• *Aprovechando que aun no cerraban, Belle fue a lavar ropa, pues ya no tenía limpia, mientras lava se quedo esperando a que la lavadora termine.

    Mientras se sentó y disfrutó de una paleta, pensado en lo que debia hacer una vez que termine esa tarea*
    *Aprovechando que aun no cerraban, Belle fue a lavar ropa, pues ya no tenía limpia, mientras lava se quedo esperando a que la lavadora termine. Mientras se sentó y disfrutó de una paleta, pensado en lo que debia hacer una vez que termine esa tarea*
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  • Aquel era uno de esos días donde arrastraba los pies. El cansancio mental, a causa del estrés, la frustración y las pocas horas de sueño, terminaban pasandole la factura al hacerlo sentir agotado. Incluso sentía que sus ojos ardían y le pesaban con cada nueva luz roja que se encontraba en la pista de camino a la veterinaria. Además de su hogar, la veterinaria era el único lugar que disfrutaba visitar por una simple razón: Sus gatos. Siempre encontraba emocionante verlos convivir con otros gatos y le permitía recuperar su vitalidad ver la reacción que tenían luego de dejarlos un día completo. Y, aunque lo amaba, a veces sentía que su corazón se hacía pedazos con sus tiernos maullidos.

    — Ya estoy en aquí. ¿Dónde está mi niña?

    Vincent preguntó en el momento que entró en la guardería de mascotas. Su voz sonó de una manera chillona, diferente a la que solía utilizar durante las reuniones de scrum para ver avances; resultaba gracioso verlo modular su voz para hacerla tan dulce y jocosa, pero era más divertido ver cómo aquella gata blanca, se acercaba corriendo hacia él como si buscara consuelo.

    — Ay, ¿dónde está mi niña, dónde está? —Volvió a repetir, imprimiendo un fingido chillido cuando le abrió los brazos y la gata corrió maullando en su dirección hasta saltarle al pecho. Vincent la recibió y la apapachó con cada maullido nuevo que emitió. Era el júbilo de que finalmente estaba reunidos los dos. Un amor inseparable que solo las horas de trabajo era capaz de frenar.— Perdón, se me hizo tarde hoy, sucedieron muchas cosas y... —Un nuevo maullido interrumpió su diálogo. No era la gata, Serafina, la responsable de ello, Vincent lo sabía porque los maullidos del animal ahora parecían fuertes reclamos. Era Alessandro, su gato más joven, quien parecía sufrir por permanecer dos horas más en la guardería.— Hola a ti también, señor enojón. No volverá a... ¡Oye! No tienes que ser tan cruel.

    Alessandro terminó por morder su mano, siquiera dejó que su dueño se acercara para intentar acariciarlo, un poco al menos, y terminó por volver a llorar con demanda. Era un gato exigente que, al final, dejaba en claro que era el único capaz de girar órdenes hacia su humano.

    — Hoy no habrá churu para ti, muchacho. —Vincent se frotó la mano para intentar lidiar con el ardor que sintió, la mordida del gato no era profunda, pero la fuerza impuesta era suficiente para fastidiarlo.— Rina, gracias por cuidarlos hoy. Te juro que mañana pasaré temprano otra vez y...

    — Sí, sí, sí. Siempre dices lo mismo. Tienes suerte de que no te penalicemos todos los días, solo porque Serafina es muy linda. —La gatita maulló ante las palabras de Rina. La mujer sonrió y terminó riéndose mientras que ayudaba al hombre a organizar las mochilas y transportadoras de los gatos.— Quizá te cobre un favor, no lo sé, pensaría en una cena o ver una película. Pero no eres ese tipo de hombre así que... Hay un libro que me gustaría.

