cachorros descansaban junto a sus madres, y el alfa vigilaba desde lo alto de una roca.

    Entonces, un crujido.

    Las orejas del alfa se alzaron de golpe. Razor abrió los ojos al mismo tiempo, conteniendo la respiración. No era un animal nocturno.

    Las antorchas se encendieron de repente, rodeando a la manada. El fuego crepitó, proyectando sombras torcidas entre los árboles. Humanos avanzaban con cautela, cuchillos y mazos en mano, sonriendo mientras hablaban del botín.

    El alfa saltó frente a su manada, erizando el pelaje y gruñendo. Dudaron un segundo… pero eran demasiados.

    Desde un punto ciego, varios bandidos se lanzaron sobre una de las lobas. Los chillidos de los cachorros cortaron el aire cuando fueron arrancados de su madre y metidos en un saco.

    La risa de uno de los hombres se apagó de golpe.

    Un impacto seco. Brutal.

    Razor había caído sobre él, clavándole la rodilla en el pecho. El bandido quedó inconsciente antes de tocar el suelo.

    +¿Q-qué fue eso? ¡Dijeron que no había nadie cuidando!

    Las espadas se alzaron. Entonces lo vieron.

    +¡Es solo un niño!
    —¡Yo… proteger… familia! —gruñó Razor, con los colmillos apretados—. ¡Ustedes… ser… malos!

    Se lanzó.

    Los lobos se unieron al ataque. Dientes, garras, gritos. Cada alarido de dolor de su manada hacía que los golpes de Razor fueran más fuertes, más salvajes.

    No luchaba como un caballero. No había técnica elegante, solo reflejos afilados, agilidad y una fuerza nacida del instinto.

    +¡No puede ser… tiene una Visión!

    Las garras Electro brillaron en la oscuridad. Uno a uno, los bandidos cayeron. Razor sangraba, respiraba con dificultad… pero en sus ojos no había dolor. Solo furia. Y determinación.

    Cuando el silencio volvió al bosque, todos yacían en el suelo.

    Razor los ató con ayuda de la manada. El bosque exigía sangre, y él lo sabía. Lo sentía. Pero recordó voces. Jean. Lisa. Kaeya.

    Convenció a los lobos de no matar.

    La ley del bosque era una. La de Mondstadt, otra.

    Y esta vez, eligió confiar. Herido y cansado llegó a Mondstadt bajo los primeros rayos del sol, dando pasos lentos con un pie y leves arrastres con el otro, herias en el cuerpo que si bien no eran mortales la cantidad de ellas hubieran dejado fuera de combate a cualquier otro. Los guardias de la puerta principal a la ciudad reconocieron a Razor de inmediato y, al ver el estado en el que se encontraba fueron a su auxilio de inmediato.

