Kazuo vio al pequeño kitsune. Era muy joven, un ser prácticamente recién creado. No pudo evitar que los recuerdos de sus propios comienzos afloraran, aunque estos eran algo difusos. En aquella etapa tan temprana aún era un zorro salvaje, y la conciencia de raciocinio, como la de los seres humanos, no la desarrollaría hasta que avanzara su edad… si sobrevivía hasta entonces.

El pequeño zorro se acercó a Kazuo con la confianza de quien reconoce a un familiar, a uno de los suyos, incluso pese a aquella apariencia más humana.

—Te queda un largo camino, pequeño… Solo espero que no tengas que pasar por el sufrimiento que yo he vivido. Que tu futuro sea más tranquilo. Japón, ahora mismo, atraviesa una transición más estable, por suerte.— Quizás el pequeño kitsune no entendía sus palabras, pero sí la energía que le transmitía.

—Mi hogar es tu hogar… Tú y los tuyos siempre tendréis un lugar junto a mí. Os guiaré y os enseñaré vuestro cometido, algo de lo que yo no tuve el privilegio de tener.— Decía Kazuo con esa serenidad que tanto lo caracterizaba, a pesar de lo que la vida le había ofrecido.

Kazuo era muy viejo. No había tantos como él. Los kitsune zenko de nueve colas eran una rareza en ese mundo, y por ello ayudaba a los más jóvenes. Enseñándoles cuál sería su cometido: ser mensajeros de Inari, un puente entre el mundo mortal y el reino de los espíritus, donde los ōkami habitaban.
Kazuo vio al pequeño kitsune. Era muy joven, un ser prácticamente recién creado. No pudo evitar que los recuerdos de sus propios comienzos afloraran, aunque estos eran algo difusos. En aquella etapa tan temprana aún era un zorro salvaje, y la conciencia de raciocinio, como la de los seres humanos, no la desarrollaría hasta que avanzara su edad… si sobrevivía hasta entonces. El pequeño zorro se acercó a Kazuo con la confianza de quien reconoce a un familiar, a uno de los suyos, incluso pese a aquella apariencia más humana. —Te queda un largo camino, pequeño… Solo espero que no tengas que pasar por el sufrimiento que yo he vivido. Que tu futuro sea más tranquilo. Japón, ahora mismo, atraviesa una transición más estable, por suerte.— Quizás el pequeño kitsune no entendía sus palabras, pero sí la energía que le transmitía. —Mi hogar es tu hogar… Tú y los tuyos siempre tendréis un lugar junto a mí. Os guiaré y os enseñaré vuestro cometido, algo de lo que yo no tuve el privilegio de tener.— Decía Kazuo con esa serenidad que tanto lo caracterizaba, a pesar de lo que la vida le había ofrecido. Kazuo era muy viejo. No había tantos como él. Los kitsune zenko de nueve colas eran una rareza en ese mundo, y por ello ayudaba a los más jóvenes. Enseñándoles cuál sería su cometido: ser mensajeros de Inari, un puente entre el mundo mortal y el reino de los espíritus, donde los ōkami habitaban.
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