• 𝙄𝙣𝙖, 𝙚𝙣 𝙨𝙪 𝙨𝙩𝙖𝙣𝙙 𝙙𝙚 𝙛𝙚𝙧𝙞𝙖, 𝟴𝘼.𝙈, 𝙘𝙤𝙣 𝙪𝙣 𝙢𝙚𝙜𝙖𝙛𝙤𝙣𝙤 𝙚𝙣 𝙢𝙖𝙣𝙤:

    —¡BUENOS DIAS, MIS SACRIFICABLES...! Ejem...digo...SEGUIDORES! Uy, uy, ¿Alguien escuchó vocecitas raras ayer? ¿Algo sobre 'dioses que infestan', 'el cuchillo que también es el altar'? —sus pupilas se contraen— ¡Upsii! Esa no era mi voz, ¿verdad?

    Un tentáculo se enrosca en su tobillo como un gato culpable. Ella lo patea suavemente, como si eso borrara las evidencias.

    —¡Les dije que no jugarán a las preguntas existenciales después de medianoche! —señala a nadie en particular— Pero noooo...empezaron: 'Ina, por favor, dilo con tus palabras de sacerdotisa', 'Ina, ¿qué se siente ser un error cósmico?'... ¡Y AHORA MIREN! —abre los brazos, como si estuviera presentando un apocalipsis, y luego se lleva el dorso de la mano a la frente e inclina su cabeza hacia atrás en una postura de completa exageración— La tinta se derramó, las sombras hablaron en verso, y ALGUIEN arruinó mi playlist con cánticos en lenguas olvidadas...

    Hace un pausa, mientras se reincorpora y su sonrisa se vuelve demasiado dulce.

    —Pero está bien, total... ¿qué es un poquito de caos entre amigos? ¡Eso sí! Si 𝘭𝘢 𝘰𝘵𝘳𝘢 𝘺𝘰 les ofrece té hoy...no lo beban —uno de sus tentáculos se acerca a su oído, como si le contara un secreto—... ¿Qué? ¿QUÉ? ¿Acaso es mi culpa si mi inconsciente tiene mejor game literario que yo? ¡No, no!...no me vengan con eso de que es mi 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥 𝘮𝘢𝘴 𝘱𝘶𝘳𝘢...¡Mi verdad puede quedarse dibujando monstruos y comiendo galletas! ¿okay? —sonrisa torcida— aunque...lo de "somos el verbo infinito" o algo asi, si le quedo brutal... —susurró— en fin...¡Si ven a mi otra yo, díganle que deje de dar discursitos edgy!
    𝙄𝙣𝙖, 𝙚𝙣 𝙨𝙪 𝙨𝙩𝙖𝙣𝙙 𝙙𝙚 𝙛𝙚𝙧𝙞𝙖, 𝟴𝘼.𝙈, 𝙘𝙤𝙣 𝙪𝙣 𝙢𝙚𝙜𝙖𝙛𝙤𝙣𝙤 𝙚𝙣 𝙢𝙖𝙣𝙤: —¡BUENOS DIAS, MIS SACRIFICABLES...! Ejem...digo...SEGUIDORES! Uy, uy, ¿Alguien escuchó vocecitas raras ayer? ¿Algo sobre 'dioses que infestan', 'el cuchillo que también es el altar'? —sus pupilas se contraen— ¡Upsii! Esa no era mi voz, ¿verdad? Un tentáculo se enrosca en su tobillo como un gato culpable. Ella lo patea suavemente, como si eso borrara las evidencias. —¡Les dije que no jugarán a las preguntas existenciales después de medianoche! —señala a nadie en particular— Pero noooo...empezaron: 'Ina, por favor, dilo con tus palabras de sacerdotisa', 'Ina, ¿qué se siente ser un error cósmico?'... ¡Y AHORA MIREN! —abre los brazos, como si estuviera presentando un apocalipsis, y luego se lleva el dorso de la mano a la frente e inclina su cabeza hacia atrás en una postura de completa exageración— La tinta se derramó, las sombras hablaron en verso, y ALGUIEN arruinó mi playlist con cánticos en lenguas olvidadas... Hace un pausa, mientras se reincorpora y su sonrisa se vuelve demasiado dulce. —Pero está bien, total... ¿qué es un poquito de caos entre amigos? ¡Eso sí! Si 𝘭𝘢 𝘰𝘵𝘳𝘢 𝘺𝘰 les ofrece té hoy...no lo beban —uno de sus tentáculos se acerca a su oído, como si le contara un secreto—... ¿Qué? ¿QUÉ? ¿Acaso es mi culpa si mi inconsciente tiene mejor game literario que yo? ¡No, no!...no me vengan con eso de que es mi 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥 𝘮𝘢𝘴 𝘱𝘶𝘳𝘢...¡Mi verdad puede quedarse dibujando monstruos y comiendo galletas! ¿okay? —sonrisa torcida— aunque...lo de "somos el verbo infinito" o algo asi, si le quedo brutal... —susurró— en fin...¡Si ven a mi otra yo, díganle que deje de dar discursitos edgy!
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  • [∆] Cambiar lo que se entiende, entender lo que no se puede cambiar. Movimiento, acción y entropía. Caos. ♥ [∆]
    [∆] Cambiar lo que se entiende, entender lo que no se puede cambiar. Movimiento, acción y entropía. Caos. ♥ [∆]
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  • El sonido de sus botas resonaba contra el asfalto mientras Sienna cruzaba la calle con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero. Se detuvo frente a un pequeño café de aspecto antiguo, un lugar que no encajaba con el caos moderno que lo rodeaba.

