• ꧁ঔৣ☬El Eco de los Cuatro Mil Años☬ঔৣ꧂


    El horizonte en el Elíseo de las Sombras no era un lugar, sino una herida abierta de color azul profundo. Allí, donde el tiempo se desangra sin morir, caminaba Eventus. Su figura, una torre de pesadilla coronada por cuernos que desafiaban al vacío, avanzaba con la pesadez de quien carga el peso de trillones de lamentos. En su pecho, las ramificaciones carmesíes brillaban con una luz enferma, alimentándose de la desesperación que él, por decreto del cosmos, debía custodiar.

    A su lado, una pequeña mota de ceniza con forma humana trotaba para no perderse. Un alma nueva. Una curiosidad insignificante en la inmensidad del castigo.

    —¿Eres tú quien decide mi final? —preguntó el alma, con una voz que aún conservaba el temblor de la vida—. Pareces cansado de oírnos. He pasado mi existencia huyendo del silencio, y ahora comprendo que tú eres su único dueño.

    Eventus no respondió. Se limitó a dar la vuelta, iniciando una marcha sin rumbo hacia la nada. Sus pasos no buscaban un destino, pues él ya estaba en todas partes. Caminaba simplemente para huir de la quietud absoluta.

    —Silencio... —retumbó la voz de Eventus, vibrando no en el aire, sino en la esencia misma del alma—. Eso es lo único que existe aquí. Silencio.

    A medida que avanzaban, un sonido rítmico comenzó a quebrar la nada: ploc, ploc. Eran gotas invisibles cayendo sobre un suelo inexistente. No había agua, pero el vacío lloraba.

    —Eres un alma inquieta —sentenció Eventus, sin detenerse—. Rompes la quietud que nos rodea con tus preguntas, pero pronto entenderás que no podrás romper el vacío que te aguarda. Olvida ya lo que es la emoción. Muy pronto, olvidarás la simpatía, el calor y lo que significa ser humano.

    Para demostrar su poder sobre la desolación, Eventus extendió una mano hacia el firmamento. Con un roce de sus dedos largos y sombríos, cambió el azul por un turquesa oscuro, una tonalidad tóxica y profunda. Luego, en un gesto de inesperada piedad —o quizás de nostalgia propia—, hizo descender un sol pálido.

    El vacío se tiñó de un atardecer artificial. No tenía el aroma de la tierra húmeda ni el calor del hogar, pero era belleza al fin y al cabo. Eventus se detuvo y, por un instante que duró milenios, meditó frente a su propia creación.

    —¿Qué hacías? —preguntó el alma tras un tiempo que pareció eterno.

    —¿Qué hacías tú? —replicó Eventus con una curiosidad gélida—. Han pasado mil años desde que nos detuvimos en este lugar. He visto pasar trillones de vidas mientras tú sigues aquí. Eres solo otra sombra que intenta aferrarse a algo que ya no existe. ¿Acaso recuerdas quién eras? ¿Fuiste hombre, mujer o nada? Ya no importa. Jamás lo recordarás.

    —Me aferro porque, si me olvido de mí, tú te quedarás solo —susurró el alma, ahora casi traslúcida—. Si yo dejo de hablar, ¿quién recordará que tú no eres solo un monstruo, sino un ser que anhela su propio camino?

    Eventus sintió una punzada en su interior hueco. Llevaban cuatro mil años caminando juntos. El alma ya no era un trámite; era un espejo.

    —Acepta tu destino —dijo Eventus, retomando la marcha con una tristeza renovada—. Termina tu camino para que puedas ser algo en el Todo. No te aferres por mí... soy solo algo con nada por dentro.

    El alma comenzó a desvanecerse, convirtiéndose en partículas de plata que el azul del fondo empezó a devorar. Antes de desaparecer, lanzó un último pensamiento al ser cósmico: Espero que algún día, el vacío también aprenda a escucharte a ti.

    Eventus se quedó solo una vez más. Se detuvo en mitad de la nada absoluta. No había más palabras, no más preguntas inquietas. Sin embargo, en la inmensidad de su memoria eterna, decidió guardar aquel pequeño destello de cuatro mil años.

