• [Tras el esfuerzo del "Team Jero" y ayuda de algunos de los aliados de Bianca. Drizz ha sido restaurado. Restando sólo devolver su alma a su cuerpo. La cuál de momento se encuentra en el reloj astral]

    Kyrie Hourglass: Hemos vuelto Drizz. Te ves prácticamente igual que el día en que mi enfermedad nos separó. Se que no puedes oirme pero. Yo realmente nunca te culpé por la enfermedad que surgió por la maldición. Sé que siempre hiciste todo lo posible. No sé aún que me depara en esta nueva existencia como espectro. Pero si eso al menos me permite estar cerca tuyo por un tiempo más. Estaré más que feliz. *sonrío mientras las lágrimas desbordan mis ojos*
    [Tras el esfuerzo del "Team Jero" y ayuda de algunos de los aliados de Bianca. Drizz ha sido restaurado. Restando sólo devolver su alma a su cuerpo. La cuál de momento se encuentra en el reloj astral] Kyrie Hourglass: Hemos vuelto Drizz. Te ves prácticamente igual que el día en que mi enfermedad nos separó. Se que no puedes oirme pero. Yo realmente nunca te culpé por la enfermedad que surgió por la maldición. Sé que siempre hiciste todo lo posible. No sé aún que me depara en esta nueva existencia como espectro. Pero si eso al menos me permite estar cerca tuyo por un tiempo más. Estaré más que feliz. *sonrío mientras las lágrimas desbordan mis ojos*
    Me entristece
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  • ---

    Perdura en mi la caída de los árboles sin hojas;
    son lágrimas que se extraviaron en el espectro de tus tardes;
    más carentes, más corruptas.
    Oh, en esta búsqueda en la que pierdo la noción de ser,
    Esas hojas caen por mi causa:
    y me someto al delirio de tus níveos espejismos.
    Y callo la manera de como soñarte;
    y buscarlas y soñarlas entre las sienes de mis ojos.

    Los dioses han sangrado desde que conocen el calor de un corazón;
    Y yo colmo el mío con el peso de tu voz;
    sobre mis principios y mis fines.
    Por favor, calma las fronteras en las que el tiempo se inclina ante mí;
    y me demuestra el límite del cielo,
    en las trincheras del perdón,
    de un amor inevitable.

    Oh, calla, muerte ingrata,
    rehúsate a perseguir a los testigos del silencio;
    que oculta la soledad de un Sol de medianoche.
    Viviré la noche entre espantos de codicia y resurrección.
    Haré el amor con mis mañanas y principios.
    Y entonces ella serán mis musas más sagradas.
    En este tiempo de arquetipos y leyes en las que no se miden las costuras.

    Oh, primitivos son los designios de un amor al que no puedo tocar;
    temo mancharlo con esta suciedad que se atisba con el ojo de una tormenta;
    depuesta en mis propiedades asociativas y conmutativas;
    en donde los dueños del Sol, la medianoche y el alba;
    te retienen entre las cadenas del clamor de un tiempo que no tiene nombre.
    Más que el tuyo, al que desconozco.

    Oh, claro amargo, ampárame en tus anhelos;
    ¿puedes escucharme sangre entre olvidos y diretes?
    Tejo un vestir nupcial de allende concisa.
    Y los continentes de tu geografía danzan tan sólo para atormentar a mis luceros.
    Mis ojos malnacidos.
    Este suspenso es demasiado grande.
    ¿Quién me seguirá cuando haya desaparecido en la gloria del amor?
    ¿Quién cuidará mis pasos?
    ¿Qué será de mí, Señor?
    Por favor, auxíliame.

    Desconozco lo que has preparado tan sólo para mí,
    En este sentir de ánimos discretos,
    me tiendes en tu lecho y me preguntas;
    si soy ciego y no lo veo.
    ¿Qué debo vislumbrar más allá de unos ojos que libran la batalla más amada?
    ¿Quién se atreve a modular el templo de mis pisares en la niebla del sentir?

    No lo comprendo.
    He perdido la noción; y la esperanza de hallarla cerca;
    ella que me sonríe de lejos.
    En este imperio de sidéreo amar, que no concibo:
    De atenta liana,
    en la que sí sé que, si admiro la Luna, la podré ver a ella;
    reflejada en mi corazón.