    -Gente...mala....bosque... -Alcanzó a decir a penas había sido alcanzado por uno de los guardias sosteniéndolo en brazos. Razor cayó inconsciente.-
    Las garras de la inocencia Razor era conocido en Mondstadt como un chico enérgico, tranquilo e inocente. Para muchos, incluso tierno. Sin embargo, bajo esa apariencia se escondía una mente alerta al peligro, una inteligencia nata para el combate y, por encima de todo, un instinto feroz por proteger a su manada, a quienes consideraba su verdadera familia. El mercado negro surtía de todo a quienes buscaban lo que no podía conseguirse por medios legales: pociones adulteradas, alcohol, ingredientes a sobreprecio, armas, materiales… y pieles. Demasiadas pieles. Tras los últimos aullidos, profundos y majestuosos, la noche cayó sobre el bosque. La manada dormía. Razor se encontraba acurrucado bajo el tronco de un árbol, abrazado a uno de los lobos más viejos; los cachorros descansaban junto a sus madres, y el alfa vigilaba desde lo alto de una roca. Entonces, un crujido. Las orejas del alfa se alzaron de golpe. Razor abrió los ojos al mismo tiempo, conteniendo la respiración. No era un animal nocturno. Las antorchas se encendieron de repente, rodeando a la manada. El fuego crepitó, proyectando sombras torcidas entre los árboles. Humanos avanzaban con cautela, cuchillos y mazos en mano, sonriendo mientras hablaban del botín. El alfa saltó frente a su manada, erizando el pelaje y gruñendo. Dudaron un segundo… pero eran demasiados. Desde un punto ciego, varios bandidos se lanzaron sobre una de las lobas. Los chillidos de los cachorros cortaron el aire cuando fueron arrancados de su madre y metidos en un saco. La risa de uno de los hombres se apagó de golpe. Un impacto seco. Brutal. Razor había caído sobre él, clavándole la rodilla en el pecho. El bandido quedó inconsciente antes de tocar el suelo. +¿Q-qué fue eso? ¡Dijeron que no había nadie cuidando! Las espadas se alzaron. Entonces lo vieron. +¡Es solo un niño! —¡Yo… proteger… familia! —gruñó Razor, con los colmillos apretados—. ¡Ustedes… ser… malos! Se lanzó. Los lobos se unieron al ataque. Dientes, garras, gritos. Cada alarido de dolor de su manada hacía que los golpes de Razor fueran más fuertes, más salvajes. No luchaba como un caballero. No había técnica elegante, solo reflejos afilados, agilidad y una fuerza nacida del instinto. +¡No puede ser… tiene una Visión! Las garras Electro brillaron en la oscuridad. Uno a uno, los bandidos cayeron. Razor sangraba, respiraba con dificultad… pero en sus ojos no había dolor. Solo furia. Y determinación. Cuando el silencio volvió al bosque, todos yacían en el suelo. Razor los ató con ayuda de la manada. El bosque exigía sangre, y él lo sabía. Lo sentía. Pero recordó voces. Jean. Lisa. Kaeya. Convenció a los lobos de no matar. La ley del bosque era una. La de Mondstadt, otra. Y esta vez, eligió confiar. Herido y cansado llegó a Mondstadt bajo los primeros rayos del sol, dando pasos lentos con un pie y leves arrastres con el otro, herias en el cuerpo que si bien no eran mortales la cantidad de ellas hubieran dejado fuera de combate a cualquier otro. Los guardias de la puerta principal a la ciudad reconocieron a Razor de inmediato y, al ver el estado en el que se encontraba fueron a su auxilio de inmediato. -Gente...mala....bosque... -Alcanzó a decir a penas había sido alcanzado por uno de los guardias sosteniéndolo en brazos. Razor cayó inconsciente.-
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  • —Le ponen agua a la mezcla para hotcakes y lo llaman crepa, ¿cómo puede ser legal esto?
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    — E̶l̶ ̶S̶i̶l̶e̶n̶c̶i̶o̶ ̶d̶e̶l̶ ̶O̶r̶d̶e̶n̶

    La nieve descendía con una parsimonia que resultaba casi insultante frente al caos que acababa de extinguirse. En aquella carretera olvidada, el silencio era una entidad densa, interrumpida únicamente por el crepitar lejano de lo que alguna vez fue una ciudad y el siseo casi imperceptible del cigarrillo de Makima al consumirse.

    ​Ella se apoyó contra el metal gélido del coche, permitiendo que el peso del abrigo, empapado por una humedad que trascendía lo meteorológico, la anclara al momento. En su mejilla, una pequeña herida comenzaba a cerrarse con una eficiencia antinatural; el rastro escarlata que dejaba a su paso era la única mancha de imperfección en su palidez de porcelana. No había fatiga en sus ojos dorados, solo esa calma gélida y absoluta de quien contempla un incendio como si fuera una simple puesta de sol.

    ​Sobre el techo del vehículo, dos cuervos se posaron con un aleteo seco. La observaban con ojos inteligentes, negros y fijos, como extensiones de su propia voluntad. Eran sus únicos testigos, y los únicos que no necesitaban explicaciones.
    ​Inhaló el humo con lentitud, dejando que el calor del tabaco fuera el último vínculo con un mundo físico que ella misma estaba moldeando a su antojo. A lo lejos, las llamas bailaban contra el cielo plomizo, tiñendo las nubes de un naranja violento y tóxico. Para Makima, aquel espectáculo no era una tragedia, sino una firma. Todo había salido según lo previsto. El sacrificio no era un error de cálculo, sino la moneda de cambio; el orden, después de todo, siempre exige una cuota de sangre que solo ella estaba dispuesta a cobrar.
    ​Soltó el aire en un suspiro blanquecino que se disolvió entre los copos de nieve, una exhalación tan fría como el entorno.

