• Mama osa
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    Categoría Contemporáneo
    Estoy empezando a preocuparme, Lucy Argent Turner lleva todo el fin de semana sin salir de su cuarto, sin contar cuando va al baño o bajaba para comer.
    De echo desde antes de navidad empezó a actuar diferente, siempre ha sido una niña alegre que disfrutaba haciendo planes con toda la familia y sus amigos.
    Al principio no le di importancia ya que es una adolescente, cuando se llega a cierta edad ya no quieren pasar tanto tiempo con sus padres pero mi pequeña cada vez se esconde más en ella misma y ha empezado a contestar mal o directamente no dice nada.

    Hoy al acabar las clases pase a recogerla y pude ver a Cloe y Daniela colocadas a cada lado dejando a Lucy en el medio.
    No se de que están hablando pero no parece que sean tres amigas hablando, bajo un poco la ventanilla.
    ⸻Hola cariño, ¿chicas queréis que os lleve a casa?.
    Estoy empezando a preocuparme, [Little_Witch] lleva todo el fin de semana sin salir de su cuarto, sin contar cuando va al baño o bajaba para comer. De echo desde antes de navidad empezó a actuar diferente, siempre ha sido una niña alegre que disfrutaba haciendo planes con toda la familia y sus amigos. Al principio no le di importancia ya que es una adolescente, cuando se llega a cierta edad ya no quieren pasar tanto tiempo con sus padres pero mi pequeña cada vez se esconde más en ella misma y ha empezado a contestar mal o directamente no dice nada. Hoy al acabar las clases pase a recogerla y pude ver a Cloe y Daniela colocadas a cada lado dejando a Lucy en el medio. No se de que están hablando pero no parece que sean tres amigas hablando, bajo un poco la ventanilla. ⸻Hola cariño, ¿chicas queréis que os lleve a casa?.
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  • Que esta.pasando? No hay nada de divertido o algo de caos ¡que aburrido!
    Que esta.pasando? No hay nada de divertido o algo de caos ¡que aburrido!
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  • Qué... que significa eso...?
    +Se queda con la duda existencial+
    Qué... que significa eso...? +Se queda con la duda existencial+
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  • Pero que hermoso vestido!! ♥ g-gracias Asura Sphatari Kaos me encanta como se ve ♥
    Pero que hermoso vestido!! ♥ g-gracias [AsuraKaos] me encanta como se ve ♥
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  • —Diooos miooo~ que cosita más adorable eres¡ Todo peludito y apachurrable¡ Me da ganas de comerte a besos¡ AAAAA
    (Corre de ahi bro)
    —Diooos miooo~ ✨ que cosita más adorable eres¡ Todo peludito y apachurrable¡ Me da ganas de comerte a besos¡ AAAAA (Corre de ahi bro)
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  • Las pantallas dispersas en la oficina comenzaron a fallar de forma repentina, perdiendo su señal y fallando en sus transmisiones.
    Incluso el tiburón, que no dejaba de estar hecho en gran parte con tecnología, parecía estar sufriendo dolores de cabeza. Tal vez algún virus que se le hubiera metido y ahora ocasionaba que de forma abrupta se diera contra el vidrio de su estanque.

    Una risa, malévola pero divertida, se escuchó. Y es que una silla giró para revelar al ¿Culpable de todo?
    Y es que no sólo se veía inocente sino hasta adorable. Ladeando la cabeza con las orejas en alto.... Claro, al menos dos segundos antes de que su sonrisa, una muy característica en realidad, apareciera. Sólo un tonto entonces no se daría cuenta de quién se trataba a pesar de que la criatura no era del todo consciente de lo que hacía
    Las pantallas dispersas en la oficina comenzaron a fallar de forma repentina, perdiendo su señal y fallando en sus transmisiones. Incluso el tiburón, que no dejaba de estar hecho en gran parte con tecnología, parecía estar sufriendo dolores de cabeza. Tal vez algún virus que se le hubiera metido y ahora ocasionaba que de forma abrupta se diera contra el vidrio de su estanque. Una risa, malévola pero divertida, se escuchó. Y es que una silla giró para revelar al ¿Culpable de todo? Y es que no sólo se veía inocente sino hasta adorable. Ladeando la cabeza con las orejas en alto.... Claro, al menos dos segundos antes de que su sonrisa, una muy característica en realidad, apareciera. Sólo un tonto entonces no se daría cuenta de quién se trataba a pesar de que la criatura no era del todo consciente de lo que hacía
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  • Giros, existe el cielo y un estado de coma.

