"Sólo quiero que todo esto termine. ¿Me promete que él no sufrirá mucho?"
Su voz, que fuese alguna vez un coro que acariciaba el alma, se había convertido en un eco débil y lastimero, el testimonio que de ella nada quedaba. Nada que no fuese la charada que tiembla y solloza, que sangra y suplica, que al infierno pasó a pedirle un milagro cuando el cielo se negó a seguir escuchando.
¿Prometerle algo, a una mujer en su estado, sería un acto de crueldad, o de benevolencia? Quizás esperaba una mentira. No una piadosa, pues espacio para la piedad ya no había, sino una cómoda.
"Prometo que será rápido", respondió el hijo del infierno, el primogénito del abismo que había llegado en respuesta a sus oscuras plegarias.
Y en el centro de esa habitación, -esa, cuyos muros estaban plagados por un lenguaje incomprensible, tallados con sangre y rasguños, cuyas ventanas habían sido ennegrecidas por retazos de tela adheridos con desecho humano- estaba él.
Otro hijo del abismo, aunque de uno distinto. De uno cuyos confines sólo eran visibles para el muchacho que, como si fuera cotidiano para él, a un ruiseñor despojaba de su cabeza con una cruenta mordida. ¿Y de la madre? Nada extrajo el grotesco acto más que un suspiro de hastío. Acostumbada incluso a ello, de su alma no quedaban más que retazos, el resto, desgarrado por el agotamiento, el llanto incesante, el pesar perpetuo.
Trazas de su conversación del día anterior volvían a él. "Los doctores ya no saben qué hacer", "en ningún lado quieren aceptarlo", "dejó a tres enfermeras hospitalizadas"; frases que se manifestaban en la memoria del veneno andante con cada paso que cerraba la distancia.
"Estaré en la sala. Hágalo rápido y sin ruido", dijo la mujer que de madre tenía ya sólo un título. ¿Y quién tendría la potestad para culparla?
...
"¿Quieres ser libre?"
La pregunta de un engendro del abismo a otro. Una que, a juzgar por la reacción del muchacho ahí preso, jamás había escuchado antes.
¿Libertad? Para alguien así, un concepto divorciado en totalidad de su realidad.
"¿Quieres ser realmente libre? ¿Quieres salir allá afuera y...?"
El mayor interrumpió su hablar. De los dedos cubiertos de sangre y plumas obtuvo el pajarillo decapitado, de su vientre sirviéndose un bocado. Compartida su carne en una comunión que expresaba una torcida, genuina, inenarrable sensación:
Comprensión.
"¿...devorarlo todo?"
Comprensión tan devastadora, tan intensa, que el muchacho fue capaz del llanto, por primera vez en su vida. Por vez primera, frente a él, las paredes tapizadas de su suplicio parecían poder ser demolidas.
Por primera vez, sentía probar la libertad.
"¿Qué está haciendo?" Apareció la mujer, alertada por el sonido del primitivo sollozo, uno que incluso ella desconocía. "Deje de hablar, hágalo, ¡hágalo! ¡Acabe ya con todo esto, por favor!"
Una orden y una súplica al mismo tiempo. Ah, sí, ¿quién tenía potestad para juzgarla?
¿Quién podía juzgarla por terminar con su vida? Atrapada con un hijo que era más bestia que ser sentiente, hundida en la deuda, podridos sus vínculos por el rechazo social.
Los vecinos encontraron su cuerpo siete días después, hinchado e irreconocible. "Se tomó un veneno y acabó con su sufrimiento", se dijo entre el pueblo.
¿Y de su hijo? Nada más se supo. ¿Y qué importaba? Ya no le causaría problemas al pueblo.
Ya era libre. Libre para devorarlo todo.
Su voz, que fuese alguna vez un coro que acariciaba el alma, se había convertido en un eco débil y lastimero, el testimonio que de ella nada quedaba. Nada que no fuese la charada que tiembla y solloza, que sangra y suplica, que al infierno pasó a pedirle un milagro cuando el cielo se negó a seguir escuchando.
¿Prometerle algo, a una mujer en su estado, sería un acto de crueldad, o de benevolencia? Quizás esperaba una mentira. No una piadosa, pues espacio para la piedad ya no había, sino una cómoda.
"Prometo que será rápido", respondió el hijo del infierno, el primogénito del abismo que había llegado en respuesta a sus oscuras plegarias.
Y en el centro de esa habitación, -esa, cuyos muros estaban plagados por un lenguaje incomprensible, tallados con sangre y rasguños, cuyas ventanas habían sido ennegrecidas por retazos de tela adheridos con desecho humano- estaba él.
Otro hijo del abismo, aunque de uno distinto. De uno cuyos confines sólo eran visibles para el muchacho que, como si fuera cotidiano para él, a un ruiseñor despojaba de su cabeza con una cruenta mordida. ¿Y de la madre? Nada extrajo el grotesco acto más que un suspiro de hastío. Acostumbada incluso a ello, de su alma no quedaban más que retazos, el resto, desgarrado por el agotamiento, el llanto incesante, el pesar perpetuo.
Trazas de su conversación del día anterior volvían a él. "Los doctores ya no saben qué hacer", "en ningún lado quieren aceptarlo", "dejó a tres enfermeras hospitalizadas"; frases que se manifestaban en la memoria del veneno andante con cada paso que cerraba la distancia.
"Estaré en la sala. Hágalo rápido y sin ruido", dijo la mujer que de madre tenía ya sólo un título. ¿Y quién tendría la potestad para culparla?
