Yo, Elyndar Vëlloren, he aprendido a mirar sin ser visto.
No por don, sino por condena. Las almas no levantan muros ante mis ojos: se abren como heridas que suplican no ser tocadas. Aquella noche, la ciudad respiraba un cansancio antiguo, y entre sus calles vi a un hombre caminar como quien carga un mundo que no pidió.
Su cuerpo avanzaba recto, casi digno.
Su alma, en cambio, iba doblada.
Vi en él el peso de las deudas, encadenadas a su espalda como sacos invisibles que nadie más parecía notar. Vi el temblor del que sostiene un hogar numeroso con manos que ya no recuerdan el descanso. Vi la soledad del que vuelve a una casa donde su nombre se pronuncia sin cuidado, donde su cansancio no es atendido, donde su dolor es costumbre y, por ello, ignorado.
Caminaba solo.
No porque no existieran otros cuerpos en la calle, sino porque nadie caminaba con él en el alma.
El mundo lo veía entero. Yo lo veía resquebrajado.
Había aprendido a esconder su tristeza como se esconde una herida bajo la ropa: con pudor, con vergüenza, con la esperanza infantil de que, si nadie la ve, tal vez deje de doler. Sonreía cuando alguien lo miraba. Asentía. Decía que todo estaba bien. Y luego, al doblar una esquina, dejaba que el llanto le naciera sin sonido, como si temiera molestar incluso a la noche.
Lo vi detenerse bajo una luz mortecina.
No alzó la cabeza.
Sus lágrimas cayeron hacia adentro.
Y en ese gesto reconocí mi propio destierro.
Yo también había aprendido a caminar entre otros sin que nadie caminara conmigo. Yo también había hecho del silencio un refugio, y del orgullo, una cárcel. Comprendí entonces que no hay soledad más profunda que la del que sostiene a todos y no es sostenido por nadie.
No debía intervenir.
El Observador de Almas está hecho para ver, no para tocar.
Pero hay dolores que rompen incluso las leyes de quienes juraron no interferir.
Me desaté del peso de mi forma.
Me volví aire.
Me deshice en un susurro que buscó su oído como busca abrigo el frío.
No dije su nombre. No lo conocía.
Le hablé como se habla a los que creen no merecer ser escuchados:
No te rindas.
Tu cansancio no es tu culpa.
No eres débil por llorar en la oscuridad.
Sigues en pie cuando otros ya habrían caído.
Lo que cargas es pesado porque vale la pena sostenerlo.
No estás solo en tu caminar, aunque hoy así lo sientas.
El hombre no se detuvo.
No miró alrededor.
Pero su paso cambió apenas, como si el suelo se hubiera vuelto un poco menos cruel bajo sus pies.
Y yo volví a ser sombra entre sombras.
No salvé su mundo.
No alivié sus deudas.
No reparé el descuido de quienes lo rodean.
Pero le recordé, por un instante, que su existencia importa incluso cuando nadie lo dice en voz alta.
A veces, eso es todo lo que un alma necesita para seguir respirando un día más.
Y yo, que he visto los peores males del hombre, aprendí esa noche que la esperanza no siempre llega como un milagro…
a veces llega como un susurro que no se ve,
pero que empuja al corazón a dar un paso más.