• La lluvia caía con fuerza sobre los adoquines rotos de la fortaleza abandonada. El agua descendía por los muros derruidos como si la propia piedra sangrara siglos de miseria. Entre la niebla y el hedor de carne húmeda, avancé arrastrando las pesadas botas sobre el barro ennegrecido.

    El filo de mi gran hacha descansaba sobre mi hombro, aún goteando una mezcla espesa de sangre y podredumbre. El hierro viejo rechinaba con cada paso, como si el arma misma estuviera cansada de partir cuerpos huecos.

    Entonces los escuché.

    Ese maldito sonido.

    Huesos rozando piedra. Respiraciones inexistentes. Gargantas secas intentando imitar la vida.

    Los huecos comenzaron a emerger desde las
    sombras de las callejuelas; uno arrastraba una pierna
    casi desprendida, otro sostenía una espada oxidada

    que apenas podía levantar. Sus ojos vacíos me observaban con el hambre desesperada de quienes
    olvidaron hasta su propio nombre.

    Solté un gruñido dentro del yelmo.

    Uno de ellos se lanzó primero, chillando como anima herido. Alcé el hacha con ambas manos y dejé caer el filo con brutalidad. El impacto partió al hueco desde el hombro hasta el pecho, estrellándolo contrael suelo empapado.

    No hubo tiempo para respirar.

    Otro intentó abalanzarse sobre mí por el costado. Giré sobre mis pies y el mango del hacha golpeó su mandíbula con un crujido seco. Sentí los dedos huesudos rasgar mi armadura mientras retrocedía.

    Más figuras aparecieron entre la lluvia.

    Demasiados.

    El miedo quiso abrirse paso dentro de mi pecho... pero hacía mucho que aprendí a enterrarlo bajo acero y cerveza.

    Clavé el hacha en el suelo un instante y observé el círculo de monstruos acercándose lentamente.

    La tormenta rugió sobre nosotros. Entonces avancé yo primero para atacar.

    Después de aquella ordalia el último hueco cayó de rodillas frente a mí, atravesado por el filo de mi gran hacha. Permaneció inmóvil unos segundos antes de desplomarse sobre el barro junto a los demás cadáveres.

    La lluvia continuó golpeando mi armadura mientras observaba las ruinas en silencio.

    Solté un suspiro cansado dentro del yelmo y limpié el filo ensangrentado contra el suelo.

    —Sigo vivo… eso basta por esta noche.

    A lo lejos, una pequeña hoguera brillaba entre la niebla. Sin mirar atrás, comencé a caminar hacia ella mientras la tormenta devoraba lentamente el campo de batalla.
    La lluvia caía con fuerza sobre los adoquines rotos de la fortaleza abandonada. El agua descendía por los muros derruidos como si la propia piedra sangrara siglos de miseria. Entre la niebla y el hedor de carne húmeda, avancé arrastrando las pesadas botas sobre el barro ennegrecido. El filo de mi gran hacha descansaba sobre mi hombro, aún goteando una mezcla espesa de sangre y podredumbre. El hierro viejo rechinaba con cada paso, como si el arma misma estuviera cansada de partir cuerpos huecos. Entonces los escuché. Ese maldito sonido. Huesos rozando piedra. Respiraciones inexistentes. Gargantas secas intentando imitar la vida. Los huecos comenzaron a emerger desde las sombras de las callejuelas; uno arrastraba una pierna casi desprendida, otro sostenía una espada oxidada que apenas podía levantar. Sus ojos vacíos me observaban con el hambre desesperada de quienes olvidaron hasta su propio nombre. Solté un gruñido dentro del yelmo. Uno de ellos se lanzó primero, chillando como anima herido. Alcé el hacha con ambas manos y dejé caer el filo con brutalidad. El impacto partió al hueco desde el hombro hasta el pecho, estrellándolo contrael suelo empapado. No hubo tiempo para respirar. Otro intentó abalanzarse sobre mí por el costado. Giré sobre mis pies y el mango del hacha golpeó su mandíbula con un crujido seco. Sentí los dedos huesudos rasgar mi armadura mientras retrocedía. Más figuras aparecieron entre la lluvia. Demasiados. El miedo quiso abrirse paso dentro de mi pecho... pero hacía mucho que aprendí a enterrarlo bajo acero y cerveza. Clavé el hacha en el suelo un instante y observé el círculo de monstruos acercándose lentamente. La tormenta rugió sobre nosotros. Entonces avancé yo primero para atacar. Después de aquella ordalia el último hueco cayó de rodillas frente a mí, atravesado por el filo de mi gran hacha. Permaneció inmóvil unos segundos antes de desplomarse sobre el barro junto a los demás cadáveres. La lluvia continuó golpeando mi armadura mientras observaba las ruinas en silencio. Solté un suspiro cansado dentro del yelmo y limpié el filo ensangrentado contra el suelo. —Sigo vivo… eso basta por esta noche. A lo lejos, una pequeña hoguera brillaba entre la niebla. Sin mirar atrás, comencé a caminar hacia ella mientras la tormenta devoraba lentamente el campo de batalla.
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  • Nadie lo vio llegar, ni siquiera él, el caballero llevaba horas en silencio, apoyado contra la piedra tibia de la torre, observando el valle extenderse como una pintura demasiado perfecta para ser real. El viento jugaba con su capa roja, las flores se mecían a sus pies y las aves dibujaban círculos tranquilos en el cielo.
    Todo parecía en calma, fue entonces cuando sintió el peso, ligero, insistente.
    Bajó la mirada, el gato ya estaba allí. No recordaba haberlo escuchado subir, ni seguir sus pasos, ni siquiera acercarse. Simplemente… apareció. Y ahora descansaba en sus brazos como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar.
    El caballero no dijo nada al principio. Solo lo sostuvo. El animal observaba el horizonte con una atención casi humana, siguiendo el curso del río, los muros lejanos, las montañas que cerraban el mundo en la distancia.

    —Más allá de esas montañas no es tan bonito.

    Su mirada permaneció fija en el valle, pero algo en su postura cambió. Estaba hablando con un gato, pero no importaba.

    —La comida es peor… —añadió con una calma extrañamente cotidiana—. Y la gente no sabe quedarse en silencio.

    El viento pasó entre ellos, llevándose cualquier rastro de duda, el caballero finalmente bajó la vista. Observó al pequeño animal, tranquilo, ajeno, se sintió bien hablar con normalidad después de mucho tiempo.
    Nadie lo vio llegar, ni siquiera él, el caballero llevaba horas en silencio, apoyado contra la piedra tibia de la torre, observando el valle extenderse como una pintura demasiado perfecta para ser real. El viento jugaba con su capa roja, las flores se mecían a sus pies y las aves dibujaban círculos tranquilos en el cielo. Todo parecía en calma, fue entonces cuando sintió el peso, ligero, insistente. Bajó la mirada, el gato ya estaba allí. No recordaba haberlo escuchado subir, ni seguir sus pasos, ni siquiera acercarse. Simplemente… apareció. Y ahora descansaba en sus brazos como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar. El caballero no dijo nada al principio. Solo lo sostuvo. El animal observaba el horizonte con una atención casi humana, siguiendo el curso del río, los muros lejanos, las montañas que cerraban el mundo en la distancia. —Más allá de esas montañas no es tan bonito. Su mirada permaneció fija en el valle, pero algo en su postura cambió. Estaba hablando con un gato, pero no importaba. —La comida es peor… —añadió con una calma extrañamente cotidiana—. Y la gente no sabe quedarse en silencio. El viento pasó entre ellos, llevándose cualquier rastro de duda, el caballero finalmente bajó la vista. Observó al pequeño animal, tranquilo, ajeno, se sintió bien hablar con normalidad después de mucho tiempo.
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  • — No importa cuántos envíes… todos caen igual de rápido —La idea era clara. Jamás volvería...

    El eco de los disparos todavía vibraba entre los muros agrietados cuando Katherina se dejó caer detrás de una columna partida. El aire olía a pólvora y a hierro. Respiró hondo, una vez… dos… obligando a su pulso a desacelerarse mientras contaba mentalmente.

    Silencio.

    Demasiado silencio.

    Entonces sintió el ardor.

    Bajó la mirada. Una línea roja se abría paso por su antebrazo, delgada pero insistente, como si la bala hubiera querido llevarse un recuerdo de ella. No había sido un impacto limpio, solo un roce…

    —Perfecto… —murmuró irritada.