...
"¿Quieres ser libre?"
La pregunta de un engendro del abismo a otro. Una que, a juzgar por la reacción del muchacho ahí preso, jamás había escuchado antes.
¿Libertad? Para alguien así, un concepto divorciado en totalidad de su realidad.
"¿Quieres ser realmente libre? ¿Quieres salir allá afuera y...?"
El mayor interrumpió su hablar. De los dedos cubiertos de sangre y plumas obtuvo el pajarillo decapitado, de su vientre sirviéndose un bocado. Compartida su carne en una comunión que expresaba una torcida, genuina, inenarrable sensación:
Comprensión.
"¿...devorarlo todo?"
Comprensión tan devastadora, tan intensa, que el muchacho fue capaz del llanto, por primera vez en su vida. Por vez primera, frente a él, las paredes tapizadas de su suplicio parecían poder ser demolidas.
Por primera vez, sentía probar la libertad.
"¿Qué está haciendo?" Apareció la mujer, alertada por el sonido del primitivo sollozo, uno que incluso ella desconocía. "Deje de hablar, hágalo, ¡hágalo! ¡Acabe ya con todo esto, por favor!"
Una orden y una súplica al mismo tiempo. Ah, sí, ¿quién tenía potestad para juzgarla?
¿Quién podía juzgarla por terminar con su vida? Atrapada con un hijo que era más bestia que ser sentiente, hundida en la deuda, podridos sus vínculos por el rechazo social.
Los vecinos encontraron su cuerpo siete días después, hinchado e irreconocible. "Se tomó un veneno y acabó con su sufrimiento", se dijo entre el pueblo.
¿Y de su hijo? Nada más se supo. ¿Y qué importaba? Ya no le causaría problemas al pueblo.
Ya era libre. Libre para devorarlo todo.
"Sólo quiero que todo esto termine. ¿Me promete que él no sufrirá mucho?"
Su voz, que fuese alguna vez un coro que acariciaba el alma, se había convertido en un eco débil y lastimero, el testimonio que de ella nada quedaba. Nada que no fuese la charada que tiembla y solloza, que sangra y suplica, que al infierno pasó a pedirle un milagro cuando el cielo se negó a seguir escuchando.
¿Prometerle algo, a una mujer en su estado, sería un acto de crueldad, o de benevolencia? Quizás esperaba una mentira. No una piadosa, pues espacio para la piedad ya no había, sino una cómoda.
"Prometo que será rápido", respondió el hijo del infierno, el primogénito del abismo que había llegado en respuesta a sus oscuras plegarias.
Y en el centro de esa habitación, -esa, cuyos muros estaban plagados por un lenguaje incomprensible, tallados con sangre y rasguños, cuyas ventanas habían sido ennegrecidas por retazos de tela adheridos con desecho humano- estaba él.
Otro hijo del abismo, aunque de uno distinto. De uno cuyos confines sólo eran visibles para el muchacho que, como si fuera cotidiano para él, a un ruiseñor despojaba de su cabeza con una cruenta mordida. ¿Y de la madre? Nada extrajo el grotesco acto más que un suspiro de hastío. Acostumbada incluso a ello, de su alma no quedaban más que retazos, el resto, desgarrado por el agotamiento, el llanto incesante, el pesar perpetuo.
Trazas de su conversación del día anterior volvían a él. "Los doctores ya no saben qué hacer", "en ningún lado quieren aceptarlo", "dejó a tres enfermeras hospitalizadas"; frases que se manifestaban en la memoria del veneno andante con cada paso que cerraba la distancia.
"Estaré en la sala. Hágalo rápido y sin ruido", dijo la mujer que de madre tenía ya sólo un título. ¿Y quién tendría la potestad para culparla?
...
"¿Quieres ser libre?"
La pregunta de un engendro del abismo a otro. Una que, a juzgar por la reacción del muchacho ahí preso, jamás había escuchado antes.
¿Libertad? Para alguien así, un concepto divorciado en totalidad de su realidad.
"¿Quieres ser realmente libre? ¿Quieres salir allá afuera y...?"
El mayor interrumpió su hablar. De los dedos cubiertos de sangre y plumas obtuvo el pajarillo decapitado, de su vientre sirviéndose un bocado. Compartida su carne en una comunión que expresaba una torcida, genuina, inenarrable sensación:
Comprensión.
"¿...devorarlo todo?"
Comprensión tan devastadora, tan intensa, que el muchacho fue capaz del llanto, por primera vez en su vida. Por vez primera, frente a él, las paredes tapizadas de su suplicio parecían poder ser demolidas.
Por primera vez, sentía probar la libertad.
"¿Qué está haciendo?" Apareció la mujer, alertada por el sonido del primitivo sollozo, uno que incluso ella desconocía. "Deje de hablar, hágalo, ¡hágalo! ¡Acabe ya con todo esto, por favor!"
Una orden y una súplica al mismo tiempo. Ah, sí, ¿quién tenía potestad para juzgarla?
¿Quién podía juzgarla por terminar con su vida? Atrapada con un hijo que era más bestia que ser sentiente, hundida en la deuda, podridos sus vínculos por el rechazo social.
Los vecinos encontraron su cuerpo siete días después, hinchado e irreconocible. "Se tomó un veneno y acabó con su sufrimiento", se dijo entre el pueblo.
¿Y de su hijo? Nada más se supo. ¿Y qué importaba? Ya no le causaría problemas al pueblo.
Ya era libre. Libre para devorarlo todo.