    Aunque anhelo en mi ajado corazón,
    Este el corazón del fantasma de todas las historias,
    tan siquiera conocer el modular de su nombre.
    Como anhelo conocer el de ella.
    --- Perdura en mi la caída de los árboles sin hojas; son lágrimas que se extraviaron en el espectro de tus tardes; más carentes, más corruptas. Oh, en esta búsqueda en la que pierdo la noción de ser, Esas hojas caen por mi causa: y me someto al delirio de tus níveos espejismos. Y callo la manera de como soñarte; y buscarlas y soñarlas entre las sienes de mis ojos. Los dioses han sangrado desde que conocen el calor de un corazón; Y yo colmo el mío con el peso de tu voz; sobre mis principios y mis fines. Por favor, calma las fronteras en las que el tiempo se inclina ante mí; y me demuestra el límite del cielo, en las trincheras del perdón, de un amor inevitable. Oh, calla, muerte ingrata, rehúsate a perseguir a los testigos del silencio; que oculta la soledad de un Sol de medianoche. Viviré la noche entre espantos de codicia y resurrección. Haré el amor con mis mañanas y principios. Y entonces ella serán mis musas más sagradas. En este tiempo de arquetipos y leyes en las que no se miden las costuras. Oh, primitivos son los designios de un amor al que no puedo tocar; temo mancharlo con esta suciedad que se atisba con el ojo de una tormenta; depuesta en mis propiedades asociativas y conmutativas; en donde los dueños del Sol, la medianoche y el alba; te retienen entre las cadenas del clamor de un tiempo que no tiene nombre. Más que el tuyo, al que desconozco. Oh, claro amargo, ampárame en tus anhelos; ¿puedes escucharme sangre entre olvidos y diretes? Tejo un vestir nupcial de allende concisa. Y los continentes de tu geografía danzan tan sólo para atormentar a mis luceros. Mis ojos malnacidos. Este suspenso es demasiado grande. ¿Quién me seguirá cuando haya desaparecido en la gloria del amor? ¿Quién cuidará mis pasos? ¿Qué será de mí, Señor? Por favor, auxíliame. Desconozco lo que has preparado tan sólo para mí, En este sentir de ánimos discretos, me tiendes en tu lecho y me preguntas; si soy ciego y no lo veo. ¿Qué debo vislumbrar más allá de unos ojos que libran la batalla más amada? ¿Quién se atreve a modular el templo de mis pisares en la niebla del sentir? No lo comprendo. He perdido la noción; y la esperanza de hallarla cerca; ella que me sonríe de lejos. En este imperio de sidéreo amar, que no concibo: De atenta liana, en la que sí sé que, si admiro la Luna, la podré ver a ella; reflejada en mi corazón. Aunque anhelo en mi ajado corazón, Este el corazón del fantasma de todas las historias, tan siquiera conocer el modular de su nombre. Como anhelo conocer el de ella.
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  • Gracias al apoyo de quienes si pudieron verme y me dieron ánimos en aquella azotea. Pude enterarme también de que siempre fui capaz de salir del departamento al que estaba anclado. No esta nada mal. Ser libre otra vez. Hora de ver el vaso medio lleno. ¿Que otras cosas puedo hacer ahora que soy un espectro?.
    Gracias al apoyo de quienes si pudieron verme y me dieron ánimos en aquella azotea. Pude enterarme también de que siempre fui capaz de salir del departamento al que estaba anclado. No esta nada mal. Ser libre otra vez. Hora de ver el vaso medio lleno. ¿Que otras cosas puedo hacer ahora que soy un espectro?.
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  • ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞.

    El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel.
    La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta.
    A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼.
    Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar.
    Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión.

    ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite.
    A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha.

    Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería.
    Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia.

    Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂.

    ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜
    Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible.

    ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜
    El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
    ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞. El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel. La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta. A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼. Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar. Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión. ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite. A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha. Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería. Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia. Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂. ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜ Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible. ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜ El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Tenlo en cuenta al responder.
    El sol de San Petersburgo apenas comenzaba a teñir de oro las agujas de la ciudad cuando Maral Romanov abrió los ojos. No fue el despertador lo que la sacó del sueño, sino el peso familiar y el calor sofocante de una melena blanca como la nieve presionando contra el borde de su cama.

