— Vas a hacerme daño, ¿verdad? —
¿Estaba soñando o era la realidad? Su cabeza estaba sumida en un sopor incombatible. Qué embriaguez de dopamina, de adrenalina.
Sada despertó sudando, con la blusita de seda de su pijama subida casi hasta el cuello, como si fuera una bufanda.
Sus pechos subían y bajaban como olas de un mar embravecido.
Un sueño vívido, inquietante. Y cuando cerraba los ojos en aras de buscar al culpable onírico de su agitación, sólo una cara se le dibujaba en la mente
— Vas a hacerme daño, ¿verdad? —
¿Estaba soñando o era la realidad? Su cabeza estaba sumida en un sopor incombatible. Qué embriaguez de dopamina, de adrenalina.
Sada despertó sudando, con la blusita de seda de su pijama subida casi hasta el cuello, como si fuera una bufanda.
Sus pechos subían y bajaban como olas de un mar embravecido.
Un sueño vívido, inquietante. Y cuando cerraba los ojos en aras de buscar al culpable onírico de su agitación, sólo una cara se le dibujaba en la mente