• Que lindos recuerdos..
    n//n
    Si quieres oir de amor canciónes.. Puedo cantartelas yo
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  • Vitaligrafo, sobre los vulpafilas, criaturas afortunadamente estériles proveniente de las colmenas infestadas de la luna de Deimos, en Marte, ignoran por completo la voluntad de la colmena y funcionan bajo su propia voluntad, por lo que son considerados neutrales y valiosos para quizá algún día encontrar una cura.

    Hoy compartiré uno de los rasgos más increíbles de supervivencia de estos compañeros infestados, he sido testigo de su virtual inmortalidad y puedo dar fe con mis observaciones, grabaciones y demás evidencia de las muchas veces que escapan del beso de la muerte.

    Cuando su cuerpo es sometido a un daño letal, fatal o explosivo que haría trizas a muchas formas de vida, una nueva herida se abre, una nueva larva con todos los recuerdos, los datos genéticos y habilidades sale expulsado hacia la dirección más lejana posible, lejos de la fuente del daño, por lo que esa larva se esconde y sobrevive lo suficiente para volver a crecer, y no se tardan en crecer.

    El vulpafila mío, tiene la mala costumbre de adherirse al torso de Chroma cuando ocurre esa eventualidad, usando el cuerpo del Warframe como fuente de nutrientes y protección mientras vuelve poco a poco a recuperar su cuerpo original, toma alrededor de una hora volver a la normalidad y se desprende del Warframe cuando ya desarrolla sus extremidades y cola.

    Por supuesto la primera vez me asusto demasiado pensando que perdería también a mi Warframe, sin embargo, mi hipótesis fue errónea y debo admitir que me cuesta contener el deseo del cuerpo de Chroma de quemar al vulpafila en sus primeras resurrecciones, sin embargo, me alivia saber que nunca más volví a sentir incomodidad.
    Vitaligrafo, sobre los vulpafilas, criaturas afortunadamente estériles proveniente de las colmenas infestadas de la luna de Deimos, en Marte, ignoran por completo la voluntad de la colmena y funcionan bajo su propia voluntad, por lo que son considerados neutrales y valiosos para quizá algún día encontrar una cura. Hoy compartiré uno de los rasgos más increíbles de supervivencia de estos compañeros infestados, he sido testigo de su virtual inmortalidad y puedo dar fe con mis observaciones, grabaciones y demás evidencia de las muchas veces que escapan del beso de la muerte. Cuando su cuerpo es sometido a un daño letal, fatal o explosivo que haría trizas a muchas formas de vida, una nueva herida se abre, una nueva larva con todos los recuerdos, los datos genéticos y habilidades sale expulsado hacia la dirección más lejana posible, lejos de la fuente del daño, por lo que esa larva se esconde y sobrevive lo suficiente para volver a crecer, y no se tardan en crecer. El vulpafila mío, tiene la mala costumbre de adherirse al torso de Chroma cuando ocurre esa eventualidad, usando el cuerpo del Warframe como fuente de nutrientes y protección mientras vuelve poco a poco a recuperar su cuerpo original, toma alrededor de una hora volver a la normalidad y se desprende del Warframe cuando ya desarrolla sus extremidades y cola. Por supuesto la primera vez me asusto demasiado pensando que perdería también a mi Warframe, sin embargo, mi hipótesis fue errónea y debo admitir que me cuesta contener el deseo del cuerpo de Chroma de quemar al vulpafila en sus primeras resurrecciones, sin embargo, me alivia saber que nunca más volví a sentir incomodidad.
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  • ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado.

    Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano?

    Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso.

    Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí:

    «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?».

    En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma.

    «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí».

    Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional.

    No me quise quedar a seguir escuchando.

    Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin...

    Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme.

    Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre.

    Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz.

    ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad?

    Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo.

    Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro.

    Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada.

    Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos.

    La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba.

    No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas.

    Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije:

    «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no».

    Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
    ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado. Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano? Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso. Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí: «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?». En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma. «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí». Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional. No me quise quedar a seguir escuchando. Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin... Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme. Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre. Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz. ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad? Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo. Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro. Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada. Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos. La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba. No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas. Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije: «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no». Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
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  • Estoy conciente, sin embargo siento que estoy perdiendo algunos recuerdos siento que tengo demencia senil
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    Sonriendo Desde la Distancia.