    — Está bien. Envíame el link de Amazon, te lo conseguiré mientras sigas cubriéndome la espalda. —Vincent cerró la transportadora de Alessandro, luego de varios intentos, y terminó asintiendo.— Y si me ayudas a regular su temperamento, te juro que te compraré la saga completa que quieras. Me gustaría recibir visitas en casa sin que Aless los intente morder o arañar.
    Aquel era uno de esos días donde arrastraba los pies. El cansancio mental, a causa del estrés, la frustración y las pocas horas de sueño, terminaban pasandole la factura al hacerlo sentir agotado. Incluso sentía que sus ojos ardían y le pesaban con cada nueva luz roja que se encontraba en la pista de camino a la veterinaria. Además de su hogar, la veterinaria era el único lugar que disfrutaba visitar por una simple razón: Sus gatos. Siempre encontraba emocionante verlos convivir con otros gatos y le permitía recuperar su vitalidad ver la reacción que tenían luego de dejarlos un día completo. Y, aunque lo amaba, a veces sentía que su corazón se hacía pedazos con sus tiernos maullidos. — Ya estoy en aquí. ¿Dónde está mi niña? Vincent preguntó en el momento que entró en la guardería de mascotas. Su voz sonó de una manera chillona, diferente a la que solía utilizar durante las reuniones de scrum para ver avances; resultaba gracioso verlo modular su voz para hacerla tan dulce y jocosa, pero era más divertido ver cómo aquella gata blanca, se acercaba corriendo hacia él como si buscara consuelo. — Ay, ¿dónde está mi niña, dónde está? —Volvió a repetir, imprimiendo un fingido chillido cuando le abrió los brazos y la gata corrió maullando en su dirección hasta saltarle al pecho. Vincent la recibió y la apapachó con cada maullido nuevo que emitió. Era el júbilo de que finalmente estaba reunidos los dos. Un amor inseparable que solo las horas de trabajo era capaz de frenar.— Perdón, se me hizo tarde hoy, sucedieron muchas cosas y... —Un nuevo maullido interrumpió su diálogo. No era la gata, Serafina, la responsable de ello, Vincent lo sabía porque los maullidos del animal ahora parecían fuertes reclamos. Era Alessandro, su gato más joven, quien parecía sufrir por permanecer dos horas más en la guardería.— Hola a ti también, señor enojón. No volverá a... ¡Oye! No tienes que ser tan cruel. Alessandro terminó por morder su mano, siquiera dejó que su dueño se acercara para intentar acariciarlo, un poco al menos, y terminó por volver a llorar con demanda. Era un gato exigente que, al final, dejaba en claro que era el único capaz de girar órdenes hacia su humano. — Hoy no habrá churu para ti, muchacho. —Vincent se frotó la mano para intentar lidiar con el ardor que sintió, la mordida del gato no era profunda, pero la fuerza impuesta era suficiente para fastidiarlo.— Rina, gracias por cuidarlos hoy. Te juro que mañana pasaré temprano otra vez y... — Sí, sí, sí. Siempre dices lo mismo. Tienes suerte de que no te penalicemos todos los días, solo porque Serafina es muy linda. —La gatita maulló ante las palabras de Rina. La mujer sonrió y terminó riéndose mientras que ayudaba al hombre a organizar las mochilas y transportadoras de los gatos.— Quizá te cobre un favor, no lo sé, pensaría en una cena o ver una película. Pero no eres ese tipo de hombre así que... Hay un libro que me gustaría. — Está bien. Envíame el link de Amazon, te lo conseguiré mientras sigas cubriéndome la espalda. —Vincent cerró la transportadora de Alessandro, luego de varios intentos, y terminó asintiendo.— Y si me ayudas a regular su temperamento, te juro que te compraré la saga completa que quieras. Me gustaría recibir visitas en casa sin que Aless los intente morder o arañar.
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  • ─ ¡ Vamos husbando 3D !

    Le dijo decisiva a 𝕄𝑖ɴ⸺ℍ𝑜 mientras lo seguia llevando.

    ─ Pensé que el primer hombre que traería a casa seria conmigo sin panties y él terriblemente caliente. ¡ PERO NO POR TEMPERATURA COMO TÚ! ¡menos con sangre y heridas! ─

    Se quejaba mientras lo seguia llevando, el lugar era frio, desolado, todos lo que vivian en la zona eran ancianos esperando la muerte, fantasmas y otras entidades que no eran malas, solo aterradoras.

    Era obvio, mientras iba con él, se asomaban fantasmas, se acercaban las maldiciones. ¿Por qué su amiga favorita traia otro vivo?

    Llegaron al complejo de departamentos de 7 pisos, era un milagro que el elevador sirviera (o mas bien que los monstruos lo dejasen avanzar) al llegar al departamento de ella, habia sombras que no pertenecian a ningun ser fisico.

    ─ Llegueeeeee! ─ gritonea, lo ayuda a pasar, el lugar se siente frio, con aroma a hospital.

    ─ Aguanta aqui ─
    Lo dejó en el sofa, salió corriendo por su kit "apocalíptico" con un botiquín de emergencias, pero tambien un entró a su habitación saliendo con un peculiar aparato.
    Empezó a sacar las cosas pero también le entrego el peculiar aparato.
    ─ Es un traductor de idiomas, escribe lo que quieres decir, pica el boton de hablar y lo dirá por ti. Dime, que te pasa?! Curo tu pierna o estas herido de otro lado??─
    No queria (bueno si queria) pero no se atrevia a quitarle la ropa para revisarlo.

    ─ ¡ Vamos husbando 3D ! Le dijo decisiva a [Imperator.tf] mientras lo seguia llevando. ─ Pensé que el primer hombre que traería a casa seria conmigo sin panties y él terriblemente caliente. ¡ PERO NO POR TEMPERATURA COMO TÚ! ¡menos con sangre y heridas! ─ Se quejaba mientras lo seguia llevando, el lugar era frio, desolado, todos lo que vivian en la zona eran ancianos esperando la muerte, fantasmas y otras entidades que no eran malas, solo aterradoras. Era obvio, mientras iba con él, se asomaban fantasmas, se acercaban las maldiciones. ¿Por qué su amiga favorita traia otro vivo? Llegaron al complejo de departamentos de 7 pisos, era un milagro que el elevador sirviera (o mas bien que los monstruos lo dejasen avanzar) al llegar al departamento de ella, habia sombras que no pertenecian a ningun ser fisico. ─ Llegueeeeee! ─ gritonea, lo ayuda a pasar, el lugar se siente frio, con aroma a hospital. ─ Aguanta aqui ─ Lo dejó en el sofa, salió corriendo por su kit "apocalíptico" con un botiquín de emergencias, pero tambien un entró a su habitación saliendo con un peculiar aparato. Empezó a sacar las cosas pero también le entrego el peculiar aparato. ─ Es un traductor de idiomas, escribe lo que quieres decir, pica el boton de hablar y lo dirá por ti. Dime, que te pasa?! Curo tu pierna o estas herido de otro lado??─ No queria (bueno si queria) pero no se atrevia a quitarle la ropa para revisarlo.
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  • [ 23:15 / XXXXXXXXX / XXXXXXX / ¿...? ]