    No era coincidencia que estuviera allí, Sienna se apoyó contra el marco de la puerta y echó un vistazo al interior, sus ojos se encontraron con los de él, abrió la puerta y entró.

    _No pensé que te vería en un sitio como este_
    El sonido de sus botas resonaba contra el asfalto mientras Sienna cruzaba la calle con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero. Se detuvo frente a un pequeño café de aspecto antiguo, un lugar que no encajaba con el caos moderno que lo rodeaba. No era coincidencia que estuviera allí, Sienna se apoyó contra el marco de la puerta y echó un vistazo al interior, sus ojos se encontraron con los de él, abrió la puerta y entró. _No pensé que te vería en un sitio como este_
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  • *Sentada en un amplio sillon veia una pantalla, observando atenta los reportes mas recientes. El de una ciudad en cuarentena donde su poblacion habia muerto o mutado. Producto de su encuentro con Baelz Hakos* Hum hum *Asintio para si misma pero pronto llamo su atencion una atualizacion de un fenomeno mundial. Algo sobre una ´´Idol´´ de nombre D.I.V.A y unatransmision global*

    Huh? Ese es el nombre que ese chico y el caos estaban mencionando...
    *Sentada en un amplio sillon veia una pantalla, observando atenta los reportes mas recientes. El de una ciudad en cuarentena donde su poblacion habia muerto o mutado. Producto de su encuentro con [Entity_of_chaos]* Hum hum *Asintio para si misma pero pronto llamo su atencion una atualizacion de un fenomeno mundial. Algo sobre una ´´Idol´´ de nombre D.I.V.A y unatransmision global* Huh? Ese es el nombre que ese chico y el caos estaban mencionando...
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  • *Ya que no se me ocurría gran cosa para solucionar el problema y como mi “madre” y mi “tía” estaban desaparecidas para ayudarme iba a jugármela todo a una única carta, preparé todo en el cielo ya que el lugar era más amplio y si destrozaba algo pues bueno, otra cosa que añadir a la lista para reparar, hice aparecer un cañón posicionando justamente en el ángulo perfecto y acto seguido cree una esfera de puro caos que brillaba en arcoíris metiéndola en el cañón, saque una cerilla para encender la mecha y posicionarme a unos metros de distancia sacando un bate de béisbol, mientras la mecha era consumida el mismo cañón imbuía a la esfera la esencia de realidad*

    - Espero que esto funcione… si no, me veo durante unos meses en cama sin poder moverme.

    *Una vez el cañón disparo la esfera y llego hasta a mí a una gran velocidad la batee con todas mis fuerzas mandándola a bolar hacia arriba, pero antes de que sucediera cualquier cosa inesperada me posicione casi juntando mis dos manos y separando las piernas*

    - ¡Ka… me… *una esfera dorada comenzó a crearse entre mis manos* ha… me… *haciéndose cada vez más grande hasta cierto punto* HAAAAA!

    *Disparando el rayo dorado hacia la esfera que estaba en el cielo volviéndose entre dorada y de colores arcoíris hasta convertirse en otra esfera totalmente distinta y estabilizada, o eso pensaba hasta que a los pocos segundos de aquello comenzó a desestabilizarse… la cámara a lo lejos en el cielo pudo verse una gran explosión cegadora que al comienzo fue silenciosa para luego estruendosa, aquello hizo mil pedazos por no decir en polvo la esfera y que todo ese polvo fuese llevado por el viento a todos lados como si supiera a donde ir y a quien afectar, por otro lado tras aquella explosión me hacía en el suelo con la vista nublada por el destello cegador, al levantarme como podía y recuperando la vista poco a poco me frote los ojos agitando después un poco la cabeza, volviendo en mi comencé a inspeccionarme el cuerpo notando que aún tenía las orejas y la cola pero esta vez siendo distintas pero por suerte volví a ser hombre*

    - A esto sí que se le puede llamar milagro~ aunque…

    *Acercándome al cañón notando que era un poco más grande*

    - ¿Por qué esto está más grande? Que recuerde antes de la explosión no era de este tamaño.

