• •Las Crónicas De Fenrir Queen•

    Capítulo 3: La nieta del curandero

    La conversación con el muchacho continuó durante gran parte de la noche. Poco a poco la posada fue quedándose vacía hasta que únicamente permanecieron algunos viajeros rezagados junto a la chimenea y el tabernero ordenando la barra antes de cerrar. A pesar del tiempo que llevábamos sentados frente a frente, seguíamos sin conocer nuestros nombres. En circunstancias normales aquello habría resultado extraño, pero la verdad era que había cosas mucho más importantes ocupando nuestras mentes. Las grietas. El dolor. Y aquel muchacho. Cuanto más hablábamos, más evidente se volvía que ambos habíamos pasado por algo similar. Ninguno sabía quién era. Ninguno comprendía qué clase de poder utilizaba. Ninguno tenía respuestas. Sin embargo, por primera vez desde que comenzó mi viaje, sentía algo parecido al alivio. No porque hubiera encontrado una cura ni porque mis problemas estuvieran más cerca de resolverse, sino porque ya no era la única persona cargando con aquellas heridas.

    Cuando finalmente me retiré a descansar, el cansancio acumulado de las últimas semanas cayó sobre mí como una montaña. Apenas tuve fuerzas para dejar la mochila junto a la cama antes de desplomarme sobre el colchón. Durante unos minutos permanecí observando el techo de madera mientras escuchaba el viento golpear suavemente las ventanas de la posada. Pensé en todo lo que había ocurrido desde que abandoné casa. Pensé en todos los curanderos que había visitado. En todas las respuestas negativas. En todas las puertas cerradas. Y, sin darme cuenta, terminé quedándome dormida.

    No sé cuánto tiempo pasó antes de que despertara.

    Lo único que recuerdo fue el dolor.

    Al principio fue una punzada en el costado. Después otra en el pecho. Luego otra recorriendo mi espalda. En cuestión de segundos sentí como si las grietas estuvieran ardiendo bajo mi piel. Intenté incorporarme lentamente mientras trataba de controlar la respiración, convenciéndome de que era solo otro episodio como los que había soportado durante el viaje. Pero aquella vez era diferente. Mucho peor. El dolor se extendía por todo mi cuerpo como si algo estuviera desgarrándome desde dentro. Apreté los dientes, intenté ponerme de pie y me apoyé contra la pared buscando estabilidad. La habitación comenzó a girar lentamente a mi alrededor. Di un paso. Luego otro. Intenté alcanzar mi mochila para buscar vendas limpias. No llegué. Mis piernas dejaron de responder y la oscuridad terminó tragándoselo todo.

    Cuando abrí los ojos nuevamente, lo primero que percibí fue el aroma de las hierbas medicinales. Después escuché el sonido del viento entrando por una ventana abierta y el canto lejano de algunas aves. Durante unos segundos permanecí inmóvil observando el techo sin entender dónde estaba. Aquella no era la habitación de la posada. Las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de frascos, libros antiguos y plantas secándose al sol. La luz atravesaba una amplia ventana de madera iluminando el interior con un tono cálido y tranquilo. Tardé varios segundos en comprender que me encontraba en otro lugar y fue entonces cuando una voz femenina llamó mi atención. Giré lentamente la cabeza y encontré a una joven sentada junto a la cama. Su largo cabello oscuro descendía sobre sus hombros adornado por un impresionante tocado ceremonial de plumas rojas y blancas. Numerosos adornos tribales decoraban su ropa, sus brazos y su cuello. A su lado descansaba una cesta llena de hierbas recién recogidas y, apoyado cerca de la ventana, un arco decorado con plumas reposaba contra la pared.

    Aira: —Por fin despiertas.

    Parpadeé varias veces intentando ordenar mis pensamientos. La cabeza todavía me daba vueltas.

    Fenrir: —¿Dónde estoy…?

    La muchacha sonrió ligeramente mientras apartaba algunas vendas de la cesta.

    Aira: —En casa de mi abuelo.

    Tardé un instante en comprenderlo.

    Fenrir: —¿El curandero?

    Aira: —El mismo que acaba de pasar toda la noche intentando averiguar por qué sigues viva.

    Aquella respuesta consiguió que bajara la mirada instintivamente. Fue entonces cuando me di cuenta de algo. Los vendajes que cubrían mi cuerpo habían sido cambiados. Todos. Las heridas estaban limpias y perfectamente tratadas. Incluso las zonas más difíciles de alcanzar durante mis viajes estaban cubiertas con nuevas vendas. Sentí cómo el rostro se me calentaba ligeramente al comprender lo que eso significaba. Ella había visto las grietas. Todas ellas. Aira pareció darse cuenta inmediatamente de lo que estaba pensando y soltó una pequeña risa.

    Aira: —Créeme. Yo también me sorprendí cuando las vi.

    Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió lentamente. Un anciano de cabello completamente blanco entró apoyándose en un bastón de madera. Su aspecto cansado dejaba claro que no había dormido demasiado durante la noche. Caminó hasta una mesa cercana cubierta de libros y notas escritas a mano antes de dirigir finalmente su atención hacia mí.

    Curandero: —Veo que ya despertaste.

    Fenrir: —¿Qué ocurrió?

    El anciano suspiró mientras tomaba asiento.

    Curandero: —Te desplomaste.

    Aquellas palabras parecían simples, pero su expresión era demasiado seria para que aquello fuera todo.

    Curandero: —Tus heridas están empeorando.

    Sentí un nudo formarse en mi estómago. Ya lo sabía. Lo había sentido durante semanas. Sin embargo, escuchar a alguien confirmarlo era diferente.

    Fenrir: —¿Puede curarlas?

    El silencio se prolongó varios segundos. Demasiados.

    Curandero: —No.

    La respuesta golpeó exactamente igual que todas las anteriores. Sin embargo, antes de que pudiera bajar la mirada, el anciano continuó hablando.

    Curandero: —Pero ahora sé algo que los demás no sabían.

    Levanté la cabeza inmediatamente.

    Fenrir: —¿Qué?

    Curandero: —Siguen activas.

    Mi respiración se detuvo durante un instante.

    Fenrir: —¿Activas?

    Curandero: —No son cicatrices. No son heridas normales. Algo continúa dañándote desde dentro incluso ahora.

    Aquellas palabras fueron seguidas por otro silencio. Uno mucho más pesado. Justo entonces la puerta volvió a abrirse. El muchacho de cabello blanco entró en la habitación con el brazo aún cubierto por vendas. El anciano observó sus heridas, después las mías y finalmente negó lentamente con la cabeza.

    Curandero: —Las de él se han estabilizado.

    Su dedo apuntó hacia mí.

    Curandero: —Las tuyas no.

    Nadie dijo nada durante varios segundos. No hacía falta.

    Las horas siguientes transcurrieron entre exámenes, preguntas y libros antiguos. El anciano comparó nuestras heridas, consultó documentos y revisó apuntes acumulados durante décadas. Sin embargo, cuanto más investigaba, más evidente se volvía una única conclusión: nuestras heridas compartían el mismo origen. El mismo responsable. Aquel muchacho. Cuando el sol comenzó a ocultarse tras las montañas, el anciano cerró finalmente uno de los libros y permaneció varios segundos observando el fuego de la chimenea antes de hablar.

    Curandero: —No puedo curarlos.

    La decepción apareció de inmediato.

    Curandero: —Todavía.

    Aquella última palabra consiguió que tanto yo como Aira levantáramos la cabeza.

    Fenrir: —¿Todavía?

    Curandero: —Conozco a alguien que podría acercarnos a una respuesta.

    Aira dejó escapar un suspiro que parecía indicar que ya sabía exactamente hacia dónde se dirigía aquella conversación.

    Aira: —Abuelo…

    Curandero: —Y tú vas a acompañarlos.

    La joven lo miró fijamente.

    Aira: —¿Yo?

    Curandero: —Sí.

    Aira: —¿Y por qué exactamente?

    El anciano me señaló directamente.

    Curandero: —Porque si esa chica sigue ignorando sus heridas, no llegará viva al próximo invierno.

    Sentí cómo la habitación entera quedaba en silencio.

    Curandero: —Y porque ninguno de ustedes debería continuar este viaje solo.

    Aira permaneció unos segundos observándonos. Primero a mí. Luego al muchacho de cabello blanco. Finalmente dejó escapar una pequeña sonrisa resignada.

    Aira: —Supongo que ya no tengo elección.