    Él era la nada, sí. Pero ahora era una nada que recordaba haber sido acompañada.
    ꧁ঔৣ☬El Eco de los Cuatro Mil Años☬ঔৣ꧂ El horizonte en el Elíseo de las Sombras no era un lugar, sino una herida abierta de color azul profundo. Allí, donde el tiempo se desangra sin morir, caminaba Eventus. Su figura, una torre de pesadilla coronada por cuernos que desafiaban al vacío, avanzaba con la pesadez de quien carga el peso de trillones de lamentos. En su pecho, las ramificaciones carmesíes brillaban con una luz enferma, alimentándose de la desesperación que él, por decreto del cosmos, debía custodiar. A su lado, una pequeña mota de ceniza con forma humana trotaba para no perderse. Un alma nueva. Una curiosidad insignificante en la inmensidad del castigo. —¿Eres tú quien decide mi final? —preguntó el alma, con una voz que aún conservaba el temblor de la vida—. Pareces cansado de oírnos. He pasado mi existencia huyendo del silencio, y ahora comprendo que tú eres su único dueño. Eventus no respondió. Se limitó a dar la vuelta, iniciando una marcha sin rumbo hacia la nada. Sus pasos no buscaban un destino, pues él ya estaba en todas partes. Caminaba simplemente para huir de la quietud absoluta. —Silencio... —retumbó la voz de Eventus, vibrando no en el aire, sino en la esencia misma del alma—. Eso es lo único que existe aquí. Silencio. A medida que avanzaban, un sonido rítmico comenzó a quebrar la nada: ploc, ploc. Eran gotas invisibles cayendo sobre un suelo inexistente. No había agua, pero el vacío lloraba. —Eres un alma inquieta —sentenció Eventus, sin detenerse—. Rompes la quietud que nos rodea con tus preguntas, pero pronto entenderás que no podrás romper el vacío que te aguarda. Olvida ya lo que es la emoción. Muy pronto, olvidarás la simpatía, el calor y lo que significa ser humano. Para demostrar su poder sobre la desolación, Eventus extendió una mano hacia el firmamento. Con un roce de sus dedos largos y sombríos, cambió el azul por un turquesa oscuro, una tonalidad tóxica y profunda. Luego, en un gesto de inesperada piedad —o quizás de nostalgia propia—, hizo descender un sol pálido. El vacío se tiñó de un atardecer artificial. No tenía el aroma de la tierra húmeda ni el calor del hogar, pero era belleza al fin y al cabo. Eventus se detuvo y, por un instante que duró milenios, meditó frente a su propia creación. —¿Qué hacías? —preguntó el alma tras un tiempo que pareció eterno. —¿Qué hacías tú? —replicó Eventus con una curiosidad gélida—. Han pasado mil años desde que nos detuvimos en este lugar. He visto pasar trillones de vidas mientras tú sigues aquí. Eres solo otra sombra que intenta aferrarse a algo que ya no existe. ¿Acaso recuerdas quién eras? ¿Fuiste hombre, mujer o nada? Ya no importa. Jamás lo recordarás. —Me aferro porque, si me olvido de mí, tú te quedarás solo —susurró el alma, ahora casi traslúcida—. Si yo dejo de hablar, ¿quién recordará que tú no eres solo un monstruo, sino un ser que anhela su propio camino? Eventus sintió una punzada en su interior hueco. Llevaban cuatro mil años caminando juntos. El alma ya no era un trámite; era un espejo. —Acepta tu destino —dijo Eventus, retomando la marcha con una tristeza renovada—. Termina tu camino para que puedas ser algo en el Todo. No te aferres por mí... soy solo algo con nada por dentro. El alma comenzó a desvanecerse, convirtiéndose en partículas de plata que el azul del fondo empezó a devorar. Antes de desaparecer, lanzó un último pensamiento al ser cósmico: Espero que algún día, el vacío también aprenda a escucharte a ti. Eventus se quedó solo una vez más. Se detuvo en mitad de la nada absoluta. No había más palabras, no más preguntas inquietas. Sin embargo, en la inmensidad de su memoria eterna, decidió guardar aquel pequeño destello de cuatro mil años. Él era la nada, sí. Pero ahora era una nada que recordaba haber sido acompañada.
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  • Adrián entró al restaurante con la misma cautela de siempre, como si el lugar pudiera romperse si hacía demasiado ruido. Era uno de los favoritos de su madre; no venía seguido, pero algunas mañanas sentía la necesidad de hacerlo, aunque no supiera muy bien por qué.

    Pidió un vaso de agua y algo sencillo para desayunar. Cuando el mesero lo condujo a la mesa, Adrián se detuvo un segundo.