    *Efectivamente no era problema del cañón si no de mí, ya que había encogido a la estatura de un niño*

    [Video para demostrar como se hizo tal epica referencia (?)]
    *Ya que no se me ocurría gran cosa para solucionar el problema y como mi “madre” y mi “tía” estaban desaparecidas para ayudarme iba a jugármela todo a una única carta, preparé todo en el cielo ya que el lugar era más amplio y si destrozaba algo pues bueno, otra cosa que añadir a la lista para reparar, hice aparecer un cañón posicionando justamente en el ángulo perfecto y acto seguido cree una esfera de puro caos que brillaba en arcoíris metiéndola en el cañón, saque una cerilla para encender la mecha y posicionarme a unos metros de distancia sacando un bate de béisbol, mientras la mecha era consumida el mismo cañón imbuía a la esfera la esencia de realidad* - Espero que esto funcione… si no, me veo durante unos meses en cama sin poder moverme. *Una vez el cañón disparo la esfera y llego hasta a mí a una gran velocidad la batee con todas mis fuerzas mandándola a bolar hacia arriba, pero antes de que sucediera cualquier cosa inesperada me posicione casi juntando mis dos manos y separando las piernas* - ¡Ka… me… *una esfera dorada comenzó a crearse entre mis manos* ha… me… *haciéndose cada vez más grande hasta cierto punto* HAAAAA! *Disparando el rayo dorado hacia la esfera que estaba en el cielo volviéndose entre dorada y de colores arcoíris hasta convertirse en otra esfera totalmente distinta y estabilizada, o eso pensaba hasta que a los pocos segundos de aquello comenzó a desestabilizarse… la cámara a lo lejos en el cielo pudo verse una gran explosión cegadora que al comienzo fue silenciosa para luego estruendosa, aquello hizo mil pedazos por no decir en polvo la esfera y que todo ese polvo fuese llevado por el viento a todos lados como si supiera a donde ir y a quien afectar, por otro lado tras aquella explosión me hacía en el suelo con la vista nublada por el destello cegador, al levantarme como podía y recuperando la vista poco a poco me frote los ojos agitando después un poco la cabeza, volviendo en mi comencé a inspeccionarme el cuerpo notando que aún tenía las orejas y la cola pero esta vez siendo distintas pero por suerte volví a ser hombre* - A esto sí que se le puede llamar milagro~ aunque… *Acercándome al cañón notando que era un poco más grande* - ¿Por qué esto está más grande? Que recuerde antes de la explosión no era de este tamaño. *Efectivamente no era problema del cañón si no de mí, ya que había encogido a la estatura de un niño* [Video para demostrar como se hizo tal epica referencia (?)]
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  • Día 01 (Vacaciones) Santorini.
    Categoría Original
    El sol brillaba intensamente en el cielo azul mientras Venus y Sunshine se acercaban al aeropuerto privado. La emoción y los nervios se entrelazaban en el estómago de Venus, quien no podía evitar sentir un ligero cosquilleo. Este viaje a Santorini era su oportunidad de escapar de las discusiones interminables con Mike, su exnovio, y encontrar un poco de paz en medio del caos emocional que había estado viviendo.

    Al llegar al jet, Venus se detuvo un momento para admirar la elegante aeronave. Era un símbolo de libertad y nuevas posibilidades. Sunshine, siempre llena de energía, la arrastró hacia la entrada, y Venus sonrió al ver su entusiasmo. Necesitaba esa chispa en su vida más que nunca.

    Una vez dentro del avión, Venus se acomodó en el asiento de cuero, sintiendo cómo la suavidad la envolvía. El asistente les ofreció champán, y Venus levantó su copa junto a Sunshine, sintiendo que cada burbuja representaba una preocupación que se desvanecía.

    —Por un viaje inolvidable y por dejar atrás todo lo que nos pesa —dijo Venus, sonriendo.

    Mientras el avión comenzaba a rodar por la pista, miró por la ventana y vio cómo el paisaje se alejaba. Era como si cada kilómetro que recorrían la liberara un poco más de la carga emocional que había estado llevando. Las discusiones con Mike, las palabras hirientes, las promesas rotas... todo eso parecía desvanecerse en el aire.

    El sonido de los motores se intensificó, y en un instante, estaban en el aire. Venus miró a Sunshine, que estaba mirando hacia adelante con una sonrisa radiante, y sintió una oleada de gratitud. Sunshine siempre había estado a su lado, y sabía que este viaje sería una oportunidad para reconectar con lo que realmente importaba: su amistad y la posibilidad de redescubrirse a sí misma.

    Santorini se acercaba, y Venus se permitió soñar con lo que vendría: días de risas, noches de estrellas y la promesa de un nuevo comienzo. Era el momento perfecto para dejar atrás lo que la pesaba y abrazar lo que estaba por venir. Con cada segundo que pasaba, la emoción crecía dentro de ella. Sabía que este viaje no solo era una escapatoria, sino una oportunidad para sanar y encontrar su camino de regreso a sí misma.

