Yo abandoné el Olimpo.
No por cobardía,
sino por cansancio.
Me llevé conmigo a Ares
y dejé a los dioses devorarse entre sí.
Abajo aprendí algo imperdonable:
los mortales saben que van a morir
y aun así se atreven a amar.
Nosotros, eternos,
solo sabíamos poseer.
Cuando regresé,
el Olimpo ya estaba muerto.
No me esperaban.
No hubo reproches.
Ni truenos.
Ni himnos.
Solo mis pasos
profanando un lugar
que ya no quería ser sagrado.
Mi jardín no estaba marchito:
estaba abandonado,
como si la vida se hubiera rendido
antes de intentarlo.
El trono del rayo
no estaba vacío:
estaba cansado.
Como si incluso Zeus
hubiera huido de sí mismo.
Apolo no profetizaba.
El sol no cantaba.
El silencio le había arrancado la voz.
La sala de los fantasmas
no tenía ecos,
porque ya no había nadie
que recordara.
El jardín eterno
murió sin testigos.
La eternidad se desangró
sin que nadie la llorara.
Entré a la habitación
de la reina del Olimpo
y no brillaba:
apestaba a ausencia.
Entonces lo entendí.
No me fui un instante.
Me fui demasiado.
En los Campos Elíseos
los héroes dormían
como cadáveres bien ordenados,
olvidados incluso por la gloria
que los había prometido inmortales.
El inframundo seguía en pie,
pero congelado,
como un corazón que late
solo por costumbre.
Perséfone no volvió.
Y nadie la fue a buscar.
Las Moiras no existían.
No porque murieran,
sino porque ya no había destino
que valiera la pena tejer.
La copa de Asclepio
estaba seca.
Ni la vida suplicó.
Ni la muerte respondió.
Y yo quedé allí.
Inmortal.
Sola.
No como diosa.
Sino como testigo
del día en que los dioses
se cansaron de existir.
El Olimpo no cayó.
Fue peor.
El Olimpo fue olvidado.
#rol #mitologiagriega
dedicado al fandom de mitologia griega de ficrol que hoy en dia esta muerto.
Yo abandoné el Olimpo.
No por cobardía,
sino por cansancio.
Me llevé conmigo a Ares
y dejé a los dioses devorarse entre sí.
Abajo aprendí algo imperdonable:
los mortales saben que van a morir
y aun así se atreven a amar.
Nosotros, eternos,
solo sabíamos poseer.
Cuando regresé,
el Olimpo ya estaba muerto.
No me esperaban.
No hubo reproches.
Ni truenos.
Ni himnos.
Solo mis pasos
profanando un lugar
que ya no quería ser sagrado.
Mi jardín no estaba marchito:
estaba abandonado,
como si la vida se hubiera rendido
antes de intentarlo.
El trono del rayo
no estaba vacío:
estaba cansado.
Como si incluso Zeus
hubiera huido de sí mismo.
Apolo no profetizaba.
El sol no cantaba.
El silencio le había arrancado la voz.
La sala de los fantasmas
no tenía ecos,
porque ya no había nadie
que recordara.
El jardín eterno
murió sin testigos.
La eternidad se desangró
sin que nadie la llorara.
Entré a la habitación
de la reina del Olimpo
y no brillaba:
apestaba a ausencia.
Entonces lo entendí.
No me fui un instante.
Me fui demasiado.
En los Campos Elíseos
los héroes dormían
como cadáveres bien ordenados,
olvidados incluso por la gloria
que los había prometido inmortales.
El inframundo seguía en pie,
pero congelado,
como un corazón que late
solo por costumbre.
Perséfone no volvió.
Y nadie la fue a buscar.
Las Moiras no existían.
No porque murieran,
sino porque ya no había destino
que valiera la pena tejer.
La copa de Asclepio
estaba seca.
Ni la vida suplicó.
Ni la muerte respondió.
Y yo quedé allí.
Inmortal.
Sola.
No como diosa.
Sino como testigo
del día en que los dioses
se cansaron de existir.
El Olimpo no cayó.
Fue peor.
El Olimpo fue olvidado.
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