    Akane comenzó a darse cuenta de que estaba cambiando cuando dejó de sentirse cómoda incluso dentro de su propia casa. Había días donde observaba a Lili y Hannah desde la distancia, en silencio, como si estuviera viendo la vida de alguien más. Escuchaba las risas de su hija, veía la paciencia con la que Lili intentaba mantener unida aquella pequeña familia y aun así sentía que algo dentro de ella seguía desconectado del mundo.

    No era falta de amor. Akane amaba a Hannah más de lo que podía expresar y en muchas ocasiones Lili era lo único que evitaba que terminara hundiéndose por completo en sus propios pensamientos. El problema era otro. Cada vez que intentaba sentirse feliz aparecían recuerdos del otro mundo. Rostros que no podía olvidar, voces que seguían vivas dentro de su cabeza y un cielo de dos lunas que todavía aparecía en sus sueños casi todas las noches.

    A veces Hannah la abrazaba y Akane respondía con fuerza, como si temiera que alguien fuera a arrebatársela también. Otras veces simplemente permanecía inmóvil mientras sentía crecer una culpa silenciosa dentro de ella. Porque una parte de Akane seguía viviendo en el pasado y comenzaba a creer que eso también estaba arrastrando a Lili y a Hannah junto con ella.

    La casa nunca estaba realmente en silencio, pero Akane sí lo estaba. Cada vez hablaba menos. Pasaba más tiempo despierta durante las noches observando el cielo desde la ventana y preguntándose cuándo dejó de pertenecer a la Tierra. Incluso rodeada de personas que la amaban, seguía sintiéndose sola. Como alguien atrapado entre dos vidas incapaz de avanzar hacia ninguna. Y lo que más miedo le daba no era su propio dolor, era pensar que tarde o temprano terminaría convirtiendo la tristeza que llevaba dentro en una carga para Hannah y Lili.
    Sonriendo Desde la Distancia. Akane comenzó a darse cuenta de que estaba cambiando cuando dejó de sentirse cómoda incluso dentro de su propia casa. Había días donde observaba a Lili y Hannah desde la distancia, en silencio, como si estuviera viendo la vida de alguien más. Escuchaba las risas de su hija, veía la paciencia con la que Lili intentaba mantener unida aquella pequeña familia y aun así sentía que algo dentro de ella seguía desconectado del mundo. No era falta de amor. Akane amaba a Hannah más de lo que podía expresar y en muchas ocasiones Lili era lo único que evitaba que terminara hundiéndose por completo en sus propios pensamientos. El problema era otro. Cada vez que intentaba sentirse feliz aparecían recuerdos del otro mundo. Rostros que no podía olvidar, voces que seguían vivas dentro de su cabeza y un cielo de dos lunas que todavía aparecía en sus sueños casi todas las noches. A veces Hannah la abrazaba y Akane respondía con fuerza, como si temiera que alguien fuera a arrebatársela también. Otras veces simplemente permanecía inmóvil mientras sentía crecer una culpa silenciosa dentro de ella. Porque una parte de Akane seguía viviendo en el pasado y comenzaba a creer que eso también estaba arrastrando a Lili y a Hannah junto con ella. La casa nunca estaba realmente en silencio, pero Akane sí lo estaba. Cada vez hablaba menos. Pasaba más tiempo despierta durante las noches observando el cielo desde la ventana y preguntándose cuándo dejó de pertenecer a la Tierra. Incluso rodeada de personas que la amaban, seguía sintiéndose sola. Como alguien atrapado entre dos vidas incapaz de avanzar hacia ninguna. Y lo que más miedo le daba no era su propio dolor, era pensar que tarde o temprano terminaría convirtiendo la tristeza que llevaba dentro en una carga para Hannah y Lili.
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  • La gente se cruza en el camino, algunos se quedan, otros se van, y yo sigo aquí con los chispas y mis líos, pero recuerdos, los buenos recuerdos ...esos no se van
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    ╔═══════════════ ✦ ✦ ═══════════════╗

    Feliz Día de las Madres

    Hoy recordamos con cariño, admiración y respeto a
    Armitaela Black

    Aunque ya no esté entre nosotros, su esencia sigue viva en cada recuerdo, en cada enseñanza y en la huella que dejó en quienes tuvieron la fortuna de conocer su grandeza.