    Con movimientos rápidos, rasgó un trozo del borde de su vestido. La tela cedió con un sonido seco, desigual. No era la primera vez que convertía algo elegante en algo útil. Nunca lo sería.
    — No importa cuántos envíes… todos caen igual de rápido —La idea era clara. Jamás volvería... El eco de los disparos todavía vibraba entre los muros agrietados cuando Katherina se dejó caer detrás de una columna partida. El aire olía a pólvora y a hierro. Respiró hondo, una vez… dos… obligando a su pulso a desacelerarse mientras contaba mentalmente. Silencio. Demasiado silencio. Entonces sintió el ardor. Bajó la mirada. Una línea roja se abría paso por su antebrazo, delgada pero insistente, como si la bala hubiera querido llevarse un recuerdo de ella. No había sido un impacto limpio, solo un roce… —Perfecto… —murmuró irritada. Con movimientos rápidos, rasgó un trozo del borde de su vestido. La tela cedió con un sonido seco, desigual. No era la primera vez que convertía algo elegante en algo útil. Nunca lo sería.
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  • Irónico era pensar que él aún pudiera sentir pues había jurado apuñalar y enterrar su corazón hacía ya mucho tiempo.
    Olvidado en algún oscuro rincón de su alma y oculto bajo inalcanzables capas que él mismo había formado para evitar sentir.

    Y sin embargo, allí estaba. Latiendo, saliendo a la superficie después de tantos años incluso desde que alguna vez estuvo vivo. Quebrando los muros que había construido mientras comenzaba a latir no por algo; sino por alguien. Un sentimiento no sólo cada vez más innegable, sino también más evidente
    Irónico era pensar que él aún pudiera sentir pues había jurado apuñalar y enterrar su corazón hacía ya mucho tiempo. Olvidado en algún oscuro rincón de su alma y oculto bajo inalcanzables capas que él mismo había formado para evitar sentir. Y sin embargo, allí estaba. Latiendo, saliendo a la superficie después de tantos años incluso desde que alguna vez estuvo vivo. Quebrando los muros que había construido mientras comenzaba a latir no por algo; sino por alguien. Un sentimiento no sólo cada vez más innegable, sino también más evidente
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    ****Edad del Caos****
    -El eco de la sangre

    El mundo temblo pero no por la furia de Oz, fue algo más pequeño, más sutil, un pulso débil pero imposible de ignorar. Oz se detuvo en seco.

    Entre la tormenta de poder que recorría su cuerpo, sintió algo distinto. Algo que no pertenecía a los dioses, ni a los templo o al odio. Era familiar, era suyo... Los ojos de Oz se abrieron con una intensidad renovada; "Yen" estaba viva.

    Sin decir palabra, su cuerpo reaccionó antes que su mente, su presencia se volvió más pesada, más rápida, más peligrosa. El suelo se quebraba bajo cada paso mientras avanzaba sin mirar atrás, Onix intentó seguirlo, corrió., tropezó, se levantó y volvió a correr.

    Pero la distancia entre ambos crecía con cada segundo, Oz no se detuvo, al menos no al principio.

    Pero algo en su interior, algo que aún no había sido consumido por completo lo hizo girarse. Sus ojos se clavaron en la pequeña figura que luchaba por alcanzarlo y durante un instante… dudó.

    Luego regresó sobre sus pasos, la tomó sin decir nada y la cargó con una sola mano, apoyándola contra su cuerpo, no hubo palabras ni hubo consuelo pero fue suficiente. Quizás el último acto de empatía que le quedaba.

    El templo apareció ante ellos, Oz dejó a Onix entre las sombras, no necesitó explicarle mucho,
    la niña entendió. Entonces avanzó y la muerte caminó con él.

    La entrada del templo no resistió, los muros crujieron, las columnas vibraron, el aire mismo se volvió pesado, como si el mundo intentara huir de su presencia.

    El poder de Oz, sellado durante tanto tiempo, comenzaba a desbordarse. No era preciso ni mucho menos controlado, era destrucción pura.

    Pero por primera vez eso era un problema, porque en algún lugar dentro de ese templo… estaba su hija. Oz apretó los dientes, contuvo su poder, lo redujo a lo más básico a lo más primitivo, fuerza.

    Golpeó, avanzó, rompió todo a su paso sin liberar por completo aquello que podía borrar el lugar entero. Cada enemigo que se interponía era aplastado sin contemplación.

    No había gritos para él, no había rostros, solo obstáculos. Entonces lo sintió, débil para él…
    pero inconfundible, un rastro de maná, era pequeño, inestable... Vivo. Oz lo siguió sin dudar y finalmente la vio.

    Era su hija Yen. La niña lo miró y no vio al monstruo, no vio la deformación de su cuerpo, ni la oscuridad que lo envolvía, solo vio a su padre.

    Corrió hacia él sin miedo y lo abrazó, Oz se quedó inmóvil por un instante, luego la levantó y por primera vez desde la muerte de Selin sostuvo algo que no quería destruir.

    Sin decir nada emprendió la marcha, no cubrió sus ojos, no suavizó el camino. Los cadáveres quedaron esparcidos a su paso, marcando el sendero que había abierto. Sangre, cuerpos rotos… silencio. Yen se aferró a él temblando, Oz habló, con una voz grave, firme: "No debes temer Yen, los muertos no pueden lastimarte, yo me encargare que nadie vuelva hacerlo."

    La niña escuchó y entendió, en su mente, algo cambió. Si aquellos hombres no hubieran vivido…
    su madre seguiría viva, si ella los hubiera matado antes nada de eso habría pasado.

    El pensamiento no desapareció, se quedó profundo en su corazón, echando raíces.

    Cuando salieron del templo, el aire parecía más liviano pero el mundo, más oscuro, Onix seguía donde la había dejado, Oz la tomó sin esfuerzo, cargando ahora a ambas niñas, se alejó sin mirar atrás.

    Su destino no era el descanso, era la guerra. Los llevó hacia las tierras de los Nómadas, un lugar donde los dioses no eran venerados sino odiados, donde los Elunai no eran respetados…
    sino rechazados.

    Allí, Yen no sería vista como una aberración y Onix quizás encontraría algo que había perdido.

    Oz no pensaba quedarse, no aún. Había templos que destruir, había sangre que reclamar.