    Mientras el avión surcaba las nubes, Venus se sintió más ligera, lista para dejar atrás el pasado y abrirse a nuevas experiencias. Santorini, aquí iba
    El sol brillaba intensamente en el cielo azul mientras Venus y Sunshine se acercaban al aeropuerto privado. La emoción y los nervios se entrelazaban en el estómago de Venus, quien no podía evitar sentir un ligero cosquilleo. Este viaje a Santorini era su oportunidad de escapar de las discusiones interminables con Mike, su exnovio, y encontrar un poco de paz en medio del caos emocional que había estado viviendo. Al llegar al jet, Venus se detuvo un momento para admirar la elegante aeronave. Era un símbolo de libertad y nuevas posibilidades. Sunshine, siempre llena de energía, la arrastró hacia la entrada, y Venus sonrió al ver su entusiasmo. Necesitaba esa chispa en su vida más que nunca. Una vez dentro del avión, Venus se acomodó en el asiento de cuero, sintiendo cómo la suavidad la envolvía. El asistente les ofreció champán, y Venus levantó su copa junto a Sunshine, sintiendo que cada burbuja representaba una preocupación que se desvanecía. —Por un viaje inolvidable y por dejar atrás todo lo que nos pesa —dijo Venus, sonriendo. Mientras el avión comenzaba a rodar por la pista, miró por la ventana y vio cómo el paisaje se alejaba. Era como si cada kilómetro que recorrían la liberara un poco más de la carga emocional que había estado llevando. Las discusiones con Mike, las palabras hirientes, las promesas rotas... todo eso parecía desvanecerse en el aire. El sonido de los motores se intensificó, y en un instante, estaban en el aire. Venus miró a Sunshine, que estaba mirando hacia adelante con una sonrisa radiante, y sintió una oleada de gratitud. Sunshine siempre había estado a su lado, y sabía que este viaje sería una oportunidad para reconectar con lo que realmente importaba: su amistad y la posibilidad de redescubrirse a sí misma. Santorini se acercaba, y Venus se permitió soñar con lo que vendría: días de risas, noches de estrellas y la promesa de un nuevo comienzo. Era el momento perfecto para dejar atrás lo que la pesaba y abrazar lo que estaba por venir. Con cada segundo que pasaba, la emoción crecía dentro de ella. Sabía que este viaje no solo era una escapatoria, sino una oportunidad para sanar y encontrar su camino de regreso a sí misma. Mientras el avión surcaba las nubes, Venus se sintió más ligera, lista para dejar atrás el pasado y abrirse a nuevas experiencias. Santorini, aquí iba
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
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  • — El caos no tiene dueño, pero yo le presto mi voz. Pide algo, alma valiente...pero no llores cuando el abismo te pida algo a cambio.
    — El caos no tiene dueño, pero yo le presto mi voz. Pide algo, alma valiente...pero no llores cuando el abismo te pida algo a cambio.
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  • Shoko nunca había sido de muchas palabras, pero eso no significaba que no pensara demasiado en las cosas. O en las personas. Especialmente en los chicos con los que pasaba la mayor parte de sus días.

    Nanami, Haibara, Gojo y Geto. Todos tan distintos y, sin embargo, ahí estaban, compartiendo misiones, almuerzos y, en ocasiones, cigarrillos a escondidas (bueno, eso último solo con Geto).

    Nanami era… correcto. Esa era la mejor palabra para describirlo. Se tomaba todo demasiado en serio, incluso cuando no era necesario. Le gustaban las reglas, la estructura, el orden, cosas que en su mundo rara vez existían. A veces era agotador verlo tan rígido, pero Shoko sabía que en el fondo, esa seriedad era su forma de lidiar con la realidad. O más bien, de aferrarse a algo cuando todo a su alrededor era un caos. Y, en cierta forma, lo admiraba por ello.

    Haibara era el contrario absoluto. Era de los pocos que aún conservaba algo parecido a una inocencia genuina. Siempre con una sonrisa, con una actitud optimista que rozaba la necedad. En otra vida, en otro contexto, Haibara podría haber sido simplemente un chico común, ajeno a maldiciones y a muertes prematuras. Y aunque a veces le daban ganas de decirle que fuera un poco más realista, nunca lo hizo. Porque parte de ella quería creer que alguien como él podía existir en ese mundo sin que la tragedia lo tocara. (Pero sabía que no era así.)

    Gojo era… bueno, Gojo. Un torbellino de ego y talento. Demasiado fuerte para su propio bien, demasiado molesto para el de los demás. A veces se preguntaba si en su cabeza había siquiera un momento de silencio. Pero Shoko también sabía que, bajo toda esa confianza desbordante, había algo más. Algo que ni siquiera él entendía del todo. Por eso se hacía el payaso, por eso hablaba más de la cuenta, por eso nunca se detenía. Porque si lo hacía, tendría que pensar en lo que realmente significaba ser "el más fuerte". Y, por muy inmaduro que fuera, Shoko no le deseaba ese tipo de soledad a nadie.

    Y luego estaba Geto.

    Si Gojo era un torbellino, Geto era la calma antes de la tormenta. Inteligente, carismático, con una voz serena que hacía que todo pareciera menos terrible de lo que realmente era. Había algo en él que hacía fácil confiar, fácil escuchar. Fácil… querer. Era su compañero de cigarrillos, el que entendía que a veces no era necesario hablar para compartir un momento. Pero también era el que miraba demasiado. El que pensaba demasiado. El que se hacía preguntas que nadie más quería hacerse.

    Shoko había aprendido a no apegarse demasiado a las cosas. Pero a veces se preguntaba si, en algún rincón de su mente, había creído que siempre estarían juntos. Que, por más que el mundo los golpeara, ellos seguirían encontrando la forma de reírse de todo.

    (Qué ingenua.)

    Tiempo después, cuando las cosas cambiaron—cuando Geto cambió—, Shoko recordaría esas tardes en la azotea, esos silencios compartidos, esos cigarrillos encendidos que se consumían entre ellos.

