• ╰┈➤ Shinano Azur Lane

    ᶻ 𝗓 𐰁 .ᐟ — Mucho gusto a todos los seres vivos y seres de otro mundo, me presento , soy Shinano, una kitsune con poderes misteriosos, aunque no lo parezca soy muy peligrosa, deberías tener cuidado a quien te acercas o con quién hablas.

    ⤷ ゛Sonríe mientras saca una espada, una vez se presenta se larga del lugar explorando otros lugares interesantes, ese lugar en el que ella estaba era nuevo para ella, no conocía casi nada. ˎˊ˗
    ╰┈➤ Shinano Azur Lane 🌊 ᶻ 𝗓 𐰁 .ᐟ — Mucho gusto a todos los seres vivos y seres de otro mundo, me presento , soy Shinano, una kitsune con poderes misteriosos, aunque no lo parezca soy muy peligrosa, deberías tener cuidado a quien te acercas o con quién hablas. ⤷ ゛Sonríe mientras saca una espada, una vez se presenta se larga del lugar explorando otros lugares interesantes, ese lugar en el que ella estaba era nuevo para ella, no conocía casi nada. ˎˊ˗
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  • — La luz del lunes se filtraba por las rendijas de los shoji no como un amanecer, sino como una intrusión no deseada. Era una claridad pálida y anémica que parecía haber perdido toda su energía al rebotar contra el manto helado del patio. El aire en la habitación era gélido, un contraste brutal con el nido de mantas que la Sacerdotisa acababa de abandonar.
    ​Permanecía de rodillas sobre el futón, con la silueta de su espalda tensándose mientras estiraba los brazos hacia el techo con un quejido sordo. Cada vértebra protestaba y sus músculos se sentían rígidos por el frío y la pesadez de una noche que se le hizo corta. Sus orejas de kitsune, generalmente alertas, caían con desgana, y sus párpados plomizos apenas dejaban ver sus ojos amatista, apagados por el cansancio. Una fina voluta de vapor se escapaba de sus labios con cada aliento, materializando el frío ambiental.

    ​—Mmm... Incluso los dioses deberían tener derecho a un día de descanso remunerado —murmuró con una voz rasposa, arrastrando las palabras con una pereza casi dolorosa—. ¿Quién tuvo la "brillante" ocurrencia de construir este lugar en la cima más alta y ventosa de la isla? ¿Para estar "más cerca de los cielos"?—

    ​Soltó una risa amarga que se quebró en un bostezo interminable, estirando su mandíbula hasta el límite antes de continuar con sarcasmo.

    ​—Ah, claro... fui yo. Qué conveniente es la memoria histórica cuando se trata de mis propios errores de diseño. Y aquí estoy, pagando las consecuencias de mi propio ego arquitectónico. Qué bárbaro es tener responsabilidades un lunes...
    🌸— La luz del lunes se filtraba por las rendijas de los shoji no como un amanecer, sino como una intrusión no deseada. Era una claridad pálida y anémica que parecía haber perdido toda su energía al rebotar contra el manto helado del patio. El aire en la habitación era gélido, un contraste brutal con el nido de mantas que la Sacerdotisa acababa de abandonar. ​Permanecía de rodillas sobre el futón, con la silueta de su espalda tensándose mientras estiraba los brazos hacia el techo con un quejido sordo. Cada vértebra protestaba y sus músculos se sentían rígidos por el frío y la pesadez de una noche que se le hizo corta. Sus orejas de kitsune, generalmente alertas, caían con desgana, y sus párpados plomizos apenas dejaban ver sus ojos amatista, apagados por el cansancio. Una fina voluta de vapor se escapaba de sus labios con cada aliento, materializando el frío ambiental. ​—Mmm... Incluso los dioses deberían tener derecho a un día de descanso remunerado —murmuró con una voz rasposa, arrastrando las palabras con una pereza casi dolorosa—. ¿Quién tuvo la "brillante" ocurrencia de construir este lugar en la cima más alta y ventosa de la isla? ¿Para estar "más cerca de los cielos"?— ​Soltó una risa amarga que se quebró en un bostezo interminable, estirando su mandíbula hasta el límite antes de continuar con sarcasmo. ​—Ah, claro... fui yo. Qué conveniente es la memoria histórica cuando se trata de mis propios errores de diseño. Y aquí estoy, pagando las consecuencias de mi propio ego arquitectónico. Qué bárbaro es tener responsabilidades un lunes...
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  • Pese a la situación, el dragón mantenía una sonrisa. Veía en ella un logro, un triunfo, como si su fortaleza fuese producto de él, de los combates que han tenido, del "entrenamiento" indirecto que le brindó. Para que ella fuese su verdugo.