    Armitaela Black no fue solo una reina del Linaje de la Luna Azul…
    fue una mujer fuerte, elegante y admirable, capaz de transmitir seguridad incluso en los momentos más oscuros.

    Su presencia imponía respeto, pero también brindaba calma y protección.
    Como la luna iluminando la noche, ella siempre encontraba la forma de guiar a los demás aun cuando todo parecía perdido.

    Hoy su ausencia duele…
    porque personas como ella jamás se olvidan.

    Pero aunque físicamente ya no esté aquí, su legado continúa brillando con la misma intensidad que antes.

    Vive en los recuerdos
    Vive en el cariño de quienes la amaron
    Vive en cada momento donde su nombre sigue siendo pronunciado con orgullo

    “Las verdaderas reinas nunca desaparecen…
    se convierten en eternidad.”

    Feliz Día de las Madres hasta donde quiera que estés, Armitaela Black.
    Que la Luna Azul siga iluminando tu camino y que tu memoria jamás deje de brillar en nuestros corazones.

    ╚═══════════════ ✦ ✦ ═══════════════╝
    ╔═══════════════ ✦ 💙 ✦ ═══════════════╗ 🌙 Feliz Día de las Madres 🌙 Hoy recordamos con cariño, admiración y respeto a Armitaela Black 👑💙 Aunque ya no esté entre nosotros, su esencia sigue viva en cada recuerdo, en cada enseñanza y en la huella que dejó en quienes tuvieron la fortuna de conocer su grandeza. ✨ Armitaela Black no fue solo una reina del Linaje de la Luna Azul… fue una mujer fuerte, elegante y admirable, capaz de transmitir seguridad incluso en los momentos más oscuros. 🌌 Su presencia imponía respeto, pero también brindaba calma y protección. Como la luna iluminando la noche, ella siempre encontraba la forma de guiar a los demás aun cuando todo parecía perdido. 💙🌙 Hoy su ausencia duele… porque personas como ella jamás se olvidan. Pero aunque físicamente ya no esté aquí, su legado continúa brillando con la misma intensidad que antes. 👑✨ 💠 Vive en los recuerdos 💠 Vive en el cariño de quienes la amaron 💠 Vive en cada momento donde su nombre sigue siendo pronunciado con orgullo “Las verdaderas reinas nunca desaparecen… se convierten en eternidad.” 💙 Feliz Día de las Madres hasta donde quiera que estés, Armitaela Black. Que la Luna Azul siga iluminando tu camino y que tu memoria jamás deje de brillar en nuestros corazones. 🌙👑✨ ╚═══════════════ ✦ 💙 ✦ ═══════════════╝
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    Aah, cuántos recuerdos... Un año pasó ¿Eh?
    Lo normal (o lo que esperaba) era que Ace fuera el más popular, pero ¡Oh sorpresa! Creo que Adam fue el más popular...
    Pero Shinn encontró a su Lena...
    Y ahora que veo el primer principio es agradable notar el desarrollo.
    Voy a escribir la ficha, lo prometo. Hay mucha historia que contar. De todos ellos.
    Aah, cuántos recuerdos... Un año pasó ¿Eh? 😁🤩🎉🥳🎆 Lo normal (o lo que esperaba) era que Ace fuera el más popular, pero ¡Oh sorpresa! Creo que Adam fue el más popular... Pero Shinn encontró a su Lena... 😍😍😍 Y ahora que veo el primer principio es agradable notar el desarrollo. Voy a escribir la ficha, lo prometo. Hay mucha historia que contar. De todos ellos.
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  • "Vitaligrafo del Tenno, No sabía que tenía fecha de cumpleaños, entiendo que en este tramo del tiempo, un pasado lejano antes de la aparición del os orokins, parece ser un día particular, he observado los cumpleañeros y hoy me tocó ser uno de ellos"