    ‎ * El pavimento mojado de los suburbios reflejaba las luces amarillentas de los faros. En la habitación de un departamento se escuchaba la urgencia de quien cierra gavetas, mete ropa en una mochila y no deja de moverse; los estantes quedaban abiertos, al igual que las puertas. No hacía falta encender las luces: aquella persona sabía a lo que venía y ya estaba por irse. En cuanto salió de la habitación, observó rápidamente el final del pasillo; las puertas del ascensor se cerraban indicando que alguien iba al lobby. El sujeto se tensó al entenderlo; con temor, miró hacia el otro lado, donde estaban las puertas de las escaleras. No lo dudó y corrió hacia ellas. Había logrado salir del edificio; subió a su auto, lo encendió y aceleró a toda marcha. El sonido del motor se hacía cada vez más fuerte a medida que aumentaba sus revoluciones, el vehículo pasaba semáforos en rojo y tomaba curvas a una velocidad considerable, todo con tal de salir de la ciudad. Para él, no había límite lo suficientemente importante como para detenerlo... O eso suponía *



    ‎***¡¡¡PLOF!!!***



    ‎ * Una colisión. Justo donde el asfalto cedía ante la maleza, donde los rastros de la civilización comenzaban a perderse y donde, claro, no había cámaras que grabaran el suceso. El auto giró descontroladamente una, dos... Cuatro veces hasta detenerse de cabeza. El conductor estaba relativamente ileso — pues lo habían chocado del lado del copiloto— sin embargo, el golpe de la bolsa de aire, seguido de unos cuantos cristales incrustados en su carne, determinaban que su estado no era "bueno". Apenas podía mover el cuello en dirección a aquel que lo había embestido, pero no veía nada; solo había oscuridad. No, eso era lo que querían que pensara, a los pocos segundos, un par de faros con las luces altas se encendieron, cegándolo a propósito, y el sonido que vino después fue el de las puertas cerrándose casi al unísono. Sean quienes fueran, se habían bajado del  auto —y no para pedir ayuda— el sujeto intentó desabrocharse el cinturón antes de que lo alcanzaran y lo consiguió; al salir, comenzó a correr con una cojera evidente, apretando su mochila contra el pecho como si fuera su propio corazón a punto de ser arrebatado *



    ‎ — ¡Ya deténgase, Varek! —gritó una voz joven, cargada de adrenalina. Era uno de los inquisidores enviado a por él, por lo que tenía en la mochila..



    ‎ * Varek, el Censor traidor que hemos seguido hasta ahora terminó tropezando con una raíz vieja y cayó al suelo. No estaba seguro de si era su mente al borde del pánico, pero juraría oír el chasquido de las armas siendo desenfundadas y el eco de las botas de aquellos que se identificaban como cazadores de la Iglesia, pero que ahora cumplían una función más... "resolutiva". Varek ya no tenía escapatoria; el bosque, denso y negro, parecía una pared infranqueable a sus espaldas, se giró hacia las sombras del follaje, suplicando en silencio pero una ráfaga de viento gélido es todo lo que le respondió mientras barría el claro; y eso era más que suficiente. De repente, el sonido de las botas se detuvo, los hombres que perseguían a Varek guardaron silencio, no por orden, sino por puro instinto de preservación, algo se había movido entre los árboles. No era el ruido de hojas secas; parecía un suspiro profundo, gutural, algo que hacía vibrar el aire *



    ‎ — ¿Pero qué es eso?



    ‎ * Preguntó uno de los hombres, apuntando hacia el lugar desde donde emergió una silueta inmensa, una mole de oscuridad que parecía absorber la luz de la luna. Estaba claro que no era un hombre, pero tampoco un animal común. Unos ojos amarillos, cargados de un odio antiguo, se clavaron en los perseguidores, antes  de que el primer cazador pudiera siquiera pensar en disparar, la criatura soltó un gruñido que era una promesa de muerte *



    ‎ — ¡Cuida-!



