• El golpe contra el suelo fue seco, limpio.

    Un movimiento rápido. Técnica pura.

    Priscila giró su peso con precisión y lo derribó sin margen de reacción. Antes de que él pudiera incorporarse, ella ya estaba encima, rodilla firme bloqueando su hombro, mano controlando su cabeza contra la tierra del campo.

    La otra sostenía la máscara.

    No era un trofeo legendario.

    Era solo parte del ejercicio: quien derribaba al otro, se quedaba con la máscara por esa ronda.

    Un simple protocolo de entrenamiento.

    Él —disciplinado, fuerte, acostumbrado a dominar cada enfrentamiento— había calculado mal. Un giro rápido, un movimiento de cadera perfectamente ejecutado, y ahora estaba de espaldas contra la tierra

    Él respiraba con fuerza, pero no intentaba liberarse de inmediato. Sus ojos la miraban desde abajo, concentrados… y algo más. Reconocimiento.

    —Ronda tuya —dijo, sin molestia.

    Priscila sonrió apenas, segura.

    A pocos pasos, demasiado cerca como para fingir indiferencia, estaba ella.

    La ex o novia

    Alta. Fuerte. Impecable físicamente. Con esa presencia dominante que no necesitaba esfuerzo para imponerse.

    Y ahora observaba todo desde una distancia mínima. Lo suficiente para ver cómo Priscila lo tenía completamente controlado. Lo suficiente para notar que él no estaba irritado… estaba avergonzado.

    Sus brazos cruzados marcaban tensión. La mandíbula firme. Los ojos clavados en la escena.

    No era la máscara lo que le molestaba.

    Era la dinámica.

    La confianza.

    La forma en que él no reaccionaba con agresividad, sino con respeto.

    Desde la plataforma superior, el capitán observaba en silencio.
    El golpe contra el suelo fue seco, limpio. Un movimiento rápido. Técnica pura. Priscila giró su peso con precisión y lo derribó sin margen de reacción. Antes de que él pudiera incorporarse, ella ya estaba encima, rodilla firme bloqueando su hombro, mano controlando su cabeza contra la tierra del campo. La otra sostenía la máscara. No era un trofeo legendario. Era solo parte del ejercicio: quien derribaba al otro, se quedaba con la máscara por esa ronda. Un simple protocolo de entrenamiento. Él —disciplinado, fuerte, acostumbrado a dominar cada enfrentamiento— había calculado mal. Un giro rápido, un movimiento de cadera perfectamente ejecutado, y ahora estaba de espaldas contra la tierra Él respiraba con fuerza, pero no intentaba liberarse de inmediato. Sus ojos la miraban desde abajo, concentrados… y algo más. Reconocimiento. —Ronda tuya —dijo, sin molestia. Priscila sonrió apenas, segura. A pocos pasos, demasiado cerca como para fingir indiferencia, estaba ella. La ex o novia Alta. Fuerte. Impecable físicamente. Con esa presencia dominante que no necesitaba esfuerzo para imponerse. Y ahora observaba todo desde una distancia mínima. Lo suficiente para ver cómo Priscila lo tenía completamente controlado. Lo suficiente para notar que él no estaba irritado… estaba avergonzado. Sus brazos cruzados marcaban tensión. La mandíbula firme. Los ojos clavados en la escena. No era la máscara lo que le molestaba. Era la dinámica. La confianza. La forma en que él no reaccionaba con agresividad, sino con respeto. Desde la plataforma superior, el capitán observaba en silencio.
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  • Un poco de entrenamiento....no hace daño
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  • *Sentado en el borde de un barranco tomando mi refresco mientras descansaba un poco del entrenamiento, me había metido en el juego de Final Fantasy XXV MMO en una de las zonas de máximo nivel para enfrentarme contra los enemigos más fuertes del juego, así practicaría mis habilidades ya que después de tanto tiempo estaba algo oxidado y si quería cumplir mi meta tenía que dejar de estar durmiéndome en los laureles*

    Bueno… suficiente descanso por ahora… hora de continuar con el entrenamiento.