    Y pensaría que tal vez, en algún momento, había querido a todos ellos más de lo que se permitió admitir.
    Shoko nunca había sido de muchas palabras, pero eso no significaba que no pensara demasiado en las cosas. O en las personas. Especialmente en los chicos con los que pasaba la mayor parte de sus días. Nanami, Haibara, Gojo y Geto. Todos tan distintos y, sin embargo, ahí estaban, compartiendo misiones, almuerzos y, en ocasiones, cigarrillos a escondidas (bueno, eso último solo con Geto). Nanami era… correcto. Esa era la mejor palabra para describirlo. Se tomaba todo demasiado en serio, incluso cuando no era necesario. Le gustaban las reglas, la estructura, el orden, cosas que en su mundo rara vez existían. A veces era agotador verlo tan rígido, pero Shoko sabía que en el fondo, esa seriedad era su forma de lidiar con la realidad. O más bien, de aferrarse a algo cuando todo a su alrededor era un caos. Y, en cierta forma, lo admiraba por ello. Haibara era el contrario absoluto. Era de los pocos que aún conservaba algo parecido a una inocencia genuina. Siempre con una sonrisa, con una actitud optimista que rozaba la necedad. En otra vida, en otro contexto, Haibara podría haber sido simplemente un chico común, ajeno a maldiciones y a muertes prematuras. Y aunque a veces le daban ganas de decirle que fuera un poco más realista, nunca lo hizo. Porque parte de ella quería creer que alguien como él podía existir en ese mundo sin que la tragedia lo tocara. (Pero sabía que no era así.) Gojo era… bueno, Gojo. Un torbellino de ego y talento. Demasiado fuerte para su propio bien, demasiado molesto para el de los demás. A veces se preguntaba si en su cabeza había siquiera un momento de silencio. Pero Shoko también sabía que, bajo toda esa confianza desbordante, había algo más. Algo que ni siquiera él entendía del todo. Por eso se hacía el payaso, por eso hablaba más de la cuenta, por eso nunca se detenía. Porque si lo hacía, tendría que pensar en lo que realmente significaba ser "el más fuerte". Y, por muy inmaduro que fuera, Shoko no le deseaba ese tipo de soledad a nadie. Y luego estaba Geto. Si Gojo era un torbellino, Geto era la calma antes de la tormenta. Inteligente, carismático, con una voz serena que hacía que todo pareciera menos terrible de lo que realmente era. Había algo en él que hacía fácil confiar, fácil escuchar. Fácil… querer. Era su compañero de cigarrillos, el que entendía que a veces no era necesario hablar para compartir un momento. Pero también era el que miraba demasiado. El que pensaba demasiado. El que se hacía preguntas que nadie más quería hacerse. Shoko había aprendido a no apegarse demasiado a las cosas. Pero a veces se preguntaba si, en algún rincón de su mente, había creído que siempre estarían juntos. Que, por más que el mundo los golpeara, ellos seguirían encontrando la forma de reírse de todo. (Qué ingenua.) Tiempo después, cuando las cosas cambiaron—cuando Geto cambió—, Shoko recordaría esas tardes en la azotea, esos silencios compartidos, esos cigarrillos encendidos que se consumían entre ellos. Y pensaría que tal vez, en algún momento, había querido a todos ellos más de lo que se permitió admitir.
    Me entristece
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  • La arena no era arena, eran fragmentos de deseos olvidados que crujían como huesos bajo sus pies. El mar no era mar, sino una masa oscura y espesa que reflejaba las caras distorsionadas cada vez que la luna falsa se asomaba entre las nubes. El aire olía a sal, hierro, y...a electricidad estática. Los dedos enguantados de los Vigilantes le hundían las garras en sus brazos, marcando su piel a través de la fina tela de su vestido. Ella respiró hondo, sintiendo como las runas de supresión en sus muñecas latían en sincronía con su pulso acelerado. Cada símbolo era un clavo en su magia, un intento del Consejo por domesticar lo que era indomable.

    El Capitán de los Vigilantes avanzó, su armadura chirriaba con cada paso sobre la arena brillante. La espada rúnica en su mano dejaba un rastro de luz azulada en el aire, como si cortara la realidad misma.

    — Terminemos esto, Kael —dijo uno de Los Vigilantes, mientras ajustaba su agarre en el brazo izquierdo de Svetla— hay que llevarla ante el Consejo antes de que...

    — Antes de que ¿qué? —interrumpió ella, alzando la vista con una sonrisa desafiante. Su mechón blanco brillaba bajo la luz lunar— ¿antes de que él Capitán recuerde que...su esposa también pidió un deseo una vez? Uno que él no supo darle.

    El Capitán se tensó. El filo de su espada tembló levemente

    "Si...ahí está. La grieta en tu armadura, capitán" Pensó.

    «𝘌𝘴𝘤𝘶𝘱𝘦 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘤𝘢𝘳𝘢 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘰𝘳𝘪𝘳.» Murmuró Luc, con su silueta semitransparente flotando a un lado de ella. Pero él sabía que ella no moriría. No hoy.