    ‎ * El inquisidor intentó alertar a sus hombres, pero lo hizo unos milisegundos tarde. Aquella cosa les arrojó un gran tronco que golpeó a la mayoría. Solo tres —incluyendo al inquisidor— lograron agacharse. Para cuando este último intentó reincorporarse, la criatura ya había cerrado la distancia. Un golpe lo envió volando hasta aterrizar dolorosamente contra el parabrisas de la camioneta blindada. Otro cazador intentó hacer algo, pero la criatura fue más rápida: lo sujetó del cuello y lo azotó contra el suelo un par de veces antes de dejarlo tirado, iba a aplastar su cráneo, pero unos disparos a su espalda lo hicieron consciente del tercer hombre. La cosa se volteó, notablemente irritada. En cuestión de segundos, desarmó al sujeto y le lanzó un zarpazo que le arrancó el pasamontañas. El cazador cayó aturdido, intentando reincorporarse solo para ver por última vez a lo que se enfrentaba bajo la luz de la luna y que, justo ahora le devolvía la mirada... *
    [ 23:15 / XXXXXXXXX / XXXXXXX / ¿...? ] ‎ * El pavimento mojado de los suburbios reflejaba las luces amarillentas de los faros. En la habitación de un departamento se escuchaba la urgencia de quien cierra gavetas, mete ropa en una mochila y no deja de moverse; los estantes quedaban abiertos, al igual que las puertas. No hacía falta encender las luces: aquella persona sabía a lo que venía y ya estaba por irse. En cuanto salió de la habitación, observó rápidamente el final del pasillo; las puertas del ascensor se cerraban indicando que alguien iba al lobby. El sujeto se tensó al entenderlo; con temor, miró hacia el otro lado, donde estaban las puertas de las escaleras. No lo dudó y corrió hacia ellas. Había logrado salir del edificio; subió a su auto, lo encendió y aceleró a toda marcha. El sonido del motor se hacía cada vez más fuerte a medida que aumentaba sus revoluciones, el vehículo pasaba semáforos en rojo y tomaba curvas a una velocidad considerable, todo con tal de salir de la ciudad. Para él, no había límite lo suficientemente importante como para detenerlo... O eso suponía * ‎ ‎ ‎ ‎***¡¡¡PLOF!!!*** ‎ ‎ ‎ ‎ * Una colisión. Justo donde el asfalto cedía ante la maleza, donde los rastros de la civilización comenzaban a perderse y donde, claro, no había cámaras que grabaran el suceso. El auto giró descontroladamente una, dos... Cuatro veces hasta detenerse de cabeza. El conductor estaba relativamente ileso — pues lo habían chocado del lado del copiloto— sin embargo, el golpe de la bolsa de aire, seguido de unos cuantos cristales incrustados en su carne, determinaban que su estado no era "bueno". Apenas podía mover el cuello en dirección a aquel que lo había embestido, pero no veía nada; solo había oscuridad. No, eso era lo que querían que pensara, a los pocos segundos, un par de faros con las luces altas se encendieron, cegándolo a propósito, y el sonido que vino después fue el de las puertas cerrándose casi al unísono. Sean quienes fueran, se habían bajado del  auto —y no para pedir ayuda— el sujeto intentó desabrocharse el cinturón antes de que lo alcanzaran y lo consiguió; al salir, comenzó a correr con una cojera evidente, apretando su mochila contra el pecho como si fuera su propio corazón a punto de ser arrebatado * ‎ ‎ ‎ ‎ — ¡Ya deténgase, Varek! —gritó una voz joven, cargada de adrenalina. Era uno de los inquisidores enviado a por él, por lo que tenía en la mochila.. ‎ ‎ ‎ ‎ * Varek, el Censor traidor que hemos seguido hasta ahora terminó tropezando con una raíz vieja y cayó al suelo. No estaba seguro de si era su mente al borde del pánico, pero juraría oír el chasquido de las armas siendo desenfundadas y el eco de las botas de aquellos que se identificaban como cazadores de la Iglesia, pero que ahora cumplían una función más... "resolutiva". Varek ya no tenía escapatoria; el bosque, denso y negro, parecía una pared infranqueable a sus espaldas, se giró hacia las sombras del follaje, suplicando en silencio pero una ráfaga de viento gélido es todo lo que le respondió mientras barría el claro; y eso era más que suficiente. De repente, el sonido de las botas se detuvo, los hombres que perseguían a Varek guardaron silencio, no por orden, sino por puro instinto de preservación, algo se había movido entre los árboles. No era el ruido de hojas secas; parecía un suspiro profundo, gutural, algo que hacía vibrar el aire * ‎ ‎ ‎ ‎ — ¿Pero qué es eso? ‎ ‎ ‎ ‎ * Preguntó uno de los hombres, apuntando hacia el lugar desde donde emergió una silueta inmensa, una mole de oscuridad que parecía absorber la luz de la luna. Estaba claro que no era un hombre, pero tampoco un animal común. Unos ojos amarillos, cargados de un odio antiguo, se clavaron en los perseguidores, antes  de que el primer cazador pudiera siquiera pensar en disparar, la criatura soltó un gruñido que era una promesa de muerte * ‎ ‎ ‎ ‎ — ¡Cuida-! ‎ ‎ ‎ ‎ * El inquisidor intentó alertar a sus hombres, pero lo hizo unos milisegundos tarde. Aquella cosa les arrojó un gran tronco que golpeó a la mayoría. Solo tres —incluyendo al inquisidor— lograron agacharse. Para cuando este último intentó reincorporarse, la criatura ya había cerrado la distancia. Un golpe lo envió volando hasta aterrizar dolorosamente contra el parabrisas de la camioneta blindada. Otro cazador intentó hacer algo, pero la criatura fue más rápida: lo sujetó del cuello y lo azotó contra el suelo un par de veces antes de dejarlo tirado, iba a aplastar su cráneo, pero unos disparos a su espalda lo hicieron consciente del tercer hombre. La cosa se volteó, notablemente irritada. En cuestión de segundos, desarmó al sujeto y le lanzó un zarpazo que le arrancó el pasamontañas. El cazador cayó aturdido, intentando reincorporarse solo para ver por última vez a lo que se enfrentaba bajo la luz de la luna y que, justo ahora le devolvía la mirada... *
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  • Sólo tuve un día para lavar mi ropa porque el frio volvió. Si notan que huelo a humedad no me lo digan porque me avergüenzo. No es mi culpa.
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  • El Entrenamiento Ishtar
    Fandom Clan y Familia Ishtar
    Categoría Ciencia ficción
    —El tatami cruje bajo la presión de dos voluntades enfrentadas.—