    ── Has mejorado𝙎𝙖𝙮𝙖 , tu filo puede alcanzarme. ¿Cortarás esta vez mi cabeza? o ¿seguirás de lleno al corazón. ──

    Pese a la situación, el dragón mantenía una sonrisa. Veía en ella un logro, un triunfo, como si su fortaleza fuese producto de él, de los combates que han tenido, del "entrenamiento" indirecto que le brindó. Para que ella fuese su verdugo. ── Has mejorado[kitsune_saya], tu filo puede alcanzarme. ¿Cortarás esta vez mi cabeza? o ¿seguirás de lleno al corazón. ──
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    — Hoy la Kitsune se siente especialmente generosa... Por esta vez, dejaré las puertas del Santuario abiertas para aquellas pequeñas criaturas curiosas que rondan por aquí. Adelante, pasen. Pero cuidado: no me hago responsable si lo que encuentran termina por hechizarlos.
    🌸— Hoy la Kitsune se siente especialmente generosa... Por esta vez, dejaré las puertas del Santuario abiertas para aquellas pequeñas criaturas curiosas que rondan por aquí. Adelante, pasen. Pero cuidado: no me hago responsable si lo que encuentran termina por hechizarlos.
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    —No te preocupes por entender mis motivos. Simplemente siéntate, guarda silencio y disfruta del espectáculo. Al fin y al cabo, no todos los días tienes el privilegio de ser el juguete de una Kitsune.
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    Vaya, se parece a mí pero versión kitsune
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    ¡LA ESPERA HA TERMINADO!

    Después de un largo tiempo, finalmente tenemos noticias emocionantes para la comunidad. ¡Queremos darles una calurosa bienvenida a Mitzuko Bellrose, quien se une al Staff de FicRol como nuestra nueva RolSage 2D!

    Ella llega para ser un pilar fundamental de apoyo para todos los roleplayers del ámbito 2D. Sus principales misiones serán:

    Orientación y Ayuda: Brindar soporte y resolver dudas para los usuarios de personajes 2D.

    Nexo con Administración: Ser el puente directo entre la comunidad y el staff principal.

    ¡Futuros Eventos!: Lo más emocionante... ¡preparar nuevas actividades y dinámicas para ustedes!


    ¡Por favor, démosle la bienvenida que se merece en los comentarios!

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  • Eeeeh~ ¿Sabías que incluso l@s kitsunes tienen su propia órbita? Y las estrellas dicen que descansar así recarga la magia espiritual~
    Eeeeh~ ¿Sabías que incluso l@s kitsunes tienen su propia órbita? Y las estrellas dicen que descansar así recarga la magia espiritual~
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    —Una de las pocas cosas que hacen soportables estas bulliciosas ferias de invierno es, sin duda, el delicioso aroma del Sushi Inari... Es una ofrenda tan refinada y exquisita que, por su dulzura, bien podría ser digna de un verdadero espíritu Kitsune. Ah, pero no te hagas ilusiones, querido. Este manjar es estrictamente para la Maestra Guuji.
    🌸—Una de las pocas cosas que hacen soportables estas bulliciosas ferias de invierno es, sin duda, el delicioso aroma del Sushi Inari... Es una ofrenda tan refinada y exquisita que, por su dulzura, bien podría ser digna de un verdadero espíritu Kitsune. Ah, pero no te hagas ilusiones, querido. Este manjar es estrictamente para la Maestra Guuji.
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    —¿Curiosidad? Sí, es mi naturaleza. Como una Kitsune, me gusta jugar con las hebras del destino... especialmente cuando hay un buen espectáculo en juego.
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  • «Escena cerrada»

    El juicio de los Dioses.

    Todo acto tiene una consecuencia, y Kazuo lo sabía muy bien. Por eso no le sorprendió ser convocado ante los dioses en el Reikai, el mundo de los espíritus, donde kamis y seres sobrenaturales vivían sin tener que esconderse del plano mortal.