    Svetla cerró los ojos y escuchó. Más allá de las palabras de los Vigilantes, que seguían discutiendo que hacer. Más allá de la voz de la sombra fantasmal que siempre la acompañaba. Más allá del crujir de sus propios pasos. Allí, estaba el verdadero sonido de ese lugar:

    𝙀𝙡 𝙢𝙖𝙧.

    No. 𝘕𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳. No era el simple oleaje de un océano humano, sino el susurro del Primer Caos, aquel que existía antes de que los deseos tuvieran un nombre. Era un murmullo que le hablaba en lenguas olvidadas, que le recordaba lo que era: hija del abismo, tejedora de costuras entre mundos, vendedora de deseos.

    — ¿Sabes que le pasa al mar cuando alguien le pide un deseo...? —susurró Svetla.

    — Cállate —gruñó el capitan, ignorando el significado tras las palabras de la castaña— No puedes escapar, Le'ron. tus poderes están...

    — ¿Bloqueados? —Svetla rió, y en ese momento, la primera gota de sangre cayó de su nariz a la arena. Los vigilantes no la vieron hundirse en el suelo, no sintieron como los granos de deseos olvidados absorbían la gota rojiza— quizás los poderes pueden ser robados, Kael. Pero el caos... 𝘦𝘭 𝘤𝘢𝘰𝘴 𝘴𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘦𝘴.

    Con un movimiento brusco, la castaña retorció su brazo izquierdo hasta sentir el crujido del hueso dislocándose. El dolor no importaba, porque había algo que callaría al dolor pronto...la libertad.

    Las runas de supresión necesitaban contacto completo para funcionar. Un hueso fuera de lugar, una herida abierta, y la cadena se rompía por un instante. Un segundo. Un segundo era todo lo que necesitaba.

    "Ven a mi" Susurró al mar, pero no con palabras, sino con el lenguaje de las cosas que se rompen. "Cómo yo voy a ti."

    𝙀𝙡 𝙤𝙘𝙚𝙖𝙣𝙤 𝙧𝙪𝙜𝙞𝙤.

    No fue una ola lo que vino, sino una herida en el mundo que se abrió desde las profundidades hasta la orilla. Los Vigilantes gritaron cuando el agua negra les golpeó, pero el verdadero horror llegó cuando vieran lo que realmente era:

    Millones de manos translucidas, bocas abiertas en gritos silenciados, dedos que buscaban agarrar, arrastrar. Los restos de todos los deseos no pagados, las promesas rotas que el mar había recolectado desde el principio de los tiempos.

    — ¡Sueltenla! —alcanzó a gritar uno de Los Vigilantes antes de que la primera mano se cerrara alrededor de su tobillo.

    No necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento fluido –como si el dolor de su brazo le perteneciera a otro cuerpo–, se zafó de los agarres y saltó hacia la brecha.

    El agua fría la envolvió como un vientre materno. Por un momento, todo fue silencio y oscuridad. Luego, las voces comenzaron. "𝘜𝘯 𝘰𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘢𝘨𝘶𝘥𝘢..." "𝘜𝘯 𝘨𝘳𝘪𝘵𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰..." "𝘜𝘯 𝘩𝘪𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳..."

    Eran los ecos de los pactos que el mar recordaba. Sintió cómo sus pulmones ardían, pero no por falta de aire –nadie se ahoga aqui– sino porque el caos le preguntaba: "¿𝘘𝘶𝘦 𝘥𝘢𝘴 𝘢 𝘤𝘢𝘮𝘣𝘪𝘰, 𝘱𝘦𝘲𝘶𝘦ñ𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳𝘰𝘴𝘢?"

    — ¡Lo que sea! —gritó, y su voz resonó en el mismo caos como un disparo.

    El mar rió. Y entonces, la escupió.

    La castaña cayó de rodillas en la arena. Una arena que no era más que solo arena. Frente a un mar que si era mar. Otra playa, está vez en el plano primario. El agua salada que escupió estaba teñida de rojo, pero no era sangre... 𝘦𝘳𝘢𝘯 𝘱𝘦𝘵𝘢𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘧𝘭𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘪𝘢 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰.

    A su lado, Luc se materializó, más pálido que de costumbre –como si eso fuera posible–.

    «𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘩𝘢𝘨𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘰. 𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘦𝘴 𝘢 𝘦𝘴𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘪𝘦𝘯𝘥𝘦𝘴.» Murmuró.

    Ella no respondió. Se limitó a mirar hacia el horizonte, dónde la luna –esta vez, una real. La luna que conocía– se reflejaba sobre aguas demasiado tranquilas.

    En su muñeca, dónde antes estaban las runas de supresión, ahora había una marca nueva. Una que parecía girar si la mirabas demasiado tiempo.

