El Auge de Roma
– 230ac - 100dc -
Llegué a Roma en un tiempo de incertidumbre y guerra. El aire estaba impregnado de tensión, pues las noticias de la amenaza cartaginesa resonaban en cada rincón de la ciudad. Aníbal, el temido general, había cruzado los Alpes con su ejército y sus elefantes de guerra, desafiando la hegemonía romana. Desde las callejuelas hasta los foros, los ciudadanos hablaban con temor y expectación, preguntándose si su amada ciudad caería ante el enemigo. Me mezclé entre la multitud, observando las expresiones de los romanos, sintiendo la vibrante energía de una civilización que estaba en constante crecimiento y conflicto.
Roma era un mundo de contrastes. La opulencia de los patricios, con sus villas adornadas y sus lujosos banquetes, contrastaba con la dura vida de los plebeyos, que luchaban por su sustento en las bulliciosas calles. La ciudad era un hervidero de actividad: mercaderes vendiendo sus productos en los mercados, artesanos esculpiendo estatuas que representarían a dioses y héroes, soldados marchando con disciplina por el Foro Romano. Aprendí el idioma con rapidez, deseosa de comprender a fondo a esta gente y su cultura. No tardé en descubrir la importancia de la política en la vida romana. Me infiltré en el Senado, escuchando los acalorados debates sobre la guerra y el futuro de la República. Observé cómo la retórica podía ser tan afilada como una espada, y cómo la ambición guiaba a muchos de los hombres que gobernaban.
Los años pasaron y con ellos vi la transformación de Roma. Estuve presente cuando Grecia cayó bajo el dominio romano y fui testigo de la fusión de sus culturas. Roma adoptó la filosofía, el arte y la mitología griega, dándoles su propio matiz. Paseé por las bibliotecas de Alejandría y Roma, sumergiéndome en el conocimiento de sabios que hablaban de historia, astronomía y ética. En los talleres de artistas, aprendí el delicado arte de la escultura y la pintura, observando cómo las manos hábiles de los artesanos daban forma a mármoles y frescos que inmortalizarían a emperadores y dioses.
El tiempo siguió su curso y la República se desmoronó, dando paso al Imperio. Fui testigo del asesinato de Julio César, de las luchas intestinas que desgarraron a Roma y de la consolidación del poder bajo Augusto. Asistí a carreras de cuadrigas en el Circo Máximo, maravillándome con la destreza de los aurigas y la pasión de la multitud. Vi a gladiadores enfrentarse en el Coliseo, sus vidas reducidas a un espectáculo para el deleite del pueblo. Sentí la fuerza del Imperio en las fronteras, explorando fortalezas como el Muro de Adriano, donde los soldados vigilaban los límites de su vasto dominio.
Pero no todo en Roma era guerra y sangre. También hubo momentos de belleza y asombro. Recuerdo cuando el Coliseo fue inaugurado, su colosal estructura de piedra erigiéndose como un símbolo del poder imperial. Y estuve allí cuando el Monte Vesubio rugió, sepultando Pompeya y Herculano bajo un manto de cenizas. Caminé entre las ruinas, observando los cuerpos petrificados por el tiempo, los hogares abandonados en un instante de horror, la fragilidad de la vida frente al poder de la naturaleza.
Pasaron los siglos y Roma siguió cambiando. Vi emperadores ascender y caer, el esplendor y la decadencia. Y con el paso del tiempo, comprendí que el ciclo de la historia era inevitable. Roma no era inmortal, pero su legado perduraría. Cuando decidí partir, supe que algo nuevo estaba surgiendo en el horizonte. Se hablaba de tierras lejanas en el este, de una civilización poderosa con un ejército formidable y una cultura milenaria. Los rumores hablaban de un imperio gobernado por dragones y sabios, un lugar de seda y guerreros. No pude evitar sentirme atraída por la promesa de lo desconocido. Con la mirada puesta en el horizonte, emprendí mi viaje hacia China.