    Maral se incorporó lentamente, estirando los brazos. A su lado, Koldun emitió un rumbido vibrante que hizo eco en las paredes de la habitación. El león blanco no era solo una fiera; era un espectro de elegancia salvaje. Cuando el animal levantó la cabeza, sus ojos azules, gélidos y profundos como glaciares, se clavaron en los de Maral con una inteligencia casi humana.

    — "Cinco minutos más, Koldun" — murmuró ella, acariciando el pelaje áspero pero limpio detrás de sus orejas.

    El león respondió con un bostezo que dejó ver sus colmillos de marfil, para luego apoyar su enorme mentón sobre las sábanas de seda. Sabía que Maral no podía resistirse a esa mirada.

    Maral se puso de pie, su figura reflejada en los altos espejos del palacio. Mientras ella se vestía con la sobriedad que su apellido exigía —telas oscuras y cortes impecables—, Koldun la seguía como una sombra pálida por los pasillos de mármol.

    Cada guardia que encontraban en el camino inclinaba la cabeza, no solo por respeto a la Romanov, sino por el temor instintivo que provocaba el felino que caminaba a su flanco sin necesidad de correa.

    En la terraza acristalada, Maral bebía un té negro fuerte mientras observaba el jardín cubierto de escarcha. Koldun se sentó a sus pies, vigilante. Sus ojos azules escaneaban el horizonte, siempre alerta, siempre protector.

    —Hoy será un día largo —dijo Maral, dejando la taza de porcelana sobre la mesa.

    Koldum se puso en pie al instante, soltando un rugido bajo que era más una afirmación que una queja. Ella le puso una mano firme sobre el lomo, sintiendo la potencia de sus músculos. Juntos, la última heredera del frío y su guardián de ojos de hielo, abandonaron la estancia para enfrentar al mundo. El día de los Romanov no acababa de empezar; acababa de ser reclamado.
    El sol de San Petersburgo apenas comenzaba a teñir de oro las agujas de la ciudad cuando Maral Romanov abrió los ojos. No fue el despertador lo que la sacó del sueño, sino el peso familiar y el calor sofocante de una melena blanca como la nieve presionando contra el borde de su cama. Maral se incorporó lentamente, estirando los brazos. A su lado, Koldun emitió un rumbido vibrante que hizo eco en las paredes de la habitación. El león blanco no era solo una fiera; era un espectro de elegancia salvaje. Cuando el animal levantó la cabeza, sus ojos azules, gélidos y profundos como glaciares, se clavaron en los de Maral con una inteligencia casi humana. — "Cinco minutos más, Koldun" — murmuró ella, acariciando el pelaje áspero pero limpio detrás de sus orejas. El león respondió con un bostezo que dejó ver sus colmillos de marfil, para luego apoyar su enorme mentón sobre las sábanas de seda. Sabía que Maral no podía resistirse a esa mirada. Maral se puso de pie, su figura reflejada en los altos espejos del palacio. Mientras ella se vestía con la sobriedad que su apellido exigía —telas oscuras y cortes impecables—, Koldun la seguía como una sombra pálida por los pasillos de mármol. Cada guardia que encontraban en el camino inclinaba la cabeza, no solo por respeto a la Romanov, sino por el temor instintivo que provocaba el felino que caminaba a su flanco sin necesidad de correa. En la terraza acristalada, Maral bebía un té negro fuerte mientras observaba el jardín cubierto de escarcha. Koldun se sentó a sus pies, vigilante. Sus ojos azules escaneaban el horizonte, siempre alerta, siempre protector. —Hoy será un día largo —dijo Maral, dejando la taza de porcelana sobre la mesa. Koldum se puso en pie al instante, soltando un rugido bajo que era más una afirmación que una queja. Ella le puso una mano firme sobre el lomo, sintiendo la potencia de sus músculos. Juntos, la última heredera del frío y su guardián de ojos de hielo, abandonaron la estancia para enfrentar al mundo. El día de los Romanov no acababa de empezar; acababa de ser reclamado.
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  • "El día de hoy marcaba un punto de inflexión tanto para el plano terrenal como para el espiritual. Yo, Alastor, el heraldo de la tortura y guardián de los secretos de lo desconocido, me encontraba en el centro de mi ritual anual. Mi poder no solo emana de mi propia esencia, sino de las innumerables almas que poseo; seres que sufrieron el infortunio de pertenecer a familias tan viles y mezquinas que no dudaron en sacrificarlos para saciar su propia avaricia.
    Cada año, bajo el velo de esta liturgia sombría, tomo posesión de una abadía abandonada. Allí, convoco a las almas de padres, madres, hijos y hermanos que fueron entregados al abismo. El escenario es desolador: cada espíritu sostiene una vela con una desesperación casi física, aferrándose a la tenue llama como si fuera el último rastro de esperanza en un océano de oscuridad.