    "No sabía, o al menos no recuerdo nada de nada, personalmente ni mi nombre ni mi fecha son exactamente míos, sólo los tome prestados de una lápida cuando salí de Duviri y conoce la real realidad de mi línea de tiempo, sin embargo, aunque quisiera agradecer profundamente el ser considerado para recibir presentes como un delicioso pastel, temo que mi felicidad sea alimento del ser que me maldijo, espero mantenerlo en secreto o posiblemente esos recuerdos se esfumen de mi mente poco a poco, al menos este vitaligrafo que me encontré servirá para recordarme a mi mismo, que tengo derecho a pequeñas alegrías."
    "Vitaligrafo del Tenno, No sabía que tenía fecha de cumpleaños, entiendo que en este tramo del tiempo, un pasado lejano antes de la aparición del os orokins, parece ser un día particular, he observado los cumpleañeros y hoy me tocó ser uno de ellos" "No sabía, o al menos no recuerdo nada de nada, personalmente ni mi nombre ni mi fecha son exactamente míos, sólo los tome prestados de una lápida cuando salí de Duviri y conoce la real realidad de mi línea de tiempo, sin embargo, aunque quisiera agradecer profundamente el ser considerado para recibir presentes como un delicioso pastel, temo que mi felicidad sea alimento del ser que me maldijo, espero mantenerlo en secreto o posiblemente esos recuerdos se esfumen de mi mente poco a poco, al menos este vitaligrafo que me encontré servirá para recordarme a mi mismo, que tengo derecho a pequeñas alegrías."
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Segunda parte: La Reina Perdida.

    Akane intentó seguir adelante después de regresar a la Tierra. Lo intentó durante años. Volvió a caminar por las mismas calles, escuchó las mismas voces y vio a las personas que alguna vez formaron parte de su vida, pero nada logró hacerla sentir realmente en casa. Para todos los demás habían pasado apenas quince años desde su desaparición. Para ella habían pasado siglos enteros.

    La diferencia era demasiado grande, Akane ya no pensaba como alguien de la Tierra. Muchas veces olvidaba cosas simples de ese mundo mientras recordaba perfectamente nombres, costumbres y lugares de aquel otro cielo donde vivió la mayor parte de su vida. A veces despertaba durante la noche esperando escuchar las voces de sus hijos o sentir a su pareja a su lado, pero al abrir los ojos solo encontraba silencio.

    La peor parte no era la tristeza, sino la duda. Con el tiempo Akane descubrió formas de investigar el portal que la había traído de regreso. Existían señales, rastros y viejos registros relacionados con los sellos de los nuevos Dioses. Poco a poco comenzó a creer que regresar podía ser posible. El problema era que mientras más cerca veía esa posibilidad, más miedo sentía.

    Habían pasado casi tres siglos en aquel mundo antes de ser arrancada de él.

    Si lograba volver, tal vez encontraría tumbas y ruinas. Tal vez su familia había desaparecido hacía mucho tiempo. Incluso si seguían vivos, Akane no sabía cómo la mirarían después de tanto tiempo. Desde la perspectiva de ellos, simplemente desapareció. Sus hijos pudieron crecer creyendo que los abandonó. Su pareja pudo pasar siglos esperando un regreso que nunca ocurrió. Pensar en eso la dejaba paralizada.

    Por primera vez desde que volvió a la Tierra, Akane comenzó a sentirse atrapada, no pertenecía completamente a este mundo, pero tampoco tenía el valor de regresar al otro.

    Fue durante ese tiempo cuando se acercó más a Lili, al principio solo buscaba compañía. Alguien que la escuchara sin intentar arreglarla o decirle que olvidara el pasado. Lili nunca intentó reemplazar lo que Akane perdió. Nunca le pidió que dejara atrás sus recuerdos ni actuó con celos hacia una familia que ni siquiera pertenecía a ese mundo. Simplemente permaneció a su lado.

    Akane encontró descanso en ella, no era felicidad completa, pero sí algo cercano a la calma.

    Una noche terminaron durmiendo juntas y con el tiempo nació Hannah. Akane amó a su hija desde el momento en que la sostuvo por primera vez. Hannah se convirtió en una luz dentro de una vida que llevaba años sintiéndose vacía. Akane la cuidaba con una dedicación absoluta, permanecía a su lado incluso en las noches donde los recuerdos no la dejaban dormir y muchas veces se sorprendía observándola en silencio, como si temiera perderla también.

    Pero ni siquiera Hannah logró borrar el dolor que Akane cargaba, cada vez que veía a su hija también recordaba a los hijos que dejó atrás bajo el cielo de dos lunas. Recordaba sus rostros, sus voces y la vida que construyó con ellos durante siglos. A veces sentía culpa por permitirse amar otra vez. Otras veces sentía culpa por no poder entregarse completamente a la vida que tenía ahora.