    Era esa mesa.

    La que su madre siempre pedía. La que reservaba cuando quería sentarse cerca de la ventana, donde la luz caía mejor sobre el cristal y decía que así el día comenzaba distinto. Adrián dudó apenas un instante antes de sentarse. No pidió cambiarla.

    Dejó la cámara a un lado y apoyó los antebrazos sobre la mesa. El restaurante estaba tranquilo, envuelto en un murmullo bajo, casi respetuoso. Por un momento, pudo imaginarla ahí, acomodando las manos sobre la mesa, mirándolo con calma.

    El vaso de agua llegó. Adrián dio un sorbo lento.

    —Siempre te gustó este lugar… —murmuró para sí, casi en un susurro.

    No sonrió, pero tampoco se levantó. Se quedó ahí, desayunando en silencio, permitiéndose ese pequeño acto de nostalgia. No era tristeza pura; era costumbre, recuerdo, una forma silenciosa de mantenerse cerca.

    Cuando terminó, dejó unas monedas sobre la mesa, tomó la cámara y se levantó. Antes de irse, lanzó una última mirada a la silla frente a él… y luego salió, dejando atrás el reflejo del agua y un recuerdo que, por un momento, había vuelto a sentirse presente.
    Adrián entró al restaurante con la misma cautela de siempre, como si el lugar pudiera romperse si hacía demasiado ruido. Era uno de los favoritos de su madre; no venía seguido, pero algunas mañanas sentía la necesidad de hacerlo, aunque no supiera muy bien por qué. Pidió un vaso de agua y algo sencillo para desayunar. Cuando el mesero lo condujo a la mesa, Adrián se detuvo un segundo. Era esa mesa. La que su madre siempre pedía. La que reservaba cuando quería sentarse cerca de la ventana, donde la luz caía mejor sobre el cristal y decía que así el día comenzaba distinto. Adrián dudó apenas un instante antes de sentarse. No pidió cambiarla. Dejó la cámara a un lado y apoyó los antebrazos sobre la mesa. El restaurante estaba tranquilo, envuelto en un murmullo bajo, casi respetuoso. Por un momento, pudo imaginarla ahí, acomodando las manos sobre la mesa, mirándolo con calma. El vaso de agua llegó. Adrián dio un sorbo lento. —Siempre te gustó este lugar… —murmuró para sí, casi en un susurro. No sonrió, pero tampoco se levantó. Se quedó ahí, desayunando en silencio, permitiéndose ese pequeño acto de nostalgia. No era tristeza pura; era costumbre, recuerdo, una forma silenciosa de mantenerse cerca. Cuando terminó, dejó unas monedas sobre la mesa, tomó la cámara y se levantó. Antes de irse, lanzó una última mirada a la silla frente a él… y luego salió, dejando atrás el reflejo del agua y un recuerdo que, por un momento, había vuelto a sentirse presente.
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  • ⠀⠀
    ⠀⠀
    ⠀⠀A veces era relajante visitar esos talleres de arte, podía despejar su mente a través de la pintura.

    ⠀⠀Hacía tiempo que no veía a su familia, ahora que lo pensaba. ⸻Ya pasaron dos años...⸻ Había vivido bastantes aventuras en ese lapso.

    ⠀⠀Tocó el cuadro, con nostalgia. Se sentía oxidado luego de no tomar un pincel en unos cuantos meses, se pregunta a veces qué lo llama tanto de los mitos y leyendas que suele olvidar su pasión por el dibujo.
    ⠀⠀ ⠀⠀ ⠀⠀A veces era relajante visitar esos talleres de arte, podía despejar su mente a través de la pintura. ⠀⠀Hacía tiempo que no veía a su familia, ahora que lo pensaba. ⸻Ya pasaron dos años...⸻ Había vivido bastantes aventuras en ese lapso. ⠀⠀Tocó el cuadro, con nostalgia. Se sentía oxidado luego de no tomar un pincel en unos cuantos meses, se pregunta a veces qué lo llama tanto de los mitos y leyendas que suele olvidar su pasión por el dibujo.
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  • ⸻Es nostalgia. Estar junto a mis camaradas compartiendo el vínculo de hermandad. Es y será nostalgia.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Domingo 26 de enero, 2026.
    Georgia State.

    "Maté mi nombre antes de que el mundo terminara de hacerlo por mí. Lo dejé tirado junto con el parche, las promesas y la mentira de que pertenecer a algo te salva. No te salva. Solo te da una razón elegante para pudrirte despacio.

