— Luana
Cuatro años.
Cuatro ciclos completos desde la noche en que dejé de ser algo a medio hacer y me convertí en lo que soy ahora. Cuatro años desde que mi sangre terminó de sellarse con la suya, desde que mi cuerpo aceptó la transformación total… y desde que me fui.
El vínculo nunca se rompió.
Eso lo supe desde el primer día.
No importa cuánta distancia puse entre nosotros, cuántos territorios crucé, cuántas lunas ignoré su llamado. El lazo seguía ahí, silencioso, constante, como un latido ajeno escondido bajo el mío. No me ordenaba. No me arrastraba. Solo existía. Y quizá por eso me molestaba tanto.
Porque yo no quería deberle nada a nadie.
Estoy de pie junto a la ventana, la luz del atardecer cortando mi piel en franjas irregulares. Sombra y claridad. Siempre lo mismo. Paso los dedos por mi brazo, sintiendo la fuerza contenida bajo la superficie, el control que me costó años ganar. Ya no tiemblo cuando la bestia se mueve dentro de mí. Ya no le temo. La conozco.
Es mía
Durante mucho tiempo creí que el vínculo era una cadena.
Una forma más de control.
Una voz esperando el momento para reclamarme.
Me equivoqué… o quizá nunca quise entenderlo.
No obedecí. Nunca lo hice del todo. Y aun así, el lazo no se volvió castigo ni amenaza. Simplemente permaneció. Como si la creación no exigiera sumisión, solo reconocimiento. Y eso era lo que yo me negaba a dar.
Porque quería ser libre.
Porque estaba cansada de existir bajo expectativas ajenas.
Porque no me transformé para convertirme en la sombra de otro.
Cierro los ojos y respiro hondo. Mi mente ya no se fragmenta como antes. La loba no empuja, no araña. Observa conmigo. Hemos aprendido a caminar juntas, no una sobre la otra. Esa fue mi verdadera victoria. No huir No romper Integrar
Si el vínculo sigue ahí, no es porque me controle.
Es porque me recuerda lo que soy… y lo que sobreviví.
No le debo lealtad ciega a nadie.
No nací para obedecer órdenes disfrazadas de destino.
Soy Luana
No la creación.
No la herencia
No el error ni el experimento.
Solo yo.
Y por primera vez desde aquella noche, esa certeza pesa menos que la libertad que siento al pronunciarla en silencio.
Cuatro años.
Cuatro ciclos completos desde la noche en que dejé de ser algo a medio hacer y me convertí en lo que soy ahora. Cuatro años desde que mi sangre terminó de sellarse con la suya, desde que mi cuerpo aceptó la transformación total… y desde que me fui.
El vínculo nunca se rompió.
Eso lo supe desde el primer día.
No importa cuánta distancia puse entre nosotros, cuántos territorios crucé, cuántas lunas ignoré su llamado. El lazo seguía ahí, silencioso, constante, como un latido ajeno escondido bajo el mío. No me ordenaba. No me arrastraba. Solo existía. Y quizá por eso me molestaba tanto.
Porque yo no quería deberle nada a nadie.
Estoy de pie junto a la ventana, la luz del atardecer cortando mi piel en franjas irregulares. Sombra y claridad. Siempre lo mismo. Paso los dedos por mi brazo, sintiendo la fuerza contenida bajo la superficie, el control que me costó años ganar. Ya no tiemblo cuando la bestia se mueve dentro de mí. Ya no le temo. La conozco.
Es mía
Durante mucho tiempo creí que el vínculo era una cadena.
Una forma más de control.
Una voz esperando el momento para reclamarme.
Me equivoqué… o quizá nunca quise entenderlo.
No obedecí. Nunca lo hice del todo. Y aun así, el lazo no se volvió castigo ni amenaza. Simplemente permaneció. Como si la creación no exigiera sumisión, solo reconocimiento. Y eso era lo que yo me negaba a dar.
Porque quería ser libre.
Porque estaba cansada de existir bajo expectativas ajenas.
Porque no me transformé para convertirme en la sombra de otro.
Cierro los ojos y respiro hondo. Mi mente ya no se fragmenta como antes. La loba no empuja, no araña. Observa conmigo. Hemos aprendido a caminar juntas, no una sobre la otra. Esa fue mi verdadera victoria. No huir No romper Integrar
Si el vínculo sigue ahí, no es porque me controle.
Es porque me recuerda lo que soy… y lo que sobreviví.
No le debo lealtad ciega a nadie.
No nací para obedecer órdenes disfrazadas de destino.
Soy Luana
No la creación.
No la herencia
No el error ni el experimento.
Solo yo.
Y por primera vez desde aquella noche, esa certeza pesa menos que la libertad que siento al pronunciarla en silencio.
— Luana
Cuatro años.
Cuatro ciclos completos desde la noche en que dejé de ser algo a medio hacer y me convertí en lo que soy ahora. Cuatro años desde que mi sangre terminó de sellarse con la suya, desde que mi cuerpo aceptó la transformación total… y desde que me fui.
El vínculo nunca se rompió.
Eso lo supe desde el primer día.
No importa cuánta distancia puse entre nosotros, cuántos territorios crucé, cuántas lunas ignoré su llamado. El lazo seguía ahí, silencioso, constante, como un latido ajeno escondido bajo el mío. No me ordenaba. No me arrastraba. Solo existía. Y quizá por eso me molestaba tanto.
Porque yo no quería deberle nada a nadie.
Estoy de pie junto a la ventana, la luz del atardecer cortando mi piel en franjas irregulares. Sombra y claridad. Siempre lo mismo. Paso los dedos por mi brazo, sintiendo la fuerza contenida bajo la superficie, el control que me costó años ganar. Ya no tiemblo cuando la bestia se mueve dentro de mí. Ya no le temo. La conozco.
Es mía
Durante mucho tiempo creí que el vínculo era una cadena.
Una forma más de control.
Una voz esperando el momento para reclamarme.
Me equivoqué… o quizá nunca quise entenderlo.
No obedecí. Nunca lo hice del todo. Y aun así, el lazo no se volvió castigo ni amenaza. Simplemente permaneció. Como si la creación no exigiera sumisión, solo reconocimiento. Y eso era lo que yo me negaba a dar.
Porque quería ser libre.
Porque estaba cansada de existir bajo expectativas ajenas.
Porque no me transformé para convertirme en la sombra de otro.
Cierro los ojos y respiro hondo. Mi mente ya no se fragmenta como antes. La loba no empuja, no araña. Observa conmigo. Hemos aprendido a caminar juntas, no una sobre la otra. Esa fue mi verdadera victoria. No huir No romper Integrar
Si el vínculo sigue ahí, no es porque me controle.
Es porque me recuerda lo que soy… y lo que sobreviví.
No le debo lealtad ciega a nadie.
No nací para obedecer órdenes disfrazadas de destino.
Soy Luana
No la creación.
No la herencia
No el error ni el experimento.
Solo yo.
Y por primera vez desde aquella noche, esa certeza pesa menos que la libertad que siento al pronunciarla en silencio.