    *Me levante dejando mitad de mis pies en el aire del barranco viendo a lo lejos como spawneaba varios enemigos junto con el jefe de zona, hice aparecer puesta mi armadura y sujetando mi martillo a dos manos con una conseguida después de muchas horas de farmeo, aunque el set no había sido conseguido en el juego que estaba si no en otro llamado Monster Hunter, con una leve sonrisa (aunque no se viera por el casco) salte bastante alto para caer cual meteorito en la zona del jefe y así comenzar el evento de jefe estando yo solo*
    *Sentado en el borde de un barranco tomando mi refresco mientras descansaba un poco del entrenamiento, me había metido en el juego de Final Fantasy XXV MMO en una de las zonas de máximo nivel para enfrentarme contra los enemigos más fuertes del juego, así practicaría mis habilidades ya que después de tanto tiempo estaba algo oxidado y si quería cumplir mi meta tenía que dejar de estar durmiéndome en los laureles* Bueno… suficiente descanso por ahora… hora de continuar con el entrenamiento. *Me levante dejando mitad de mis pies en el aire del barranco viendo a lo lejos como spawneaba varios enemigos junto con el jefe de zona, hice aparecer puesta mi armadura y sujetando mi martillo a dos manos con una conseguida después de muchas horas de farmeo, aunque el set no había sido conseguido en el juego que estaba si no en otro llamado Monster Hunter, con una leve sonrisa (aunque no se viera por el casco) salte bastante alto para caer cual meteorito en la zona del jefe y así comenzar el evento de jefe estando yo solo*
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  • Se había levantado temprano aquella mañana, apenas cuando el día empezaba. Se había cambiado, puesto su uniforme, y tomando su espada que colocó en la funda de su cintura, fue directo hacia los campos de entrenamiento.

    El lugar estaba vacío, como no podía ser de otra manera. Pero no necesitaba de la compañía de nadie.
    Observó su muñeca una vez más, aún la ausencia de la aureola de Adán... ¿Entonces no había sido un sueño? Esperaba que no, pero no iba a distraerse con eso, comenzando a entrenar. Desplegando sus alas y alzando el vuelo rápidamente. Debía entrenar... Debía ser fuerte y estar lista si iba a bajar de nuevo al infierno a exterminar hasta la última alma viviente
    Se había levantado temprano aquella mañana, apenas cuando el día empezaba. Se había cambiado, puesto su uniforme, y tomando su espada que colocó en la funda de su cintura, fue directo hacia los campos de entrenamiento. El lugar estaba vacío, como no podía ser de otra manera. Pero no necesitaba de la compañía de nadie. Observó su muñeca una vez más, aún la ausencia de la aureola de Adán... ¿Entonces no había sido un sueño? Esperaba que no, pero no iba a distraerse con eso, comenzando a entrenar. Desplegando sus alas y alzando el vuelo rápidamente. Debía entrenar... Debía ser fuerte y estar lista si iba a bajar de nuevo al infierno a exterminar hasta la última alma viviente
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  • CAMPO DE ENTRENAMIENTO.

    Un trueno impacta sobre el centro del lugar en dónde logran materializarse la Teniente Rihanna Carther junto con Vivianne Kaczmarek, quién han sido teletransportadas mediante el trueno a ese mismo lugar. La Teniente fué informada de forma anónima que la señorita Vivianne necesita aumentar sus poderes por lo que la Semi-Deidad del Trueno es la encargada de realizar dicho entrenamiento.

    "Muy bien jovencita, aquí es dónde entrenarás, necesitamos que seas mucho más fuerte de lo que ya eres."

    Fueron las palabras de la Teniente hacia la joven Vivianne.
    CAMPO DE ENTRENAMIENTO. Un trueno impacta sobre el centro del lugar en dónde logran materializarse la Teniente Rihanna Carther junto con [sapphire.butterflies], quién han sido teletransportadas mediante el trueno a ese mismo lugar. La Teniente fué informada de forma anónima que la señorita Vivianne necesita aumentar sus poderes por lo que la Semi-Deidad del Trueno es la encargada de realizar dicho entrenamiento. "Muy bien jovencita, aquí es dónde entrenarás, necesitamos que seas mucho más fuerte de lo que ya eres." Fueron las palabras de la Teniente hacia la joven Vivianne.
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    Parte VIII - El eco de los pasos.

