Los días comenzaban a resultar monótonos para la profesional. Se levantaba poco antes del amanecer, desayunaba y prácticamente seguía a Chiara a sus quehaceres hasta que comenzaba las clases en la facultad de Economía. Al principio permanecía en un rincón de la clase, por razones de puro trabajo; pero cuando comprendió que se trataba de un lugar seguro para su protegida, abandonó el aula de manera sigilosa, permaneciendo por los alrededores por si la necesitaban.

Conociendo poco a poco los posibles peligros a los que se enfrentaban, se permitía el lujo de dormir por las noches. Aunque seguía durmiendo unas horas irrisorias, resultaban suficientes para sobrevivir un día más. No era la primera vez que lo hacía, puesto que tras la muerte de aquel indeseable había permanecido casi un año en vela protegiendo a Isabelle, poco difería de los peligros que se amontonaban alrededor de la hija de De Luca.

En concreto, centró su atención en el muchacho que había reconocido y que bien podría ser su rival en el mundo de las armas de fuego. Tenía una reputación casi impecable, pocas veces fallaba en su objetivo y por lo que había averiguado, siempre resultaba letal. Pero era inexperto aún, alardeaba demasiado y no sabía esconderse como un buen profesional. Eso era lo que les diferenciaba: Tahara era profesional; él, un simple asesino a sueldo. Eran términos muy diferentes.

 

Llevaban un mes viéndose las caras. O, más bien, Tahara viendo la cara de Marco Capuletti, a cuyo nombre respondía aquel simple asesino a sueldo. Se mostraba a plena luz del día, aunque no llevase su arma encima; era algo que Tahara siempre estaba atenta. Otro gran fallo como simple asesino: siempre se debe ir armado, aunque se trate de una simple navaja del tamaño del pulgar. Ella permanecía atenta, a una distancia prudencial de Chiara, quien escuchaba las estupideces de sus compañeras de clase. Podía ver su gesto de aburrimiento; para alguien como ella, esconder emociones era algo normal, pero para la gente de a pie, Chiara parecía estar interesada al parloteo de aquellas desconocidas. Escondía bien su hastío, evitando mirar el móvil y regalando sonrisas complacientes en el momento exacto. Hablaba cuando debía y expresaba sorpresa cuando lo requería la ocasión. Pero, en el fondo, Tahara sabía que estaba deseando salir de allí.

Unas mesas más allá, en la misma cafetería, el muchacho de mirada amable no retiraba la mirada de su protegida. Para cualquiera era signo de interés; pero las miradas de enamoramiento eran inconexas y rápidas, presas del deseo de estar cerca de la persona amada pero también carcomidas por la vergüenza de saberse pillado. Marco no actuaba así: no retiraba la mirada de la chica morena. Y sólo cuando Chiara echaba a andar, él abandonaba el lugar hacia la dirección opuesta, donde un coche negro de gama alta lo recogía y desaparecían fuera de su campo de visión. Sólo entonces pagaba su café, ya frío, y tras un tiempo prudencial, volvía al apartamento que compartía con la ragazza.

 

Esa noche tenía reunión con Gómez. Sin embargo, Tahara estaba nerviosa. No era algo habitual en ella, sentía que algo sucedería esa noche, por lo que se atavió por completo de negro, incluyendo sus gafas de sol, y se hizo con su pequeño revólver y una navaja que escondió en un bolsillo oculto de su pantalón.

—No salgas esta noche del apartamento, Chiara —le ordenó, con un gesto tan serio que casi hace replicar a la italiana—. No me repliques, si ibas a hacerlo. Simplemente hazme caso.

—Siempre te hago caso, no tengo más remedio —replicó la muchacha, con cierto hastío en su voz—. Para eso te paga mi padre, ¿no?

—Me paga por protegerte, no por encerrarte. Hazme caso, por favor —quería seguir sonando dura, pero algo se quebró en su voz cuando sus ojos se encontraron. Hacía ya un tiempo de eso, pero Tahara se esforzaba en esconderlo en un rincón de su conciencia para olvidarlo.

Viendo que no recibía más respuesta por parte de Chiara, la profesional emprendió el camino hasta el Andromeda, donde Gómez le esperaba en compañía de Leon y su inseparable vaso de leche.

Siendo una noche de emociones fuertes, Tahara no reprimió su emoción por ver a su tutor y se abalanzó sobre Leon para abrazarle, recibiendo por su parte un cálido abrazo y unas palabras suaves que cualquiera diría que salían de la boca del mejor especialista del país. Su corazón de simple chiquilla apareció durante el momento justo, para poco después volver a su coraza donde lo protegía de sentimientos que lo complicarían todo demasiado.

—Supongo que te preguntarás qué hago aquí, ¿verdad? —inquirió Leon, inclinándose lentamente sobre la mesa.

—Hay más de un asesino sueldo por esta facultad, y yo no puedo ocuparme de proteger y protegerme al mismo tiempo, supongo —Leon alzó las cejas, mostrando durante una milésima de segundo felicidad y orgullo a partes iguales—. Sé quién es. Es bueno en su trabajo, pero es torpe. No sabe disimular, y supongo que su pequeña banda se ve ya en un pedestal de aquel para quien trabaje. No le quita ojo a Chiara, pero no sabe que yo tengo un ojo puesto sobre él.

—Aquí tienes más información sobre Marco —Gómez había leído los informes sobre él—. No vive muy lejos de aquí. Tal vez deberías hacerle una visita.

 

Tahara permaneció en el Andromeda hasta la llegada de la madrugada. Por lo que había averiguado en los últimos 57 minutos, Marco era un muchacho que disfrutaba de la noche como el joven recién salido de la adolescencia que era. Un nuevo error para su corta carrera como asesino a sueldo. Cuando el reloj marcó las 23:37, marchó en dirección desconocida, escondiéndose en un callejón hasta que algún vecino del bloque llegase y dejase la puerta abierta.