    Mientras la luz del atardecer teñía de naranja el interior de la casa y el viento movía suavemente las plumas del tocado de Aira junto a la ventana, comprendí que mi viaje acababa de cambiar para siempre. Había llegado a aquellas montañas buscando una cura y estaba a punto de marcharme con algo completamente distinto. Un nuevo rumbo. Nuevas preguntas. Y dos compañeros cuyos caminos, por alguna razón, acababan de quedar unidos al mío. Ninguno de nosotros sabía qué encontraríamos al final de aquella búsqueda. Ninguno sabía quién era realmente el muchacho responsable de nuestras heridas. Pero mientras observaba a Aira discutir con su abuelo y al silencioso espadachín apoyado junto a la puerta, tuve la sensación de que la verdadera historia apenas acababa de comenzar.
    •Las Crónicas De Fenrir Queen• Capítulo 3: La nieta del curandero La conversación con el muchacho continuó durante gran parte de la noche. Poco a poco la posada fue quedándose vacía hasta que únicamente permanecieron algunos viajeros rezagados junto a la chimenea y el tabernero ordenando la barra antes de cerrar. A pesar del tiempo que llevábamos sentados frente a frente, seguíamos sin conocer nuestros nombres. En circunstancias normales aquello habría resultado extraño, pero la verdad era que había cosas mucho más importantes ocupando nuestras mentes. Las grietas. El dolor. Y aquel muchacho. Cuanto más hablábamos, más evidente se volvía que ambos habíamos pasado por algo similar. Ninguno sabía quién era. Ninguno comprendía qué clase de poder utilizaba. Ninguno tenía respuestas. Sin embargo, por primera vez desde que comenzó mi viaje, sentía algo parecido al alivio. No porque hubiera encontrado una cura ni porque mis problemas estuvieran más cerca de resolverse, sino porque ya no era la única persona cargando con aquellas heridas. Cuando finalmente me retiré a descansar, el cansancio acumulado de las últimas semanas cayó sobre mí como una montaña. Apenas tuve fuerzas para dejar la mochila junto a la cama antes de desplomarme sobre el colchón. Durante unos minutos permanecí observando el techo de madera mientras escuchaba el viento golpear suavemente las ventanas de la posada. Pensé en todo lo que había ocurrido desde que abandoné casa. Pensé en todos los curanderos que había visitado. En todas las respuestas negativas. En todas las puertas cerradas. Y, sin darme cuenta, terminé quedándome dormida. No sé cuánto tiempo pasó antes de que despertara. Lo único que recuerdo fue el dolor. Al principio fue una punzada en el costado. Después otra en el pecho. Luego otra recorriendo mi espalda. En cuestión de segundos sentí como si las grietas estuvieran ardiendo bajo mi piel. Intenté incorporarme lentamente mientras trataba de controlar la respiración, convenciéndome de que era solo otro episodio como los que había soportado durante el viaje. Pero aquella vez era diferente. Mucho peor. El dolor se extendía por todo mi cuerpo como si algo estuviera desgarrándome desde dentro. Apreté los dientes, intenté ponerme de pie y me apoyé contra la pared buscando estabilidad. La habitación comenzó a girar lentamente a mi alrededor. Di un paso. Luego otro. Intenté alcanzar mi mochila para buscar vendas limpias. No llegué. Mis piernas dejaron de responder y la oscuridad terminó tragándoselo todo. Cuando abrí los ojos nuevamente, lo primero que percibí fue el aroma de las hierbas medicinales. Después escuché el sonido del viento entrando por una ventana abierta y el canto lejano de algunas aves. Durante unos segundos permanecí inmóvil observando el techo sin entender dónde estaba. Aquella no era la habitación de la posada. Las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de frascos, libros antiguos y plantas secándose al sol. La luz atravesaba una amplia ventana de madera iluminando el interior con un tono cálido y tranquilo. Tardé varios segundos en comprender que me encontraba en otro lugar y fue entonces cuando una voz femenina llamó mi atención. Giré lentamente la cabeza y encontré a una joven sentada junto a la cama. Su largo cabello oscuro descendía sobre sus hombros adornado por un impresionante tocado ceremonial de plumas rojas y blancas. Numerosos adornos tribales decoraban su ropa, sus brazos y su cuello. A su lado descansaba una cesta llena de hierbas recién recogidas y, apoyado cerca de la ventana, un arco decorado con plumas reposaba contra la pared. Aira: —Por fin despiertas. Parpadeé varias veces intentando ordenar mis pensamientos. La cabeza todavía me daba vueltas. Fenrir: —¿Dónde estoy…? La muchacha sonrió ligeramente mientras apartaba algunas vendas de la cesta. Aira: —En casa de mi abuelo. Tardé un instante en comprenderlo. Fenrir: —¿El curandero? Aira: —El mismo que acaba de pasar toda la noche intentando averiguar por qué sigues viva. Aquella respuesta consiguió que bajara la mirada instintivamente. Fue entonces cuando me di cuenta de algo. Los vendajes que cubrían mi cuerpo habían sido cambiados. Todos. Las heridas estaban limpias y perfectamente tratadas. Incluso las zonas más difíciles de alcanzar durante mis viajes estaban cubiertas con nuevas vendas. Sentí cómo el rostro se me calentaba ligeramente al comprender lo que eso significaba. Ella había visto las grietas. Todas ellas. Aira pareció darse cuenta inmediatamente de lo que estaba pensando y soltó una pequeña risa. Aira: —Créeme. Yo también me sorprendí cuando las vi. Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió lentamente. Un anciano de cabello completamente blanco entró apoyándose en un bastón de madera. Su aspecto cansado dejaba claro que no había dormido demasiado durante la noche. Caminó hasta una mesa cercana cubierta de libros y notas escritas a mano antes de dirigir finalmente su atención hacia mí. Curandero: —Veo que ya despertaste. Fenrir: —¿Qué ocurrió? El anciano suspiró mientras tomaba asiento. Curandero: —Te desplomaste. Aquellas palabras parecían simples, pero su expresión era demasiado seria para que aquello fuera todo. Curandero: —Tus heridas están empeorando. Sentí un nudo formarse en mi estómago. Ya lo sabía. Lo había sentido durante semanas. Sin embargo, escuchar a alguien confirmarlo era diferente. Fenrir: —¿Puede curarlas? El silencio se prolongó varios segundos. Demasiados. Curandero: —No. La respuesta golpeó exactamente igual que todas las anteriores. Sin embargo, antes de que pudiera bajar la mirada, el anciano continuó hablando. Curandero: —Pero ahora sé algo que los demás no sabían. Levanté la cabeza inmediatamente. Fenrir: —¿Qué? Curandero: —Siguen activas. Mi respiración se detuvo durante un instante. Fenrir: —¿Activas? Curandero: —No son cicatrices. No son heridas normales. Algo continúa dañándote desde dentro incluso ahora. Aquellas palabras fueron seguidas por otro silencio. Uno mucho más pesado. Justo entonces la puerta volvió a abrirse. El muchacho de cabello blanco entró en la habitación con el brazo aún cubierto por vendas. El anciano observó sus heridas, después las mías y finalmente negó lentamente con la cabeza. Curandero: —Las de él se han estabilizado. Su dedo apuntó hacia mí. Curandero: —Las tuyas no. Nadie dijo nada durante varios segundos. No hacía falta. Las horas siguientes transcurrieron entre exámenes, preguntas y libros antiguos. El anciano comparó nuestras heridas, consultó documentos y revisó apuntes acumulados durante décadas. Sin embargo, cuanto más investigaba, más evidente se volvía una única conclusión: nuestras heridas compartían el mismo origen. El mismo responsable. Aquel muchacho. Cuando el sol comenzó a ocultarse tras las montañas, el anciano cerró finalmente uno de los libros y permaneció varios segundos observando el fuego de la chimenea antes de hablar. Curandero: —No puedo curarlos. La decepción apareció de inmediato. Curandero: —Todavía. Aquella última palabra consiguió que tanto yo como Aira levantáramos la cabeza. Fenrir: —¿Todavía? Curandero: —Conozco a alguien que podría acercarnos a una respuesta. Aira dejó escapar un suspiro que parecía indicar que ya sabía exactamente hacia dónde se dirigía aquella conversación. Aira: —Abuelo… Curandero: —Y tú vas a acompañarlos. La joven lo miró fijamente. Aira: —¿Yo? Curandero: —Sí. Aira: —¿Y por qué exactamente? El anciano me señaló directamente. Curandero: —Porque si esa chica sigue ignorando sus heridas, no llegará viva al próximo invierno. Sentí cómo la habitación entera quedaba en silencio. Curandero: —Y porque ninguno de ustedes debería continuar este viaje solo. Aira permaneció unos segundos observándonos. Primero a mí. Luego al muchacho de cabello blanco. Finalmente dejó escapar una pequeña sonrisa resignada. Aira: —Supongo que ya no tengo elección. Mientras la luz del atardecer teñía de naranja el interior de la casa y el viento movía suavemente las plumas del tocado de Aira junto a la ventana, comprendí que mi viaje acababa de cambiar para siempre. Había llegado a aquellas montañas buscando una cura y estaba a punto de marcharme con algo completamente distinto. Un nuevo rumbo. Nuevas preguntas. Y dos compañeros cuyos caminos, por alguna razón, acababan de quedar unidos al mío. Ninguno de nosotros sabía qué encontraríamos al final de aquella búsqueda. Ninguno sabía quién era realmente el muchacho responsable de nuestras heridas. Pero mientras observaba a Aira discutir con su abuelo y al silencioso espadachín apoyado junto a la puerta, tuve la sensación de que la verdadera historia apenas acababa de comenzar.
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    || Quiero pedir perdón si se atrasan algunos roles que tengo para hacer, este mes me pone bastante sentimental al punto de que me cuesta ordenar mi cabeza para rolear. Si me da el tiempo hoy publicaré el origen de cómo se me ocurrió crear a Nicole Thompson, es algo personal y me gustaría compartirlo con ustedes, sobre todo con quiénes han llegado a tener un rolcito con Nicole, personaje al que le tengo mucho cariño y me encanta que haya sido parte de muchas historias con los personajes de ustedes.
    || Quiero pedir perdón si se atrasan algunos roles que tengo para hacer, este mes me pone bastante sentimental al punto de que me cuesta ordenar mi cabeza para rolear. Si me da el tiempo hoy publicaré el origen de cómo se me ocurrió crear a Nicole Thompson, es algo personal y me gustaría compartirlo con ustedes, sobre todo con quiénes han llegado a tener un rolcito con Nicole, personaje al que le tengo mucho cariño y me encanta que haya sido parte de muchas historias con los personajes de ustedes. :STK-1:
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    𝑻𝒉𝒆 𝑯𝒐𝒎𝒖𝒏𝒄𝒖𝒍𝒖𝒔 (𝟒)

    Cuando no está trabajando ni siguiendo algún rastro, Connor suele desaparecer durante horas, y nadie sabe exactamente dónde va. A veces termina sentado sobre la azotea de algún edificio observando una ciudad que jamás repara en su presencia. Otras permanece inmóvil frente a una ventana mientras las luces de los departamentos se encienden y apagan una a una conforme avanza la noche. No busca nada en particular, tampoco parece estar vigilando a alguien.