    Dos meses habían pasado desde el incendio.
    La aldea era ahora un pueblo fantasma, las casas vacías crujían con el viento y las huellas de los que partieron se habían borrado con la lluvia, pero Akane... seguía ahí.

    Cada mañana, Akane se levantaba antes del sol.
    Caminaba entre los escombros, saludaba al silencio, y comenzaba su entrenamiento. No solo magia, también el cuerpo. Recordó las enseñanzas de su abuela Jennifer:
    “El poder sin control es solo ruido. El cuerpo debe sostener lo que el alma invoca.”

    Así que volvió a lo básico; Posturas, resistencia, golpes, equilibrio. Al principio, su cuerpo temblaba, pero con cada día, los músculos respondían, la agilidad regresaba. No era la fuerza que tuvo antes pero era suya, ganada con sudor, no con herencia.

    Ahora que su cuerpo se habia fortalecido intento rompe de nuevo el sello de su poder. Akane apretó los dientes, recordó las enseñanzas de Jennifer, recordó el dolor, recordó la espada en su estómago y entonces lo sintió.

    Una presencia, familiar, oscura pero sobre todo...
    Violenta. Akane abrió los ojos, el cielo se había vuelto más gris, el aire más denso y en la distancia, lo vio.

    Estaba de pie entre los árboles, observándola;
    No con sorpresa sino con desprecio.

    Akane se levantó, su sangre hervía pero no de miedo, sino de emoción.

    -Así que viniste.- Murmuró. -Perfecto.-

    Era hora de ajustar cuentas y esta vez, Akane no sangraría sola.
    Parte VIII - El eco de los pasos. Dos meses habían pasado desde el incendio. La aldea era ahora un pueblo fantasma, las casas vacías crujían con el viento y las huellas de los que partieron se habían borrado con la lluvia, pero Akane... seguía ahí. Cada mañana, Akane se levantaba antes del sol. Caminaba entre los escombros, saludaba al silencio, y comenzaba su entrenamiento. No solo magia, también el cuerpo. Recordó las enseñanzas de su abuela Jennifer: “El poder sin control es solo ruido. El cuerpo debe sostener lo que el alma invoca.” Así que volvió a lo básico; Posturas, resistencia, golpes, equilibrio. Al principio, su cuerpo temblaba, pero con cada día, los músculos respondían, la agilidad regresaba. No era la fuerza que tuvo antes pero era suya, ganada con sudor, no con herencia. Ahora que su cuerpo se habia fortalecido intento rompe de nuevo el sello de su poder. Akane apretó los dientes, recordó las enseñanzas de Jennifer, recordó el dolor, recordó la espada en su estómago y entonces lo sintió. Una presencia, familiar, oscura pero sobre todo... Violenta. Akane abrió los ojos, el cielo se había vuelto más gris, el aire más denso y en la distancia, lo vio. Estaba de pie entre los árboles, observándola; No con sorpresa sino con desprecio. Akane se levantó, su sangre hervía pero no de miedo, sino de emoción. -Así que viniste.- Murmuró. -Perfecto.- Era hora de ajustar cuentas y esta vez, Akane no sangraría sola.
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  • Que manía con dejar el patio destrozado con cada entrenamiento...
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    El Caos que nace sin permiso

    La mañana siguiente llega pesada,
    como si la sombra de la pesadilla todavía se aferrara a mis costillas.

    Pero Ayane sonríe con esa dulzura que hace que todo duela menos.

    Me acaricia la mejilla con una ternura silenciosa
    y me da una pequeña bolsa de tela.

    Ayane:
    —Amor, ¿puedes ir a la ciudad a buscar estos ingredientes? Quiero hacer unas galletitas.

    Galletitas…
    Su forma de decir “no quiero que pienses demasiado”.

    Asiento. Me pongo mi capa y salgo al camino.

    No tardo en encontrarme con él.

    Oz.

    De pie como si me hubiera estado esperando.
    Las manos en los bolsillos.
    Una sonrisa que nunca sé leer.

    Oz:
    —Será un buen entrenamiento.

    No entiendo.
    Pero con Jennifer desaparecida,
    y la familia mirando mi existencia como un acertijo…
    él es lo más parecido a un faro en mi deriva interior.

    Caminamos.

    La brisa matutina huele a pan recién hecho.
    Pero Oz me mira con una seriedad inesperada.