    Aprendí más de la vida desarmando una motocicleta que escuchando a cualquier hombre hablar de honor. El metal no miente. Si está roto, está roto. Si fuerzas una pieza donde no va, todo revienta. La vida es igual: no perdona nostalgia ni ideales heredados.

    Cuando armas una moto desde cero, aceptas una verdad incómoda: nada tiene sentido por sí mismo. El sentido es algo que le impones a golpes, con decisiones sucias y consecuencias reales. Cada tornillo es una elección. Cada error, una cicatriz que no se borra.

    Yo también tuve que desmontarme. Quitar piezas que llevaban años oxidándome por dentro. Quemar lo que otros llamaban identidad. No quedó nada bonito. Solo silencio, rabia y la certeza de que nadie iba a venir a arreglarme.

    El motor arrancó igual. No por destino. No por redención. Arrancó porque hice el trabajo. Porque acepté que no hay propósito esperando al final del camino, solo kilómetros y asfalto. Y si vas a rodar, más vale hacerlo rápido, solo y sin mirar atrás. El mundo no merece explicaciones. Solo el ruido del motor alejándose.”
    Domingo 26 de enero, 2026. Georgia State. "Maté mi nombre antes de que el mundo terminara de hacerlo por mí. Lo dejé tirado junto con el parche, las promesas y la mentira de que pertenecer a algo te salva. No te salva. Solo te da una razón elegante para pudrirte despacio. Aprendí más de la vida desarmando una motocicleta que escuchando a cualquier hombre hablar de honor. El metal no miente. Si está roto, está roto. Si fuerzas una pieza donde no va, todo revienta. La vida es igual: no perdona nostalgia ni ideales heredados. Cuando armas una moto desde cero, aceptas una verdad incómoda: nada tiene sentido por sí mismo. El sentido es algo que le impones a golpes, con decisiones sucias y consecuencias reales. Cada tornillo es una elección. Cada error, una cicatriz que no se borra. Yo también tuve que desmontarme. Quitar piezas que llevaban años oxidándome por dentro. Quemar lo que otros llamaban identidad. No quedó nada bonito. Solo silencio, rabia y la certeza de que nadie iba a venir a arreglarme. El motor arrancó igual. No por destino. No por redención. Arrancó porque hice el trabajo. Porque acepté que no hay propósito esperando al final del camino, solo kilómetros y asfalto. Y si vas a rodar, más vale hacerlo rápido, solo y sin mirar atrás. El mundo no merece explicaciones. Solo el ruido del motor alejándose.”
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  • Desde lo alto de la azotea, Lyra había dejado que la ciudad se desdibujara ante sus ojos. Donde ahora se alzaban edificios fríos y luces constantes, su memoria insistía en devolverle otras formas, calles estrechas, piedra húmeda, sombras profundas donde la noche parecía respirar. Lugares que ya no existían, pero que para ella seguían intactos. Allí había corrido cuando apenas tenía nueve años.

    Huía de los Varkhûn, vampiros sanguinarios para quienes la sangre noble era ofrenda y destino. Incluso siendo una niña, Lyra lo sabía. Sabía que su linaje la marcaba, que por sus padres su sangre tenía valor. Aquella noche no corría solo para escapar...corría porque iba a ser sacrificada. Porque debía morir junto a ellos.

    La lluvia había caído sin piedad, empapándole el cabello, cegándole los ojos. Sus rodillas y brazos estaban cubiertos de raspones, la piel ardiendo con cada tropiezo, pero no se había detenido. El miedo era más fuerte que el dolor. Solo pensaba en esconderse, en seguir adelante, en no desobedecer la última voz que había escuchado.
    Su madre se había arrodillado frente a ella, con una calma rota que no encajaba con el horror de la noche. Con manos temblorosas le había colocado el collar alrededor del cuello, ajustándolo con cuidado, como si ese gesto pudiera protegerla del mundo.

    ♧ Corre, Lyra -le había susurrado -No mires atrás. Pase lo que pase… yo siempre estaré en tu corazón -Entonces corrió...corrió aferrándose a esas palabras. No miró atrás. No vio cómo sus padres se quedaban. No vio cómo la noche los reclamaba. Solo apretó el collar contra su pecho, creyendo que aquel objeto era lo único que la mantenía con vida. Lo único que le quedaba de ellos.