    ​—Qué silencioso se vuelve el mundo cuando por fin obedece —susurró para nadie, o quizás para el destino mismo.
    ​Con un gesto despreocupado, arrojó la colilla al suelo. El pequeño punto de fuego se extinguió al instante al contacto con la escarcha, desapareciendo como las vidas que se habían apagado esa noche. Makima se enderezó, ajustándose el abrigo con una elegancia imperturbable. Aún quedaba mucho por construir sobre las cenizas, y ella tenía toda la eternidad para ser la arquitecta de esa nueva y perfecta paz.
    — E̶l̶ ̶S̶i̶l̶e̶n̶c̶i̶o̶ ̶d̶e̶l̶ ̶O̶r̶d̶e̶n̶ La nieve descendía con una parsimonia que resultaba casi insultante frente al caos que acababa de extinguirse. En aquella carretera olvidada, el silencio era una entidad densa, interrumpida únicamente por el crepitar lejano de lo que alguna vez fue una ciudad y el siseo casi imperceptible del cigarrillo de Makima al consumirse. ​Ella se apoyó contra el metal gélido del coche, permitiendo que el peso del abrigo, empapado por una humedad que trascendía lo meteorológico, la anclara al momento. En su mejilla, una pequeña herida comenzaba a cerrarse con una eficiencia antinatural; el rastro escarlata que dejaba a su paso era la única mancha de imperfección en su palidez de porcelana. No había fatiga en sus ojos dorados, solo esa calma gélida y absoluta de quien contempla un incendio como si fuera una simple puesta de sol. ​Sobre el techo del vehículo, dos cuervos se posaron con un aleteo seco. La observaban con ojos inteligentes, negros y fijos, como extensiones de su propia voluntad. Eran sus únicos testigos, y los únicos que no necesitaban explicaciones. ​Inhaló el humo con lentitud, dejando que el calor del tabaco fuera el último vínculo con un mundo físico que ella misma estaba moldeando a su antojo. A lo lejos, las llamas bailaban contra el cielo plomizo, tiñendo las nubes de un naranja violento y tóxico. Para Makima, aquel espectáculo no era una tragedia, sino una firma. Todo había salido según lo previsto. El sacrificio no era un error de cálculo, sino la moneda de cambio; el orden, después de todo, siempre exige una cuota de sangre que solo ella estaba dispuesta a cobrar. ​Soltó el aire en un suspiro blanquecino que se disolvió entre los copos de nieve, una exhalación tan fría como el entorno. ​—Qué silencioso se vuelve el mundo cuando por fin obedece —susurró para nadie, o quizás para el destino mismo. ​Con un gesto despreocupado, arrojó la colilla al suelo. El pequeño punto de fuego se extinguió al instante al contacto con la escarcha, desapareciendo como las vidas que se habían apagado esa noche. Makima se enderezó, ajustándose el abrigo con una elegancia imperturbable. Aún quedaba mucho por construir sobre las cenizas, y ella tenía toda la eternidad para ser la arquitecta de esa nueva y perfecta paz.
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  • "Cuando el crepúsculo anda con prisa, no puede evitar concebirse ajeno a todo lo que observa. A los pies de una montaña, en la extensión de un prado frente a una fogata o en la altitud de un departamento descuidado. Le queda mucho por escuchar, por resguardar mientras él mismo contempla el firmamento nublado bajo la sombra de algo. "
    "Cuando el crepúsculo anda con prisa, no puede evitar concebirse ajeno a todo lo que observa. A los pies de una montaña, en la extensión de un prado frente a una fogata o en la altitud de un departamento descuidado. Le queda mucho por escuchar, por resguardar mientras él mismo contempla el firmamento nublado bajo la sombra de algo. "
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  • *la mirada de la joven se pierde en el firmamento, poco a poco puede ver cómo los colores del día se van atenuando para dar paso a un atardecer en tonos naranja el último destigio de los rayos del sol.

    Mientras el tiempo pasa da paso a aquel espectáculo que se puede disfrutar entre el pasonde la luz y la oscuridad siendo los crepúsculos de aquellos tonos morados, rojos, naranja que pintan el firmamento cual acuarela viva, ella por su parte solo gira sobre su eje en un parque viendo cómo poco a poco la rutina se adueña de todo lado personas comienza a resguardarse y ella espera con ansias la llegada de la noche*
    *la mirada de la joven se pierde en el firmamento, poco a poco puede ver cómo los colores del día se van atenuando para dar paso a un atardecer en tonos naranja el último destigio de los rayos del sol. Mientras el tiempo pasa da paso a aquel espectáculo que se puede disfrutar entre el pasonde la luz y la oscuridad siendo los crepúsculos de aquellos tonos morados, rojos, naranja que pintan el firmamento cual acuarela viva, ella por su parte solo gira sobre su eje en un parque viendo cómo poco a poco la rutina se adueña de todo lado personas comienza a resguardarse y ella espera con ansias la llegada de la noche*
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  • Déjame ser malo con los demas y adorarte a ti en privado, déjame arrodillar el mundo a mis pies,mientras yo
    lo hago a los tuyos.