    Simplemente observa, y resulta extraño porque no obtiene nada de ello. Su cuerpo no necesita descansar y su mente es capaz de mantenerse activa durante días enteros sin mostrar señales de agotamiento. Podría dedicar cada segundo de su existencia a investigar, alimentarse o perfeccionar sus capacidades, pero en ocasiones acaba simplemente ocupando su tiempo en cosas que no parecen tener utilidad alguna.

    Compra café que rara vez termina. Enciende televisores a los que deja de prestar atención minutos después. Se queda escuchando conversaciones ajenas hasta que terminan, incluso cuando no tienen relación con ningún caso. Algunas veces entra a librerías, estaciones o pequeños comercios sin intención de adquirir nada. Otras simplemente camina.

    También conserva objetos, como un encendedor, una fotografía, un reloj detenido, o un boleto de tren. Ninguno posee valor aparente, ni tampoco habla de ellos, mucho menos los utiliza. Y, sin embargo, tampoco los tira.

    Connor no recuerda cuándo comenzó a adquirir esas costumbres. No sabe si las aprendió observando a otros, si pertenecieron a alguien más o si siempre estuvieron ahí. Simplemente ocurren, como si en algún punto de su existencia hubiese empezado a repetir comportamientos cuyo origen ya no puede rastrear.

    Lo único seguro es que, incluso cuando no está cazando, Connor sigue buscando algo, aunque todavía no sepa qué es.
    𝑻𝒉𝒆 𝑯𝒐𝒎𝒖𝒏𝒄𝒖𝒍𝒖𝒔 (𝟒) Cuando no está trabajando ni siguiendo algún rastro, Connor suele desaparecer durante horas, y nadie sabe exactamente dónde va. A veces termina sentado sobre la azotea de algún edificio observando una ciudad que jamás repara en su presencia. Otras permanece inmóvil frente a una ventana mientras las luces de los departamentos se encienden y apagan una a una conforme avanza la noche. No busca nada en particular, tampoco parece estar vigilando a alguien. Simplemente observa, y resulta extraño porque no obtiene nada de ello. Su cuerpo no necesita descansar y su mente es capaz de mantenerse activa durante días enteros sin mostrar señales de agotamiento. Podría dedicar cada segundo de su existencia a investigar, alimentarse o perfeccionar sus capacidades, pero en ocasiones acaba simplemente ocupando su tiempo en cosas que no parecen tener utilidad alguna. Compra café que rara vez termina. Enciende televisores a los que deja de prestar atención minutos después. Se queda escuchando conversaciones ajenas hasta que terminan, incluso cuando no tienen relación con ningún caso. Algunas veces entra a librerías, estaciones o pequeños comercios sin intención de adquirir nada. Otras simplemente camina. También conserva objetos, como un encendedor, una fotografía, un reloj detenido, o un boleto de tren. Ninguno posee valor aparente, ni tampoco habla de ellos, mucho menos los utiliza. Y, sin embargo, tampoco los tira. Connor no recuerda cuándo comenzó a adquirir esas costumbres. No sabe si las aprendió observando a otros, si pertenecieron a alguien más o si siempre estuvieron ahí. Simplemente ocurren, como si en algún punto de su existencia hubiese empezado a repetir comportamientos cuyo origen ya no puede rastrear. Lo único seguro es que, incluso cuando no está cazando, Connor sigue buscando algo, aunque todavía no sepa qué es.
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  • El Reencuentro.
    Categoría Acción


    Primera parte: https://ficrol.com/posts/384516

    El dolor seguía aumentando y apenas podía mantenerme en pie. Mi respiración era agitada y sentía que algo dentro de mí intentaba escapar. Fue entonces cuando las vi, eran dos enormes alas negras que surgieron de mi espalda envueltas en una oleada de mana oscuro. Di un delante por puro reflejo.

    -¿Qué *****...?-

    Aquellas cosas eran enormes. Parecían alas de murciélago pertenecientes a una bestia, no a una demonio noble como yo. Intenté moverlas y para mi sorpresa, respondieron de inmediato. Un impulso repentino me arrancó del suelo y salí disparada hacia arriba.

    -¡Aaaaah!

    Por un instante pensé que iba a caer, pero mi cuerpo se estabilizó solo. Las alas obedecían mis movimientos como si siempre hubieran estado ahí. Atravesé el techo destruido de la biblioteca y me elevé sobre el castillo.

    El viento golpeó mi rostro, abajo podía ver una ciudad gigantesca, miles de luces, torres extrañas y calles iluminadas. Habian extraños vehículos moviéndose como si fueran criaturas mecánicas.

    Nunca había visto nada parecido, era hermoso y aterrador, ahí comprendí que no estaba en casa, este no era mi mundo.

    Seguí volando hasta alejarme del castillo y finalmente descendí en un lugar que parecía un parque. Durante horas luché contra mi propio cuerpo. Una y otra vez intentaba contener aquella energía que amenazaba con desgarrarme desde dentro. Cuando finalmente logré estabilizarme, mi forma cambió.

    Miré mis manos normales. un poco mas tranquila miré mi reflejo en el agua de una fuente cercana y sentí vergüenza. No tenía cuernos, no tenía alas. No tenía nada, parecía una descornada, la casta más baja y despreciada de mi mundo.

    Apreté los dientes con rabia, era humillante. -Papá, Mamá... denme fuerza.- *Susurre tratando de contener mis lagrimas, pero no era tiempo de llorar, si quería sobrevivir tendría que soportarlo.

    Los días siguientes fueron un infierno. Utilicé mi magia para someter a una humana y obligarla a servirme. Me proporcionó ropa, comida y un lugar donde ocultarme. Mientras ella dormía o realizaba las tareas que le ordenaba, yo pasaba horas intentando controlar aquella nueva condición.

    Mi verdadera forma demoníaca había cambiado, ya no era la demonio noble que había sido. Lo que aparecía cuando perdía el control era algo mucho peor, una especie de demonio bestia gigante, una monstruosidad, una Kyojin.

    Cada día conseguía mantener la apariencia humana durante más tiempo, aunque el esfuerzo seguía siendo agotador.

    Fue varios días después cuando ocurrió, caminaba sola por el mismo parque durante la noche. Había logrado mantener mi forma humana durante casi todo el día y comenzaba a pensar que finalmente estaba adaptándome a ese mundo pero entonces apareció.

    Un enorme pilar de luz bajo desde el cielo, me detuve de golpe, mi corazón comenzó a acelerarse. Podía sentirla, aquella energía la reconocía porque era la misma presencia que había percibido en el castillo.

    La misma que emanaban las reliquias prohibidas que mi familia resguardaba por su peligros poder, el poder Ishtar.

    Era tan intenso que me revolvió el estómago, mis ojos se entrecerraron, toda la rabia acumulada durante aquellos días volvió de golpe.

    Ellos me habían traído aquí, me secuestraron de mi hogar, ahora me daba cuenta que mi madre también habida sido secuestrada como yo. Ellos la tenian, me la quitaron hace 70 años, ellos eran los responsables de todo, esos malditos Ishtar.

    Mi cuerpo reaccionó, el mana explotó a mi alrededor, mis huesos crujieron, mis alas surgieron nuevamente, mis manos volvieron a deformarse pero esta vez no me asustaban, estas cosas horribles me iban a servir para pelear contra ellos. Senti una gran emoción, por fin podría vengarme. Este deseo de luchar hizo que mi tamaño aumentara hasta superar los dos metros. La forma Kyojin había regresado y ahora tenia la altura de mi madre.

    Sin perder un segundo mas batí mis alas y me lancé hacia el origen de aquella energía, atravesé el cielo nocturno a toda velocidad hasta localizar dos figuras, eran dos mujeres. Una de cabello azul y la otra de cabello rosa.

    Las observé desde el aire, no parecían gran cosa, la de cabello rosa tenía unos cuernos pequeños, tan pequeños que en mi mundo habría sido considerada una simple astilla, una demonio de rango inferior. Y sin embargo ambas desprendían aquella energía maldita. Mi mana explotó alrededor de mi cuerpo c mientras descendía frente a ellas. El suelo tembló cuando aterricé, mis alas se extendieron detrás de mí y mis ojos brillaron con furia.

    -Así que aquí están...- Una sonrisa de desprecio apareció en mi rostro. -Díganme algo, sucias Ishtar... ¿Por qué me trajeron a este mundo?