    Kazuo había sido testigo de cómo la demonio Nekomata Reiko borraba las pruebas de su “delito”. Había matado a un humano, un infeliz que, a criterio del propio Kazuo, se lo merecía. La conocía desde semanas atrás, en circunstancias un tanto peculiares. Pero, de alguna forma, dos seres que por naturaleza debían repelerse conectaron de una manera difícil de explicar. Hubo comprensión en el dolor del otro, forjando un pacto silencioso en el que, incluso entre enemigos, existía un respeto mutuo.

    Pero eso, a ojos de los dioses, era intolerable. A su juicio, la Nekomata había matado por placer, segando una vida humana “indefensa”. Kazuo, como mensajero y ser bendecido por lo celestial, debería haber sido el verdugo de aquel ser corrupto. Sin embargo, buscó —quizá— una “excusa conveniente” para no cumplir con lo que debía ser su deber.

    El zorro tenía sus propias reglas, sus convicciones y su moral. A veces, aquellas ideas no encajaban con las estrictas normas del plano ancestral. Era un ser de más de mil doscientos años que había vivido brutalidades en las que ni su madre, Inari, pudo protegerlo siempre; un dios debe velar por un bien general, no puede estar observando eternamente a un único ser. Por ese libre albedrío Kazuo era conocido en aquel reino como el “Mensajero Problemático”, el hijo predilecto de Inari. Nadie entendía por qué los dioses eran tan permisivos con él, por qué su madre miraba hacia otro lado cuando actuaba por su cuenta. Era como si la diosa confiara ciegamente en su criterio, aunque este fuese en contra de los demás kamis.

    Kazuo era respetado en aquel reino por la mayoría de criaturas sobrenaturales; sin embargo, entre los seres de rango superior, era temido y respetado a partes iguales. Fue por esa “popularidad” que todos acudieron al llamado: al juicio en el que Kazuo sería sometido a sentencia.

    No ofreció resistencia, aun así fue apresado con cadenas doradas, unas de las que ningún ser celestial —ni siquiera los dioses— sería capaz de escapar. Se arrodilló con esa calma y templanza que tanto lo caracterizaban, la mirada fija en los dioses que lo habían convocado sin titubear, mostrando el orgullo inherente a él. Inari era la única en contra de aquel espectáculo; por su cercanía con el acusado no se le permitió participar en aquel teatro. Porque eso era: un teatro. No un juicio, sino un paripé para justificar el castigo.

    Una voz recitó en alto los cargos en su contra. Como kitsune del más alto rango, había hecho la “vista gorda” ante un crimen que debía haber sido ajusticiado con la muerte de la Nekomata. Le otorgaron el don de la palabra. Pensó en no decir nada, pero tras unos largos segundos decidió hablar.

    —No pediré perdón. Soy consciente de mis actos y, a mi juicio, el ojo por ojo fue justificación suficiente. No saldrá clemencia de mis labios, porque aunque aquí termine mi camino, lo haré en paz, siendo fiel a mis convicciones. Y si salgo de esta, estaré dispuesto a afrontar cuantos juicios vengan detrás de este, si creen que debo ser sometido a ellos —habló con esa seguridad tan propia de él.

    A pesar de estar de rodillas y encadenado como el perro en que querían convertirlo, su aura y convicción mantenían su dignidad intacta.

    Pero, pese a aquellas palabras, la sentencia fue firme: latigazos hasta que se arrepintiera. Kazuo no agachó la cabeza; mantuvo la mirada fija, y sus ojos color zafiro centellearon con ese orgullo inquebrantable. Un látigo dorado cayó con fuerza sobre su espalda en cada brazada. Aquel látigo estaba bendecido igual que las cadenas, lo que significaba que las heridas no podrían curarse con su poder de regeneración ni con ningún otro. Aquellas cicatrices tardarían meses en desaparecer, si es que sobrevivía al castigo.

    Inari sollozaba con cada golpe en la espalda de su amado hijo, y los sonidos de estremecimiento del público se mezclaban con el chasquido del látigo. Kazuo no gritó, no lloró, no suplicó. Se mantuvo entero, incluso cuando sus ropas se desgarraron tras cada impacto. La sangre brotaba, su piel lacerada hasta el músculo. Cada latigazo hacía tensar su cuerpo, apretando los dientes para que ni un solo gemido escapara de sus labios sellados. La sangre salió también de su boca: no solo su espalda estaba siendo castigada, sino también el interior de su cuerpo, sacudido con violencia.