    Oz:
    —Pequeña florecilla de Caos… ¿tu madre te ha entrenado alguna vez?

    Su pregunta es un golpe suave pero certero.

    Mis hombros se encogen.
    Mi cabeza baja sola.
    Niego lentamente.

    Oz suspira. Pero no suena decepcionado…
    suena decidido.

    Oz:
    —Acompáñame.
    Para entender tu poder…
    debés entender lo que el Caos significa.

    Y sin más, el mundo cambia.
    Relato en Post y comentario de la imagen 🩷 El Caos que nace sin permiso La mañana siguiente llega pesada, como si la sombra de la pesadilla todavía se aferrara a mis costillas. Pero Ayane sonríe con esa dulzura que hace que todo duela menos. Me acaricia la mejilla con una ternura silenciosa y me da una pequeña bolsa de tela. Ayane: —Amor, ¿puedes ir a la ciudad a buscar estos ingredientes? Quiero hacer unas galletitas. Galletitas… Su forma de decir “no quiero que pienses demasiado”. Asiento. Me pongo mi capa y salgo al camino. No tardo en encontrarme con él. Oz. De pie como si me hubiera estado esperando. Las manos en los bolsillos. Una sonrisa que nunca sé leer. Oz: —Será un buen entrenamiento. No entiendo. Pero con Jennifer desaparecida, y la familia mirando mi existencia como un acertijo… él es lo más parecido a un faro en mi deriva interior. Caminamos. La brisa matutina huele a pan recién hecho. Pero Oz me mira con una seriedad inesperada. Oz: —Pequeña florecilla de Caos… ¿tu madre te ha entrenado alguna vez? Su pregunta es un golpe suave pero certero. Mis hombros se encogen. Mi cabeza baja sola. Niego lentamente. Oz suspira. Pero no suena decepcionado… suena decidido. Oz: —Acompáñame. Para entender tu poder… debés entender lo que el Caos significa. Y sin más, el mundo cambia.
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    El Caos que nace sin permiso

    La mañana siguiente llega pesada,
    como si la sombra de la pesadilla todavía se aferrara a mis costillas.

    Pero Ayane sonríe con esa dulzura que hace que todo duela menos.

    Me acaricia la mejilla con una ternura silenciosa
    y me da una pequeña bolsa de tela.

    Ayane:
    —Amor, ¿puedes ir a la ciudad a buscar estos ingredientes? Quiero hacer unas galletitas.

    Galletitas…
    Su forma de decir “no quiero que pienses demasiado”.

    Asiento. Me pongo mi capa y salgo al camino.

    No tardo en encontrarme con él.

    Oz.

    De pie como si me hubiera estado esperando.
    Las manos en los bolsillos.
    Una sonrisa que nunca sé leer.

    Oz:
    —Será un buen entrenamiento.

    No entiendo.
    Pero con Jennifer desaparecida,
    y la familia mirando mi existencia como un acertijo…
    él es lo más parecido a un faro en mi deriva interior.

    Caminamos.

    La brisa matutina huele a pan recién hecho.
    Pero Oz me mira con una seriedad inesperada.

    Oz:
    —Pequeña florecilla de Caos… ¿tu madre te ha entrenado alguna vez?

    Su pregunta es un golpe suave pero certero.

    Mis hombros se encogen.
    Mi cabeza baja sola.
    Niego lentamente.

    Oz suspira. Pero no suena decepcionado…
    suena decidido.

    Oz:
    —Acompáñame.
    Para entender tu poder…
    debés entender lo que el Caos significa.

    Y sin más, el mundo cambia.
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    El Caos que nace sin permiso

    La mañana siguiente llega pesada,
    como si la sombra de la pesadilla todavía se aferrara a mis costillas.

    Pero Ayane sonríe con esa dulzura que hace que todo duela menos.

    Me acaricia la mejilla con una ternura silenciosa
    y me da una pequeña bolsa de tela.

    Ayane:
    —Amor, ¿puedes ir a la ciudad a buscar estos ingredientes? Quiero hacer unas galletitas.

    Galletitas…
    Su forma de decir “no quiero que pienses demasiado”.

    Asiento. Me pongo mi capa y salgo al camino.

