Reviso el expediente que Kira coloca delante de cada uno de nosotros. A mi lado, un operativo de Acheronte. Empezamos mal. Misión conjunta con esos carniceros. No le conozco, pero lo han definido como una anomalía.
Anomalía.
Esa palabra resuena tanto conmigo como verme en un espejo. Uno roto. Ese hombre parece no tener nada detrás de sus ojos.
No hago preguntas y me ciño al plan. Desplazamiento aéreo. Inserción. Eliminación de un sujeto que también es catalogado como anomalía. Los detalles no nos los facilitan. De eso se encarga Acheronte.
Apesta.
A medida que nos acercamos al emplazamiento, el vello de mi nuca se eriza. Todo oscuro. Focos alumbrando la zona que debemos cubrir. Miras láser apuntando a la nada. El vaho de los tiradores delatando su posición en el segundo piso.
Avanzamos.
Todo sucede deprisa. Las defensas se activan tras la detonación de una mina de proximidad. Uno de los especialistas de Acheronte ha saltado por los aires en mil pedazos.
Las balas me silban cerca de los oídos. Se clavan en el suelo y salpican tierra detrás de mí. Uno a uno, las armas de los tiradores se silencian.
Nyx hace lo que sabe hacer.
Caen dos más de los nuestros en el tiroteo. No registro sus rostros. No los miré en la mesa de operaciones. Ahora tampoco.
Llego al acceso principal. Patada. Entro con el fusil colgado a un lado. La pistola en posición, perfecta para el estrecho pasillo que me recibe. Avanzo disparando. Elimino amenazas. Remato heridos. No compruebo si me sigue el resto.
Subo por una angosta escalera de emergencia. Recibo fuego. No me alcanzan. No pueden. El metal recibiendo impactos me ensordece.
Sigo.
Una vez arriba, abro fuego. No sé a cuántos he terminado esta noche. Estoy empapado de la sangre de otros y de pólvora.
Un disparo quirúrgico elimina a un tirador que no he visto. Ella sigue pendiente de mí.
Voy a tener que invitarla a una cerveza. O dos.
La última resistencia cae a balazos y puñaladas cuando no tengo tiempo de recargar. Entonces veo el motivo de tanta muerte tras saltar de la plataforma y precipitarme al vacío desde varios metros. Nadie debería salir ileso de una caída así. Yo sí.
Con la rodilla clavada en el suelo, levanto la pistola.
Apunto.
Una niña. Pálida. Cabello plateado. Llora. Tiembla. Un oso de peluche mugroso a sus pies.
Bajo el arma.
Me veo a mí. De rodillas cubierto de ceniza. Le veo a él, tomándome en brazos. Sacándome del infierno.
Intento moverme hacia ella. Mis piernas no me responden. Detrás mío aparece la anomalía de Acheronte. Apunta con su dedo desnudo. La niña cae al suelo como un títere sin hilos y los ojos vueltos hacia atrás.
¿Anomalía? Monstruo.
Contengo la respiración. Siento el tirón en mis párpados al abrir los ojos. Tanto que se siente extraño. Y algo me recorre por dentro. Sé muy bien el qué. Noto el escozor en mis ojos. Veo el brillo en las paredes de la sala. Mi cabello se eriza. Mis brazos se tensan. La piel me arde. Le miro. La empuñadura en mi mano, cruje.
El arma vuelve a subir. El motivo es otro.
Entonces veo que la niña respira. Él se acerca. Le toma el pulso.
Está viva.
Salgo de ahí. Necesito perder de vista esa imagen.
Coloco el dedo en el pinganillo. Escucho la interferencia que provoco yo mismo al tocarlo.
—Objetivo neutralizado.