    —No soy un ser de luz, ni pretendo ser un salvador celestial. Soy un Overlord con una reputación que mantener y una sed de poder inagotable. Sin embargo, incluso dentro de mi naturaleza, existe el capricho de otorgar una salida.—

    "Una vez que la congregación de espectros se reúne en el corazón del monasterio, el aire se satura con mi presencia. Mi voz comienza a resonar, distorsionada por la estática, creando un efecto paradójico: parece provenir de las paredes mismas y, al mismo tiempo, susurrar directamente al oído de cada alma presente.
    Bajo mi atuendo sacrílego de monja, que sirve como una burla constante a lo divino, comienzo el cántico. Las almas, en respuesta, elevan sus velas al unísono, mezclando sus rezos desesperados con la frecuencia de mi voz. La fe es el combustible de este juego; si es lo suficientemente pura, una sola alma —solo una entre miles— logrará cruzar el umbral hacia la libertad definitiva."


    https://youtu.be/kUFiIWDOaAQ?si=NCUPhW9O-2TP3xtC
    "El día de hoy marcaba un punto de inflexión tanto para el plano terrenal como para el espiritual. Yo, Alastor, el heraldo de la tortura y guardián de los secretos de lo desconocido, me encontraba en el centro de mi ritual anual. Mi poder no solo emana de mi propia esencia, sino de las innumerables almas que poseo; seres que sufrieron el infortunio de pertenecer a familias tan viles y mezquinas que no dudaron en sacrificarlos para saciar su propia avaricia. Cada año, bajo el velo de esta liturgia sombría, tomo posesión de una abadía abandonada. Allí, convoco a las almas de padres, madres, hijos y hermanos que fueron entregados al abismo. El escenario es desolador: cada espíritu sostiene una vela con una desesperación casi física, aferrándose a la tenue llama como si fuera el último rastro de esperanza en un océano de oscuridad. —No soy un ser de luz, ni pretendo ser un salvador celestial. Soy un Overlord con una reputación que mantener y una sed de poder inagotable. Sin embargo, incluso dentro de mi naturaleza, existe el capricho de otorgar una salida.— "Una vez que la congregación de espectros se reúne en el corazón del monasterio, el aire se satura con mi presencia. Mi voz comienza a resonar, distorsionada por la estática, creando un efecto paradójico: parece provenir de las paredes mismas y, al mismo tiempo, susurrar directamente al oído de cada alma presente. Bajo mi atuendo sacrílego de monja, que sirve como una burla constante a lo divino, comienzo el cántico. Las almas, en respuesta, elevan sus velas al unísono, mezclando sus rezos desesperados con la frecuencia de mi voz. La fe es el combustible de este juego; si es lo suficientemente pura, una sola alma —solo una entre miles— logrará cruzar el umbral hacia la libertad definitiva." https://youtu.be/kUFiIWDOaAQ?si=NCUPhW9O-2TP3xtC
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  • — ¡Queridos espectros! Nos vamos de vacaciones... bueno, en realidad yo, ustedes se quedan al jale... Así que ya saben, no me molesten.
    — ¡Queridos espectros! Nos vamos de vacaciones... bueno, en realidad yo, ustedes se quedan al jale... Así que ya saben, no me molesten.
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  • Before the slaughter — The first session.
    Fandom OC
    Categoría Acción
    Illán

    Los viajes de Nairis rara vez tenían propósito inocente; viajar con su maestro era sinónimo de trabajo, y para ese trabajo había que ensuciarse las manos. La muerte ya era algo normal para ella, pues ella misma había perdido la vida una vez.