    —El Gran Maestro Rex Hiroshi Jaegerjaquez Ishtar permanece erguido, su presencia domina el dojo incluso sin alzar la voz.—

    Rex Hiroshi Ishtar:
    No retrocedas, Sting. El linaje Ishtar no fue forjado para huir… sino para soportar.

    —Con un movimiento seco, Rex desvía la estocada de su hijo; el impacto levanta chispas carmesí que iluminan el recinto.—

    —Sting Byakuren Nura Ishtar aprieta los dientes, el sudor recorre su rostro, pero su mirada no vacila.—

    Sting:
    ¡No pienso caer, padre!

    —Avanza con furia contenida, su arma vibra con energía roja, mezcla de ira, disciplina y orgullo.—

    —Rex sonríe apenas… no con burla, sino con aprobación.—

    Rex Hiroshi Ishtar:
    Bien.
    El dolor es el maestro más honesto.
    Si tu cuerpo tiembla… que tu espíritu se mantenga firme.

    —El Gran Maestro contraataca; cada golpe es preciso, implacable, calculado para empujar a Sting al límite.—

    —Sting retrocede un paso… luego otro… hasta clavar los pies en el suelo.—

    Sting:
    ¡Soy un Ishtar!
    ¡Y no me romperé!

    —La energía de su núcleo estalla; el aire se vuelve pesado, la madera gime.—

    —Rex detiene el golpe final a un suspiro del rostro de su hijo.—

    Silencio.

    —El padre baja el arma.—

    Rex Hiroshi Ishtar:
    Eso que sentiste…
    ese instante en el que decidiste no rendirte…
    ahí nace un verdadero heredero.

    —Apoya una mano firme en el hombro de Sting.—

    Descansa solo un momento.
    Mañana… te llevaré más allá de tus propios límites.

    —El emblema Ishtar parece arder en el aire del dojo.—

    El entrenamiento apenas comienza.
    —El tatami cruje bajo la presión de dos voluntades enfrentadas.— —El Gran Maestro Rex Hiroshi Jaegerjaquez Ishtar permanece erguido, su presencia domina el dojo incluso sin alzar la voz.— Rex Hiroshi Ishtar: No retrocedas, Sting. El linaje Ishtar no fue forjado para huir… sino para soportar. —Con un movimiento seco, Rex desvía la estocada de su hijo; el impacto levanta chispas carmesí que iluminan el recinto.— —Sting Byakuren Nura Ishtar aprieta los dientes, el sudor recorre su rostro, pero su mirada no vacila.— Sting: ¡No pienso caer, padre! —Avanza con furia contenida, su arma vibra con energía roja, mezcla de ira, disciplina y orgullo.— —Rex sonríe apenas… no con burla, sino con aprobación.— Rex Hiroshi Ishtar: Bien. El dolor es el maestro más honesto. Si tu cuerpo tiembla… que tu espíritu se mantenga firme. —El Gran Maestro contraataca; cada golpe es preciso, implacable, calculado para empujar a Sting al límite.— —Sting retrocede un paso… luego otro… hasta clavar los pies en el suelo.— Sting: ¡Soy un Ishtar! ¡Y no me romperé! —La energía de su núcleo estalla; el aire se vuelve pesado, la madera gime.— —Rex detiene el golpe final a un suspiro del rostro de su hijo.— Silencio. —El padre baja el arma.— Rex Hiroshi Ishtar: Eso que sentiste… ese instante en el que decidiste no rendirte… ahí nace un verdadero heredero. —Apoya una mano firme en el hombro de Sting.— Descansa solo un momento. Mañana… te llevaré más allá de tus propios límites. —El emblema Ishtar parece arder en el aire del dojo.— El entrenamiento apenas comienza.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    6
    Estado
    Disponible
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  • - a llegar a tempro los caballeros de rey de caos estava all y ella estaba escondira -

    Maldicion , es.la unica pista que ahora tengo del clan de los vampiros .....
    Bien hagamos esto ......