    No murió esa noche. No como estaba escrito. Vivió gracias al sacrificio de sus padres, y esa verdad se había convertido en una herida silenciosa que el tiempo nunca cerró. Ahora, siglos después, Lyra suspiró despacio. El sonido se perdió en el aire nocturno. Sus dedos rozaron el collar con un gesto cansado, nostálgico.

    ♧ Suficiente -se dijo a sí misma -Los lamentos no traen a los muertos de vuelta -su mente, traicionera, insinuó otra posibilidad -A menos que… no - Se obligó a apartar ese pensamiento. Comunicarse con ellos, buscar sus voces más allá del velo, era demasiado arriesgado. Ya lo había intentado una vez. Recordaba demasiado bien cómo había terminado. Nada había salido como esperaba… y las consecuencias aún la perseguían.

    Cerró los ojos un instante, dejando que la nostalgia se drenara de su mente. Cuando volvió a abrirlos, la ciudad seguía allí, viva e indiferente. Ella permanecía inmóvil, con el peso del pasado colgando de su cuello, que parecía recordarle los estragos de su yo de la niñez.
    Desde lo alto de la azotea, Lyra había dejado que la ciudad se desdibujara ante sus ojos. Donde ahora se alzaban edificios fríos y luces constantes, su memoria insistía en devolverle otras formas, calles estrechas, piedra húmeda, sombras profundas donde la noche parecía respirar. Lugares que ya no existían, pero que para ella seguían intactos. Allí había corrido cuando apenas tenía nueve años. Huía de los Varkhûn, vampiros sanguinarios para quienes la sangre noble era ofrenda y destino. Incluso siendo una niña, Lyra lo sabía. Sabía que su linaje la marcaba, que por sus padres su sangre tenía valor. Aquella noche no corría solo para escapar...corría porque iba a ser sacrificada. Porque debía morir junto a ellos. La lluvia había caído sin piedad, empapándole el cabello, cegándole los ojos. Sus rodillas y brazos estaban cubiertos de raspones, la piel ardiendo con cada tropiezo, pero no se había detenido. El miedo era más fuerte que el dolor. Solo pensaba en esconderse, en seguir adelante, en no desobedecer la última voz que había escuchado. Su madre se había arrodillado frente a ella, con una calma rota que no encajaba con el horror de la noche. Con manos temblorosas le había colocado el collar alrededor del cuello, ajustándolo con cuidado, como si ese gesto pudiera protegerla del mundo. ♧ Corre, Lyra -le había susurrado -No mires atrás. Pase lo que pase… yo siempre estaré en tu corazón -Entonces corrió...corrió aferrándose a esas palabras. No miró atrás. No vio cómo sus padres se quedaban. No vio cómo la noche los reclamaba. Solo apretó el collar contra su pecho, creyendo que aquel objeto era lo único que la mantenía con vida. Lo único que le quedaba de ellos. No murió esa noche. No como estaba escrito. Vivió gracias al sacrificio de sus padres, y esa verdad se había convertido en una herida silenciosa que el tiempo nunca cerró. Ahora, siglos después, Lyra suspiró despacio. El sonido se perdió en el aire nocturno. Sus dedos rozaron el collar con un gesto cansado, nostálgico. ♧ Suficiente -se dijo a sí misma -Los lamentos no traen a los muertos de vuelta -su mente, traicionera, insinuó otra posibilidad -A menos que… no - Se obligó a apartar ese pensamiento. Comunicarse con ellos, buscar sus voces más allá del velo, era demasiado arriesgado. Ya lo había intentado una vez. Recordaba demasiado bien cómo había terminado. Nada había salido como esperaba… y las consecuencias aún la perseguían. Cerró los ojos un instante, dejando que la nostalgia se drenara de su mente. Cuando volvió a abrirlos, la ciudad seguía allí, viva e indiferente. Ella permanecía inmóvil, con el peso del pasado colgando de su cuello, que parecía recordarle los estragos de su yo de la niñez.
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  • Preludio a la guerra.
    Fandom OC
    Categoría Drama
    Konrad Eisenwulf

    El silencio era pesado, roto solamente por el sonido del andar de la mujer. Su ropa era de otra época; mejor así, pues si bien ahora vivía en la época moderna, las brasas del conflicto de antaño habían vuelto a arder.