    ​La jornada se había extendido hasta volverse asfixiante; una ironía molesta para el día de su cumpleaños. Sin embargo, la necesidad dictaba sus pasos: sus ahorros se habían desangrado, gota a gota, entre las estériles paredes del hospital. Ahora, se hallaba inmerso en el gélido abrazo del invierno citadino. Resultaba asombroso cómo la nieve persistía en su danza interminable; aunque el calendario sugería que el final de febrero o los albores de marzo marcarían el retiro del frío, el paisaje blanco parecía reclamar un dominio eterno. No es que detestara el invierno, pero anhelaba la caricia reconfortante del verano, ese calor que su cuerpo, delgado y quebradizo por una fragilidad congénita, rara vez lograba retener. Un onsen, pensó con un suspiro, sería el paraíso en ese instante.

    ​Afortunadamente, su corazón le daba una tregua. Tras un largo periodo sin incidentes, el deseo de celebrar, aunque fuese de forma mínima, comenzaba a germinar en su pecho. Consideró la idea de beber con sus antiguos compañeros de orquesta, una noción que oscilaba entre lo agradable y lo agridulce. Sabía que la velada derivaría en esa insistente e incómoda pregunta: ¿por qué no volvía al violín? No podía culparlos por su curiosidad; después de todo, se había guardado para sí los motivos que lo obligaron a abandonar las cuerdas a mitad de su carrera, protegiendo su secreto con un celo casi religioso.

    ​Había abandonado su puesto de trabajo al filo de la noche. Tras encadenar sesiones de canto y piano, el agotamiento pesaba en sus hombros; sentía las manos agarrotadas y la garganta como un desierto de ceniza. Definitivamente, necesitaba un trago. Nada pretencioso: un gurin sería el capricho perfecto para sellar la jornada.

    ​Al cruzar el umbral hacia el exterior, observó cómo la última luz del sol agonizaba en el horizonte. El frío golpeó con saña, tiñendo de carmín sus mejillas y nariz, mientras sus dedos se entumecían pese al resguardo de sus preciados guantes de lana. Sin paraguas, inició una caminata pausada, permitiendo que el dolor sordo de sus articulaciones marcara el ritmo de sus pasos. De pronto, el cielo arreció en su nevada, obligándolo a apresurarse. Su abrigo, aunque generoso, dejaba su rostro a merced de los copos que, como fragmentos de cristal, se enredaban en sus cortas pestañas. Pese a la inclemencia, una chispa de júbilo le iluminó el rostro; caminaba con una sonrisa discreta, casi risueña, abriéndose paso entre la multitud anónima de la metrópoli.