    Primero los santuarios, luego los Elunai y al final…

    Los dioses.
    ****Edad del Caos**** -El eco de la sangre El mundo temblo pero no por la furia de Oz, fue algo más pequeño, más sutil, un pulso débil pero imposible de ignorar. Oz se detuvo en seco. Entre la tormenta de poder que recorría su cuerpo, sintió algo distinto. Algo que no pertenecía a los dioses, ni a los templo o al odio. Era familiar, era suyo... Los ojos de Oz se abrieron con una intensidad renovada; "Yen" estaba viva. Sin decir palabra, su cuerpo reaccionó antes que su mente, su presencia se volvió más pesada, más rápida, más peligrosa. El suelo se quebraba bajo cada paso mientras avanzaba sin mirar atrás, Onix intentó seguirlo, corrió., tropezó, se levantó y volvió a correr. Pero la distancia entre ambos crecía con cada segundo, Oz no se detuvo, al menos no al principio. Pero algo en su interior, algo que aún no había sido consumido por completo lo hizo girarse. Sus ojos se clavaron en la pequeña figura que luchaba por alcanzarlo y durante un instante… dudó. Luego regresó sobre sus pasos, la tomó sin decir nada y la cargó con una sola mano, apoyándola contra su cuerpo, no hubo palabras ni hubo consuelo pero fue suficiente. Quizás el último acto de empatía que le quedaba. El templo apareció ante ellos, Oz dejó a Onix entre las sombras, no necesitó explicarle mucho, la niña entendió. Entonces avanzó y la muerte caminó con él. La entrada del templo no resistió, los muros crujieron, las columnas vibraron, el aire mismo se volvió pesado, como si el mundo intentara huir de su presencia. El poder de Oz, sellado durante tanto tiempo, comenzaba a desbordarse. No era preciso ni mucho menos controlado, era destrucción pura. Pero por primera vez eso era un problema, porque en algún lugar dentro de ese templo… estaba su hija. Oz apretó los dientes, contuvo su poder, lo redujo a lo más básico a lo más primitivo, fuerza. Golpeó, avanzó, rompió todo a su paso sin liberar por completo aquello que podía borrar el lugar entero. Cada enemigo que se interponía era aplastado sin contemplación. No había gritos para él, no había rostros, solo obstáculos. Entonces lo sintió, débil para él… pero inconfundible, un rastro de maná, era pequeño, inestable... Vivo. Oz lo siguió sin dudar y finalmente la vio. Era su hija Yen. La niña lo miró y no vio al monstruo, no vio la deformación de su cuerpo, ni la oscuridad que lo envolvía, solo vio a su padre. Corrió hacia él sin miedo y lo abrazó, Oz se quedó inmóvil por un instante, luego la levantó y por primera vez desde la muerte de Selin sostuvo algo que no quería destruir. Sin decir nada emprendió la marcha, no cubrió sus ojos, no suavizó el camino. Los cadáveres quedaron esparcidos a su paso, marcando el sendero que había abierto. Sangre, cuerpos rotos… silencio. Yen se aferró a él temblando, Oz habló, con una voz grave, firme: "No debes temer Yen, los muertos no pueden lastimarte, yo me encargare que nadie vuelva hacerlo." La niña escuchó y entendió, en su mente, algo cambió. Si aquellos hombres no hubieran vivido… su madre seguiría viva, si ella los hubiera matado antes nada de eso habría pasado. El pensamiento no desapareció, se quedó profundo en su corazón, echando raíces. Cuando salieron del templo, el aire parecía más liviano pero el mundo, más oscuro, Onix seguía donde la había dejado, Oz la tomó sin esfuerzo, cargando ahora a ambas niñas, se alejó sin mirar atrás. Su destino no era el descanso, era la guerra. Los llevó hacia las tierras de los Nómadas, un lugar donde los dioses no eran venerados sino odiados, donde los Elunai no eran respetados… sino rechazados. Allí, Yen no sería vista como una aberración y Onix quizás encontraría algo que había perdido. Oz no pensaba quedarse, no aún. Había templos que destruir, había sangre que reclamar. Primero los santuarios, luego los Elunai y al final… Los dioses.
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  • Himmel se detuvo en lo alto de la colina, con el viento cargado de ceniza revolviendo su capa blanca. Desde allí, la imagen era devastadora: un pueblo entero reducido a ruinas. Techos de paja y madera quemados, muros derrumbados, columnas de humo negro que aún se elevaban hacia el cielo gris como heridas abiertas.

    Abajo, en las calles estrechas cubiertas de escombros, unas pocas figuras caminaban lentamente entre los restos de lo que alguna vez fueron hogares. No se acercó. Solo observó en silencio, con el ceño ligeramente fruncido y una tristeza profunda en los ojos.

    — …Otra vez — murmuró con voz baja, casi tragada por el viento.

    Apretó con fuerza la empuñadura de su espada, sintiendo el peso familiar del acero. Los demonios que habían hecho esto no eran simples monstruos. Eran devoradores de pueblos enteros: consumían vidas, esperanzas y todo lo que las personas construían con esfuerzo y amor.
    Himmel se detuvo en lo alto de la colina, con el viento cargado de ceniza revolviendo su capa blanca. Desde allí, la imagen era devastadora: un pueblo entero reducido a ruinas. Techos de paja y madera quemados, muros derrumbados, columnas de humo negro que aún se elevaban hacia el cielo gris como heridas abiertas. Abajo, en las calles estrechas cubiertas de escombros, unas pocas figuras caminaban lentamente entre los restos de lo que alguna vez fueron hogares. No se acercó. Solo observó en silencio, con el ceño ligeramente fruncido y una tristeza profunda en los ojos. — …Otra vez — murmuró con voz baja, casi tragada por el viento. Apretó con fuerza la empuñadura de su espada, sintiendo el peso familiar del acero. Los demonios que habían hecho esto no eran simples monstruos. Eran devoradores de pueblos enteros: consumían vidas, esperanzas y todo lo que las personas construían con esfuerzo y amor.
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  • —Los mortales construyen muros y los caídos se refugian en el abismo, convencidos de que su soledad es absoluta. Pero es una ilusión imperdonable. Yo he sostenido el Sefer Raziel; he leído el nombre verdadero de cada criatura que respira, y te aseguro que ninguno está suelto en el vacío.

    Ladeó ligeramente la cabeza, permitiendo que una imperceptible sonrisa de melancolía asomara en sus labios.

    —Cada latido, cada brote que rompe la tierra, cada exhalación de las bestias... todo está tejido a la misma raíz divina. El amor de Padre es el oxígeno invisible del cosmos. Se extiende especialmente a sus hijos, nutriéndolos, sin importar qué tan lejos crean haber huido de Su luz. Todo lo que existe, existe porque Él aún lo sostiene en Su memoria.

    Raziel alzó la vista y, por una fracción de segundo, la vastedad del universo entero pareció reflejarse en sus ojos.

    —Y yo soy esa memoria.
    —Los mortales construyen muros y los caídos se refugian en el abismo, convencidos de que su soledad es absoluta. Pero es una ilusión imperdonable. Yo he sostenido el Sefer Raziel; he leído el nombre verdadero de cada criatura que respira, y te aseguro que ninguno está suelto en el vacío. Ladeó ligeramente la cabeza, permitiendo que una imperceptible sonrisa de melancolía asomara en sus labios. —Cada latido, cada brote que rompe la tierra, cada exhalación de las bestias... todo está tejido a la misma raíz divina. El amor de Padre es el oxígeno invisible del cosmos. Se extiende especialmente a sus hijos, nutriéndolos, sin importar qué tan lejos crean haber huido de Su luz. Todo lo que existe, existe porque Él aún lo sostiene en Su memoria. Raziel alzó la vista y, por una fracción de segundo, la vastedad del universo entero pareció reflejarse en sus ojos. —Y yo soy esa memoria.
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  • ((Escena cerrada. Referencia a https://ficrol.com/posts/361632 ))

    Solo por una noche.
    Solo por una noche —por menos de lo que duró aquella— dejaron las etiquetas de lado. Hubo confesiones: algunas, secretos ancestrales; otras, verdades crudas; otras más, fragmentos de pasados marcados por el dolor compartido.

    Dejaron atrás, aunque fuera por un instante, todo aquello que los definía, para ser simplemente dos jóvenes: uno en espíritu y la otra en edad. Parecían cómplices de una travesura entre los largos pasillos de piedra, aferrándose a una adrenalina que, en algún momento, les fue arrebatada por las circunstancias que habían moldeado sus vidas.

    Ambos se sintieron vulnerables entre palabras, miradas y gestos. Temían incluso de sí mismos, al descubrir emociones para las que aún no existía un nombre.
    Aquella noche no fueron “el sanador” ni “su majestad”… Aquella noche fueron Kazuo y Elizabeth, sin miradas que juzgaran sus palabras o sus actos.

    Pero lo triste de aquella historia era que la realidad siempre termina golpeando con fuerza. Sus mundos —y sus propios miedos— alzaban muros que parecían impenetrables. Y aun así… siempre existía la posibilidad de encontrar alguna grieta entre ellos.

    𝑬𝒍𝒊𝒛𝒂𝒃𝒆𝒕𝒉
    ((Escena cerrada. Referencia a https://ficrol.com/posts/361632 )) Solo por una noche. Solo por una noche —por menos de lo que duró aquella— dejaron las etiquetas de lado. Hubo confesiones: algunas, secretos ancestrales; otras, verdades crudas; otras más, fragmentos de pasados marcados por el dolor compartido. Dejaron atrás, aunque fuera por un instante, todo aquello que los definía, para ser simplemente dos jóvenes: uno en espíritu y la otra en edad. Parecían cómplices de una travesura entre los largos pasillos de piedra, aferrándose a una adrenalina que, en algún momento, les fue arrebatada por las circunstancias que habían moldeado sus vidas. Ambos se sintieron vulnerables entre palabras, miradas y gestos. Temían incluso de sí mismos, al descubrir emociones para las que aún no existía un nombre. Aquella noche no fueron “el sanador” ni “su majestad”… Aquella noche fueron Kazuo y Elizabeth, sin miradas que juzgaran sus palabras o sus actos. Pero lo triste de aquella historia era que la realidad siempre termina golpeando con fuerza. Sus mundos —y sus propios miedos— alzaban muros que parecían impenetrables. Y aun así… siempre existía la posibilidad de encontrar alguna grieta entre ellos. [Liz_bloodFlame]
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  • Mine había aprendido la lección antes de cumplir los veinte años, en las aulas de la universidad donde sus compañeros heredaban imperios mientras él se conformaba con ganarse una beca. El mundo, descubrió, no funcionaba con méritos, sino con conexiones. Podías ser el hombre más brillante de una sala, y aún así no significaba nada. No en la yakuza. Allí, los lazos de sangre se forjaban con la certeza de que el hombre a tu lado estaría dispuesto a 𝗰𝗼𝗿𝘁𝗮𝗿𝘀𝗲 𝘂𝗻 𝗱𝗲𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗶. Mine lo sabía antes de dar el primer paso. Así que, como todo en su vida, lo planificó con la meticulosidad de quien no puede permitirse un error.