    Permiteme condenar a todo aquel que
    rompa mis leyes, así te
    parezcan despiadadas y te juro que me ceñiré a las tuyas sin discrepar.

    Déjame hacer este
    mundo trizas si se me
    apetece, así como tu tienes el poder de hacerme pedazos a
    mi.
    Déjame ser malo con los demas y adorarte a ti en privado, déjame arrodillar el mundo a mis pies,mientras yo lo hago a los tuyos. Permiteme condenar a todo aquel que rompa mis leyes, así te parezcan despiadadas y te juro que me ceñiré a las tuyas sin discrepar. Déjame hacer este mundo trizas si se me apetece, así como tu tienes el poder de hacerme pedazos a mi.
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  • *Acaba de bajar a la salita de la chimenea ,manta y almohada en mano a dormir lo que pueda en el sofá, porque el insomnio y las pesadillas atacan de nuevo. El silencio y el crepitar de la leña al arder por lo menos ayudarán algo.*
    *Acaba de bajar a la salita de la chimenea ,manta y almohada en mano a dormir lo que pueda en el sofá, porque el insomnio y las pesadillas atacan de nuevo. El silencio y el crepitar de la leña al arder por lo menos ayudarán algo.*
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  • “Descenso de la Guardiana Suprema”

    El aire olía a tierra mojada y a magia antigua.
    Un resplandor rasgó el cielo
    una grieta que parecía una herida en el espacio mismo.
    y de ella emergió una silueta envuelta en oscuridad y alas blancas como la luna.

    Albedo descendió con la gracia de una diosa caída, el batir de sus alas levantando una tormenta de polvo dorado. Su mirada, ámbar y profunda, recorrió el extraño paisaje ante ella. No era Nazarick. No sentía la presencia de los Guardianes. Y, lo más inquietante… no sentía a Ainz-sama.

    Sus labios se curvaron en una mueca casi imperceptible.

    —Qué extraño... ¿Acaso este mundo ha osado separarme de Su Excelencia?—

    susurró, su voz como miel venenosa.

    Cerró los ojos, extendiendo sus sentidos demoníacos. El maná de aquel lugar era denso, primitivo, sin control. Podría moldearlo. Podría gobernarlo.

    Ajustó su armadura negra, el oro incrustado brillando con la última luz del crepúsculo.

    —Entonces… si no puedo encontrarlo todavía… haré de este mundo un templo para cuando Él llegue.

    Un brillo maligno cruzó su mirada.
    Sus alas se abrieron de par en par, bañadas por la luna.

    —Que tiemblen los reyes, que se arrodillen los magos…
    Porque donde yo piso, Ainz Ooal Gown reina.

    Y con una sonrisa serena
    demasiado dulce para no ser peligrosa, Albedo dio su primer paso en el nuevo mundo.
    El comienzo de una nueva conquista.
    El nacimiento de un culto.
    El eco de un amor imposible… que ni los universos podían contener.
    “Descenso de la Guardiana Suprema” El aire olía a tierra mojada y a magia antigua. Un resplandor rasgó el cielo una grieta que parecía una herida en el espacio mismo. y de ella emergió una silueta envuelta en oscuridad y alas blancas como la luna. Albedo descendió con la gracia de una diosa caída, el batir de sus alas levantando una tormenta de polvo dorado. Su mirada, ámbar y profunda, recorrió el extraño paisaje ante ella. No era Nazarick. No sentía la presencia de los Guardianes. Y, lo más inquietante… no sentía a Ainz-sama. Sus labios se curvaron en una mueca casi imperceptible. —Qué extraño... ¿Acaso este mundo ha osado separarme de Su Excelencia?— susurró, su voz como miel venenosa. Cerró los ojos, extendiendo sus sentidos demoníacos. El maná de aquel lugar era denso, primitivo, sin control. Podría moldearlo. Podría gobernarlo. Ajustó su armadura negra, el oro incrustado brillando con la última luz del crepúsculo. —Entonces… si no puedo encontrarlo todavía… haré de este mundo un templo para cuando Él llegue. Un brillo maligno cruzó su mirada. Sus alas se abrieron de par en par, bañadas por la luna. —Que tiemblen los reyes, que se arrodillen los magos… Porque donde yo piso, Ainz Ooal Gown reina. Y con una sonrisa serena demasiado dulce para no ser peligrosa, Albedo dio su primer paso en el nuevo mundo. El comienzo de una nueva conquista. El nacimiento de un culto. El eco de un amor imposible… que ni los universos podían contener.
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  • El sol caía lento sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonos ámbar y malva. El murmullo del agua se mezclaba con el tarareo casi imperceptible de Nyssara, una melodía que parecía venir de un recuerdo más que de sus labios.
    La brisa jugaba con los mechones sueltos de sus trenzas mientras la hamaca se balanceaba con suavidad, acompañando el ritmo de su respiración. El mundo parecía detenerse allí, entre el crepúsculo y el sonido lejano de las olas.