    ​Alcanzó el bar antes de lo previsto. Nunca había sido un devoto de la ciudad; prefería el susurro del campo o la salitre de la costa, la claridad del aire y el calor húmedo que abraza la piel. No obstante, empezaba a comprender que debía hacer las paces con su entorno. Se acomodó en una mesa retirada, lejos de la corriente de la puerta y del bullicio excesivo. Al despojarse de la chaqueta con un movimiento un tanto brusco, la tela se ciñó revelando la prominencia de su cadera, un vestigio de su delgadez. Finalmente se sentó, entregándose a la espera de ese primer sorbo del sake y ron japonés en el gurin, cuyo aroma azucarado prometía adormecer sus sentidos en una solitaria y necesaria celebración.
    Giros, existe el cielo y un estado de coma. ​La jornada se había extendido hasta volverse asfixiante; una ironía molesta para el día de su cumpleaños. Sin embargo, la necesidad dictaba sus pasos: sus ahorros se habían desangrado, gota a gota, entre las estériles paredes del hospital. Ahora, se hallaba inmerso en el gélido abrazo del invierno citadino. Resultaba asombroso cómo la nieve persistía en su danza interminable; aunque el calendario sugería que el final de febrero o los albores de marzo marcarían el retiro del frío, el paisaje blanco parecía reclamar un dominio eterno. No es que detestara el invierno, pero anhelaba la caricia reconfortante del verano, ese calor que su cuerpo, delgado y quebradizo por una fragilidad congénita, rara vez lograba retener. Un onsen, pensó con un suspiro, sería el paraíso en ese instante. ​Afortunadamente, su corazón le daba una tregua. Tras un largo periodo sin incidentes, el deseo de celebrar, aunque fuese de forma mínima, comenzaba a germinar en su pecho. Consideró la idea de beber con sus antiguos compañeros de orquesta, una noción que oscilaba entre lo agradable y lo agridulce. Sabía que la velada derivaría en esa insistente e incómoda pregunta: ¿por qué no volvía al violín? No podía culparlos por su curiosidad; después de todo, se había guardado para sí los motivos que lo obligaron a abandonar las cuerdas a mitad de su carrera, protegiendo su secreto con un celo casi religioso. ​Había abandonado su puesto de trabajo al filo de la noche. Tras encadenar sesiones de canto y piano, el agotamiento pesaba en sus hombros; sentía las manos agarrotadas y la garganta como un desierto de ceniza. Definitivamente, necesitaba un trago. Nada pretencioso: un gurin sería el capricho perfecto para sellar la jornada. ​Al cruzar el umbral hacia el exterior, observó cómo la última luz del sol agonizaba en el horizonte. El frío golpeó con saña, tiñendo de carmín sus mejillas y nariz, mientras sus dedos se entumecían pese al resguardo de sus preciados guantes de lana. Sin paraguas, inició una caminata pausada, permitiendo que el dolor sordo de sus articulaciones marcara el ritmo de sus pasos. De pronto, el cielo arreció en su nevada, obligándolo a apresurarse. Su abrigo, aunque generoso, dejaba su rostro a merced de los copos que, como fragmentos de cristal, se enredaban en sus cortas pestañas. Pese a la inclemencia, una chispa de júbilo le iluminó el rostro; caminaba con una sonrisa discreta, casi risueña, abriéndose paso entre la multitud anónima de la metrópoli. ​Alcanzó el bar antes de lo previsto. Nunca había sido un devoto de la ciudad; prefería el susurro del campo o la salitre de la costa, la claridad del aire y el calor húmedo que abraza la piel. No obstante, empezaba a comprender que debía hacer las paces con su entorno. Se acomodó en una mesa retirada, lejos de la corriente de la puerta y del bullicio excesivo. Al despojarse de la chaqueta con un movimiento un tanto brusco, la tela se ciñó revelando la prominencia de su cadera, un vestigio de su delgadez. Finalmente se sentó, entregándose a la espera de ese primer sorbo del sake y ron japonés en el gurin, cuyo aroma azucarado prometía adormecer sus sentidos en una solitaria y necesaria celebración.
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  • Tocó en el despacho de mi novia con un paquete.
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  • Bueno había que perderse un poco para volver más fuertes ¿No?
    Bueno había que perderse un poco para volver más fuertes ¿No?
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  • ¿Cómo y cuándo se coló en la habitación? Quién sabía, pero ahora parecía que un huracán había pasado por allí, incluso atado con retazos de lo que alguna vez fueron prendas estaba prácticamente amordazado el cerdo mientras colgaba de una lámpara en el techo.

    ¿Él? Riendo en lo que caminando sobre un estante iba tirando foto por foto en lo que pasaba.
    ¿Cómo y cuándo se coló en la habitación? Quién sabía, pero ahora parecía que un huracán había pasado por allí, incluso atado con retazos de lo que alguna vez fueron prendas estaba prácticamente amordazado el cerdo mientras colgaba de una lámpara en el techo. ¿Él? Riendo en lo que caminando sobre un estante iba tirando foto por foto en lo que pasaba.
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