    -invica a la serpiente de la envidia con su magia -

    No los mates solo invovilisaros hasta que pued termimar de resifrar los coligos ~
    - a llegar a tempro los caballeros de rey de caos estava all y ella estaba escondira - Maldicion , es.la unica pista que ahora tengo del clan de los vampiros ..... Bien hagamos esto ...... -invica a la serpiente de la envidia con su magia - No los mates solo invovilisaros hasta que pued termimar de resifrar los coligos ~
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  • Italia llama, un nuevo sol
    Fandom Oc propio
    Categoría Romance
    Me desperté antes del amanecer con la sensación de cansancio más grande que alguna vez sentí, llevaba apenas 2 días en Italia y lo que debía ser relajante se sentía tan pesado, ¿talvez estava relajándome más de lo que debía?.

    Aún lo recuerdo el día que decidí irme de vacaciones largas la casa estaba en penumbra y silencio por no decir también que en desastre por tantas maletas, una caja de croquetas medio abierta, una manta doblada, miré a mis hijos —los que no hablan pero lo dicen todo— y supe que no podía dejarlos atrás. Los perros se acomodaron a mi lado como si entendieran que el viaje no era una escapada sino un descanso necesario, un descanso de las pasarelas, un descanso del estrés de la ciudad, del miedo; los gatos, con su indiferencia aristocrática, aceptaron la jaula como un nuevo trono temporal.

    Vine a Italia por muchas razones, y ninguna de ellas era simple. Parte fue por seguridad: vi algo que no debía ver, una imagen que se quedó pegada en la retina y que me obligó a moverme, a cambiar de escenario como quien cambia de piel. Parte fue por necesidad de aire, de distancia, de un lugar donde las calles olieran a pan recién hecho y Gelato dulce y como olvidar el aroma de la pizza recién hecha. Y otra parte, la más pequeña y la más obstinada, fue por una esperanza terca: darme otra oportunidad para creer en lo que creí que ya no existía.

    La casa que alquile por un mes estaba en la costa —una casa con ventanas que miraban al mar y una cocina que pedía ser usada a gritos— .Un mes era tiempo suficiente para observar, para esconderme cuando fuera necesario, para dejar que la ciudad me enseñara sus costumbres, sus colores, sus paisajes cada pequeño detalle. Los primeros días han sido un mapa de pequeñas certezas: la siesta de los gatos en la alfombra, los perros persiguiendo sombras en el jardín, yo aprendiendo a preparar un café que supiera a hogar —salio mal—

    Italia tiene un aire que se mete por los poros. No es solo la brisa salada ni el rumor de las olas; es la manera en que la luz cae sobre las fachadas, cómo los ancianos discuten con pasión sobre cosas que a nadie más le importan, cómo los sabores se vuelven recuerdos instantáneos. Caminé por calles empedradas y sentí que mi pecho se aflojaba, que la tensión que había traído conmigo se disolvía en el aroma del albahaca y el humo de la leña. Me sorprendió lo rápido que el país me aceptó: en dos días ya conocía la ruta al mercado, el bar donde el camarero me llamaba por mi nombre y la panadería que guardaba croissants tibios hasta el mediodía. La ciudad tiene esa capacidad de ofrecer segundas lecturas: lo que fue una herida puede convertirse en una cicatriz con historia.

    Fue así como me encontré, una tarde templada, con un volante en la mano que anunciaba un evento de citas rápidas en un restaurante céntrico. La idea me pareció absurda y, al mismo tiempo, irresistible: cinco minutos por persona, cambio de asiento, risas forzadas y miradas que intentan adivinar lo que el otro no dice. Me reí sola en la cocina mientras los perros me miraban con esa mezcla de reproche y curiosidad que solo ellos saben. “¿Otra vez, Lilian?”, parecía decirme el mayor, con la cabeza ladeada. “Sí”, le respondí en voz baja, como si la palabra tuviera pena y miedo al mismo tiempo.

    La preparación para ese día me hacía sentir nerviosa pues era como si fuera a mi primera cita, no quería disfrazarme de alguien que no era; no necesitaba un traje de gala ni joyas de más. Quería verme como yo, Lilian Carson. Elegí un vestido con un corte sencillo, color marfil con ligeros detalles de flores bordadas. Me peiné con cuidado, dejando que el rubio cayera en ondas que parecían casuales pero dando un toque lindo y coqueto. Me puse un perfume que olía a madera y a flores nocturnas, algo que me recordara a casa y a misterio. Antes de salir, miré a mis hijos: los acaricié uno por uno, les susurré que volvería pronto y que no se preocuparan. Los perros se estiraron, los gatos parpadearon con esa indiferencia que es, en realidad, amor concentrado.