    Investigó durante meses. Pagó a informantes que bebían su salario en whisky barato, consultó archivos judiciales que el resto del mundo había olvidado, rastreó nombres que nadie más recordaba hasta dar con uno. Un hombre que había sido parte de un clan menor en los márgenes del Tojo, 𝗮𝗹𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘁𝗮𝗻 𝗶𝗿𝗿𝗲𝗹𝗲𝘃𝗮𝗻𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝘂 𝗽𝗿𝗼𝗽𝗶𝗮 𝗳𝗮𝗺𝗶𝗹𝗶𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗮𝗯𝗮𝗻𝗱𝗼𝗻𝗮𝗱𝗼 𝗮 𝘀𝘂 𝘀𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲 cuando la justicia lo atrapó. El cargo hizo que hasta los yakuzas más endurecidos fruncieran el ceño cuando Mine mencionó el nombre en voz baja. 𝗔𝗰𝗼𝘀𝗼 𝗦𝗲𝘅𝘂𝗮𝗹. La condena había sido larga, el escarnio público implacable, la vergüenza tan absoluta que el hombre salió de prisión sin un solo contacto al que recurrir. Perfecto, pensó Mine. 𝗔𝗹𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘁𝗮𝗻 𝗱𝗲𝘀𝗽𝗿𝗲𝗰𝗶𝗮𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗼𝗱𝗼𝘀 𝗻𝗼 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗿𝛊́𝗮 𝗺𝗮́𝘀 𝗼𝗽𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗳𝗲𝗿𝗿𝗮𝗿𝘀𝗲 𝗮 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻 𝗹𝗲 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼.

    La primera vez que lo vio fue en una sala de visitas penitenciaria, el hombre era más bajo de lo que esperaba, con un cuerpo que la cárcel no había hecho más que engordar, un rostro inflamado por los años de mala comida y peor trato, y una mirada que alternaba entre la desconfianza del animal acorralado y una sumisión 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝘃𝗲𝗿𝗴𝗼𝗻𝘇𝗼𝘀𝗮. Cuando Mine se acercó, los otros reclusos que compartían el espacio se alejaron como si el aire a su alrededor estuviera contaminado. Sintió el estómago revolverse, una náusea agria que le subió por la garganta y que solo pudo contener apretando la mandíbula con una fuerza que le hizo crujir los dientes. Aquel hombre era lo más bajo que podía encontrarse en la sociedad japonesa, un paria entre los parias, tan repulsivo que incluso los asesinos y los estafadores le daban la espalda.

    Y Mine sonrió. Extendió la mano con la palma hacia arriba, un gesto de apertura que había ensayado frente al espejo durante semanas, y dijo las palabras que había construido con cuidado. Habló de oportunidades, de segundas chances, de cómo alguien con su conocimiento del mundo exterior y alguien con la experiencia del hombre dentro podían construir algo juntos. Su voz no tembló y su gesto no se quebró. 𝗡𝗶 𝘀𝗶𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗹𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼 𝘀𝘂𝗱𝗼𝗿𝗼𝘀𝗮 𝘆 𝗱𝗲𝗺𝗮𝘀𝗶𝗮𝗱𝗼 𝗰𝗮𝗹𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝘅𝗰𝗼𝗻𝘃𝗶𝗰𝘁𝗼 𝗮𝗽𝗿𝗲𝘁𝗼́ 𝗹𝗮 𝘀𝘂𝘆𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝘂𝗻𝗮 𝗲𝗳𝘂𝘀𝗶𝘃𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗲 𝗵𝗶𝘇𝗼 𝘀𝗲𝗻𝘁𝗶𝗿 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘀𝗶 𝗲𝘀𝘁𝘂𝘃𝗶𝗲𝗿𝗮 𝘁𝗼𝗰𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗽𝘂𝘁𝗿𝗲𝗳𝗮𝗰𝘁𝗼.

    Durante meses, Mine se obligó a estar presente. A escuchar las mismas historias aburridas sobre sus conquistas, los mismos chistes vulgares que hacían que sus subordinados más leales desviaran la mirada con incomodidad cuando el hombre reía demasiado fuerte en los bares de Kabukichō. A pagar las cuentas, primero las pequeñas, luego las grandes. Un apartamento aquí, un coche allá, dinero para "inversiones" que nunca se materializaban en nada excepto en deudas más grandes. Cada vez que el hombre lo llamaba "hermano" con esa voz untuosa, Mine sentía algo retorcerse en su interior, 𝘂𝗻 𝗮𝗻𝗶𝗺𝗮𝗹 𝗮𝘀𝗾𝘂𝗲𝗮𝗱𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗿𝗮𝗻̃𝗮𝗯𝗮 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗮𝗿𝗲𝗱𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗲𝘀𝘁𝗼́𝗺𝗮𝗴𝗼. Pero sostenía la sonrisa, apretaba el hombro del otro con un gesto de camaradería que había ensayado tantas veces que se había vuelto mecánico. Esperaba, pues aquel 𝗖𝗘𝗥𝗗𝗢 era el único que podía brindarle contactos.

    Lo que no esperaba, lo que ningún plan financiero ni análisis de riesgo podría haber previsto, fue el momento en que algo dentro de él se dobló.
    Ocurrió una noche de lluvia, en un callejón detrás de un izakaya donde habían estado bebiendo hasta que las luces de neón empezaron a parpadear como estrellas moribundas. El hombre estaba ebrio, más de lo habitual, apoyado contra la pared húmeda mientras Mine fingía buscar su teléfono para pedir un taxi. Y entonces, entre balbuceos y eructos, las palabras salieron.

    —Somos hermanos jurados, Yoshitaka. Hermanos. Juntos hasta la muerte, ¿entiendes? 𝗛𝗮𝘀𝘁𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲.

    La lluvia caía sobre los hombros de Mine, empapando la tela cara de su abrigo, y por un instante, solo un pequeño instante que después repasaría en su memoria cientos de veces, 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝘀𝗶 𝗵𝗮𝗯𝗶𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗿𝗲𝗮𝗹 𝗼 𝘀𝗶𝗺𝗽𝗹𝗲𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝘀𝗲𝘀𝗽𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻... Mine sintió algo. Una pequeña calidez, una pequeña grieta en los muros que el habia construido con tanto cuidado. Tal vez, pensó mientras miraba al hombre tambaleante bajo la lluvia, 𝘁𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗰𝗼𝘀𝗮 𝗴𝗿𝗼𝘁𝗲𝘀𝗰𝗮 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗹𝗼 𝗱𝗲𝗰𝛊́𝗮 𝗲𝗻 𝘀𝗲𝗿𝗶𝗼. Tal vez todos los gestos, las borracheras compartidas, las conversaciones sin sentido sobre el futuro, tal vez todo eso había construido algo real. Algo que Mine nunca había tenido.

    Fue un pensamiento pasajero, duró lo que el parpadeo de una luciérnaga en verano. A la mañana siguiente, cuando el hombre llamó para pedir más dinero con la misma voz de siempre y la misma falta de vergüenza, Mine ya había enterrado ese momento en lo más profundo de su mente.