    Lombard Queen Azraeth Akane Qᵘᵉᵉⁿ Ishtar Veythra Lili Queen Ishtar
    Primera parte: https://ficrol.com/posts/384516 El dolor seguía aumentando y apenas podía mantenerme en pie. Mi respiración era agitada y sentía que algo dentro de mí intentaba escapar. Fue entonces cuando las vi, eran dos enormes alas negras que surgieron de mi espalda envueltas en una oleada de mana oscuro. Di un delante por puro reflejo. -¿Qué *****...?- Aquellas cosas eran enormes. Parecían alas de murciélago pertenecientes a una bestia, no a una demonio noble como yo. Intenté moverlas y para mi sorpresa, respondieron de inmediato. Un impulso repentino me arrancó del suelo y salí disparada hacia arriba. -¡Aaaaah! Por un instante pensé que iba a caer, pero mi cuerpo se estabilizó solo. Las alas obedecían mis movimientos como si siempre hubieran estado ahí. Atravesé el techo destruido de la biblioteca y me elevé sobre el castillo. El viento golpeó mi rostro, abajo podía ver una ciudad gigantesca, miles de luces, torres extrañas y calles iluminadas. Habian extraños vehículos moviéndose como si fueran criaturas mecánicas. Nunca había visto nada parecido, era hermoso y aterrador, ahí comprendí que no estaba en casa, este no era mi mundo. Seguí volando hasta alejarme del castillo y finalmente descendí en un lugar que parecía un parque. Durante horas luché contra mi propio cuerpo. Una y otra vez intentaba contener aquella energía que amenazaba con desgarrarme desde dentro. Cuando finalmente logré estabilizarme, mi forma cambió. Miré mis manos normales. un poco mas tranquila miré mi reflejo en el agua de una fuente cercana y sentí vergüenza. No tenía cuernos, no tenía alas. No tenía nada, parecía una descornada, la casta más baja y despreciada de mi mundo. Apreté los dientes con rabia, era humillante. -Papá, Mamá... denme fuerza.- *Susurre tratando de contener mis lagrimas, pero no era tiempo de llorar, si quería sobrevivir tendría que soportarlo. Los días siguientes fueron un infierno. Utilicé mi magia para someter a una humana y obligarla a servirme. Me proporcionó ropa, comida y un lugar donde ocultarme. Mientras ella dormía o realizaba las tareas que le ordenaba, yo pasaba horas intentando controlar aquella nueva condición. Mi verdadera forma demoníaca había cambiado, ya no era la demonio noble que había sido. Lo que aparecía cuando perdía el control era algo mucho peor, una especie de demonio bestia gigante, una monstruosidad, una Kyojin. Cada día conseguía mantener la apariencia humana durante más tiempo, aunque el esfuerzo seguía siendo agotador. Fue varios días después cuando ocurrió, caminaba sola por el mismo parque durante la noche. Había logrado mantener mi forma humana durante casi todo el día y comenzaba a pensar que finalmente estaba adaptándome a ese mundo pero entonces apareció. Un enorme pilar de luz bajo desde el cielo, me detuve de golpe, mi corazón comenzó a acelerarse. Podía sentirla, aquella energía la reconocía porque era la misma presencia que había percibido en el castillo. La misma que emanaban las reliquias prohibidas que mi familia resguardaba por su peligros poder, el poder Ishtar. Era tan intenso que me revolvió el estómago, mis ojos se entrecerraron, toda la rabia acumulada durante aquellos días volvió de golpe. Ellos me habían traído aquí, me secuestraron de mi hogar, ahora me daba cuenta que mi madre también habida sido secuestrada como yo. Ellos la tenian, me la quitaron hace 70 años, ellos eran los responsables de todo, esos malditos Ishtar. Mi cuerpo reaccionó, el mana explotó a mi alrededor, mis huesos crujieron, mis alas surgieron nuevamente, mis manos volvieron a deformarse pero esta vez no me asustaban, estas cosas horribles me iban a servir para pelear contra ellos. Senti una gran emoción, por fin podría vengarme. Este deseo de luchar hizo que mi tamaño aumentara hasta superar los dos metros. La forma Kyojin había regresado y ahora tenia la altura de mi madre. Sin perder un segundo mas batí mis alas y me lancé hacia el origen de aquella energía, atravesé el cielo nocturno a toda velocidad hasta localizar dos figuras, eran dos mujeres. Una de cabello azul y la otra de cabello rosa. Las observé desde el aire, no parecían gran cosa, la de cabello rosa tenía unos cuernos pequeños, tan pequeños que en mi mundo habría sido considerada una simple astilla, una demonio de rango inferior. Y sin embargo ambas desprendían aquella energía maldita. Mi mana explotó alrededor de mi cuerpo c mientras descendía frente a ellas. El suelo tembló cuando aterricé, mis alas se extendieron detrás de mí y mis ojos brillaron con furia. -Así que aquí están...- Una sonrisa de desprecio apareció en mi rostro. -Díganme algo, sucias Ishtar... ¿Por qué me trajeron a este mundo? [Lombard_9] [akane_qi] [Lili.Queen]
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  • +El Huevo Fosilizado de la Escarcha Ardiente+

    Estado: Inactivo

    Origen: Desconocido

    Edad estimada: Incalculable



    *Descripción*

    A simple vista parece una roca de origen volcánico.

    Su superficie está compuesta por capas de piedra oscura endurecida por presiones imposibles, atravesadas por extrañas vetas cristalinas de color azul pálido. Algunos aseguran que dichas vetas son hielo antiguo. Otros afirman que son minerales desconocidos.

    Posee una forma vagamente ovalada, similar a la de un huevo gigantesco.

    No emite energía mágica.

    No contiene calor.

    No reacciona a hechizos de detección.

    Durante siglos fue catalogado como una curiosidad geológica sin valor alguno.

    Leyenda

    Las historias más antiguas hablan de una erupción ocurrida cuando el mundo aún era joven.

    Un volcán primordial despertó en medio de una tormenta glacial tan violenta que el fuego y la escarcha colisionaron en el mismo instante.

    Entre las rocas expulsadas por aquella explosión viajaba un único objeto.

    Un huevo.

    Antes de tocar tierra quedó atrapado en un océano congelado, donde permaneció sepultado durante eras enteras.

    Los glaciares avanzaron.

    Los imperios nacieron.

    Los imperios desaparecieron.

    Y el huevo continuó allí.

    Dormido.

    Olvidado.

    Esperando.



    *Descubrimiento.*

    Miles de años después, el retroceso de los hielos dejó al descubierto una extraña roca con forma de huevo.

    Fue encontrada por casualidad por un comerciante ambulante durante uno de sus viajes.

    Sin conocer su origen, la transportó junto al resto de mercancías extrañas que vendía en mercados y aldeas.

    El objeto permaneció durante años en su puesto.

    Nadie quiso comprarlo.

    Nadie encontró utilidad alguna en él.

    Para la mayoría no era más que una piedra curiosa.

    Sin embargo, algunos afirmaban escuchar algo extraño cuando permanecían cerca.

    No era un sonido.

    No era una voz.

    Era algo parecido al eco de un latido extremadamente lejano.

    Tan débil que podía confundirse con la imaginación.

    Y aun así...

    Nunca desaparecía por completo.
    +El Huevo Fosilizado de la Escarcha Ardiente+ Estado: Inactivo Origen: Desconocido Edad estimada: Incalculable *Descripción* A simple vista parece una roca de origen volcánico. Su superficie está compuesta por capas de piedra oscura endurecida por presiones imposibles, atravesadas por extrañas vetas cristalinas de color azul pálido. Algunos aseguran que dichas vetas son hielo antiguo. Otros afirman que son minerales desconocidos. Posee una forma vagamente ovalada, similar a la de un huevo gigantesco. No emite energía mágica. No contiene calor. No reacciona a hechizos de detección. Durante siglos fue catalogado como una curiosidad geológica sin valor alguno. Leyenda Las historias más antiguas hablan de una erupción ocurrida cuando el mundo aún era joven. Un volcán primordial despertó en medio de una tormenta glacial tan violenta que el fuego y la escarcha colisionaron en el mismo instante. Entre las rocas expulsadas por aquella explosión viajaba un único objeto. Un huevo. Antes de tocar tierra quedó atrapado en un océano congelado, donde permaneció sepultado durante eras enteras. Los glaciares avanzaron. Los imperios nacieron. Los imperios desaparecieron. Y el huevo continuó allí. Dormido. Olvidado. Esperando. *Descubrimiento.* Miles de años después, el retroceso de los hielos dejó al descubierto una extraña roca con forma de huevo. Fue encontrada por casualidad por un comerciante ambulante durante uno de sus viajes. Sin conocer su origen, la transportó junto al resto de mercancías extrañas que vendía en mercados y aldeas. El objeto permaneció durante años en su puesto. Nadie quiso comprarlo. Nadie encontró utilidad alguna en él. Para la mayoría no era más que una piedra curiosa. Sin embargo, algunos afirmaban escuchar algo extraño cuando permanecían cerca. No era un sonido. No era una voz. Era algo parecido al eco de un latido extremadamente lejano. Tan débil que podía confundirse con la imaginación. Y aun así... Nunca desaparecía por completo.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    La llegada.

    La primera vez que vi aquella luz fue hace tres años. Al principio parecía una estrella más, era algo extraño pero distante, pero con el paso del tiempo comenzó a crecer, cada noche era un poco más grande, un poco más brillante, y cada vez que la observaba sentía una incomodidad difícil de explicar. Aquella noche me encontraba en una gala organizada por una familia noble. Había música, y aburridas conversaciones sobre política. Todo era tan normal como siempre. Salí al balcón para tomar aire mientras me preguntaba porque me enviaron a mi y no a mi hermano mayor, el es el que esta mas interesado en estas cosas. Y entonces la vi otra vez. La luz seguía ahí, suspendida en el cielo nocturno, pero esta vez era enorme. Un escalofrío recorrió mi espalda y me abracé a mí misma mientras dirigía mi vista las dos lunas, por alguna razón, siempre que las veía me tranquilizaban, como si al verlas algo me dijera que todo iba estar bien. Según las historias, en la Luna Blanca y la Luna Negra en ellas descansaban las almas de los amantes que le dieron origen a la "Heroína Sin Nombre", aquella mujer cuyo nombre los dioses borraron de la historia. Aunque me decía a mi misma que todo iba estar bien, la sensación extraña en mi pecho no se fue.

    De pronto un rayo descendió desde aquella luz, atravesó el cielo como una lanza y comenzó a arrasar todo a su paso. Me quedé paralizada durante un instante antes de reaccionar. Corrí hacia el interior de la mansión para avisar a todos, para gritarles que escaparan, pero antes de que pudiera abrir la boca el mundo entero estalló.

    Cuando recuperé la conciencia ya no estaba en la mansión. Me encontraba tendida sobre el suelo de una enorme biblioteca que jamás había visto. Había libros por todas partes, estanterías gigantescas y una sensación extraña que impregnaba el aire. Me incorporé lentamente, todavía mareada. Entonces la sentí aquella energía, era desconocida, pero al mismo tiempo me resultaba inquietantemente familiar. A mi mente vino la imagen de las reliquias selladas por mi familia, los objetos que supuestamente pertenecieron a los Ishtar, los traidores. La energía de aquel lugar era parecida, pero infinitamente más intensa. Intenté ponerme de pie para comprender dónde estaba cuando una punzada brutal atravesó mi cuerpo.