    "Todo deseo tiene un costo..." Pensó, acariciando la marca.
    La arena no era arena, eran fragmentos de deseos olvidados que crujían como huesos bajo sus pies. El mar no era mar, sino una masa oscura y espesa que reflejaba las caras distorsionadas cada vez que la luna falsa se asomaba entre las nubes. El aire olía a sal, hierro, y...a electricidad estática. Los dedos enguantados de los Vigilantes le hundían las garras en sus brazos, marcando su piel a través de la fina tela de su vestido. Ella respiró hondo, sintiendo como las runas de supresión en sus muñecas latían en sincronía con su pulso acelerado. Cada símbolo era un clavo en su magia, un intento del Consejo por domesticar lo que era indomable. El Capitán de los Vigilantes avanzó, su armadura chirriaba con cada paso sobre la arena brillante. La espada rúnica en su mano dejaba un rastro de luz azulada en el aire, como si cortara la realidad misma. — Terminemos esto, Kael —dijo uno de Los Vigilantes, mientras ajustaba su agarre en el brazo izquierdo de Svetla— hay que llevarla ante el Consejo antes de que... — Antes de que ¿qué? —interrumpió ella, alzando la vista con una sonrisa desafiante. Su mechón blanco brillaba bajo la luz lunar— ¿antes de que él Capitán recuerde que...su esposa también pidió un deseo una vez? Uno que él no supo darle. El Capitán se tensó. El filo de su espada tembló levemente "Si...ahí está. La grieta en tu armadura, capitán" Pensó. «𝘌𝘴𝘤𝘶𝘱𝘦 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘤𝘢𝘳𝘢 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘰𝘳𝘪𝘳.» Murmuró Luc, con su silueta semitransparente flotando a un lado de ella. Pero él sabía que ella no moriría. No hoy. Svetla cerró los ojos y escuchó. Más allá de las palabras de los Vigilantes, que seguían discutiendo que hacer. Más allá de la voz de la sombra fantasmal que siempre la acompañaba. Más allá del crujir de sus propios pasos. Allí, estaba el verdadero sonido de ese lugar: 𝙀𝙡 𝙢𝙖𝙧. No. 𝘕𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳. No era el simple oleaje de un océano humano, sino el susurro del Primer Caos, aquel que existía antes de que los deseos tuvieran un nombre. Era un murmullo que le hablaba en lenguas olvidadas, que le recordaba lo que era: hija del abismo, tejedora de costuras entre mundos, vendedora de deseos. — ¿Sabes que le pasa al mar cuando alguien le pide un deseo...? —susurró Svetla. — Cállate —gruñó el capitan, ignorando el significado tras las palabras de la castaña— No puedes escapar, Le'ron. tus poderes están... — ¿Bloqueados? —Svetla rió, y en ese momento, la primera gota de sangre cayó de su nariz a la arena. Los vigilantes no la vieron hundirse en el suelo, no sintieron como los granos de deseos olvidados absorbían la gota rojiza— quizás los poderes pueden ser robados, Kael. Pero el caos... 𝘦𝘭 𝘤𝘢𝘰𝘴 𝘴𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘦𝘴. Con un movimiento brusco, la castaña retorció su brazo izquierdo hasta sentir el crujido del hueso dislocándose. El dolor no importaba, porque había algo que callaría al dolor pronto...la libertad. Las runas de supresión necesitaban contacto completo para funcionar. Un hueso fuera de lugar, una herida abierta, y la cadena se rompía por un instante. Un segundo. Un segundo era todo lo que necesitaba. "Ven a mi" Susurró al mar, pero no con palabras, sino con el lenguaje de las cosas que se rompen. "Cómo yo voy a ti." 𝙀𝙡 𝙤𝙘𝙚𝙖𝙣𝙤 𝙧𝙪𝙜𝙞𝙤. No fue una ola lo que vino, sino una herida en el mundo que se abrió desde las profundidades hasta la orilla. Los Vigilantes gritaron cuando el agua negra les golpeó, pero el verdadero horror llegó cuando vieran lo que realmente era: Millones de manos translucidas, bocas abiertas en gritos silenciados, dedos que buscaban agarrar, arrastrar. Los restos de todos los deseos no pagados, las promesas rotas que el mar había recolectado desde el principio de los tiempos. — ¡Sueltenla! —alcanzó a gritar uno de Los Vigilantes antes de que la primera mano se cerrara alrededor de su tobillo. No necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento fluido –como si el dolor de su brazo le perteneciera a otro cuerpo–, se zafó de los agarres y saltó hacia la brecha. El agua fría la envolvió como un vientre materno. Por un momento, todo fue silencio y oscuridad. Luego, las voces comenzaron. "𝘜𝘯 𝘰𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘢𝘨𝘶𝘥𝘢..." "𝘜𝘯 𝘨𝘳𝘪𝘵𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰..." "𝘜𝘯 𝘩𝘪𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳..." Eran los ecos de los pactos que el mar recordaba. Sintió cómo sus pulmones ardían, pero no por falta de aire –nadie se ahoga aqui– sino porque el caos le preguntaba: "¿𝘘𝘶𝘦 𝘥𝘢𝘴 𝘢 𝘤𝘢𝘮𝘣𝘪𝘰, 𝘱𝘦𝘲𝘶𝘦ñ𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳𝘰𝘴𝘢?" — ¡Lo que sea! —gritó, y su voz resonó en el mismo caos como un disparo. El mar rió. Y entonces, la escupió. La castaña cayó de rodillas en la arena. Una arena que no era más que solo arena. Frente a un mar que si era mar. Otra playa, está vez en el plano primario. El agua salada que escupió estaba teñida de rojo, pero no era sangre... 𝘦𝘳𝘢𝘯 𝘱𝘦𝘵𝘢𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘧𝘭𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘪𝘢 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰. A su lado, Luc se materializó, más pálido que de costumbre –como si eso fuera posible–. «𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘩𝘢𝘨𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘰. 𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘦𝘴 𝘢 𝘦𝘴𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘪𝘦𝘯𝘥𝘦𝘴.» Murmuró. Ella no respondió. Se limitó a mirar hacia el horizonte, dónde la luna –esta vez, una real. La luna que conocía– se reflejaba sobre aguas demasiado tranquilas. En su muñeca, dónde antes estaban las runas de supresión, ahora había una marca nueva. Una que parecía girar si la mirabas demasiado tiempo. "Todo deseo tiene un costo..." Pensó, acariciando la marca.
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  • ✖El eco de sus tacones resonaba en el pasillo mientras Roselyn arrastraba los pies hasta la puerta de su departamento como cada noche mientras buscaba incesante las llaves en su pequeño bolso. El aire aún olía a perfume y humo en su nariz, su piel se veía brillosa y ligeramente pegajosa gracias a la mezcla de sus esencias, lociones y cantidades de purpurina que prácticamente se esparcieron por todo su cuerpo, cabello y rostro dejando incluso un luminoso rastro al andar. Eran las 5:30 de la mañana, y la ciudad aún respiraba en su propio caos nocturno mientras ella por el contrario se sumergía en el silencio de su hogar.