    La traición llegó tres meses después, aunque en retrospectiva, Mine sabía que había estado gestándose desde el primer día. Un trato. Algo grande, algo que pondría a la Familia Hakuho en una posición de poder dentro del Clan. El hombre había insistido en participar, en demostrar que era más que la mascota que los otros clanes susurraban a sus espaldas. Mine aceptó, a pesar de cada instinto que le gritaba que no lo hiciera. 𝗧𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇, 𝘀𝗲 𝗱𝗶𝗷𝗼, 𝘁𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇 𝗮𝘀𝛊́ 𝗲𝗹 𝘃𝛊́𝗻𝗰𝘂𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗿𝛊́𝗮 𝗱𝗲 𝘀𝗲𝗿 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝗽𝗮𝗹𝗮𝗯𝗿𝗮𝘀 𝗲𝗯𝗿𝗶𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝘂𝗻 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝗷𝗼́𝗻.
    La emboscada fue perfectamente ejecutada. Las luces de los vehículos, las armas desenfundadas, los gritos de los hombres de Mine cayendo alrededor. Y el hombre que debía cubrirle la espalda, aquel al que había sacado de la cárcel, 𝗮𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘃𝗲𝘀𝘁𝗶𝗱𝗼, 𝗮𝗹𝗶𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗲𝗴𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗯𝘂𝗿𝗹𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗺𝗮́𝘀 𝗰𝗹𝗮𝗻𝗲𝘀, 𝗱𝗲𝘀𝗮𝗽𝗮𝗿𝗲𝗰𝗶𝗼́ 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗳𝘂𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝗱𝗶𝗻𝗲𝗿𝗼. Con todo. Mine recordaba haber sangrado esa noche, arrastrándose por un callejón distinto al de la promesa de hermanos jurados, con un tajo en el costado que le enseñó lo que era estar realmente solo.

    No lo buscó, no envió hombres tras él, no hizo nada excepto esperar. Y Mine Yoshitaka sabía esperar como nadie. Había esperado años para construir su imperio financiero, había esperado décadas para encontrar un lugar al que pertenecer, había esperado toda una vida para dejar de sentirse como el niño huérfano que miraba desde afuera. Podía esperar unos meses más, después de todo, Mine se convenció así mismo de que 𝗹𝗮 𝘃𝗲𝗻𝗴𝗮𝗻𝘇𝗮 𝗲𝘀 𝘂𝗻 𝗷𝘂𝗲𝗴𝗼 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗻𝘁𝗼𝘀.

    El hombre volvió cuando el dinero se acabó. Volvió con la misma sonrisa untuosa, la misma falta de vergüenza, los mismos gestos de camaradería... y Mine sonrió. Le dio la bienvenida, puso una mano en su hombro y dijo que entendía, que eran tiempos difíciles, que los hermanos se perdonan. Cada palabra era un cuchillo que enterraba en su propia carne, pero la sonrisa no se movió ni un milímetro.
    Dejó que el hombre creyera que había triunfado, que la traición había sido olvidada, que su lugar junto al futuro patriarca seguía intacto. Le prestó dinero cuando lo pidió, asintió con la cabeza cuando el hombre hablaba de sus planes grandiosos, rió cuando contaba sus chistes vulgares. Cada interacción era una prueba de resistencia, un ejercicio de control tan exquisito que a veces Mine se sorprendía a sí mismo, 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝘀𝗶 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗲𝗿𝗮 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼 𝗼 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝗺𝗮́𝗾𝘂𝗶𝗻𝗮 𝗱𝗶𝘀𝗳𝗿𝗮𝘇𝗮𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲.

    Pero la paciencia, como todo en la vida, tenía un límite.

    Fue una tarde cualquiera. Mine estaba en su oficina de la sede de la Familia Hakuho, repasando informes trimestrales que prometían ganancias récord, cuando el hombre irrumpió sin anunciarse. Ya había estado bebiendo, el aliento a shōchū llegó antes que él, impregnando el aire con ese olor agrio que Mine había aprendido a identificar como presagio de problemas. Y entonces comenzó..
    Primero fueron las acusaciones: Que Mine le debía más, que lo había mantenido en una posición baja a propósito para humillarlo, que él había puesto su vida en riesgo por el clan y qué había recibido a cambio. La voz del hombre crecía en volumen y en absurdez, cada palabra más inflamada que la anterior, hasta que el traqueteo de los muebles al ser empujados se sumó al ruido. Una lámpara de mesa de porcelana china, una pieza que Mine había adquirido en una subasta en Kioto, valorada en más de lo que aquel cerdo había ganado en toda su vida, voló contra la pared y estalló en fragmentos blancos. Un portarretratos con una fotografía que Mine ni siquiera recordaba haber colocado allí siguió el mismo camino. Luego un jarrón, luego un monitor...

    —¡ME DEBES TODO! —el grito del hombre resonó entre las paredes de caoba, sus puños golpeando el escritorio donde Mine todavía estaba sentado, observando con una calma que parecía sobrenatural—. ¡TODO EL DINERO, MINE! ¡Y TUS HOMBRES! ¡ME CANSÉ DE ESTA MIERDA! ¡VOY A ARMAR UNA GUERRA SI NO ME DAS LO QUE ME CORRESPONDE!

    Sus manos gordezuelas se cerraron sobre el borde del escritorio, volcando la taza de té que Mine había estado bebiendo momentos antes. El líquido caliente se derramó sobre los informes, arruinando horas de trabajo meticuloso. Y fue eso, de todas las cosas, lo que hizo que algo en los ojos de Mine cambiara. No fue la amenaza de guerra, no fue la destrucción de sus pertenencias. Fue el té sobre los informes. 𝗘𝗹 𝗴𝗲𝘀𝘁𝗼 𝗽𝗲𝗾𝘂𝗲𝗻̃𝗼, 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝗶𝗻𝘀𝗶𝗴𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗻𝘁𝗲, 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝗹𝗮𝗯𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗳𝗮𝗹𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗲𝘁𝗼 𝘁𝗮𝗻 𝗽𝗿𝗼𝗳𝘂𝗻𝗱𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗶 𝘀𝗶𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗺𝗲𝗿𝗲𝗰𝛊́𝗮 𝘀𝗲𝗿 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗶𝗱𝗲𝗿𝗮𝗱𝗮.
    El hombre seguía gritando, su cara congestionada hasta adquirir un tono púrpura, la saliva volando de sus labios mientras enumeraba todas las formas en que Mine le había fallado. No había notado cómo la sonrisa de Mine, esa sonrisa que había sostenido durante dos años enteros, había desaparecido de su rostro como si nunca hubiera existido.

    Cuando Mine se levantó de su silla, lo hizo con fluidez, el golpe fue tan rápido que el hombre apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que el puño de Mine se hundiera en su estómago blando con precisión. El aire salió de sus pulmones en un gemido húmedo, sus rodillas se doblaron, y luego vino el segundo golpe, y el tercero. 𝗖𝗮𝗱𝗮 𝗶𝗺𝗽𝗮𝗰𝘁𝗼 𝗲𝗿𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗹𝗶𝗯𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻, 𝗰𝗮𝗱𝗮 𝘀𝗼𝗻𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗵𝘂𝗲𝘀𝗼 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮 𝗰𝗮𝗿𝗻𝗲 𝘂𝗻 𝗲𝗰𝗼 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝘀𝗼𝗻𝗿𝗶𝘀𝗮𝘀 𝗳𝗮𝗹𝘀𝗮𝘀, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗿𝗼𝗺𝗲𝘀𝗮𝘀 𝗿𝗼𝘁𝗮𝘀, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗻𝗼𝗰𝗵𝗲𝘀 𝗲𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗠𝗶𝗻𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗺𝗶𝗿𝗮𝗱𝗼 𝗮𝗹 𝘁𝗲𝗰𝗵𝗼 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗮𝗽𝗮𝗿𝘁𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝗽𝗼𝗿 𝗾𝘂𝗲́ 𝘀𝗲𝗴𝘂𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗻𝘁𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗲𝘀𝗲 𝘃𝗮𝗰𝛊́𝗼 𝗮 𝗽𝗲𝘀𝗮𝗿 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗹𝗼𝗴𝗿𝗮𝗱𝗼.

    La sangre salpicó la manga de su traje, pero Mine ni siquiera parpadeó. Sus nudillos ardían, y el dolor era casi agradable, desestresante diría.
    Cuando el hombre yacía en el suelo, entre los restos de porcelana y los papeles manchados de té, emitiendo sonidos que ya no eran palabras sino gemidos, Mine se enderezó. Tomó un pañuelo de su bolsillo interior y se limpió los nudillos meticulosidad. Sólo entonces, con un gesto casi perezoso de su mano, 𝗹𝗹𝗮𝗺𝗼́ 𝗮 𝘀𝘂𝘀 𝘀𝘂𝗯𝗼𝗿𝗱𝗶𝗻𝗮𝗱𝗼𝘀.

    Dos hombres en traje negro aparecieron en el marco de la puerta, sus rostros perfectamente impasibles, esperando instrucciones.
    Mine los miró, y luego desvió la vista hacia el bulto tembloroso en el suelo. Su voz, cuando habló, fue baja y serena, el mismo tono que usaba para aprobar presupuestos trimestrales.