    Desmontar sectas, exorcizar demonios, descubrir más sobre el gran esquema, el mundo en el que giraban cada día pertenecía más a voluntades que escapaban de su comprensión ¿Qué importaba? Su vida ya no le pertenecía... No desde que "eso" la seguía.

    Un espectro, jirones oscuros que trataban de asemejarse a un ser humano, una silueta de extremidades alongadas y rostro vacío que la observaba continuamente, que le susurraba en un idioma que solo ella era capaz de entender.

    El sueño se volvió un recuerdo lejano, pero su cuerpo ya no se sentía cansado.
    El mundo como lo conocía había cambiado, no en forma, pero entendió algo; tarde o temprano dejaría de existir, y ella podía sentirlo.
    Su libertad se volvió algo incierto; un debate constante entre su humanidad y los planes que el espectro parecía tener para ella.

    En todo esto, encontró un único propósito, averiguar más de su naturaleza, descubrir en qué se convirtió y no le importaba cuantas vidas tuviera que arrebatar en el proceso, pues la gente que más sabía, fueron los que le arrebataron la vida a ella misma.

    Entrenaba por si misma cada vez que podía, aprovechaba todo rato que tenía libre para tratar de pulir sus habilidades, para darle nuevos usos a la energía que solamente ella podía manipular, el Eco. Con el tiempo, vio que su entrenamiento cada vez daba menos frutos... Y en su falta de guía encontró a Illán, un chamán que protegía tanto a las personas como a los espíritus, el cual, en su desconocimiento sobre los propósitos de Nairis, accedió a entrenarla por petición de Nairis, y no pasó mucho hasta su primera sesión... No sabía lo que le esperaba, pero no se rendiría fácilmente.

    Habían quedado en un lugar apartado, sería lo mejor, Nairis escapó de sus responsabilidades para poder reunirse con él, ahora solo quedaba esperar...
    [Cursed_Bastard] Los viajes de Nairis rara vez tenían propósito inocente; viajar con su maestro era sinónimo de trabajo, y para ese trabajo había que ensuciarse las manos. La muerte ya era algo normal para ella, pues ella misma había perdido la vida una vez. Desmontar sectas, exorcizar demonios, descubrir más sobre el gran esquema, el mundo en el que giraban cada día pertenecía más a voluntades que escapaban de su comprensión ¿Qué importaba? Su vida ya no le pertenecía... No desde que "eso" la seguía. Un espectro, jirones oscuros que trataban de asemejarse a un ser humano, una silueta de extremidades alongadas y rostro vacío que la observaba continuamente, que le susurraba en un idioma que solo ella era capaz de entender. El sueño se volvió un recuerdo lejano, pero su cuerpo ya no se sentía cansado. El mundo como lo conocía había cambiado, no en forma, pero entendió algo; tarde o temprano dejaría de existir, y ella podía sentirlo. Su libertad se volvió algo incierto; un debate constante entre su humanidad y los planes que el espectro parecía tener para ella. En todo esto, encontró un único propósito, averiguar más de su naturaleza, descubrir en qué se convirtió y no le importaba cuantas vidas tuviera que arrebatar en el proceso, pues la gente que más sabía, fueron los que le arrebataron la vida a ella misma. Entrenaba por si misma cada vez que podía, aprovechaba todo rato que tenía libre para tratar de pulir sus habilidades, para darle nuevos usos a la energía que solamente ella podía manipular, el Eco. Con el tiempo, vio que su entrenamiento cada vez daba menos frutos... Y en su falta de guía encontró a Illán, un chamán que protegía tanto a las personas como a los espíritus, el cual, en su desconocimiento sobre los propósitos de Nairis, accedió a entrenarla por petición de Nairis, y no pasó mucho hasta su primera sesión... No sabía lo que le esperaba, pero no se rendiría fácilmente. Habían quedado en un lugar apartado, sería lo mejor, Nairis escapó de sus responsabilidades para poder reunirse con él, ahora solo quedaba esperar...
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  • —Vaya, vaya... ¿pero qué tenemos aquí? Un pequeño extraviado. Qué desafortunado giro del destino, aunque, para ser honestos, tu verdadera desgracia no fue perder el camino, sino cruzarte en el mío. No te lo tomes como algo personal, simplemente naciste bajo una estrella muy mala.—