    Caí de rodillas. Sentí como si algo estuviera desgarrándose dentro de mí. El dolor me hizo gritar y al mirar mi mano sentí un miedo que jamás había experimentado. Mi brazo había cambiado. La piel se había oscurecido, mis dedos eran más largos y mis uñas parecían garras monstruosas. Intenté mover la mano mientras el dolor aumentaba, pero cada segundo era peor. Sentía una presión insoportable en el pecho, como si algo quisiera abrirse paso desde mi interior. Volví a gritar y fue entonces cuando escuché pasos como si fuera una marcha cada vez mas cerca.

    Las puertas de la biblioteca se abrieron de golpe y varios guardias armados irrumpieron en la sala. Uno de ellos levantó su espada hacia mí.

    -¡En nombre de la Emperatriz Sasha, identifíquese!

    Mi mente se quedó en blanco, "Sasha", de veras había dicho Sasha? El nombre de la Reina Maldita, la misma que vivió hace miles de años?

    El miedo se apoderó de mí por completo. No entendía dónde estaba, no entendía qué estaba pasando. Mi respiración se acelero y el dolor aumentó hasta un punto insoportable. Sentí algo romperse dentro de mí y, antes de darme cuenta, una explosión de energía surgió de mi cuerpo.

    Las estanterías estallaron, los libros salieron despedidos por los aires, las ventanas se hicieron añicos y los guardias fueron arrojados violentamente contra las paredes. El suelo se agrietó bajo mis pies mientras la biblioteca se llenaba de escombros. Cuando logré volver a mirar mis manos descubrí que la otra también se había transformado. Las dos eran monstruosas ahora.

    Retrocedí aterrada entre los restos de la sala. Mi cuerpo seguía cambiando, sentía aquella energía recorriendo mis venas, volviéndose cada vez más salvaje. Los libros ardían entre los escombros y los guardias intentaban ponerse de pie entre los restos mientras yo apenas podía mantenerme en pie. Solo había una idea en mi cabeza. -Tengo que escapar!-

    Porque cuanto más tiempo permanecía en aquel lugar, más sentía que mi poder se estaba descontrolando. Y lo peor de todo era que comenzaba a tener la aterradora sensación de que ya no era yo quien estaba controlando ese poder, sino que era él quien estaba comenzando a controlarme a mí.
    La llegada. La primera vez que vi aquella luz fue hace tres años. Al principio parecía una estrella más, era algo extraño pero distante, pero con el paso del tiempo comenzó a crecer, cada noche era un poco más grande, un poco más brillante, y cada vez que la observaba sentía una incomodidad difícil de explicar. Aquella noche me encontraba en una gala organizada por una familia noble. Había música, y aburridas conversaciones sobre política. Todo era tan normal como siempre. Salí al balcón para tomar aire mientras me preguntaba porque me enviaron a mi y no a mi hermano mayor, el es el que esta mas interesado en estas cosas. Y entonces la vi otra vez. La luz seguía ahí, suspendida en el cielo nocturno, pero esta vez era enorme. Un escalofrío recorrió mi espalda y me abracé a mí misma mientras dirigía mi vista las dos lunas, por alguna razón, siempre que las veía me tranquilizaban, como si al verlas algo me dijera que todo iba estar bien. Según las historias, en la Luna Blanca y la Luna Negra en ellas descansaban las almas de los amantes que le dieron origen a la "Heroína Sin Nombre", aquella mujer cuyo nombre los dioses borraron de la historia. Aunque me decía a mi misma que todo iba estar bien, la sensación extraña en mi pecho no se fue. De pronto un rayo descendió desde aquella luz, atravesó el cielo como una lanza y comenzó a arrasar todo a su paso. Me quedé paralizada durante un instante antes de reaccionar. Corrí hacia el interior de la mansión para avisar a todos, para gritarles que escaparan, pero antes de que pudiera abrir la boca el mundo entero estalló. Cuando recuperé la conciencia ya no estaba en la mansión. Me encontraba tendida sobre el suelo de una enorme biblioteca que jamás había visto. Había libros por todas partes, estanterías gigantescas y una sensación extraña que impregnaba el aire. Me incorporé lentamente, todavía mareada. Entonces la sentí aquella energía, era desconocida, pero al mismo tiempo me resultaba inquietantemente familiar. A mi mente vino la imagen de las reliquias selladas por mi familia, los objetos que supuestamente pertenecieron a los Ishtar, los traidores. La energía de aquel lugar era parecida, pero infinitamente más intensa. Intenté ponerme de pie para comprender dónde estaba cuando una punzada brutal atravesó mi cuerpo. Caí de rodillas. Sentí como si algo estuviera desgarrándose dentro de mí. El dolor me hizo gritar y al mirar mi mano sentí un miedo que jamás había experimentado. Mi brazo había cambiado. La piel se había oscurecido, mis dedos eran más largos y mis uñas parecían garras monstruosas. Intenté mover la mano mientras el dolor aumentaba, pero cada segundo era peor. Sentía una presión insoportable en el pecho, como si algo quisiera abrirse paso desde mi interior. Volví a gritar y fue entonces cuando escuché pasos como si fuera una marcha cada vez mas cerca. Las puertas de la biblioteca se abrieron de golpe y varios guardias armados irrumpieron en la sala. Uno de ellos levantó su espada hacia mí. -¡En nombre de la Emperatriz Sasha, identifíquese! Mi mente se quedó en blanco, "Sasha", de veras había dicho Sasha? El nombre de la Reina Maldita, la misma que vivió hace miles de años? El miedo se apoderó de mí por completo. No entendía dónde estaba, no entendía qué estaba pasando. Mi respiración se acelero y el dolor aumentó hasta un punto insoportable. Sentí algo romperse dentro de mí y, antes de darme cuenta, una explosión de energía surgió de mi cuerpo. Las estanterías estallaron, los libros salieron despedidos por los aires, las ventanas se hicieron añicos y los guardias fueron arrojados violentamente contra las paredes. El suelo se agrietó bajo mis pies mientras la biblioteca se llenaba de escombros. Cuando logré volver a mirar mis manos descubrí que la otra también se había transformado. Las dos eran monstruosas ahora. Retrocedí aterrada entre los restos de la sala. Mi cuerpo seguía cambiando, sentía aquella energía recorriendo mis venas, volviéndose cada vez más salvaje. Los libros ardían entre los escombros y los guardias intentaban ponerse de pie entre los restos mientras yo apenas podía mantenerme en pie. Solo había una idea en mi cabeza. -Tengo que escapar!- Porque cuanto más tiempo permanecía en aquel lugar, más sentía que mi poder se estaba descontrolando. Y lo peor de todo era que comenzaba a tener la aterradora sensación de que ya no era yo quien estaba controlando ese poder, sino que era él quien estaba comenzando a controlarme a mí.
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  • Hoy en "ALBUMES CON EL TIO JERO " (Edición especial, Origen de nuestra querida y adorable Cynthia Jane☀️)

    GENESIS - "Nursery Cryme." (1971)

    Género: Rock Progresivo.

    "Seré Breve en lo musical, aunque está es una obra maestra del género con arreglos pastorales mezclados con la complejidad del Rock progresivo setentero como si fuese de la época victoriana. Con la fantasmal voz de Peter Gabriel y las baterías de Phill Collins. Un imprescindible del Rock Progresivo."

    ¿Quién es realmente Cynthia Jane?

    "Primero que todo, ella, la original aparece en la portada del álbum (que tuve que censurar porque se ve el cercenamiento de Henry) y es la protagonista de la historia relatada en el épico track 'The Musical Box.' La cual Narra como de la caja musical aparece Henry, el niño asesinado por Cynthia Jane (su hermana) de un martillazo y decapitándolo en el acto, el cual toma la forma espectral de un viejo pervertido que desea sexualmente a Cynthia (por eso el rol de ella se basó en esta historia y otras referencias al mismo álbum)."

    "El personaje de Cynthia aquí en Ficrol fue basado físicamente como mencionaba anteriormente en la carátula de este DISCAZO."

    "Su acento Británico se debe más que nada porque la Banda Génesis es de Inglaterra, duh...."

    "Su personalidad por parte refinada es porque la imagen delata que es una muchacha de alta alcurnia, y su lado más adorable lo basé en mi querida hermanita Lady Céleste a quien le mando un enorme abrazo y gratitud por inspirarme a crear la personalidad de la adorable Cynthia."

    "Finalmente el modus operandi de su rol es hacer algunas referencias oscuras al Rock progresivo de los 70, y alusiones al álbum donde está adorable muchacha se origina."

    "A pesar de tener un sonido añejo, recomiendo está obra maestra que me ha acompañado toda la vida 10/10."

