Selkie / Female / Chaotic Good
  • Género Femenino
  • Raza selkie
  • Fandom OC
  • Mascota
  • Soltero(a)
  • Cumpleaños 31 de octubre
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  • Se unió en agosto 2023
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  • Otro agotador día de no hacer nada. A dormir luego de desayunar.
    Otro agotador día de no hacer nada. A dormir luego de desayunar.
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  • Foca cansada de tanto descansar.
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  • Así se ve la cómoda libertad que solo los animales disfrutan y los seres humanos envidian.
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  • Foquita comiendo. Foquita feliz.
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  • La marea estaba baja cuando una pequeña selkie salió del agua. Al ojo común, solo era una foca más.

    Primero asomó la cabeza, oscura y brillante entre las olas negras. El viento nocturno le revolvió los bigotes de foca y ella olfateó el aire.

    Arrastró su cuerpo húmedo hasta la arena.

    Entonces dejó que la piel resbalara de su forma como una sombra desprendiéndose. Donde antes había una foca, ahora se incorporaba una joven de cabello enredado por la sal, la piel pálida aún cubierta de gotas de mar.

    Fiadh recogió el pequeño tesoro que había traído consigo.

    Una concha blanca en espiral.
    Un trozo de vidrio verde pulido por las olas.
    Una piedra lisa, gris y suave como un huevo.

    Caminó descalza hasta el borde de cierto jardín. La hierba estaba fría bajo sus pies. Se agachó junto a la cerca de madera y acomodó los objetos con cuidado, como si estuviera armando un pequeño altar secreto.

    Se quedó un momento mirándolos.

    Luego levantó la vista hacia la casa.

    Había una ventana que conocía bien.

    Fiadh no se acercó más.

    El niño dormiría ahora, respirando lento, sin saber que el mar lo visitaba cada noche. Eso estaba bien. Así debía ser.

    La joven se levantó, retrocedió en silencio y regresó a la playa.

    Antes de entrar al agua, miró una última vez la casa.

    Mañana por la mañana, pensó, él los encontrará.

    Y eso era suficiente.

    Con ese pensamiento, Fiadh volvió al mar.
    La marea estaba baja cuando una pequeña selkie salió del agua. Al ojo común, solo era una foca más. Primero asomó la cabeza, oscura y brillante entre las olas negras. El viento nocturno le revolvió los bigotes de foca y ella olfateó el aire. Arrastró su cuerpo húmedo hasta la arena. Entonces dejó que la piel resbalara de su forma como una sombra desprendiéndose. Donde antes había una foca, ahora se incorporaba una joven de cabello enredado por la sal, la piel pálida aún cubierta de gotas de mar. Fiadh recogió el pequeño tesoro que había traído consigo. Una concha blanca en espiral. Un trozo de vidrio verde pulido por las olas. Una piedra lisa, gris y suave como un huevo. Caminó descalza hasta el borde de cierto jardín. La hierba estaba fría bajo sus pies. Se agachó junto a la cerca de madera y acomodó los objetos con cuidado, como si estuviera armando un pequeño altar secreto. Se quedó un momento mirándolos. Luego levantó la vista hacia la casa. Había una ventana que conocía bien. Fiadh no se acercó más. El niño dormiría ahora, respirando lento, sin saber que el mar lo visitaba cada noche. Eso estaba bien. Así debía ser. La joven se levantó, retrocedió en silencio y regresó a la playa. Antes de entrar al agua, miró una última vez la casa. Mañana por la mañana, pensó, él los encontrará. Y eso era suficiente. Con ese pensamiento, Fiadh volvió al mar.
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  • Primeros Encuentros

    Desde que dejó a su cría en la orilla, Fiadh ya no nada igual. El mar, antes hogar, se le antoja inmenso y ajeno. Cada ola parece empujarla lejos, como si también él supiera lo que hizo. A veces se pregunta si hizo bien. Si debió aferrarse, buscar otra manera. Pero el hambre… la orca… la soledad.

    Desde las rocas lo observa crecer: sano, risueño, con el cabello enredado por el viento y las mejillas color sol. Ella nunca tuvo eso. Tal vez por eso lo quiso para él. Aun así, duele.

    Últimamente, el mar ya no la llama como antes. Se ha sorprendido durmiendo más tiempo sobre la arena, con la piel de foca bien doblada bajo un arbusto. Ha probado flores, ha imitado a las lavanderas humanas. No entiende su idioma, pero le gusta escucharlas.

    Una noche, exhausta, se arrastró hasta un jardín iluminado por velas. Una mujer la miró sin miedo, la llamó “preciosa” y le ofreció agua en una taza de barro. Fiadh se quedó. No dijo nada. Solo se acomodó a sus pies, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que tal vez… podía quedarse un poco más.
    Primeros Encuentros Desde que dejó a su cría en la orilla, Fiadh ya no nada igual. El mar, antes hogar, se le antoja inmenso y ajeno. Cada ola parece empujarla lejos, como si también él supiera lo que hizo. A veces se pregunta si hizo bien. Si debió aferrarse, buscar otra manera. Pero el hambre… la orca… la soledad. Desde las rocas lo observa crecer: sano, risueño, con el cabello enredado por el viento y las mejillas color sol. Ella nunca tuvo eso. Tal vez por eso lo quiso para él. Aun así, duele. Últimamente, el mar ya no la llama como antes. Se ha sorprendido durmiendo más tiempo sobre la arena, con la piel de foca bien doblada bajo un arbusto. Ha probado flores, ha imitado a las lavanderas humanas. No entiende su idioma, pero le gusta escucharlas. Una noche, exhausta, se arrastró hasta un jardín iluminado por velas. Una mujer la miró sin miedo, la llamó “preciosa” y le ofreció agua en una taza de barro. Fiadh se quedó. No dijo nada. Solo se acomodó a sus pies, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que tal vez… podía quedarse un poco más.
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