    En el camino al restaurante, sentí un ambiente mágico, cautivante, dulce como si de un nuevo comienzo se tratara, las luces se encendían una a una, y el aire traía conversaciones en italiano que sonaban a música. Llegué con tiempo, porque la impuntualidad es un lujo que no me permito. El local era íntimo: mesas pequeñas, velas que temblaban con la brisa de la puerta, una mezcla de risas nerviosas y copas que tintineaban. Me registré con una sonrisa que no era ni demasiado amplia ni demasiado contenida; era la sonrisa de alguien que ha aprendido a protegerse de las miradas

    Me asignaron una mesa junto a una ventana. Desde allí veía entrar a la gente: hombres y mujeres con historias en los ojos, algunos con la esperanza escrita en la frente, otros con la cautela como armadura al estar estáticos en una esquina del restaurante. El organizador explicó las reglas con voz clara: cinco minutos por encuentro, campana, cambio de asiento. “Cinco minutos para decir lo que importa”, pensé, y me pareció una metáfora perfecta.

    El primer encuentro fue con un hombre que tenía la voz grave y una sonrisa que parecía ensayada. Hablamos de banalidades al principio —trabajo, ciudades favoritas— y luego, cuando la campana sonó, hubo un silencio que no supe llenar. “¿Qué buscas?”, me preguntó, directo no respondí pues una parte de mi sabía que buscaba algo, buscaba esa emoción de enamorarme de nuevo de conocer a alguien, pero también por otra parte tenía el miedo de salir lastimada de nuevo, aún que no respondí el asintió, con esa cortesía que no siempre llega a la sinceridad. Cinco minutos pasan como un latido. Cuando me levanté cambiando de asiento y llevando conmigo un vaso con una vela.

    El segundo encuentro fue distinto. Él tenía manos que hablaban; movía los dedos como si cada gesto fuera una frase. Me contó de su trabajo con una pasión que me recordó a los viejos amores: intensidad sin pretensión. “¿Y tú?”, me preguntó, y yo le hablé de mi viaje, de la casa alquilada, de mis perros y gatos, no quería dar muchos detalles además no hablaba muy buen el Italiano. Sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y ternura. “Eso suena a una vida con raíces”, dijo. “O a una vida que está aprendiendo a echar raíces”, corregí.

    Hubo un momento, en uno de los cambios, en que me quedé mirando la vela en mi mesa. La llama temblaba y, por un instante, pensé en todas las veces que había huido creyendo que la distancia era la solución. Ahora la distancia me había traído de vuelta a un lugar donde podía elegir. Elegir no es lo mismo que lanzarse; elegir es medir el riesgo y aceptar la posibilidad de caer. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no quería que el miedo decidiera por mí.