    —𝗡𝗼 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗴𝗮𝗻 𝗮𝗾𝘂𝛊́

    Salió de la oficina sin mirar atrás. Caminó por el pasillo de la sede con pasos medidos, escuchando cómo los gritos comenzaban de nuevo detrás de él, más agudos y más desesperados, la voz de aquel hombre que ya no era su "mejor amigo", 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼, 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗽𝗼𝗱𝗿𝛊́𝗮 𝗵𝗮𝗯𝗲𝗿𝗹𝗼 𝘀𝗶𝗱𝗼.

    Porque esa era la lección, ¿no? Mine había aprendido muy pronto que en este mundo no recibes nada gratis. Y aquella cosa en el suelo de su oficina, ese despojo que gemía entre la sangre y los restos de porcelana, nunca había sido un hermano. 𝗦𝗼𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝘂𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮𝘁𝗼 𝗺𝗮𝗹 𝗿𝗲𝗱𝗮𝗰𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝘂𝗻𝗮 𝗶𝗻𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝗿𝗲𝗻𝗱𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼𝘀 𝗻𝗲𝗴𝗮𝘁𝗶𝘃𝗼𝘀, 𝘂𝗻𝗮 𝗽𝗮́𝗴𝗶𝗻𝗮 𝗺𝗮́𝘀 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗹𝗮𝗿𝗴𝗼 𝗲𝘅𝗽𝗲𝗱𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗿𝗮𝘇𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗿 𝗹𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗠𝗶𝗻𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗰𝗿𝗲𝗲𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗹𝗮𝘇𝗼𝘀 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗱𝛊́𝗮𝗻 𝘀𝗲𝗿 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗺𝗮́𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘁𝗿𝗮𝗻𝘀𝗮𝗰𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀.
    Mine había aprendido la lección antes de cumplir los veinte años, en las aulas de la universidad donde sus compañeros heredaban imperios mientras él se conformaba con ganarse una beca. El mundo, descubrió, no funcionaba con méritos, sino con conexiones. Podías ser el hombre más brillante de una sala, y aún así no significaba nada. No en la yakuza. Allí, los lazos de sangre se forjaban con la certeza de que el hombre a tu lado estaría dispuesto a 𝗰𝗼𝗿𝘁𝗮𝗿𝘀𝗲 𝘂𝗻 𝗱𝗲𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗶. Mine lo sabía antes de dar el primer paso. Así que, como todo en su vida, lo planificó con la meticulosidad de quien no puede permitirse un error. Investigó durante meses. Pagó a informantes que bebían su salario en whisky barato, consultó archivos judiciales que el resto del mundo había olvidado, rastreó nombres que nadie más recordaba hasta dar con uno. Un hombre que había sido parte de un clan menor en los márgenes del Tojo, 𝗮𝗹𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘁𝗮𝗻 𝗶𝗿𝗿𝗲𝗹𝗲𝘃𝗮𝗻𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝘂 𝗽𝗿𝗼𝗽𝗶𝗮 𝗳𝗮𝗺𝗶𝗹𝗶𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗮𝗯𝗮𝗻𝗱𝗼𝗻𝗮𝗱𝗼 𝗮 𝘀𝘂 𝘀𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲 cuando la justicia lo atrapó. El cargo hizo que hasta los yakuzas más endurecidos fruncieran el ceño cuando Mine mencionó el nombre en voz baja. 𝗔𝗰𝗼𝘀𝗼 𝗦𝗲𝘅𝘂𝗮𝗹. La condena había sido larga, el escarnio público implacable, la vergüenza tan absoluta que el hombre salió de prisión sin un solo contacto al que recurrir. Perfecto, pensó Mine. 𝗔𝗹𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘁𝗮𝗻 𝗱𝗲𝘀𝗽𝗿𝗲𝗰𝗶𝗮𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗼𝗱𝗼𝘀 𝗻𝗼 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗿𝛊́𝗮 𝗺𝗮́𝘀 𝗼𝗽𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗳𝗲𝗿𝗿𝗮𝗿𝘀𝗲 𝗮 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻 𝗹𝗲 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼. La primera vez que lo vio fue en una sala de visitas penitenciaria, el hombre era más bajo de lo que esperaba, con un cuerpo que la cárcel no había hecho más que engordar, un rostro inflamado por los años de mala comida y peor trato, y una mirada que alternaba entre la desconfianza del animal acorralado y una sumisión 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝘃𝗲𝗿𝗴𝗼𝗻𝘇𝗼𝘀𝗮. Cuando Mine se acercó, los otros reclusos que compartían el espacio se alejaron como si el aire a su alrededor estuviera contaminado. Sintió el estómago revolverse, una náusea agria que le subió por la garganta y que solo pudo contener apretando la mandíbula con una fuerza que le hizo crujir los dientes. Aquel hombre era lo más bajo que podía encontrarse en la sociedad japonesa, un paria entre los parias, tan repulsivo que incluso los asesinos y los estafadores le daban la espalda. Y Mine sonrió. Extendió la mano con la palma hacia arriba, un gesto de apertura que había ensayado frente al espejo durante semanas, y dijo las palabras que había construido con cuidado. Habló de oportunidades, de segundas chances, de cómo alguien con su conocimiento del mundo exterior y alguien con la experiencia del hombre dentro podían construir algo juntos. Su voz no tembló y su gesto no se quebró. 𝗡𝗶 𝘀𝗶𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗹𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼 𝘀𝘂𝗱𝗼𝗿𝗼𝘀𝗮 𝘆 𝗱𝗲𝗺𝗮𝘀𝗶𝗮𝗱𝗼 𝗰𝗮𝗹𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝘅𝗰𝗼𝗻𝘃𝗶𝗰𝘁𝗼 𝗮𝗽𝗿𝗲𝘁𝗼́ 𝗹𝗮 𝘀𝘂𝘆𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝘂𝗻𝗮 𝗲𝗳𝘂𝘀𝗶𝘃𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗲 𝗵𝗶𝘇𝗼 𝘀𝗲𝗻𝘁𝗶𝗿 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘀𝗶 𝗲𝘀𝘁𝘂𝘃𝗶𝗲𝗿𝗮 𝘁𝗼𝗰𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗽𝘂𝘁𝗿𝗲𝗳𝗮𝗰𝘁𝗼. Durante meses, Mine se obligó a estar presente. A escuchar las mismas historias aburridas sobre sus conquistas, los mismos chistes vulgares que hacían que sus subordinados más leales desviaran la mirada con incomodidad cuando el hombre reía demasiado fuerte en los bares de Kabukichō. A pagar las cuentas, primero las pequeñas, luego las grandes. Un apartamento aquí, un coche allá, dinero para "inversiones" que nunca se materializaban en nada excepto en deudas más grandes. Cada vez que el hombre lo llamaba "hermano" con esa voz untuosa, Mine sentía algo retorcerse en su interior, 𝘂𝗻 𝗮𝗻𝗶𝗺𝗮𝗹 𝗮𝘀𝗾𝘂𝗲𝗮𝗱𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗿𝗮𝗻̃𝗮𝗯𝗮 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗮𝗿𝗲𝗱𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗲𝘀𝘁𝗼́𝗺𝗮𝗴𝗼. Pero sostenía la sonrisa, apretaba el hombro del otro con un gesto de camaradería que había ensayado tantas veces que se había vuelto mecánico. Esperaba, pues aquel 𝗖𝗘𝗥𝗗𝗢 era el único que podía brindarle contactos. Lo que no esperaba, lo que ningún plan financiero ni análisis de riesgo podría haber previsto, fue el momento en que algo dentro de él se dobló. Ocurrió una noche de lluvia, en un callejón detrás de un izakaya donde habían estado bebiendo hasta que las luces de neón empezaron a parpadear como estrellas moribundas. El hombre estaba ebrio, más de lo habitual, apoyado contra la pared húmeda mientras Mine fingía buscar su teléfono para pedir un taxi. Y entonces, entre balbuceos y eructos, las palabras salieron. —Somos hermanos jurados, Yoshitaka. Hermanos. Juntos hasta la muerte, ¿entiendes? 𝗛𝗮𝘀𝘁𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲. La lluvia caía sobre los hombros de Mine, empapando la tela cara de su abrigo, y por un instante, solo un pequeño instante que después repasaría en su memoria cientos de veces, 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝘀𝗶 𝗵𝗮𝗯𝗶𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗿𝗲𝗮𝗹 𝗼 𝘀𝗶𝗺𝗽𝗹𝗲𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝘀𝗲𝘀𝗽𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻... Mine sintió algo. Una pequeña calidez, una pequeña grieta en los muros que el habia construido con tanto cuidado. Tal vez, pensó mientras miraba al hombre tambaleante bajo la lluvia, 𝘁𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗰𝗼𝘀𝗮 𝗴𝗿𝗼𝘁𝗲𝘀𝗰𝗮 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗹𝗼 𝗱𝗲𝗰𝛊́𝗮 𝗲𝗻 𝘀𝗲𝗿𝗶𝗼. Tal vez todos los gestos, las borracheras compartidas, las conversaciones sin sentido sobre el futuro, tal vez todo eso había construido algo real. Algo que Mine nunca había tenido. Fue un pensamiento pasajero, duró lo que el parpadeo de una luciérnaga en verano. A la mañana siguiente, cuando el hombre llamó para pedir más dinero con la misma voz de siempre y la misma falta de vergüenza, Mine ya había enterrado ese momento en lo más profundo de su mente. La traición llegó tres meses después, aunque en retrospectiva, Mine sabía que había estado gestándose desde el primer día. Un trato. Algo grande, algo que pondría a la Familia Hakuho en una posición de poder dentro del Clan. El hombre había insistido en participar, en demostrar que era más que la mascota que los otros clanes susurraban a sus espaldas. Mine aceptó, a pesar de cada instinto que le gritaba que no lo hiciera. 