    No tardo en encontrarme con él.

    Oz.

    De pie como si me hubiera estado esperando.
    Las manos en los bolsillos.
    Una sonrisa que nunca sé leer.

    Oz:
    —Será un buen entrenamiento.

    No entiendo.
    Pero con Jennifer desaparecida,
    y la familia mirando mi existencia como un acertijo…
    él es lo más parecido a un faro en mi deriva interior.

    Caminamos.

    La brisa matutina huele a pan recién hecho.
    Pero Oz me mira con una seriedad inesperada.

    Oz:
    —Pequeña florecilla de Caos… ¿tu madre te ha entrenado alguna vez?

    Su pregunta es un golpe suave pero certero.

    Mis hombros se encogen.
    Mi cabeza baja sola.
    Niego lentamente.

    Oz suspira. Pero no suena decepcionado…
    suena decidido.

    Oz:
    —Acompáñame.
    Para entender tu poder…
    debés entender lo que el Caos significa.

    Y sin más, el mundo cambia.
    Relato en Post y comentario de la imagen 🩷 El Caos que nace sin permiso La mañana siguiente llega pesada, como si la sombra de la pesadilla todavía se aferrara a mis costillas. Pero Ayane sonríe con esa dulzura que hace que todo duela menos. Me acaricia la mejilla con una ternura silenciosa y me da una pequeña bolsa de tela. Ayane: —Amor, ¿puedes ir a la ciudad a buscar estos ingredientes? Quiero hacer unas galletitas. Galletitas… Su forma de decir “no quiero que pienses demasiado”. Asiento. Me pongo mi capa y salgo al camino. No tardo en encontrarme con él. Oz. De pie como si me hubiera estado esperando. Las manos en los bolsillos. Una sonrisa que nunca sé leer. Oz: —Será un buen entrenamiento. No entiendo. Pero con Jennifer desaparecida, y la familia mirando mi existencia como un acertijo… él es lo más parecido a un faro en mi deriva interior. Caminamos. La brisa matutina huele a pan recién hecho. Pero Oz me mira con una seriedad inesperada. Oz: —Pequeña florecilla de Caos… ¿tu madre te ha entrenado alguna vez? Su pregunta es un golpe suave pero certero. Mis hombros se encogen. Mi cabeza baja sola. Niego lentamente. Oz suspira. Pero no suena decepcionado… suena decidido. Oz: —Acompáñame. Para entender tu poder… debés entender lo que el Caos significa. Y sin más, el mundo cambia.
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    Primer Día de Entrenamiento – El Desayuno de la Cachorra

    Ingenua de mi linaje,
    la primera mañana de mi existencia la paso con mi madre Ayane.
    El sol apenas despierta, pero ella ya tiene preparado el desayuno:
    dos roscas, una para mí y otra para Jennifer.
    Mi madre Reina aún no se ha levantado;
    por el ruido de anoche imagino que se desveló reparando un cajón roto,
    como si el caos pudiera calmarse con clavos y madera.

    Me siento con Ayane.
    La rosca está deliciosa:
    dulce pero no empalagosa,
    vainilla con un susurro de cáscara de mandarina,
    y otros ingredientes que mis sentidos —aún torpes, aún nuevos—
    no logran clasificar aunque sean herencia de estrellas y sombras.

    Entonces, por la puerta principal aparece una figura:
    una chica joven, la más joven de las Queen y de las Ishtar.
    Bueno… hasta ahora.

    Akane.

    —Se dirige a Ayane, con ese tono que sólo ella domina:—

    Akane:
    —Así que ésta es vuestra nueva cachorra?

    Luego sus ojos se posan en mí.
    Siento que el universo entero me observa.

    Akane:
    —Mi nombre es Akane, soy la hija de tu hermana Yuna.
    Uuuhhh pero qué pinta tienen esas roscas!?!?

    Ayane suspira, como si ya conociera esa mirada.

    Ayane:
    —Lo siento, cariño… solo queda la de Jennifer.
    Y ya sabes cómo se pone por sus dulces.

    Akane asiente, sonríe, y se despide.
    Pero yo… yo quedo paralizada.
    Embelesada.
    Hipnotizada por su elegancia, por su belleza que corta el aliento.
    Ayane gira la cabeza para despedirla…
    y en ese instante cometo mi primer crimen familiar:

    robo la rosca de Jennifer.

