Esa misma mañana, Elizabeth había enviado un cuervo a las tierras bajas en busca de una mujer cuya fama la precedía como la mejor en su oficio. Necesitaba a alguien externo para encomendarle una misión crucial que involucraba al Rey del Norte, impulsada por la delicada situación de Brattvåg.
Los recursos se agotaban, a pesar de que el crudo invierno llegaba a su fin, aún debían esperar para volver a sembrar y recuperar lo que la emboscada les había arrebatado.
El pueblo padecía hambre y Elizabeth sufría con ellos, consumida por la incertidumbre de no saber cómo aliviar sus cargas.
Esta era su segunda noche en vela, el peso del reino le impedía conciliar el sueño.
Al moverse para tomar otro tomo de archivos, la piel de su costado y espalda tiraba con una rigidez dolorosa. Las heridas estaban cerrando, pero la cicatrización era un proceso lento y caprichoso que le recordaba su fragilidad con cada giro brusco. Sentía un calor persistente bajo la tela de su ropa, una picazón que mutaba en pinchazo cuando intentaba erguirse. ¿Cómo iba a pelear si seguía así?
El sanador había insistido en el reposo absoluto Elizabeth había prometido intentarlo, pero simplemente toda la situación la consumía ¿Como podía quedarse sin hacer nada mientras la gente sufría? Aunque...al menos cumplía con beber la infusión amarga de jengibre manzanilla y té verde que le había recetado
Finalmente, la pelirroja se puso en pie, ahogando un gruñido cuando el esfuerzo tensó los músculos de su espalda. Sus ojos, fatigados tras horas de escudriñar inventarios que solo gritaban miseria, recorrieron el despacho por última vez.
Salió de la estancia con pasos cautelosos, protegiendo su costado con un brazo mientras buscaba un sueño que parecía huir de ella, dejando solo el rastro de una fatiga que calaba hasta los huesos.
Los recursos se agotaban, a pesar de que el crudo invierno llegaba a su fin, aún debían esperar para volver a sembrar y recuperar lo que la emboscada les había arrebatado.
El pueblo padecía hambre y Elizabeth sufría con ellos, consumida por la incertidumbre de no saber cómo aliviar sus cargas.
Esta era su segunda noche en vela, el peso del reino le impedía conciliar el sueño.
Al moverse para tomar otro tomo de archivos, la piel de su costado y espalda tiraba con una rigidez dolorosa. Las heridas estaban cerrando, pero la cicatrización era un proceso lento y caprichoso que le recordaba su fragilidad con cada giro brusco. Sentía un calor persistente bajo la tela de su ropa, una picazón que mutaba en pinchazo cuando intentaba erguirse. ¿Cómo iba a pelear si seguía así?
El sanador había insistido en el reposo absoluto Elizabeth había prometido intentarlo, pero simplemente toda la situación la consumía ¿Como podía quedarse sin hacer nada mientras la gente sufría? Aunque...al menos cumplía con beber la infusión amarga de jengibre manzanilla y té verde que le había recetado
Finalmente, la pelirroja se puso en pie, ahogando un gruñido cuando el esfuerzo tensó los músculos de su espalda. Sus ojos, fatigados tras horas de escudriñar inventarios que solo gritaban miseria, recorrieron el despacho por última vez.
Salió de la estancia con pasos cautelosos, protegiendo su costado con un brazo mientras buscaba un sueño que parecía huir de ella, dejando solo el rastro de una fatiga que calaba hasta los huesos.
Esa misma mañana, Elizabeth había enviado un cuervo a las tierras bajas en busca de una mujer cuya fama la precedía como la mejor en su oficio. Necesitaba a alguien externo para encomendarle una misión crucial que involucraba al Rey del Norte, impulsada por la delicada situación de Brattvåg.
Los recursos se agotaban, a pesar de que el crudo invierno llegaba a su fin, aún debían esperar para volver a sembrar y recuperar lo que la emboscada les había arrebatado.
El pueblo padecía hambre y Elizabeth sufría con ellos, consumida por la incertidumbre de no saber cómo aliviar sus cargas.
Esta era su segunda noche en vela, el peso del reino le impedía conciliar el sueño.
Al moverse para tomar otro tomo de archivos, la piel de su costado y espalda tiraba con una rigidez dolorosa. Las heridas estaban cerrando, pero la cicatrización era un proceso lento y caprichoso que le recordaba su fragilidad con cada giro brusco. Sentía un calor persistente bajo la tela de su ropa, una picazón que mutaba en pinchazo cuando intentaba erguirse. ¿Cómo iba a pelear si seguía así?
El sanador había insistido en el reposo absoluto Elizabeth había prometido intentarlo, pero simplemente toda la situación la consumía ¿Como podía quedarse sin hacer nada mientras la gente sufría? Aunque...al menos cumplía con beber la infusión amarga de jengibre manzanilla y té verde que le había recetado
Finalmente, la pelirroja se puso en pie, ahogando un gruñido cuando el esfuerzo tensó los músculos de su espalda. Sus ojos, fatigados tras horas de escudriñar inventarios que solo gritaban miseria, recorrieron el despacho por última vez.
Salió de la estancia con pasos cautelosos, protegiendo su costado con un brazo mientras buscaba un sueño que parecía huir de ella, dejando solo el rastro de una fatiga que calaba hasta los huesos.