𝗧𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇, 𝘀𝗲 𝗱𝗶𝗷𝗼, 𝘁𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇 𝗮𝘀𝛊́ 𝗲𝗹 𝘃𝛊́𝗻𝗰𝘂𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗿𝛊́𝗮 𝗱𝗲 𝘀𝗲𝗿 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝗽𝗮𝗹𝗮𝗯𝗿𝗮𝘀 𝗲𝗯𝗿𝗶𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝘂𝗻 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝗷𝗼́𝗻. La emboscada fue perfectamente ejecutada. Las luces de los vehículos, las armas desenfundadas, los gritos de los hombres de Mine cayendo alrededor. Y el hombre que debía cubrirle la espalda, aquel al que había sacado de la cárcel, 𝗮𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘃𝗲𝘀𝘁𝗶𝗱𝗼, 𝗮𝗹𝗶𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗲𝗴𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗯𝘂𝗿𝗹𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗺𝗮́𝘀 𝗰𝗹𝗮𝗻𝗲𝘀, 𝗱𝗲𝘀𝗮𝗽𝗮𝗿𝗲𝗰𝗶𝗼́ 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗳𝘂𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝗱𝗶𝗻𝗲𝗿𝗼. Con todo. Mine recordaba haber sangrado esa noche, arrastrándose por un callejón distinto al de la promesa de hermanos jurados, con un tajo en el costado que le enseñó lo que era estar realmente solo. No lo buscó, no envió hombres tras él, no hizo nada excepto esperar. Y Mine Yoshitaka sabía esperar como nadie. Había esperado años para construir su imperio financiero, había esperado décadas para encontrar un lugar al que pertenecer, había esperado toda una vida para dejar de sentirse como el niño huérfano que miraba desde afuera. Podía esperar unos meses más, después de todo, Mine se convenció así mismo de que 𝗹𝗮 𝘃𝗲𝗻𝗴𝗮𝗻𝘇𝗮 𝗲𝘀 𝘂𝗻 𝗷𝘂𝗲𝗴𝗼 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗻𝘁𝗼𝘀. El hombre volvió cuando el dinero se acabó. Volvió con la misma sonrisa untuosa, la misma falta de vergüenza, los mismos gestos de camaradería... y Mine sonrió. Le dio la bienvenida, puso una mano en su hombro y dijo que entendía, que eran tiempos difíciles, que los hermanos se perdonan. Cada palabra era un cuchillo que enterraba en su propia carne, pero la sonrisa no se movió ni un milímetro. Dejó que el hombre creyera que había triunfado, que la traición había sido olvidada, que su lugar junto al futuro patriarca seguía intacto. Le prestó dinero cuando lo pidió, asintió con la cabeza cuando el hombre hablaba de sus planes grandiosos, rió cuando contaba sus chistes vulgares. Cada interacción era una prueba de resistencia, un ejercicio de control tan exquisito que a veces Mine se sorprendía a sí mismo, 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝘀𝗶 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗲𝗿𝗮 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼 𝗼 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝗺𝗮́𝗾𝘂𝗶𝗻𝗮 𝗱𝗶𝘀𝗳𝗿𝗮𝘇𝗮𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲. Pero la paciencia, como todo en la vida, tenía un límite. Fue una tarde cualquiera. Mine estaba en su oficina de la sede de la Familia Hakuho, repasando informes trimestrales que prometían ganancias récord, cuando el hombre irrumpió sin anunciarse. Ya había estado bebiendo, el aliento a shōchū llegó antes que él, impregnando el aire con ese olor agrio que Mine había aprendido a identificar como presagio de problemas. Y entonces comenzó.. Primero fueron las acusaciones: Que Mine le debía más, que lo había mantenido en una posición baja a propósito para humillarlo, que él había puesto su vida en riesgo por el clan y qué había recibido a cambio. La voz del hombre crecía en volumen y en absurdez, cada palabra más inflamada que la anterior, hasta que el traqueteo de los muebles al ser empujados se sumó al ruido. Una lámpara de mesa de porcelana china, una pieza que Mine había adquirido en una subasta en Kioto, valorada en más de lo que aquel cerdo había ganado en toda su vida, voló contra la pared y estalló en fragmentos blancos. Un portarretratos con una fotografía que Mine ni siquiera recordaba haber colocado allí siguió el mismo camino. Luego un jarrón, luego un monitor... —¡ME DEBES TODO! —el grito del hombre resonó entre las paredes de caoba, sus puños golpeando el escritorio donde Mine todavía estaba sentado, observando con una calma que parecía sobrenatural—. ¡TODO EL DINERO, MINE! ¡Y TUS HOMBRES! ¡ME CANSÉ DE ESTA MIERDA! ¡VOY A ARMAR UNA GUERRA SI NO ME DAS LO QUE ME CORRESPONDE! Sus manos gordezuelas se cerraron sobre el borde del escritorio, volcando la taza de té que Mine había estado bebiendo momentos antes. El líquido caliente se derramó sobre los informes, arruinando horas de trabajo meticuloso. Y fue eso, de todas las cosas, lo que hizo que algo en los ojos de Mine cambiara. No fue la amenaza de guerra, no fue la destrucción de sus pertenencias. Fue el té sobre los informes. 𝗘𝗹 𝗴𝗲𝘀𝘁𝗼 𝗽𝗲𝗾𝘂𝗲𝗻̃𝗼, 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝗶𝗻𝘀𝗶𝗴𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗻𝘁𝗲, 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝗹𝗮𝗯𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗳𝗮𝗹𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗲𝘁𝗼 𝘁𝗮𝗻 𝗽𝗿𝗼𝗳𝘂𝗻𝗱𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗶 𝘀𝗶𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗺𝗲𝗿𝗲𝗰𝛊́𝗮 𝘀𝗲𝗿 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗶𝗱𝗲𝗿𝗮𝗱𝗮. El hombre seguía gritando, su cara congestionada hasta adquirir un tono púrpura, la saliva volando de sus labios mientras enumeraba todas las formas en que Mine le había fallado. No había notado cómo la sonrisa de Mine, esa sonrisa que había sostenido durante dos años enteros, había desaparecido de su rostro como si nunca hubiera existido. Cuando Mine se levantó de su silla, lo hizo con fluidez, el golpe fue tan rápido que el hombre apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que el puño de Mine se hundiera en su estómago blando con precisión. El aire salió de sus pulmones en un gemido húmedo, sus rodillas se doblaron, y luego vino el segundo golpe, y el tercero. 𝗖𝗮𝗱𝗮 𝗶𝗺𝗽𝗮𝗰𝘁𝗼 𝗲𝗿𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗹𝗶𝗯𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻, 𝗰𝗮𝗱𝗮 𝘀𝗼𝗻𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗵𝘂𝗲𝘀𝗼 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮 𝗰𝗮𝗿𝗻𝗲 𝘂𝗻 𝗲𝗰𝗼 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝘀𝗼𝗻𝗿𝗶𝘀𝗮𝘀 𝗳𝗮𝗹𝘀𝗮𝘀, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗿𝗼𝗺𝗲𝘀𝗮𝘀 𝗿𝗼𝘁𝗮𝘀, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗻𝗼𝗰𝗵𝗲𝘀 𝗲𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗠𝗶𝗻𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗺𝗶𝗿𝗮𝗱𝗼 𝗮𝗹 𝘁𝗲𝗰𝗵𝗼 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗮𝗽𝗮𝗿𝘁𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝗽𝗼𝗿 𝗾𝘂𝗲́ 𝘀𝗲𝗴𝘂𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗻𝘁𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗲𝘀𝗲 𝘃𝗮𝗰𝛊́𝗼 𝗮 𝗽𝗲𝘀𝗮𝗿 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗹𝗼𝗴𝗿𝗮𝗱𝗼. La sangre salpicó la manga de su traje, pero Mine ni siquiera parpadeó. Sus nudillos ardían, y el dolor era casi agradable, desestresante diría. Cuando el hombre yacía en el suelo, entre los restos de porcelana y los papeles manchados de té, emitiendo sonidos que ya no eran palabras sino gemidos, Mine se enderezó. Tomó un pañuelo de su bolsillo interior y se limpió los nudillos meticulosidad. Sólo entonces, con un gesto casi perezoso de su mano, 𝗹𝗹𝗮𝗺𝗼́ 𝗮 𝘀𝘂𝘀 𝘀𝘂𝗯𝗼𝗿𝗱𝗶𝗻𝗮𝗱𝗼𝘀. Dos hombres en traje negro aparecieron en el marco de la puerta, sus rostros perfectamente impasibles, esperando instrucciones. Mine los miró, y luego desvió la vista hacia el bulto tembloroso en el suelo. Su voz, cuando habló, fue baja y serena, el mismo tono que usaba para aprobar presupuestos trimestrales. —𝗡𝗼 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗴𝗮𝗻 𝗮𝗾𝘂𝛊́ Salió de la oficina sin mirar atrás. Caminó por el pasillo de la sede con pasos medidos, escuchando cómo los gritos comenzaban de nuevo detrás de él, más agudos y más desesperados, la voz de aquel hombre que ya no era su "mejor amigo", 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼, 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗽𝗼𝗱𝗿𝛊́𝗮 𝗵𝗮𝗯𝗲𝗿𝗹𝗼 𝘀𝗶𝗱𝗼. Porque esa era la lección, ¿no? Mine había aprendido muy pronto que en este mundo no recibes nada gratis. Y aquella cosa en el suelo de su oficina, ese despojo que gemía entre la sangre y los restos de porcelana, nunca había sido un hermano. 𝗦𝗼𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝘂𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮𝘁𝗼 𝗺𝗮𝗹 𝗿𝗲𝗱𝗮𝗰𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝘂𝗻𝗮 𝗶𝗻𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝗿𝗲𝗻𝗱𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼𝘀 𝗻𝗲𝗴𝗮𝘁𝗶𝘃𝗼𝘀, 𝘂𝗻𝗮 𝗽𝗮́𝗴𝗶𝗻𝗮 𝗺𝗮́𝘀 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗹𝗮𝗿𝗴𝗼 𝗲𝘅𝗽𝗲𝗱𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗿𝗮𝘇𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗿 𝗹𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗠𝗶𝗻𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗰𝗿𝗲𝗲𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗹𝗮𝘇𝗼𝘀 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗱𝛊́𝗮𝗻 𝘀𝗲𝗿 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗺𝗮́𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘁𝗿𝗮𝗻𝘀𝗮𝗰𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀.
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  • Las pesadas puertas del gran salón se cerraron tras el anuncio de la llegada de la reina al lugar. Elizabeth quien hace unos minutos había sufrido por el esfuerzo de vendarse sus heridas recién tratadas, ahora caminaba erguida como si el dolor no acuchillara su costado en cada paso. Al entrar, quedó claro que su llegada había interrumpido una acalorada discusión, y no tardó en descifrar el motivo