No tuvo que esperar demasiado. Apenas cuatro minutos después, una mujer de mediana edad abrió desde dentro, llevando consigo una bolsa de basura. Aprovechó para entrar sin hacer apenas ruido, subiendo hasta el cuarto piso, donde con una simple ganzúa y un poco de paciencia escuchó el "click" que le indicaba que la puerta estaba abierta.

El olor era... desagradable. Restos de comida esparcidos sobre la mesa, sobre los platos, mostraba una dejadez propia de un niñato. ¿Y este era el futuro de la profesión? Tahara lo dejó pasar con un gesto de asco, y se atrevió a meterse en la habitación de Marco, permaneciendo en la leve penumbra que únicamente rompía la oscuridad por la tibia luz que entraba desde la calle.

Eran las 00:21 cuando la puerta se abrió. Un ruido de llaves, de zapatos sueltos y un caminar descalzo se aproximaban. Tahara permaneció impasible, Marco era tan descuidado que ni se percató de su presencia. Dejó que el muchacho rebuscase entre su ropa interior por una muda limpia, dirigiéndose al baño a darse una ducha. Al menos, su cuerpo sí lo lavaba.

No tuvo que esperar mucho más. Cuando escuchó la puerta abrirse, se sentó a oscuras en una silla de la habitación. Con la luz encendida, aprovechó para romper el silencio:

—Hola Marco.

El muchacho saltó de inmediato, visiblemente asustado.

—Es un placer conocerte, por fin; puesto que has estado siguiendo a mi protegida durante demasiado tiempo. Y créeme, eso, para mí, no es plato de buen gusto —Tahara se abalanzó sobre él y con un golpe en la sien, lo noqueó.

Marco cayó al suelo, inconsciente.

 

Cuando Marco despertó, Tahara miraba por la ventana. Estaba lejos de su habitación compartida a la fuerza. Supuso que para no dar sospechas.

—¿Quién coño eres tú? ¿Y qué haces en mi casa?

—Tan... valiente para algunas cosas, y tan cobarde e inepto para reconocer a un igual —la chica se dio la vuelta, con sus ojos escondidos tras las gafas de sol—. ¿Para quién trabajas?

Marco quiso soltarse, pero estaba atado de tal manera que, a cada tirón que daba, sólo conseguía apretar más y más el agarre. Así que dejó de intentarlo.

—No me hagas perder el tiempo, novato. ¿Para quién trabajas?

—Eso a ti no te importa.

Tahara se mordió los labios por dentro, controlando una sonrisa macabra. En dos pasos grandes estuvo frente a Marco, y con sus manos, comenzó a apretar el cuello de Marco. El muchacho pronto comenzó a acusar la falta de aire.

—Te lo volveré a preguntar. Para quién trabajas —no era una pregunta. La sutileza y saber hacer de Tahara parecía ser demasiado para aquel novato. O tal vez acusaba la falta de aire.

—N...no lo sé. Sólo me dijeron que la vigilase.

—A quién.

—A esa niña rica.

—Entonces, ¿por qué llevas un arma siempre contigo? Para vigilar no hace falta ninguna pistola —Tahara rebajó el agarre, haciendo que Marco inspirara con fuerza y tosiera en busca de aire. Parecía sumamente asustado.

—Me dijeron que alguien la protegía.

Ahora fue el turno de Tahara para coger aire. Se sentía orgullosa al reconocérsele el trabajo. Porque nadie se había dado cuenta de su existencia.

—¿Qué sabes de Chiara? —al no obtener respuesta, la profesional volvió a apretar su agarre.

—A tres pasos de ti hay una rendija suelta. Ahí encontrarás una carpeta —volvió a toser para coger aire. Tahara aprovechó para sacar los documentos y leerlos por encima, encontrando copiosa información sobre Chiara —su vida en Italia, los motivos de su llegada a los Estados Unidos, la carrera que estudiaba, sus gustos y aficiones... y fotos, muchas fotos—.

El silencio era atronador. Las ideas corrían por la mente de Tahara, puesto que al fin y al cabo, aunque Marco fuera un maestro con un arma de fuego, no era más que un simple chiquillo con ansia de fama. Tal vez no valiese como guardaespaldas de ningún capo, pero sí como un brazo ejecutor. Pero su torpeza era también su perdición.

Sus ojos verdes, escondidos tras las gafas de sol, cruzó mirada con los castaños de Marco. Podía ver el miedo en sus pupilas, completamente dilatadas, preso de la desesperación. Durante unos segundos, Tahara sintió lástima por él. Pero sabía que si lo dejaba vivir, saldría corriendo a chivarse a cualquier superior. Pero tampoco quería matarlo a sangre fría, no se merecía tan rápido final.

—Escúchame, aléjate de Chiara o te las verás conmigo —advirtió—. Esto no ha sido más que un aviso, dejándote salir ileso cuando podría haberte matado. Si te veo pululando a su alrededor, pagarás con tu propia vida. ¿Me has entendido?

Marco asintió en silencio. Lo dejó allí, semidesnudo en su habitación, atado fuertemente con amarres marineros. Antes de marcharse, dejó el gas de la cocina abierto. En algún lugar del salón, una pequeña vela que desprendía olor a lavanda. Al otro lado de la puerta, dejó colgado un diente de león.

Nueve minutos después, una explosión en la cuarta planta hizo la noche a todos los vecinos. Tahara observaba el humo desde su habitación, desviando su atención de vez en cuando al dormitorio de Chiara, quien permanecía despierta enredada entre las sábanas.