    Aquello duró un día… dos… tres. El único momento de descanso era el cambio de verdugo, unos minutos para recobrar el aliento. Kazuo era obstinado: jamás cedería, aunque le costara la vida. En sus momentos de flaqueza solo podía pensar en una cosa: ¿qué estaría haciendo Melina? ¿Lo estaría esperando? Seguro estaba enfadada, creyendo que había escapado al bosque. Estaría preparando su discurso para darle un merecido sermón. No había tenido tiempo de avisarla, de decirle que esa noche no llegaría a casa… o que tal vez no lo haría nunca.

    Al tercer día, los ánimos de los espíritus del reino estaban caldeados. Ya no eran murmuros: eran gritos, reproches y súplicas de clemencia. La misma que Kazuo se negaba a pedir. La presión que los jueces recibían era asfixiante. A Inari no le quedaban lágrimas; pedía perdón en nombre de su hijo, rogando a los kamis mayores que pusieran fin a aquella barbarie. El castigo había sido ejemplar. Demasiado, quizá.

    Finalmente, tras tres días de sentencia implacable, los latigazos cesaron. Las cadenas se aflojaron y se deshicieron como arena dorada, llevadas por la primera brisa.

    Kazuo, aún de rodillas, se tambaleaba. Inari corrió por fin hacia él y se arrodilló a su lado. Él intentó enfocar su mirada y, solo cuando la reconoció, se dejó vencer por el cansancio y el dolor. Cayó como peso muerto sobre el regazo de su diosa.

    —Lo siento… Necesito ir… a casa —fue lo único que alcanzó a decir, con un hilo de voz tras tres días de tormento.

