Si ella no aparecía aquella madrugada… volvería a esperarla la siguiente. Y si tampoco lo hacía la próxima, seguiría esperando cada una de ellas, tal y como le había prometido.

No era por el simple hecho de conocer la salida real. Para él, ese detalle era lo de menos. Podría haber abandonado el castillo cuando quisiera, sin que nadie se diera cuenta desde el primer momento. Pero Kazuo era una persona de convicciones férreas, y si se había comprometido a seguir las indicaciones de sus anfitriones, así sería.

Aquella misma mañana, Elizabeth, reina y soberana de Brattvåg, lo había liberado de sus cadenas. Le había pedido que se marchara, porque, de no hacerlo, solo estaría rodeado de guerra. Pero a él no le importaba; su vida ya era un cúmulo de pérdidas no superadas, de soledad perpetua y de una inmortalidad —y un cometido divino— que nunca había pedido. Sin embargo, cerca de ella, sentía un bálsamo fresco que calmaba ese dolor asfixiante.

Si había algo de lo que podía arrepentirse, era de convertirse en el causante de la estabilidad mental de la reina. Pero era algo que Kazuo simplemente era incapaz de ignorar. Había un instinto casi primitivo que le impedía, tanto física como emocionalmente, abandonar aquel lugar… abandonarla a ella.
Si ella no aparecía aquella madrugada… volvería a esperarla la siguiente. Y si tampoco lo hacía la próxima, seguiría esperando cada una de ellas, tal y como le había prometido. No era por el simple hecho de conocer la salida real. Para él, ese detalle era lo de menos. Podría haber abandonado el castillo cuando quisiera, sin que nadie se diera cuenta desde el primer momento. Pero Kazuo era una persona de convicciones férreas, y si se había comprometido a seguir las indicaciones de sus anfitriones, así sería. Aquella misma mañana, Elizabeth, reina y soberana de Brattvåg, lo había liberado de sus cadenas. Le había pedido que se marchara, porque, de no hacerlo, solo estaría rodeado de guerra. Pero a él no le importaba; su vida ya era un cúmulo de pérdidas no superadas, de soledad perpetua y de una inmortalidad —y un cometido divino— que nunca había pedido. Sin embargo, cerca de ella, sentía un bálsamo fresco que calmaba ese dolor asfixiante. Si había algo de lo que podía arrepentirse, era de convertirse en el causante de la estabilidad mental de la reina. Pero era algo que Kazuo simplemente era incapaz de ignorar. Había un instinto casi primitivo que le impedía, tanto física como emocionalmente, abandonar aquel lugar… abandonarla a ella.
Me gusta
Me shockea
2
0 turnos 0 maullidos
Patrocinados
Patrocinados