    Y nuevamente sonó la campana ... Otra cambio
    Me desperté antes del amanecer con la sensación de cansancio más grande que alguna vez sentí, llevaba apenas 2 días en Italia y lo que debía ser relajante se sentía tan pesado, ¿talvez estava relajándome más de lo que debía?. Aún lo recuerdo el día que decidí irme de vacaciones largas la casa estaba en penumbra y silencio por no decir también que en desastre por tantas maletas, una caja de croquetas medio abierta, una manta doblada, miré a mis hijos —los que no hablan pero lo dicen todo— y supe que no podía dejarlos atrás. Los perros se acomodaron a mi lado como si entendieran que el viaje no era una escapada sino un descanso necesario, un descanso de las pasarelas, un descanso del estrés de la ciudad, del miedo; los gatos, con su indiferencia aristocrática, aceptaron la jaula como un nuevo trono temporal. Vine a Italia por muchas razones, y ninguna de ellas era simple. Parte fue por seguridad: vi algo que no debía ver, una imagen que se quedó pegada en la retina y que me obligó a moverme, a cambiar de escenario como quien cambia de piel. Parte fue por necesidad de aire, de distancia, de un lugar donde las calles olieran a pan recién hecho y Gelato dulce y como olvidar el aroma de la pizza recién hecha. Y otra parte, la más pequeña y la más obstinada, fue por una esperanza terca: darme otra oportunidad para creer en lo que creí que ya no existía. La casa que alquile por un mes estaba en la costa —una casa con ventanas que miraban al mar y una cocina que pedía ser usada a gritos— .Un mes era tiempo suficiente para observar, para esconderme cuando fuera necesario, para dejar que la ciudad me enseñara sus costumbres, sus colores, sus paisajes cada pequeño detalle. Los primeros días han sido un mapa de pequeñas certezas: la siesta de los gatos en la alfombra, los perros persiguiendo sombras en el jardín, yo aprendiendo a preparar un café que supiera a hogar —salio mal— Italia tiene un aire que se mete por los poros. No es solo la brisa salada ni el rumor de las olas; es la manera en que la luz cae sobre las fachadas, cómo los ancianos discuten con pasión sobre cosas que a nadie más le importan, cómo los sabores se vuelven recuerdos instantáneos. Caminé por calles empedradas y sentí que mi pecho se aflojaba, que la tensión que había traído conmigo se disolvía en el aroma del albahaca y el humo de la leña. Me sorprendió lo rápido que el país me aceptó: en dos días ya conocía la ruta al mercado, el bar donde el camarero me llamaba por mi nombre y la panadería que guardaba croissants tibios hasta el mediodía. La ciudad tiene esa capacidad de ofrecer segundas lecturas: lo que fue una herida puede convertirse en una cicatriz con historia. Fue así como me encontré, una tarde templada, con un volante en la mano que anunciaba un evento de citas rápidas en un restaurante céntrico. La idea me pareció absurda y, al mismo tiempo, irresistible: cinco minutos por persona, cambio de asiento, risas forzadas y miradas que intentan adivinar lo que el otro no dice. Me reí sola en la cocina mientras los perros me miraban con esa mezcla de reproche y curiosidad que solo ellos saben. “¿Otra vez, Lilian?”, parecía decirme el mayor, con la cabeza ladeada. “Sí”, le respondí en voz baja, como si la palabra tuviera pena y miedo al mismo tiempo. La preparación para ese día me hacía sentir nerviosa pues era como si fuera a mi primera cita, no quería disfrazarme de alguien que no era; no necesitaba un traje de gala ni joyas de más. Quería verme como yo, Lilian Carson. Elegí un vestido con un corte sencillo, color marfil con ligeros detalles de flores bordadas. Me peiné con cuidado, dejando que el rubio cayera en ondas que parecían casuales pero dando un toque lindo y coqueto. Me puse un perfume que olía a madera y a flores nocturnas, algo que me recordara a casa y a misterio. Antes de salir, miré a mis hijos: los acaricié uno por uno, les susurré que volvería pronto y que no se preocuparan. Los perros se estiraron, los gatos parpadearon con esa indiferencia que es, en realidad, amor concentrado. En el camino al restaurante, sentí un ambiente mágico, cautivante, dulce como si de un nuevo comienzo se tratara, las luces se encendían una a una, y el aire traía conversaciones en italiano que sonaban a música. Llegué con tiempo, porque la impuntualidad es un lujo que no me permito. El local era íntimo: mesas pequeñas, velas que temblaban con la brisa de la puerta, una mezcla de risas nerviosas y copas que tintineaban. Me registré con una sonrisa que no era ni demasiado amplia ni demasiado contenida; era la sonrisa de alguien que ha aprendido a protegerse de las miradas Me asignaron una mesa junto a una ventana. Desde allí veía entrar a la gente: hombres y mujeres con historias en los ojos, algunos con la esperanza escrita en la frente, otros con la cautela como armadura al estar estáticos en una esquina del restaurante. El organizador explicó las reglas con voz clara: cinco minutos por encuentro, campana, cambio de asiento. “Cinco minutos para decir lo que importa”, pensé, y me pareció una metáfora perfecta. El primer encuentro fue con un hombre que tenía la voz grave y una sonrisa que parecía ensayada. Hablamos de banalidades al principio —trabajo, ciudades favoritas— y luego, cuando la campana sonó, hubo un silencio que no supe llenar. “¿Qué buscas?”, me preguntó, directo no respondí pues una parte de mi sabía que buscaba algo, buscaba esa emoción de enamorarme de nuevo de conocer a alguien, pero también por otra parte tenía el miedo de salir lastimada de nuevo, aún que no respondí el asintió, con esa cortesía que no siempre llega a la sinceridad. Cinco minutos pasan como un latido. Cuando me levanté cambiando de asiento y llevando conmigo un vaso con una vela. El segundo encuentro fue distinto. Él tenía manos que hablaban; movía los dedos como si cada gesto fuera una frase. Me contó de su trabajo con una pasión que me recordó a los viejos amores: intensidad sin pretensión. “¿Y tú?”, me preguntó, y yo le hablé de mi viaje, de la casa alquilada, de mis perros y gatos, no quería dar muchos detalles además no hablaba muy buen el Italiano. Sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y ternura. “Eso suena a una vida con raíces”, dijo. “O a una vida que está aprendiendo a echar raíces”, corregí. Hubo un momento, en uno de los cambios, en que me quedé mirando la vela en mi mesa. La llama temblaba y, por un instante, pensé en todas las veces que había huido creyendo que la distancia era la solución. Ahora la distancia me había traído de vuelta a un lugar donde podía elegir. Elegir no es lo mismo que lanzarse; elegir es medir el riesgo y aceptar la posibilidad de caer. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no quería que el miedo decidiera por mí. Y nuevamente sonó la campana ... Otra cambio
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    ☆Cosas que deben saber si van a hacer rol conmigo☆

    • Entre semana suelo tener poca o nula actividad por trabajo y cansancio. Generalmente respondo los fines de semana.

    • Si les gusto como uss o les agrada mi personaje, genial; y si tienen algún problema conmigo o con mi personaje, prefiero que me lo comuniquen directamente por privado.

    • No me gustan las indirectas ni los dramas innecesarios. Prefiero la comunicación clara y directa.

    • No me gusta perder el tiempo ni hacérselo perder a nadie. Si sigo un rol, es porque me interesa de verdad.

    • No oculto cosas ni miento. Si no respondo, no es desinterés, es falta de tiempo.

    • Me gustaría poder estar más activo para que todo avance más rápido, pero tengo responsabilidades de vida adulta que van primero.

    • Si algo no funciona, prefiero hablarlo y cerrarlo bien, antes que dejarlo morir sin decir nada.

    El respeto mutuo es indispensable para que cualquier rol funcione
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