    Quizá para guardarla,
    quizá para regalársela a Akane en otro momento,
    quizá porque mi corazón da su primer brinco absurdo.

    Pero antes de poder esconderla del todo,
    una voz surge detrás de mí, suave y peligrosa:

    Jennifer:
    —¿Qué haces, pequeña flor?

    Me guardo la rosca con descarado disimulo.
    Como si esconder un dulce de la Reina del Caos fuese posible.
    Ella lo sabe.
    Lo ha visto todo.
    Y aun así… sonríe por dentro.
    Le encanta consentir a sus crías.

    Jennifer:
    —Prepárate, pequeña Lili.
    Esta tarde te enseñaré lo que significa el legado Queen,
    tu sangre.
    El poder que late en ti.

    ¿Poder?
    ¿Yo tengo poder?
    La idea me enciende por dentro.
    Una sonrisa se dibuja sola en mi rostro.
    ¡Se lo mostraré a Akane!
    La sorprenderé.
    Seré digna del linaje.

    Lili:
    —¡Estoy preparada, mami!

    Pero entonces, Jennifer se detiene.
    Su mirada se vacía.
    Algo —o alguien— la llama desde otro plano.
    Ayane lo nota al instante y me agarra de la mano.
    Un portal se abre con un susurro,
    y Jennifer desaparece sin despedirse.

    Ayane:
    —Tranquila, mi amor…
    no es grave.
    Esta tarde estaréis jugando en el campo de entrenamiento.

    Pero en el fondo,
    muy en el fondo,
    Ayane ya sabía que eso
    no iba a ocurrir.
    Relato en Post y comentario de la imagen 🩷 Primer Día de Entrenamiento – El Desayuno de la Cachorra Ingenua de mi linaje, la primera mañana de mi existencia la paso con mi madre Ayane. El sol apenas despierta, pero ella ya tiene preparado el desayuno: dos roscas, una para mí y otra para Jennifer. Mi madre Reina aún no se ha levantado; por el ruido de anoche imagino que se desveló reparando un cajón roto, como si el caos pudiera calmarse con clavos y madera. Me siento con Ayane. La rosca está deliciosa: dulce pero no empalagosa, vainilla con un susurro de cáscara de mandarina, y otros ingredientes que mis sentidos —aún torpes, aún nuevos— no logran clasificar aunque sean herencia de estrellas y sombras. Entonces, por la puerta principal aparece una figura: una chica joven, la más joven de las Queen y de las Ishtar. Bueno… hasta ahora. Akane. —Se dirige a Ayane, con ese tono que sólo ella domina:— Akane: —Así que ésta es vuestra nueva cachorra? Luego sus ojos se posan en mí. Siento que el universo entero me observa. Akane: —Mi nombre es Akane, soy la hija de tu hermana Yuna. Uuuhhh pero qué pinta tienen esas roscas!?!? Ayane suspira, como si ya conociera esa mirada. Ayane: —Lo siento, cariño… solo queda la de Jennifer. Y ya sabes cómo se pone por sus dulces. Akane asiente, sonríe, y se despide. Pero yo… yo quedo paralizada. Embelesada. Hipnotizada por su elegancia, por su belleza que corta el aliento. Ayane gira la cabeza para despedirla… y en ese instante cometo mi primer crimen familiar: robo la rosca de Jennifer. Quizá para guardarla, quizá para regalársela a Akane en otro momento, quizá porque mi corazón da su primer brinco absurdo. Pero antes de poder esconderla del todo, una voz surge detrás de mí, suave y peligrosa: Jennifer: —¿Qué haces, pequeña flor? Me guardo la rosca con descarado disimulo. Como si esconder un dulce de la Reina del Caos fuese posible. Ella lo sabe. Lo ha visto todo. Y aun así… sonríe por dentro. Le encanta consentir a sus crías. Jennifer: —Prepárate, pequeña Lili. Esta tarde te enseñaré lo que significa el legado Queen, tu sangre. El poder que late en ti. ¿Poder? ¿Yo tengo poder? La idea me enciende por dentro. Una sonrisa se dibuja sola en mi rostro. ¡Se lo mostraré a Akane! La sorprenderé. Seré digna del linaje. Lili: —¡Estoy preparada, mami! Pero entonces, Jennifer se detiene. Su mirada se vacía. Algo —o alguien— la llama desde otro plano. Ayane lo nota al instante y me agarra de la mano. Un portal se abre con un susurro, y Jennifer desaparece sin despedirse. Ayane: —Tranquila, mi amor… no es grave. Esta tarde estaréis jugando en el campo de entrenamiento. Pero en el fondo, muy en el fondo, Ayane ya sabía que eso no iba a ocurrir.
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    Capítulo II parte 1

