Elizabeth se apoyó contra la madera de la puerta de su alcoba, con la espalda y el vientre aún conservando un calor residual que parecía una traición a su propia lógica.

​Estaba sola.

Caminó hacia el centro de la estancia con la elegancia fracturada. Sus pies descalzos sentían la suavidad de las alfombras, un contraste doloroso con la piedra fría y la harina que había cubierto sus pies minutos antes.
Sin darse cuenta quedó frente al gran espejo de bronce, lo que vio la dejó sin aliento.
​No era solo el desorden, era la mirada...Sus ojos rojos, habitualmente gélidos y calculadores, conservaban un brillo febril, una neblina de lujuria que no terminaba de disiparse. Se despojó de los jirones de su túnica con dedos temblorosos.​Había marcas de dedos en sus muslos, el rastro de los colmillos en su cuello

​✴ ─¿Qué has hecho Elizabeth? —susurró para sí misma, y su voz dulce y rasgada, todavía sonaba a esa mujer que habia sido protagonista esa madrugada.

​Se acercó a la palangana de agua y empezó a lavarse con una urgencia casi violenta. Necesitaba quitarse el olor a madera chamuscada, a especias y, sobre todo, el aroma del Kitsune que parecía haber saturado sus poros.

​Se sentó en su cama sin una pizca de sueño consciente de que la verdadera batalla no sería contra sus enemigos externos, sino contra la necesidad hambrienta de volver a esa oscuridad viciada para sentirse una vez más, simplemente una mujer frente a su igual.

​Había probado la fruta prohibida, y el sabor todavía permanecía en su lengua como una promesa de perdición.

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Epílogo de https://ficrol.com/posts/364285
Elizabeth se apoyó contra la madera de la puerta de su alcoba, con la espalda y el vientre aún conservando un calor residual que parecía una traición a su propia lógica. ​Estaba sola. Caminó hacia el centro de la estancia con la elegancia fracturada. Sus pies descalzos sentían la suavidad de las alfombras, un contraste doloroso con la piedra fría y la harina que había cubierto sus pies minutos antes. Sin darse cuenta quedó frente al gran espejo de bronce, lo que vio la dejó sin aliento. ​No era solo el desorden, era la mirada...Sus ojos rojos, habitualmente gélidos y calculadores, conservaban un brillo febril, una neblina de lujuria que no terminaba de disiparse. Se despojó de los jirones de su túnica con dedos temblorosos.​Había marcas de dedos en sus muslos, el rastro de los colmillos en su cuello ​✴ ─¿Qué has hecho Elizabeth? —susurró para sí misma, y su voz dulce y rasgada, todavía sonaba a esa mujer que habia sido protagonista esa madrugada. ​Se acercó a la palangana de agua y empezó a lavarse con una urgencia casi violenta. Necesitaba quitarse el olor a madera chamuscada, a especias y, sobre todo, el aroma del Kitsune que parecía haber saturado sus poros. ​ ​Se sentó en su cama sin una pizca de sueño consciente de que la verdadera batalla no sería contra sus enemigos externos, sino contra la necesidad hambrienta de volver a esa oscuridad viciada para sentirse una vez más, simplemente una mujer frente a su igual. ​Había probado la fruta prohibida, y el sabor todavía permanecía en su lengua como una promesa de perdición. ────────── Epílogo de https://ficrol.com/posts/364285
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