    Canciones destacadas:

    -The Musical Box (La Caja Musical)
    -The Return of The Giant Hogweed (El Regreso del Perejil Gigante)
    -The Fountain of Salmacis (La Fuente de Salmacis)

    https://youtu.be/jGZaH0JEiic?si=6fEbndoLJzbeV7hh
    Hoy en "ALBUMES CON EL TIO JERO 😎💀" (Edición especial, Origen de nuestra querida y adorable [CynthiaJane21]) GENESIS - "Nursery Cryme." (1971) Género: Rock Progresivo. "Seré Breve en lo musical, aunque está es una obra maestra del género con arreglos pastorales mezclados con la complejidad del Rock progresivo setentero como si fuese de la época victoriana. Con la fantasmal voz de Peter Gabriel y las baterías de Phill Collins. Un imprescindible del Rock Progresivo." ¿Quién es realmente Cynthia Jane? "Primero que todo, ella, la original aparece en la portada del álbum (que tuve que censurar porque se ve el cercenamiento de Henry) y es la protagonista de la historia relatada en el épico track 'The Musical Box.' La cual Narra como de la caja musical aparece Henry, el niño asesinado por Cynthia Jane (su hermana) de un martillazo y decapitándolo en el acto, el cual toma la forma espectral de un viejo pervertido que desea sexualmente a Cynthia (por eso el rol de ella se basó en esta historia y otras referencias al mismo álbum)." "El personaje de Cynthia aquí en Ficrol fue basado físicamente como mencionaba anteriormente en la carátula de este DISCAZO." "Su acento Británico se debe más que nada porque la Banda Génesis es de Inglaterra, duh...." "Su personalidad por parte refinada es porque la imagen delata que es una muchacha de alta alcurnia, y su lado más adorable lo basé en mi querida hermanita [LadyCeleste2008] a quien le mando un enorme abrazo y gratitud por inspirarme a crear la personalidad de la adorable Cynthia." "Finalmente el modus operandi de su rol es hacer algunas referencias oscuras al Rock progresivo de los 70, y alusiones al álbum donde está adorable muchacha se origina." "A pesar de tener un sonido añejo, recomiendo está obra maestra que me ha acompañado toda la vida 10/10." Canciones destacadas: -The Musical Box (La Caja Musical) -The Return of The Giant Hogweed (El Regreso del Perejil Gigante) -The Fountain of Salmacis (La Fuente de Salmacis) https://youtu.be/jGZaH0JEiic?si=6fEbndoLJzbeV7hh
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  • —Las Crónicas De Fenrir Queen—

    •Capítulo 1: Las heridas que no sanan•

    El viaje comenzó una mañana fría y silenciosa. Recuerdo haber permanecido unos segundos frente a la puerta de casa antes de marcharme, observando el camino que se extendía ante mí mientras ajustaba las correas de la mochila sobre mis hombros. No estaba segura de cuánto tiempo estaría fuera ni de si realmente encontraría lo que buscaba, pero quedarme tampoco iba a solucionar nada. Bajo la ropa, ocultos a la vista de cualquiera, los vendajes seguían envolviendo gran parte de mi cuerpo y las grietas permanecían allí, tan presentes como el día en que aparecieron. Algunas veces el dolor era soportable, otras parecía extenderse por cada músculo y cada hueso, recordándome constantemente aquel encuentro que había cambiado mi vida. Todavía podía ver aquella escena cuando cerraba los ojos: el aire deformándose, el suelo rompiéndose bajo nuestros pies y aquella sensación insoportable de impotencia al comprender que no podía hacer nada para detenerlo. No sabía quién era aquel muchacho, ni por qué me había atacado, ni qué clase de poder era capaz de causar semejante destrucción. Lo único que sabía era que había sobrevivido de milagro y que, si quería seguir adelante, debía encontrar alguna forma de curarme.

    Los primeros días viajé con optimismo. Había escuchado historias sobre curanderos capaces de sanar enfermedades imposibles, alquimistas que creaban remedios legendarios y magos especializados en maldiciones antiguas. Pensé que, tarde o temprano, alguien sabría reconocer mis heridas. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El primer curandero que visité vivía en un pequeño pueblo costero. Su casa estaba construida junto al puerto y olía intensamente a hierbas medicinales y sal marina. Tras examinar las grietas durante varios minutos, el anciano permaneció en silencio con el ceño fruncido antes de dejar escapar un largo suspiro.

    Curandero: —Nunca había visto algo parecido.

    Fenrir: —Ni siquiera sabe qué es?

    El hombre volvió a observar las marcas mientras acariciaba su barba pensativo.

    Curandero: —No parece una enfermedad. Tampoco una herida común. Es como si algo hubiese quedado atrapado dentro de tu cuerpo.

    Fenrir: —Entonces… puede curarlo?

    La expresión del anciano fue suficiente para responder antes incluso de que abriera la boca.

    Curandero: —Lo siento, muchacha.

    Aquella respuesta fue la primera de muchas. Durante las semanas siguientes recorrí pueblos, ciudades y aldeas escondidas entre montañas. Una alquimista famosa examinó las grietas utilizando cristales mágicos y herramientas que jamás había visto. Un sacerdote intentó purificarlas mediante rituales antiguos. Incluso una anciana que afirmaba haber vivido más de cien años pasó una tarde entera estudiándolas. Ninguno encontró una solución.

    Alquimista: —No entiendo cómo sigues caminando.

    Fenrir: —Tan mal están?

    Alquimista: —He visto guerreros perder miembros por heridas menos graves.

    Fenrir: —Puede ayudarme?

    La mujer apartó lentamente la mirada.

    Alquimista: —No.

    Cada respuesta negativa hacía que el viaje pesara un poco más. Había momentos en los que me sentaba junto al camino para cambiar las vendas y observaba las grietas preguntándome si terminarían formando parte de mí para siempre. No era una guerrera legendaria ni una gran maga. Apenas estaba aprendiendo a utilizar mis propias habilidades. Mis hechizos de curación eran básicos, mis barreras rúnicas servían principalmente para protegerme y todavía tenía mucho que aprender sobre la magia. Comparada con los verdaderos aventureros y héroes de las historias, me sentía débil. Aquella sensación se volvía aún más intensa cuando recordaba cómo había terminado mi combate. No había ganado. Ni siquiera había estado cerca de hacerlo.

    Cuando llegué al pueblo de montaña ya había pasado casi un mes desde mi partida. El lugar estaba escondido entre colinas cubiertas de bosques y parecía tranquilo a simple vista, pero algo no encajaba. Los habitantes caminaban deprisa, las conversaciones se apagaban cuando alguien se acercaba y más de una persona observaba constantemente los caminos que conducían al exterior. No sabía qué estaba ocurriendo allí y tampoco quería involucrarme. Mi objetivo seguía siendo el mismo, así que recorrí las calles preguntando por curanderos hasta que terminé frente a un anciano que atendía un pequeño puesto en la plaza principal.

    Fenrir: —Disculpe, hay algún curandero en el pueblo?

    Anciano: —No.

    Fenrir: —Y algún alquimista?

    Anciano: —Tampoco.

    Solté un suspiro resignado. Aquella conversación empezaba a resultarme demasiado familiar.

    Fenrir: —Entiendo… gracias igualmente.

    Ya me había girado para marcharme cuando el anciano volvió a hablar.

    Anciano: —Aunque llegó alguien hace unos días buscando algo parecido.

    Me detuve inmediatamente y volví a mirarlo.

    Fenrir: —Parecido?

    Anciano: —Un joven viajero.

    Fenrir: —También está herido?

    El hombre asintió.

    Anciano: —Eso parece.

    No era una respuesta demasiado útil, pero despertó mi curiosidad. Después de tantas semanas buscando una cura sin resultados, encontrar a otra persona cargando con heridas extrañas era suficiente para llamar mi atención. Cuando cayó la noche terminé entrando en la única posada del pueblo. El interior estaba iluminado por la luz cálida de una gran chimenea y el sonido de las conversaciones llenaba el ambiente. Mientras buscaba una mesa libre, una figura sentada en una esquina apartada llamó mi atención. Era un muchacho de cabello blanco plateado, más o menos de mi edad, acompañado por una katana que descansaba apoyada junto a la pared. Parecía cansado, como alguien que llevaba mucho tiempo viajando sin descanso, pero lo que realmente captó mi atención fue su brazo izquierdo.

    Estaba vendado. Y entre los huecos de las vendas asomaban pequeñas grietas oscuras. Mi corazón dio un vuelco. Se parecían demasiado a las mías.

    Instintivamente llevé una mano hacia mi costado y una punzada atravesó mi cuerpo. Las grietas reaccionaron de inmediato, obligándome a apretar los dientes para contener el dolor. El movimiento llamó la atención del muchacho, que levantó la mirada y se quedó observándome. Durante unos segundos ninguno apartó los ojos. No había hostilidad. Tampoco confianza. Solo una extraña sensación de reconocimiento imposible de explicar.

    Finalmente reuní valor y me acerqué.

    Fenrir: —Puedo sentarme?

    El muchacho me observó durante unos instantes antes de responder.

    Desconocido: —Haz lo que quieras.

    Tomé asiento frente a él y durante unos segundos ninguno dijo nada. El silencio resultaba incómodo, pero al mismo tiempo parecía que ambos estábamos intentando averiguar lo mismo.

    Desconocido: —No pareces de aquí.

    Fenrir: —Porque no lo soy.

    Desconocido: —Viajas sola.

    Fenrir: —Sí.

    El muchacho asintió levemente antes de volver a guardar silencio. Mis ojos terminaron desviándose nuevamente hacia su brazo. Él lo notó al instante.

    Desconocido: —Qué pasa?

    Fenrir: —Tu brazo.

    Su expresión se endureció ligeramente.

    Desconocido: —Qué ocurre con él?

    Apoyé una mano sobre mi costado, justo donde se ocultaban mis propios vendajes.

    Fenrir: —Creo que se parece un poco a lo mío.

    Por primera vez pareció realmente sorprendido.

    Desconocido: —También estás herida?

    Solté una pequeña risa cansada.

    Fenrir: —Bastante más de lo que me gustaría admitir.

    El muchacho permaneció callado unos segundos antes de formular una pregunta que me hizo levantar la vista.

    Desconocido: —Fue un chico?

    Fenrir: —Cómo lo sabes?

    Desconocido: —Porque a mí me hizo esto.

    Durante unos segundos me quedé inmóvil. Aquella era la primera vez que encontraba a alguien que parecía haber pasado por algo parecido.

    Fenrir: —Yo no sé quién era.

    Desconocido: —Yo tampoco sé mucho.

    Fenrir: —Ni siquiera me explicó por qué me atacó.

    Desconocido: —A mí tampoco.

    La conversación continuó durante largo rato. Ninguno conocía el nombre de aquel muchacho. Ninguno entendía el origen de su poder. Lo único que compartíamos eran las consecuencias. Yo le hablé de cómo las grietas recorrían gran parte de mi cuerpo y de cómo ningún curandero había conseguido ayudarme. Él me contó que las suyas estaban concentradas únicamente en su brazo izquierdo y que, aunque podía seguir luchando, tampoco lograban sanar.

    Fenrir: —Sentí cómo el aire se rompía.

    Desconocido: —Porque se rompe.