    Primer Día de Entrenamiento – El Desayuno de la Cachorra

    Ingenua de mi linaje,
    la primera mañana de mi existencia la paso con mi madre Ayane.
    El sol apenas despierta, pero ella ya tiene preparado el desayuno:
    dos roscas, una para mí y otra para Jennifer.
    Mi madre Reina aún no se ha levantado;
    por el ruido de anoche imagino que se desveló reparando un cajón roto,
    como si el caos pudiera calmarse con clavos y madera.

    Me siento con Ayane.
    La rosca está deliciosa:
    dulce pero no empalagosa,
    vainilla con un susurro de cáscara de mandarina,
    y otros ingredientes que mis sentidos —aún torpes, aún nuevos—
    no logran clasificar aunque sean herencia de estrellas y sombras.

    Entonces, por la puerta principal aparece una figura:
    una chica joven, la más joven de las Queen y de las Ishtar.
    Bueno… hasta ahora.

    Akane.

    —Se dirige a Ayane, con ese tono que sólo ella domina:—

    Akane:
    —Así que ésta es vuestra nueva cachorra?

    Luego sus ojos se posan en mí.
    Siento que el universo entero me observa.

    Akane:
    —Mi nombre es Akane, soy la hija de tu hermana Yuna.
    Uuuhhh pero qué pinta tienen esas roscas!?!?

    Ayane suspira, como si ya conociera esa mirada.

    Ayane:
    —Lo siento, cariño… solo queda la de Jennifer.
    Y ya sabes cómo se pone por sus dulces.

    Akane asiente, sonríe, y se despide.
    Pero yo… yo quedo paralizada.
    Embelesada.
    Hipnotizada por su elegancia, por su belleza que corta el aliento.
    Ayane gira la cabeza para despedirla…
    y en ese instante cometo mi primer crimen familiar:

    robo la rosca de Jennifer.

    Quizá para guardarla,
    quizá para regalársela a Akane en otro momento,
    quizá porque mi corazón da su primer brinco absurdo.

    Pero antes de poder esconderla del todo,
    una voz surge detrás de mí, suave y peligrosa:

    Jennifer:
    —¿Qué haces, pequeña flor?

    Me guardo la rosca con descarado disimulo.
    Como si esconder un dulce de la Reina del Caos fuese posible.
    Ella lo sabe.
    Lo ha visto todo.
    Y aun así… sonríe por dentro.
    Le encanta consentir a sus crías.

    Jennifer:
    —Prepárate, pequeña Lili.
    Esta tarde te enseñaré lo que significa el legado Queen,
    tu sangre.
    El poder que late en ti.

    ¿Poder?
    ¿Yo tengo poder?
    La idea me enciende por dentro.
    Una sonrisa se dibuja sola en mi rostro.
    ¡Se lo mostraré a Akane!
    La sorprenderé.
    Seré digna del linaje.

    Lili:
    —¡Estoy preparada, mami!

    Pero entonces, Jennifer se detiene.
    Su mirada se vacía.
    Algo —o alguien— la llama desde otro plano.
    Ayane lo nota al instante y me agarra de la mano.
    Un portal se abre con un susurro,
    y Jennifer desaparece sin despedirse.

    Ayane:
    —Tranquila, mi amor…
    no es grave.
    Esta tarde estaréis jugando en el campo de entrenamiento.

    Pero en el fondo,
    muy en el fondo,
    Ayane ya sabía que eso
    no iba a ocurrir.

    𝐀yane 𝐈𝐬𝐡𝐭𝐚𝐫

    Jenny Queen Orc

    Akane Qᵘᵉᵉⁿ Ishtar
    Me encocora
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