Un día, mientras Skadi vagaba entre las ruinas de un antiguo santuario olvidado por el tiempo, sus ojos se posaron en un objeto que destilaba un brillo sombrío, un relicario sellado con runas olvidadas que cantaban ecos de un poder ancestral. Al rozarlo con sus dedos, una oleada de energía hiriente recorrió su cuerpo, como un susurro profundo que despertaba a las criaturas del océano.
El poder de Ægir, señor de las aguas tumultuosas, se deslizó en su mente con la furia de una tormenta desatada, desbordándose en su alma con una fuerza que no podía controlar. Las olas, como voces lejanas y arrogantes, retumbaban en su pecho, arrastrándola inexorablemente hacia la oscuridad abismal.
Al principio, el poder parecía un regalo, un aliento divino que la dotaba de fuerza desmesurada, velocidad inhumana y destreza sobrehumana. Skadi se sentía invencible, un torrente de poder que arrasaría con todo a su paso. Pero mientras el poder de Ægir crecía dentro de ella, una extraña fragilidad comenzó a corroer su ser. Las voces del mar, sutiles pero constantes, comenzaron a susurrar en un idioma tan antiguo como el mismo océano, arrastrándola hacia una locura que parecía inevitable, una llamada que la condenaba a la perdición.
Skadi, antes firme como una roca, comenzó a desmoronarse por dentro. Sus ojos, que antaño brillaban con la luz de la determinación, se opacaron, vacíos como las profundidades del mar. Cada vez que desenvainaba su espada, sentía como si la oscuridad misma la devorara, tragándola hacia un abismo sin retorno. Sus compañeros, alarmados por su transformación, intentaron detenerla, pero la fuerza de Ægir era tal que ningún mortal podía resistirse a su furia.
Una noche, mientras la luna bañaba de plata el horizonte, Skadi cedió a la llamada de las olas. Siguió su canto hipnótico hasta un acantilado solitario, donde la vista del mar embravecido se extendía hasta perderse en el infinito. Allí, en el silencio aterrador, Skadi comprendió la verdad que el poder de Ægir exigía de ella: ser la extensión de las aguas, una criatura sin alma ni conciencia, una sirviente del abismo sin rostro.
Pero en el último resplandor de su humanidad, Skadi se rebeló. Con un grito que resonó como el rugir de un trueno, clavó su espada en la tierra, resistiendo con cada fibra de su ser el dulce y oscuro llamado del mar. La lucha entre su voluntad y la fuerza de Ægir alcanzó su punto culminante, una batalla de titanes que retumbó en el mismo corazón del mundo.
Con un esfuerzo titánico, Skadi logró sellar parcialmente el poder que la devoraba, pero a un precio irremediable: su alma, ahora marcada para siempre por las profundidades del océano, jamás volvería a ser la misma.
Un día, mientras Skadi vagaba entre las ruinas de un antiguo santuario olvidado por el tiempo, sus ojos se posaron en un objeto que destilaba un brillo sombrío, un relicario sellado con runas olvidadas que cantaban ecos de un poder ancestral. Al rozarlo con sus dedos, una oleada de energía hiriente recorrió su cuerpo, como un susurro profundo que despertaba a las criaturas del océano.
El poder de Ægir, señor de las aguas tumultuosas, se deslizó en su mente con la furia de una tormenta desatada, desbordándose en su alma con una fuerza que no podía controlar. Las olas, como voces lejanas y arrogantes, retumbaban en su pecho, arrastrándola inexorablemente hacia la oscuridad abismal.
Al principio, el poder parecía un regalo, un aliento divino que la dotaba de fuerza desmesurada, velocidad inhumana y destreza sobrehumana. Skadi se sentía invencible, un torrente de poder que arrasaría con todo a su paso. Pero mientras el poder de Ægir crecía dentro de ella, una extraña fragilidad comenzó a corroer su ser. Las voces del mar, sutiles pero constantes, comenzaron a susurrar en un idioma tan antiguo como el mismo océano, arrastrándola hacia una locura que parecía inevitable, una llamada que la condenaba a la perdición.
Skadi, antes firme como una roca, comenzó a desmoronarse por dentro. Sus ojos, que antaño brillaban con la luz de la determinación, se opacaron, vacíos como las profundidades del mar. Cada vez que desenvainaba su espada, sentía como si la oscuridad misma la devorara, tragándola hacia un abismo sin retorno. Sus compañeros, alarmados por su transformación, intentaron detenerla, pero la fuerza de Ægir era tal que ningún mortal podía resistirse a su furia.
Una noche, mientras la luna bañaba de plata el horizonte, Skadi cedió a la llamada de las olas. Siguió su canto hipnótico hasta un acantilado solitario, donde la vista del mar embravecido se extendía hasta perderse en el infinito. Allí, en el silencio aterrador, Skadi comprendió la verdad que el poder de Ægir exigía de ella: ser la extensión de las aguas, una criatura sin alma ni conciencia, una sirviente del abismo sin rostro.
Pero en el último resplandor de su humanidad, Skadi se rebeló. Con un grito que resonó como el rugir de un trueno, clavó su espada en la tierra, resistiendo con cada fibra de su ser el dulce y oscuro llamado del mar. La lucha entre su voluntad y la fuerza de Ægir alcanzó su punto culminante, una batalla de titanes que retumbó en el mismo corazón del mundo.
Con un esfuerzo titánico, Skadi logró sellar parcialmente el poder que la devoraba, pero a un precio irremediable: su alma, ahora marcada para siempre por las profundidades del océano, jamás volvería a ser la misma.