    Fenrir: —Qué quieres decir?

    Desconocido: —Que su poder no destruye solo lo que toca. Es como si dañara todo lo que hay alrededor.

    Bajé la mirada hacia la mesa.

    Fenrir: —Casi me mata.

    El muchacho permaneció unos segundos en silencio.

    Desconocido: —A mí también.

    Las llamas de la chimenea continuaban danzando a nuestra espalda mientras el murmullo de la posada seguía llenando el ambiente. Sin embargo, en aquel momento todo parecía lejano. Porque por primera vez desde que había comenzado mi viaje ya no me sentía completamente sola. Seguía sin conocer el nombre del muchacho sentado frente a mí. Él tampoco conocía el mío. Tampoco sabíamos quién era realmente el responsable de nuestras heridas ni por qué había decidido atacarnos. Pero una cosa estaba clara.

    Fuera quien fuese aquel muchacho…
    Seguía ahí fuera y tarde o temprano volveríamos a cruzarnos con él.
    —Las Crónicas De Fenrir Queen— •Capítulo 1: Las heridas que no sanan• El viaje comenzó una mañana fría y silenciosa. Recuerdo haber permanecido unos segundos frente a la puerta de casa antes de marcharme, observando el camino que se extendía ante mí mientras ajustaba las correas de la mochila sobre mis hombros. No estaba segura de cuánto tiempo estaría fuera ni de si realmente encontraría lo que buscaba, pero quedarme tampoco iba a solucionar nada. Bajo la ropa, ocultos a la vista de cualquiera, los vendajes seguían envolviendo gran parte de mi cuerpo y las grietas permanecían allí, tan presentes como el día en que aparecieron. Algunas veces el dolor era soportable, otras parecía extenderse por cada músculo y cada hueso, recordándome constantemente aquel encuentro que había cambiado mi vida. Todavía podía ver aquella escena cuando cerraba los ojos: el aire deformándose, el suelo rompiéndose bajo nuestros pies y aquella sensación insoportable de impotencia al comprender que no podía hacer nada para detenerlo. No sabía quién era aquel muchacho, ni por qué me había atacado, ni qué clase de poder era capaz de causar semejante destrucción. Lo único que sabía era que había sobrevivido de milagro y que, si quería seguir adelante, debía encontrar alguna forma de curarme. Los primeros días viajé con optimismo. Había escuchado historias sobre curanderos capaces de sanar enfermedades imposibles, alquimistas que creaban remedios legendarios y magos especializados en maldiciones antiguas. Pensé que, tarde o temprano, alguien sabría reconocer mis heridas. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El primer curandero que visité vivía en un pequeño pueblo costero. Su casa estaba construida junto al puerto y olía intensamente a hierbas medicinales y sal marina. Tras examinar las grietas durante varios minutos, el anciano permaneció en silencio con el ceño fruncido antes de dejar escapar un largo suspiro. Curandero: —Nunca había visto algo parecido. Fenrir: —Ni siquiera sabe qué es? El hombre volvió a observar las marcas mientras acariciaba su barba pensativo. Curandero: —No parece una enfermedad. Tampoco una herida común. Es como si algo hubiese quedado atrapado dentro de tu cuerpo. Fenrir: —Entonces… puede curarlo? La expresión del anciano fue suficiente para responder antes incluso de que abriera la boca. Curandero: —Lo siento, muchacha. Aquella respuesta fue la primera de muchas. Durante las semanas siguientes recorrí pueblos, ciudades y aldeas escondidas entre montañas. Una alquimista famosa examinó las grietas utilizando cristales mágicos y herramientas que jamás había visto. Un sacerdote intentó purificarlas mediante rituales antiguos. Incluso una anciana que afirmaba haber vivido más de cien años pasó una tarde entera estudiándolas. Ninguno encontró una solución. Alquimista: —No entiendo cómo sigues caminando. Fenrir: —Tan mal están? Alquimista: —He visto guerreros perder miembros por heridas menos graves. Fenrir: —Puede ayudarme? La mujer apartó lentamente la mirada. Alquimista: —No. Cada respuesta negativa hacía que el viaje pesara un poco más. Había momentos en los que me sentaba junto al camino para cambiar las vendas y observaba las grietas preguntándome si terminarían formando parte de mí para siempre. No era una guerrera legendaria ni una gran maga. Apenas estaba aprendiendo a utilizar mis propias habilidades. Mis hechizos de curación eran básicos, mis barreras rúnicas servían principalmente para protegerme y todavía tenía mucho que aprender sobre la magia. Comparada con los verdaderos aventureros y héroes de las historias, me sentía débil. Aquella sensación se volvía aún más intensa cuando recordaba cómo había terminado mi combate. No había ganado. Ni siquiera había estado cerca de hacerlo. Cuando llegué al pueblo de montaña ya había pasado casi un mes desde mi partida. El lugar estaba escondido entre colinas cubiertas de bosques y parecía tranquilo a simple vista, pero algo no encajaba. Los habitantes caminaban deprisa, las conversaciones se apagaban cuando alguien se acercaba y más de una persona observaba constantemente los caminos que conducían al exterior. No sabía qué estaba ocurriendo allí y tampoco quería involucrarme. Mi objetivo seguía siendo el mismo, así que recorrí las calles preguntando por curanderos hasta que terminé frente a un anciano que atendía un pequeño puesto en la plaza principal. Fenrir: —Disculpe, hay algún curandero en el pueblo? Anciano: —No. Fenrir: —Y algún alquimista? Anciano: —Tampoco. Solté un suspiro resignado. Aquella conversación empezaba a resultarme demasiado familiar. Fenrir: —Entiendo… gracias igualmente. Ya me había girado para marcharme cuando el anciano volvió a hablar. Anciano: —Aunque llegó alguien hace unos días buscando algo parecido. Me detuve inmediatamente y volví a mirarlo. Fenrir: —Parecido? Anciano: —Un joven viajero. Fenrir: —También está herido? El hombre asintió. Anciano: —Eso parece. No era una respuesta demasiado útil, pero despertó mi curiosidad. Después de tantas semanas buscando una cura sin resultados, encontrar a otra persona cargando con heridas extrañas era suficiente para llamar mi atención. Cuando cayó la noche terminé entrando en la única posada del pueblo. El interior estaba iluminado por la luz cálida de una gran chimenea y el sonido de las conversaciones llenaba el ambiente. Mientras buscaba una mesa libre, una figura sentada en una esquina apartada llamó mi atención. Era un muchacho de cabello blanco plateado, más o menos de mi edad, acompañado por una katana que descansaba apoyada junto a la pared. Parecía cansado, como alguien que llevaba mucho tiempo viajando sin descanso, pero lo que realmente captó mi atención fue su brazo izquierdo. Estaba vendado. Y entre los huecos de las vendas asomaban pequeñas grietas oscuras. Mi corazón dio un vuelco. Se parecían demasiado a las mías. Instintivamente llevé una mano hacia mi costado y una punzada atravesó mi cuerpo. Las grietas reaccionaron de inmediato, obligándome a apretar los dientes para contener el dolor. El movimiento llamó la atención del muchacho, que levantó la mirada y se quedó observándome. Durante unos segundos ninguno apartó los ojos. No había hostilidad. Tampoco confianza. Solo una extraña sensación de reconocimiento imposible de explicar. Finalmente reuní valor y me acerqué. Fenrir: —Puedo sentarme? El muchacho me observó durante unos instantes antes de responder. Desconocido: —Haz lo que quieras. Tomé asiento frente a él y durante unos segundos ninguno dijo nada. El silencio resultaba incómodo, pero al mismo tiempo parecía que ambos estábamos intentando averiguar lo mismo. Desconocido: —No pareces de aquí. Fenrir: —Porque no lo soy. Desconocido: —Viajas sola. Fenrir: —Sí. El muchacho asintió levemente antes de volver a guardar silencio. Mis ojos terminaron desviándose nuevamente hacia su brazo. Él lo notó al instante. Desconocido: —Qué pasa? Fenrir: —Tu brazo. Su expresión se endureció ligeramente. Desconocido: —Qué ocurre con él? Apoyé una mano sobre mi costado, justo donde se ocultaban mis propios vendajes. Fenrir: —Creo que se parece un poco a lo mío. Por primera vez pareció realmente sorprendido. Desconocido: —También estás herida? Solté una pequeña risa cansada. Fenrir: —Bastante más de lo que me gustaría admitir. El muchacho permaneció callado unos segundos antes de formular una pregunta que me hizo levantar la vista. Desconocido: —Fue un chico? Fenrir: —Cómo lo sabes? Desconocido: —Porque a mí me hizo esto. Durante unos segundos me quedé inmóvil. Aquella era la primera vez que encontraba a alguien que parecía haber pasado por algo parecido. Fenrir: —Yo no sé quién era. Desconocido: —Yo tampoco sé mucho. Fenrir: —Ni siquiera me explicó por qué me atacó. Desconocido: —A mí tampoco. La conversación continuó durante largo rato. Ninguno conocía el nombre de aquel muchacho. Ninguno entendía el origen de su poder. Lo único que compartíamos eran las consecuencias. Yo le hablé de cómo las grietas recorrían gran parte de mi cuerpo y de cómo ningún curandero había conseguido ayudarme. Él me contó que las suyas estaban concentradas únicamente en su brazo izquierdo y que, aunque podía seguir luchando, tampoco lograban sanar. Fenrir: —Sentí cómo el aire se rompía. Desconocido: —Porque se rompe. Fenrir: —Qué quieres decir? Desconocido: —Que su poder no destruye solo lo que toca. Es como si dañara todo lo que hay alrededor. Bajé la mirada hacia la mesa. Fenrir: —Casi me mata. El muchacho permaneció unos segundos en silencio. Desconocido: —A mí también. Las llamas de la chimenea continuaban danzando a nuestra espalda mientras el murmullo de la posada seguía llenando el ambiente. Sin embargo, en aquel momento todo parecía lejano. Porque por primera vez desde que había comenzado mi viaje ya no me sentía completamente sola. Seguía sin conocer el nombre del muchacho sentado frente a mí. Él tampoco conocía el mío. Tampoco sabíamos quién era realmente el responsable de nuestras heridas ni por qué había decidido atacarnos. Pero una cosa estaba clara. Fuera quien fuese aquel muchacho… Seguía ahí fuera y tarde o temprano volveríamos a cruzarnos con él.
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    ACTA DE INSPECCIÓN Y LEVANTAMIENTO DE INDICIOS N.º 47

    Fecha: Registrada en horas postreras de la noche.