    Al cruzar la puerta, dejó caer su cartera sin cuidado, los billetes arrugados acumulados dentro no eran más que la recompensa de otra larga jornada en el escenario. Se quitó los zapatos en un gesto mecánico y se dejó caer en el sofá, exhalando un suspiro pesado. Los músculos de sus piernas parecían latir, la tensión en su espalda le recordaba la rutina despiadada a la que sometía su cuerpo en cada turno. Días como esos, habría matado por un buen masaje... o al menos, por alguien que le ofreciera un café caliente al llegar y le susurrara que podía al fin bajar la guardia.

    Sacudió su cabeza tras girar los ojos quitándose esas ideas de la mente.

    Pasó los dedos por su largo cabello rosa, enredado por el sudor y el movimiento reciente, mientras su mirada vagaba por el techo cuando, de pronto, el sonido del timbre la sacó de su trance.

    Frunció el ceño sorprendida y confundida.
    ¿A esa hora?. . .

    Se incorporó con pereza, el cansancio se hacia sentir en sus extremidades, pero a pesar de eso la curiosidad era más fuerte. Se acercó a la puerta apoyando una mano en la madera antes de mirar por la mirilla en puntas de pie y luego le reconoció, claramente el hastío de la rutina y la necesidad de una distracción, la impulsaron a girar la perilla y abrir la puerta, el aire fresco de la madrugada se deslizó por el umbral enseguida.

    ──Vaya sorpresa~ que agradable verte tan pronto, ¿Quieres pasar?. . . ──preguntó.


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    # FreeRol♡

    ✖El eco de sus tacones resonaba en el pasillo mientras Roselyn arrastraba los pies hasta la puerta de su departamento como cada noche mientras buscaba incesante las llaves en su pequeño bolso. El aire aún olía a perfume y humo en su nariz, su piel se veía brillosa y ligeramente pegajosa gracias a la mezcla de sus esencias, lociones y cantidades de purpurina que prácticamente se esparcieron por todo su cuerpo, cabello y rostro dejando incluso un luminoso rastro al andar. Eran las 5:30 de la mañana, y la ciudad aún respiraba en su propio caos nocturno mientras ella por el contrario se sumergía en el silencio de su hogar. Al cruzar la puerta, dejó caer su cartera sin cuidado, los billetes arrugados acumulados dentro no eran más que la recompensa de otra larga jornada en el escenario. Se quitó los zapatos en un gesto mecánico y se dejó caer en el sofá, exhalando un suspiro pesado. Los músculos de sus piernas parecían latir, la tensión en su espalda le recordaba la rutina despiadada a la que sometía su cuerpo en cada turno. Días como esos, habría matado por un buen masaje... o al menos, por alguien que le ofreciera un café caliente al llegar y le susurrara que podía al fin bajar la guardia. Sacudió su cabeza tras girar los ojos quitándose esas ideas de la mente. Pasó los dedos por su largo cabello rosa, enredado por el sudor y el movimiento reciente, mientras su mirada vagaba por el techo cuando, de pronto, el sonido del timbre la sacó de su trance. Frunció el ceño sorprendida y confundida. ¿A esa hora?. . . Se incorporó con pereza, el cansancio se hacia sentir en sus extremidades, pero a pesar de eso la curiosidad era más fuerte. Se acercó a la puerta apoyando una mano en la madera antes de mirar por la mirilla en puntas de pie y luego le reconoció, claramente el hastío de la rutina y la necesidad de una distracción, la impulsaron a girar la perilla y abrir la puerta, el aire fresco de la madrugada se deslizó por el umbral enseguida. ──Vaya sorpresa~ que agradable verte tan pronto, ¿Quieres pasar?. . . ──preguntó. ──────────────────── # FreeRol♡
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