Adrián entró al restaurante con la misma cautela de siempre, como si el lugar pudiera romperse si hacía demasiado ruido. Era uno de los favoritos de su madre; no venía seguido, pero algunas mañanas sentía la necesidad de hacerlo, aunque no supiera muy bien por qué.

Pidió un vaso de agua y algo sencillo para desayunar. Cuando el mesero lo condujo a la mesa, Adrián se detuvo un segundo.

Era esa mesa.

La que su madre siempre pedía. La que reservaba cuando quería sentarse cerca de la ventana, donde la luz caía mejor sobre el cristal y decía que así el día comenzaba distinto. Adrián dudó apenas un instante antes de sentarse. No pidió cambiarla.

Dejó la cámara a un lado y apoyó los antebrazos sobre la mesa. El restaurante estaba tranquilo, envuelto en un murmullo bajo, casi respetuoso. Por un momento, pudo imaginarla ahí, acomodando las manos sobre la mesa, mirándolo con calma.

El vaso de agua llegó. Adrián dio un sorbo lento.

—Siempre te gustó este lugar… —murmuró para sí, casi en un susurro.

No sonrió, pero tampoco se levantó. Se quedó ahí, desayunando en silencio, permitiéndose ese pequeño acto de nostalgia. No era tristeza pura; era costumbre, recuerdo, una forma silenciosa de mantenerse cerca.

Cuando terminó, dejó unas monedas sobre la mesa, tomó la cámara y se levantó. Antes de irse, lanzó una última mirada a la silla frente a él… y luego salió, dejando atrás el reflejo del agua y un recuerdo que, por un momento, había vuelto a sentirse presente.
Adrián entró al restaurante con la misma cautela de siempre, como si el lugar pudiera romperse si hacía demasiado ruido. Era uno de los favoritos de su madre; no venía seguido, pero algunas mañanas sentía la necesidad de hacerlo, aunque no supiera muy bien por qué. Pidió un vaso de agua y algo sencillo para desayunar. Cuando el mesero lo condujo a la mesa, Adrián se detuvo un segundo. Era esa mesa. La que su madre siempre pedía. La que reservaba cuando quería sentarse cerca de la ventana, donde la luz caía mejor sobre el cristal y decía que así el día comenzaba distinto. Adrián dudó apenas un instante antes de sentarse. No pidió cambiarla. Dejó la cámara a un lado y apoyó los antebrazos sobre la mesa. El restaurante estaba tranquilo, envuelto en un murmullo bajo, casi respetuoso. Por un momento, pudo imaginarla ahí, acomodando las manos sobre la mesa, mirándolo con calma. El vaso de agua llegó. Adrián dio un sorbo lento. —Siempre te gustó este lugar… —murmuró para sí, casi en un susurro. No sonrió, pero tampoco se levantó. Se quedó ahí, desayunando en silencio, permitiéndose ese pequeño acto de nostalgia. No era tristeza pura; era costumbre, recuerdo, una forma silenciosa de mantenerse cerca. Cuando terminó, dejó unas monedas sobre la mesa, tomó la cámara y se levantó. Antes de irse, lanzó una última mirada a la silla frente a él… y luego salió, dejando atrás el reflejo del agua y un recuerdo que, por un momento, había vuelto a sentirse presente.
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