    Lugar: Marisma boscosa situada en la periferia septentrional del distrito.

    Intervinientes: Agente de la guardia local y el presbítero investigador Zelkova Legasov.

    Relación de los hechos: Conforme a diversos rumores concernientes a una corrupción de origen incierto que afligía los contornos de la comarca, el joven clérigo Zelkova Legasov emprendió pesquisas junto a un oficial veterano, sujeto conocido por su manifiesto hastío respecto a las torpezas y negligencias de la administración civil.

    Mientras ambos transitaban por un soto cenagoso, cubierto de neblina y lodos pestilentes, sostuvo el reverendo la siguiente observación:

    ●Espero que no estés en lo cierto o, si no...

    A lo cual respondió el agente:

    ☆Créeme, muchacho. Es peor de lo que imaginas, y puede estar relacionado con tu pasado eclesiástico.

    Prosiguieron la marcha bajo la escasa luminaria lunar, internándose entre juncales, cipreses anegados y espesuras infestadas de insectos. Aproximadamente pasada la medianoche, los comparecientes descubrieron un cadáver femenino dispuesto en una escena de singular atrocidad.

    La occisa, de edad juvenil, yacía inmóvil sobre el fango. Presentaba una extraña sigila grabada en la región dorsal. Asimismo, unos cuernos de venado habían sido fijados a su cabeza de manera deliberada, otorgándole una apariencia grotesca y ceremonial. Las manos se hallaban cosidas entre sí, colocadas en posición semejante a una plegaria, aunque desprovista de toda sacralidad y revestida, en cambio, de una impronta ominosa y sacrílega.

    El hedor desprendido por el cuerpo era particularmente nauseabundo. El agente manifestó visible consternación y declaró:

    ☆Esto es horrible... Tiene la edad de mi hija.

    No obstante, el sacerdote Legasov conservó notable compostura. Sin apartar la vista de la escena, procedió a registrar observaciones en una bitácora de cuero, consignando minuciosamente cada detalle del hallazgo.

    Durante el examen de la marca inscrita en la espalda de la víctima, se advirtió un repentino cambio en el semblante del presbítero. El color abandonó su rostro y sus facciones adquirieron una rigidez impropia de quien hasta entonces se había mostrado impasible.

    El oficial, percibiendo tal alteración, inquirió:

    ☆¿Qué sucede?

    Tras una breve pausa, añadió:

    ☆Si me lo preguntas, parece una suerte de mensaje o señal de lindero, como las que dejan las bestias para marcar territorio.

    El reverendo respondió con tono acerbo:

    ●No... Es el Culto de Saturno.

    La respuesta fue seguida por un prolongado silencio. El agente no mostró reconocimiento alguno ante dicha denominación, como si jamás hubiese escuchado referencia semejante.

    Según consta en las anotaciones recogidas posteriormente, el sacerdote permaneció varios instantes contemplando la marca. Finalmente, en voz apenas perceptible, pronunció las siguientes palabras:

    ●Sé que estás metido en esto, Mr. M... Y juro, que Dios me escuche, voy a por ti.

    Observaciones finales:

    Se deja constancia de que el presbítero Zelkova Legasov exhibió una reacción impropia de un investigador ajeno al caso, sugiriendo conocimiento previo respecto de la simbología encontrada y de posibles implicados. La naturaleza ritual del crimen, la disposición mortuoria de la víctima y la referencia al denominado Culto de "Saturno" indican la probable existencia de una organización clandestina vinculada a prácticas heréticas, sacrificios ceremoniales y otros actos de extrema perversidad.

    Fin del informe.
    ACTA DE INSPECCIÓN Y LEVANTAMIENTO DE INDICIOS N.º 47 Fecha: Registrada en horas postreras de la noche. Lugar: Marisma boscosa situada en la periferia septentrional del distrito. Intervinientes: Agente de la guardia local y el presbítero investigador Zelkova Legasov. Relación de los hechos: Conforme a diversos rumores concernientes a una corrupción de origen incierto que afligía los contornos de la comarca, el joven clérigo Zelkova Legasov emprendió pesquisas junto a un oficial veterano, sujeto conocido por su manifiesto hastío respecto a las torpezas y negligencias de la administración civil. Mientras ambos transitaban por un soto cenagoso, cubierto de neblina y lodos pestilentes, sostuvo el reverendo la siguiente observación: ●Espero que no estés en lo cierto o, si no... A lo cual respondió el agente: ☆Créeme, muchacho. Es peor de lo que imaginas, y puede estar relacionado con tu pasado eclesiástico. Prosiguieron la marcha bajo la escasa luminaria lunar, internándose entre juncales, cipreses anegados y espesuras infestadas de insectos. Aproximadamente pasada la medianoche, los comparecientes descubrieron un cadáver femenino dispuesto en una escena de singular atrocidad. La occisa, de edad juvenil, yacía inmóvil sobre el fango. Presentaba una extraña sigila grabada en la región dorsal. Asimismo, unos cuernos de venado habían sido fijados a su cabeza de manera deliberada, otorgándole una apariencia grotesca y ceremonial. Las manos se hallaban cosidas entre sí, colocadas en posición semejante a una plegaria, aunque desprovista de toda sacralidad y revestida, en cambio, de una impronta ominosa y sacrílega. El hedor desprendido por el cuerpo era particularmente nauseabundo. El agente manifestó visible consternación y declaró: ☆Esto es horrible... Tiene la edad de mi hija. No obstante, el sacerdote Legasov conservó notable compostura. Sin apartar la vista de la escena, procedió a registrar observaciones en una bitácora de cuero, consignando minuciosamente cada detalle del hallazgo. Durante el examen de la marca inscrita en la espalda de la víctima, se advirtió un repentino cambio en el semblante del presbítero. El color abandonó su rostro y sus facciones adquirieron una rigidez impropia de quien hasta entonces se había mostrado impasible. El oficial, percibiendo tal alteración, inquirió: ☆¿Qué sucede? Tras una breve pausa, añadió: ☆Si me lo preguntas, parece una suerte de mensaje o señal de lindero, como las que dejan las bestias para marcar territorio. El reverendo respondió con tono acerbo: ●No... Es el Culto de Saturno. La respuesta fue seguida por un prolongado silencio. El agente no mostró reconocimiento alguno ante dicha denominación, como si jamás hubiese escuchado referencia semejante. Según consta en las anotaciones recogidas posteriormente, el sacerdote permaneció varios instantes contemplando la marca. Finalmente, en voz apenas perceptible, pronunció las siguientes palabras: ●Sé que estás metido en esto, Mr. M... Y juro, que Dios me escuche, voy a por ti. Observaciones finales: Se deja constancia de que el presbítero Zelkova Legasov exhibió una reacción impropia de un investigador ajeno al caso, sugiriendo conocimiento previo respecto de la simbología encontrada y de posibles implicados. La naturaleza ritual del crimen, la disposición mortuoria de la víctima y la referencia al denominado Culto de "Saturno" indican la probable existencia de una organización clandestina vinculada a prácticas heréticas, sacrificios ceremoniales y otros actos de extrema perversidad. Fin del informe.
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  • *Había escuchado hablar sobre una Teniente Militar con poderes de electricidad, incluso dicho por ella misma, se hace llamar una Semi Diosa, entonces ella vió una gran oportunidad de dialogar con ella, y averiguar para quién sirve, y si podría ayudarla a ella y a sus compañeras del Consejo con un problema que vienen teniendo, dónde necesitan de mucha ayuda por las circunstancias a las que se encuentran.*

    *Para dar con aquella teniente militar de origen Estadounidense, tuvo que dirigirse a una base militar en la que no se le haría fácil entrar así cómo a así por cuestiones obvias, entonces ella tuvo que hacer uso de su poder construcción para fabricar una especie de documento de autorización falso para poder pasar y hablar con la teniente, la autorización parecía real ya que la copió usando una copia virtual, entonces los soldados no sospecharon y creyeron que el permiso era real, entonces la han dejado pasar, algunos de ellos la acompañan detrás unos para guiarla y otros para vigilarla a ella. Una vez que llega al despacho de la teniente, ella toca la puerta de su oficina y espera a que la teniente la reciba.*

    Rihanna Carther
    *Había escuchado hablar sobre una Teniente Militar con poderes de electricidad, incluso dicho por ella misma, se hace llamar una Semi Diosa, entonces ella vió una gran oportunidad de dialogar con ella, y averiguar para quién sirve, y si podría ayudarla a ella y a sus compañeras del Consejo con un problema que vienen teniendo, dónde necesitan de mucha ayuda por las circunstancias a las que se encuentran.* *Para dar con aquella teniente militar de origen Estadounidense, tuvo que dirigirse a una base militar en la que no se le haría fácil entrar así cómo a así por cuestiones obvias, entonces ella tuvo que hacer uso de su poder construcción para fabricar una especie de documento de autorización falso para poder pasar y hablar con la teniente, la autorización parecía real ya que la copió usando una copia virtual, entonces los soldados no sospecharon y creyeron que el permiso era real, entonces la han dejado pasar, algunos de ellos la acompañan detrás unos para guiarla y otros para vigilarla a ella. Una vez que llega al despacho de la teniente, ella toca la puerta de su oficina y espera a que la teniente la reciba.* [storm_lavender_shark_168]
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