    Lili entendía más de lo que Akane decía, sabía que una parte de ella nunca regresó realmente a la Tierra. En ocasiones Akane observaba la luna durante horas desde la ventana de su casa. Hannah dormía en la habitación contigua y Lili descansaba cerca de ella, pero aun así Akane sentía ese vacío en el pecho al mirar el cielo y encontrar solo una luna observándola desde arriba.

    Porque aunque la Tierra seguía siendo el mundo donde nació, su corazón seguía atrapado en el lugar donde aprendió lo que era tener un hogar.

    Segunda parte: La Reina Perdida. Akane intentó seguir adelante después de regresar a la Tierra. Lo intentó durante años. Volvió a caminar por las mismas calles, escuchó las mismas voces y vio a las personas que alguna vez formaron parte de su vida, pero nada logró hacerla sentir realmente en casa. Para todos los demás habían pasado apenas quince años desde su desaparición. Para ella habían pasado siglos enteros. La diferencia era demasiado grande, Akane ya no pensaba como alguien de la Tierra. Muchas veces olvidaba cosas simples de ese mundo mientras recordaba perfectamente nombres, costumbres y lugares de aquel otro cielo donde vivió la mayor parte de su vida. A veces despertaba durante la noche esperando escuchar las voces de sus hijos o sentir a su pareja a su lado, pero al abrir los ojos solo encontraba silencio. La peor parte no era la tristeza, sino la duda. Con el tiempo Akane descubrió formas de investigar el portal que la había traído de regreso. Existían señales, rastros y viejos registros relacionados con los sellos de los nuevos Dioses. Poco a poco comenzó a creer que regresar podía ser posible. El problema era que mientras más cerca veía esa posibilidad, más miedo sentía. Habían pasado casi tres siglos en aquel mundo antes de ser arrancada de él. Si lograba volver, tal vez encontraría tumbas y ruinas. Tal vez su familia había desaparecido hacía mucho tiempo. Incluso si seguían vivos, Akane no sabía cómo la mirarían después de tanto tiempo. Desde la perspectiva de ellos, simplemente desapareció. Sus hijos pudieron crecer creyendo que los abandonó. Su pareja pudo pasar siglos esperando un regreso que nunca ocurrió. Pensar en eso la dejaba paralizada. Por primera vez desde que volvió a la Tierra, Akane comenzó a sentirse atrapada, no pertenecía completamente a este mundo, pero tampoco tenía el valor de regresar al otro. Fue durante ese tiempo cuando se acercó más a Lili, al principio solo buscaba compañía. Alguien que la escuchara sin intentar arreglarla o decirle que olvidara el pasado. Lili nunca intentó reemplazar lo que Akane perdió. Nunca le pidió que dejara atrás sus recuerdos ni actuó con celos hacia una familia que ni siquiera pertenecía a ese mundo. Simplemente permaneció a su lado. Akane encontró descanso en ella, no era felicidad completa, pero sí algo cercano a la calma. Una noche terminaron durmiendo juntas y con el tiempo nació Hannah. Akane amó a su hija desde el momento en que la sostuvo por primera vez. Hannah se convirtió en una luz dentro de una vida que llevaba años sintiéndose vacía. Akane la cuidaba con una dedicación absoluta, permanecía a su lado incluso en las noches donde los recuerdos no la dejaban dormir y muchas veces se sorprendía observándola en silencio, como si temiera perderla también. Pero ni siquiera Hannah logró borrar el dolor que Akane cargaba, cada vez que veía a su hija también recordaba a los hijos que dejó atrás bajo el cielo de dos lunas. Recordaba sus rostros, sus voces y la vida que construyó con ellos durante siglos. A veces sentía culpa por permitirse amar otra vez. Otras veces sentía culpa por no poder entregarse completamente a la vida que tenía ahora. Lili entendía más de lo que Akane decía, sabía que una parte de ella nunca regresó realmente a la Tierra. En ocasiones Akane observaba la luna durante horas desde la ventana de su casa. Hannah dormía en la habitación contigua y Lili descansaba cerca de ella, pero aun así Akane sentía ese vacío en el pecho al mirar el cielo y encontrar solo una luna observándola desde arriba. Porque aunque la Tierra seguía siendo el mundo donde nació, su corazón seguía atrapado en el lugar donde aprendió lo que era tener un hogar.
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