    —“ Cuando se pone el sol, todos nos sentimos solos
    Mírame mientras desaparezco
    Estos sonidos vacíos e historias interminables
    Entonces dime lo que quiero escuchar, finas mentiras piadosas... ”— repitió, con una sonrisa tan frágil como el último rayo de luz.

    El ambiente se volvía más íntimo, más denso, como si el aire mismo esperara una respuesta, una que quizás nunca llegaría...

    #SeductiveSunday
    El sol caía lento sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonos ámbar y malva. El murmullo del agua se mezclaba con el tarareo casi imperceptible de Nyssara, una melodía que parecía venir de un recuerdo más que de sus labios. La brisa jugaba con los mechones sueltos de sus trenzas mientras la hamaca se balanceaba con suavidad, acompañando el ritmo de su respiración. El mundo parecía detenerse allí, entre el crepúsculo y el sonido lejano de las olas. —“ Cuando se pone el sol, todos nos sentimos solos Mírame mientras desaparezco Estos sonidos vacíos e historias interminables Entonces dime lo que quiero escuchar, finas mentiras piadosas... ”— repitió, con una sonrisa tan frágil como el último rayo de luz. El ambiente se volvía más íntimo, más denso, como si el aire mismo esperara una respuesta, una que quizás nunca llegaría... #SeductiveSunday
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  • .・。.・゜✭・・✫・゜・。.
    𝙐𝙉𝙄𝙑𝙀𝙍𝙎𝙊 : KINGDOM HEARTS

    Me había asegurado de escapar de Xemnas hace tiempo, refugiandome en los mundos Disney y en algunas otras ciudades, mientras era constantemente cazada. No fue fácil y la verdad es que a veces solo pensaba en entregarme y aceptar mi destino, pero, cuando estaba apunto de rendirme, un milagro tocó mi puerta. La Organización había caído a menos del portador de la llave Espada y los caballeros reales del Rey.
    Gotas de felicidad cayeron por mí cara, mientras que con agotamiento volví a Villa Crepúsculo para admirar las vistas desde aquella torre del reloj, aún vestida como una de ellos. Pero, con la calma de saber que desperté de la manipulación de aquellos que predicaban ser aliados de la luz.

    ❝ ... Por fin... ❞ Fue lo único que musité, mirando como el sol se escondía en el horizonte con una satisfacción propia de alguien que luchó hasta el final.
    .・。.・゜✭・🌌・✫・゜・。. 𝙐𝙉𝙄𝙑𝙀𝙍𝙎𝙊 : KINGDOM HEARTS Me había asegurado de escapar de Xemnas hace tiempo, refugiandome en los mundos Disney y en algunas otras ciudades, mientras era constantemente cazada. No fue fácil y la verdad es que a veces solo pensaba en entregarme y aceptar mi destino, pero, cuando estaba apunto de rendirme, un milagro tocó mi puerta. La Organización había caído a menos del portador de la llave Espada y los caballeros reales del Rey. Gotas de felicidad cayeron por mí cara, mientras que con agotamiento volví a Villa Crepúsculo para admirar las vistas desde aquella torre del reloj, aún vestida como una de ellos. Pero, con la calma de saber que desperté de la manipulación de aquellos que predicaban ser aliados de la luz. ❝ ... Por fin... ❞ Fue lo único que musité, mirando como el sol se escondía en el horizonte con una satisfacción propia de alguien que luchó hasta el final.
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