    ​—Es una imprudencia —dijo Sigurd al resto del séquito, golpeando suavemente la mesa de madera tallada— Los rumores vuelan rápido... Dicen que hace milagros, que cura lo incurable. Si el Rey del Norte llega a escuchar que ocultamos a un ser con semejante poder, lo tomará como una provocación de guerra o, peor aún, como un arma que le estamos robando.
    ​Elizabeth, cuya figura destacaba bajo la luz de los vitrales, cruzó sus brazos con calma. Sus ojos rojos recorrieron la mesa, silenciando los murmullos con una sola mirada.

    ​—El pueblo no es tonto —continuó otro consejero—. Su apariencia ya es un factor demasiado llamativo. Hay aldeanos, bueno... mas aldeanas que aldeanos, que llevan horas apostadas en las grandes puertas, ignorando sus labores solo para intentar verle el rostro. No podemos tenerlo en el castillo. Es un riesgo político que no podemos permitirnos. Debe irse, y debe hacerlo antes del amanecer.

    ​✴ ─ El extranjero se queda —la voz de Elizabeth cortó el aire como una hoja de acero.

    ​Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Elizabeth dio un paso al frente, y apoyo ambas manos en el mesón su presencia llenó el espacio con una autoridad que no admitía réplicas.

    ​✴ ─ Se ha ganado el derecho de ser hospedado en estos muros —declaró ella con firmeza—
    ​Se acercó a la ventana que daba al patio principal, observando las siluetas de los aldeanos a lo lejos.

    ​✴ ─Mantendremos el secreto a puertas cerradas. Refuercen la guardia en las alas privadas y asegúrense de que nadie, absolutamente nadie externo al consejo, vuelva a verlo. Su apariencia podrá ser inusual, pero mientras esté dentro de estos muros, es un asunto de la corona. Si el Rey del Norte quiere respuestas, tendrá que pedírmelas a mí directamente.

    La reina había hablado, pero el consejo real no compartía su decisión. Sabían que el sanador no era un simple huésped, era un peligro latente para todo Brattvåg.

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    Continuación de https://ficrol.com/posts/359883
    Las pesadas puertas del gran salón se cerraron tras el anuncio de la llegada de la reina al lugar. Elizabeth quien hace unos minutos había sufrido por el esfuerzo de vendarse sus heridas recién tratadas, ahora caminaba erguida como si el dolor no acuchillara su costado en cada paso. Al entrar, quedó claro que su llegada había interrumpido una acalorada discusión, y no tardó en descifrar el motivo ​—Es una imprudencia —dijo Sigurd al resto del séquito, golpeando suavemente la mesa de madera tallada— Los rumores vuelan rápido... Dicen que hace milagros, que cura lo incurable. Si el Rey del Norte llega a escuchar que ocultamos a un ser con semejante poder, lo tomará como una provocación de guerra o, peor aún, como un arma que le estamos robando. ​Elizabeth, cuya figura destacaba bajo la luz de los vitrales, cruzó sus brazos con calma. Sus ojos rojos recorrieron la mesa, silenciando los murmullos con una sola mirada. ​—El pueblo no es tonto —continuó otro consejero—. Su apariencia ya es un factor demasiado llamativo. Hay aldeanos, bueno... mas aldeanas que aldeanos, que llevan horas apostadas en las grandes puertas, ignorando sus labores solo para intentar verle el rostro. No podemos tenerlo en el castillo. Es un riesgo político que no podemos permitirnos. Debe irse, y debe hacerlo antes del amanecer. ​✴ ─ El extranjero se queda —la voz de Elizabeth cortó el aire como una hoja de acero. ​Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Elizabeth dio un paso al frente, y apoyo ambas manos en el mesón su presencia llenó el espacio con una autoridad que no admitía réplicas. ​✴ ─ Se ha ganado el derecho de ser hospedado en estos muros —declaró ella con firmeza— ​Se acercó a la ventana que daba al patio principal, observando las siluetas de los aldeanos a lo lejos. ​✴ ─Mantendremos el secreto a puertas cerradas. Refuercen la guardia en las alas privadas y asegúrense de que nadie, absolutamente nadie externo al consejo, vuelva a verlo. Su apariencia podrá ser inusual, pero mientras esté dentro de estos muros, es un asunto de la corona. Si el Rey del Norte quiere respuestas, tendrá que pedírmelas a mí directamente. La reina había hablado, pero el consejo real no compartía su decisión. Sabían que el sanador no era un simple huésped, era un peligro latente para todo Brattvåg. ────────── Continuación de https://ficrol.com/posts/359883
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