    A la única a quien Kazuo guardaba el máximo respeto era a su diosa; a aquella que lo había “bendecido” al nacer. Era instintivo, imposible de ignorar. Solo quería volver a casa, a su templo, junto a ella.
    «Escena cerrada» El juicio de los Dioses. Todo acto tiene una consecuencia, y Kazuo lo sabía muy bien. Por eso no le sorprendió ser convocado ante los dioses en el Reikai, el mundo de los espíritus, donde kamis y seres sobrenaturales vivían sin tener que esconderse del plano mortal. Kazuo había sido testigo de cómo la demonio Nekomata Reiko borraba las pruebas de su “delito”. Había matado a un humano, un infeliz que, a criterio del propio Kazuo, se lo merecía. La conocía desde semanas atrás, en circunstancias un tanto peculiares. Pero, de alguna forma, dos seres que por naturaleza debían repelerse conectaron de una manera difícil de explicar. Hubo comprensión en el dolor del otro, forjando un pacto silencioso en el que, incluso entre enemigos, existía un respeto mutuo. Pero eso, a ojos de los dioses, era intolerable. A su juicio, la Nekomata había matado por placer, segando una vida humana “indefensa”. Kazuo, como mensajero y ser bendecido por lo celestial, debería haber sido el verdugo de aquel ser corrupto. Sin embargo, buscó —quizá— una “excusa conveniente” para no cumplir con lo que debía ser su deber. El zorro tenía sus propias reglas, sus convicciones y su moral. A veces, aquellas ideas no encajaban con las estrictas normas del plano ancestral. Era un ser de más de mil doscientos años que había vivido brutalidades en las que ni su madre, Inari, pudo protegerlo siempre; un dios debe velar por un bien general, no puede estar observando eternamente a un único ser. Por ese libre albedrío Kazuo era conocido en aquel reino como el “Mensajero Problemático”, el hijo predilecto de Inari. Nadie entendía por qué los dioses eran tan permisivos con él, por qué su madre miraba hacia otro lado cuando actuaba por su cuenta. Era como si la diosa confiara ciegamente en su criterio, aunque este fuese en contra de los demás kamis. Kazuo era respetado en aquel reino por la mayoría de criaturas sobrenaturales; sin embargo, entre los seres de rango superior, era temido y respetado a partes iguales. Fue por esa “popularidad” que todos acudieron al llamado: al juicio en el que Kazuo sería sometido a sentencia. No ofreció resistencia, aun así fue apresado con cadenas doradas, unas de las que ningún ser celestial —ni siquiera los dioses— sería capaz de escapar. Se arrodilló con esa calma y templanza que tanto lo caracterizaban, la mirada fija en los dioses que lo habían convocado sin titubear, mostrando el orgullo inherente a él. Inari era la única en contra de aquel espectáculo; por su cercanía con el acusado no se le permitió participar en aquel teatro. Porque eso era: un teatro. No un juicio, sino un paripé para justificar el castigo. Una voz recitó en alto los cargos en su contra. Como kitsune del más alto rango, había hecho la “vista gorda” ante un crimen que debía haber sido ajusticiado con la muerte de la Nekomata. Le otorgaron el don de la palabra. Pensó en no decir nada, pero tras unos largos segundos decidió hablar. —No pediré perdón. Soy consciente de mis actos y, a mi juicio, el ojo por ojo fue justificación suficiente. No saldrá clemencia de mis labios, porque aunque aquí termine mi camino, lo haré en paz, siendo fiel a mis convicciones. Y si salgo de esta, estaré dispuesto a afrontar cuantos juicios vengan detrás de este, si creen que debo ser sometido a ellos —habló con esa seguridad tan propia de él. A pesar de estar de rodillas y encadenado como el perro en que querían convertirlo, su aura y convicción mantenían su dignidad intacta. Pero, pese a aquellas palabras, la sentencia fue firme: latigazos hasta que se arrepintiera. Kazuo no agachó la cabeza; mantuvo la mirada fija, y sus ojos color zafiro centellearon con ese orgullo inquebrantable. Un látigo dorado cayó con fuerza sobre su espalda en cada brazada. Aquel látigo estaba bendecido igual que las cadenas, lo que significaba que las heridas no podrían curarse con su poder de regeneración ni con ningún otro. Aquellas cicatrices tardarían meses en desaparecer, si es que sobrevivía al castigo. Inari sollozaba con cada golpe en la espalda de su amado hijo, y los sonidos de estremecimiento del público se mezclaban con el chasquido del látigo. Kazuo no gritó, no lloró, no suplicó. Se mantuvo entero, incluso cuando sus ropas se desgarraron tras cada impacto. La sangre brotaba, su piel lacerada hasta el músculo. Cada latigazo hacía tensar su cuerpo, apretando los dientes para que ni un solo gemido escapara de sus labios sellados. La sangre salió también de su boca: no solo su espalda estaba siendo castigada, sino también el interior de su cuerpo, sacudido con violencia. Aquello duró un día… dos… tres. El único momento de descanso era el cambio de verdugo, unos minutos para recobrar el aliento. Kazuo era obstinado: jamás cedería, aunque le costara la vida. En sus momentos de flaqueza solo podía pensar en una cosa: ¿qué estaría haciendo Melina? ¿Lo estaría esperando? Seguro estaba enfadada, creyendo que había escapado al bosque. Estaría preparando su discurso para darle un merecido sermón. No había tenido tiempo de avisarla, de decirle que esa noche no llegaría a casa… o que tal vez no lo haría nunca. Al tercer día, los ánimos de los espíritus del reino estaban caldeados. Ya no eran murmuros: eran gritos, reproches y súplicas de clemencia. La misma que Kazuo se negaba a pedir. La presión que los jueces recibían era asfixiante. A Inari no le quedaban lágrimas; pedía perdón en nombre de su hijo, rogando a los kamis mayores que pusieran fin a aquella barbarie. El castigo había sido ejemplar. Demasiado, quizá. Finalmente, tras tres días de sentencia implacable, los latigazos cesaron. Las cadenas se aflojaron y se deshicieron como arena dorada, llevadas por la primera brisa. Kazuo, aún de rodillas, se tambaleaba. Inari corrió por fin hacia él y se arrodilló a su lado. Él intentó enfocar su mirada y, solo cuando la reconoció, se dejó vencer por el cansancio y el dolor. Cayó como peso muerto sobre el regazo de su diosa. —Lo siento… Necesito ir… a casa —fue lo único que alcanzó a decir, con un hilo de voz tras tres días de tormento. A la única a quien Kazuo guardaba el máximo respeto era a su diosa; a aquella que lo había “bendecido” al nacer. Era instintivo, imposible de ignorar. Solo quería volver a casa, a su templo, junto a ella.
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