    Cualquiera que la viera no la reconocería, no era Morana, ahora portaba su verdadera apariencia, una mujer rubia de ojos plateados y complexión delgada. Una mujer cuyo nombre nadie recordaba, pero durante esta guerra se volvería a pronunciar.

    Nunca le pertenecieron nombres de nobleza, nunca tuvo derecho a títulos ni linajes, no heredó el estatus que su madre ostentó en vida, era un nombre común para alguien común, de la misma manera que los apellidos eran reservados para aquellos de nobleza...

    Adela.

    ¿Dónde estaba? Solamente ella lo sabía...

    Fortaleza alzada en su nombre, un altar a su persona construido por quienes en su momento fueron sus siervos, y destinado a ser su lugar de descanso.
    Un lugar que la iglesia consideraría profano; sin embargo, era sagrado para ella.
    La luz del exterior le iluminó el rostro en el momento que alzó la vista.

    Las velas que se encontraban en los laterales del lugar se encendieron por si solas, reconociendo que al fin, su señora había vuelto.
    Este sería el punto de reunión durante la guerra y, en caso de necesidad, sería donde transcurriría el encuentro final, pero eso no acontece ahora.

    Se acercó a paso calmado hacia su asiento, acarició el reposabrazos con nostalgia, el polvo se adhirió a su mano, este lugar llevaba demasiado tiempo olvidado.

    Se tomó un momento mirando su asiento, que aunque se mantuviera intacto, estaba marcado por el paso del tiempo.

    Parece que los años no le pesaban solamente a ella.

    Se dispuso a tomar asiento, posando su arma sobre su regazo, fue entonces cuando su voz cortó el silencio.

    — Konrad Eisenwulf. — Pronunció con tono calmado, mas el caballero sabría que era una orden, requería de su presencia una vez más.
    [Ultimate_Warrior] El silencio era pesado, roto solamente por el sonido del andar de la mujer. Su ropa era de otra época; mejor así, pues si bien ahora vivía en la época moderna, las brasas del conflicto de antaño habían vuelto a arder. Cualquiera que la viera no la reconocería, no era Morana, ahora portaba su verdadera apariencia, una mujer rubia de ojos plateados y complexión delgada. Una mujer cuyo nombre nadie recordaba, pero durante esta guerra se volvería a pronunciar. Nunca le pertenecieron nombres de nobleza, nunca tuvo derecho a títulos ni linajes, no heredó el estatus que su madre ostentó en vida, era un nombre común para alguien común, de la misma manera que los apellidos eran reservados para aquellos de nobleza... Adela. ¿Dónde estaba? Solamente ella lo sabía... Fortaleza alzada en su nombre, un altar a su persona construido por quienes en su momento fueron sus siervos, y destinado a ser su lugar de descanso. Un lugar que la iglesia consideraría profano; sin embargo, era sagrado para ella. La luz del exterior le iluminó el rostro en el momento que alzó la vista. Las velas que se encontraban en los laterales del lugar se encendieron por si solas, reconociendo que al fin, su señora había vuelto. Este sería el punto de reunión durante la guerra y, en caso de necesidad, sería donde transcurriría el encuentro final, pero eso no acontece ahora. Se acercó a paso calmado hacia su asiento, acarició el reposabrazos con nostalgia, el polvo se adhirió a su mano, este lugar llevaba demasiado tiempo olvidado. Se tomó un momento mirando su asiento, que aunque se mantuviera intacto, estaba marcado por el paso del tiempo. Parece que los años no le pesaban solamente a ella. Se dispuso a tomar asiento, posando su arma sobre su regazo, fue entonces cuando su voz cortó el silencio. — Konrad Eisenwulf. — Pronunció con tono calmado, mas el caballero sabría que era una orden, requería de su presencia una vez más.
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    Individual
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  • ── Vamos, a dónde sea que no nos siga la nostalgia. Allá donde el futuro aun se puede modificar y el pasado no te esclaviza.
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    《Debo admitirlo, me llegaron recuerdos y nostalgia
    Tal vez, algún dia, vuelva a llevar ese personaje, con una madures que en ese entonces no tenía
    《Debo admitirlo, me llegaron recuerdos y nostalgia :STK-24: Tal vez, algún dia, vuelva a llevar ese personaje, con una madures que en ese entonces no tenía :STK-30:
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    //La nostalgia me obliga a querer manejar un rol acerca de Creepypastas.
    //La nostalgia me obliga a querer manejar un rol acerca de Creepypastas. 🗿
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