    *Un enjambre de mariposas negras comenzó a orbitar a la víctima, cerrando cualquier vía de escape antes de introducirse, una a una, bajo su piel.*

    —Vamos, no te resistas, es inútil. Mis pequeñas tienen un hambre voraz y tú resultaste ser el banquete perfecto.—

    *Mientras el dolor interno empezaba a desfigurar las facciones del humano, observé su desesperación con una fascinación casi artística.*

    —Ah, los humanos... tan indispensables para este mundo como irremediablemente inútiles. Veamos si guardas en tu interior ese brillo que tanto busco.—


    *Sin romper la superficie de su ropa ni dejar una sola herida abierta, deslicé mi mano a través de su pecho, navegando entre sus órganos con la intangibilidad de un espectro. Al retirar la mano vacía, chasqueé la lengua con fastidio.*

    —Otro cascarón vacío. Qué pérdida de tiempo... aunque supongo que no todo está perdido; al menos mis pequeñas se darán un festín.—

    *El cuerpo de la víctima comenzó a deformarse con bultos grotescos que se agitaban bajo la piel. De pronto, la carne cedió y una marea de mariposas negras brotó desde sus entrañas, dejando atrás solo un envoltorio de piel marchita y hueca.*
    —Vaya, vaya... ¿pero qué tenemos aquí? Un pequeño extraviado. Qué desafortunado giro del destino, aunque, para ser honestos, tu verdadera desgracia no fue perder el camino, sino cruzarte en el mío. No te lo tomes como algo personal, simplemente naciste bajo una estrella muy mala.— *Un enjambre de mariposas negras comenzó a orbitar a la víctima, cerrando cualquier vía de escape antes de introducirse, una a una, bajo su piel.* —Vamos, no te resistas, es inútil. Mis pequeñas tienen un hambre voraz y tú resultaste ser el banquete perfecto.— *Mientras el dolor interno empezaba a desfigurar las facciones del humano, observé su desesperación con una fascinación casi artística.* —Ah, los humanos... tan indispensables para este mundo como irremediablemente inútiles. Veamos si guardas en tu interior ese brillo que tanto busco.— *Sin romper la superficie de su ropa ni dejar una sola herida abierta, deslicé mi mano a través de su pecho, navegando entre sus órganos con la intangibilidad de un espectro. Al retirar la mano vacía, chasqueé la lengua con fastidio.* —Otro cascarón vacío. Qué pérdida de tiempo... aunque supongo que no todo está perdido; al menos mis pequeñas se darán un festín.— *El cuerpo de la víctima comenzó a deformarse con bultos grotescos que se agitaban bajo la piel. De pronto, la carne cedió y una marea de mariposas negras brotó desde sus entrañas, dejando atrás solo un envoltorio de piel marchita y hueca.*
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  • - 𝗖𝘂𝗮𝗱𝗲𝗿𝗻𝗼 𝗱𝗲 𝗖𝗮𝗺𝗽𝗼 𝗡𝗼. 𝗩𝗜𝗜 -

    Dia 11, post-despliegue.
    UBICACIÓN: Zona de observación
    CONDICIONES AMBIENTALES: La interferencia principal es conductual.

    𝙍𝙀𝙂𝙄𝙎𝙏𝙍𝙊:

    Los especímenes persisten en su simulación de normalidad casi adolescente. El Ejemplar Dorado ha sustituido fugas interdimensionales por "pijamadas". Uno de los Especímenes Carmesíes ha reducido el uso de su poder a abrir portales para evitar desplazamientos terrestres, y la manipulación probabilística a microescala, alterando sorteos escritos (papelitos para tareas domésticas) por autobeneficio. El Segundo Espécimen Carmesí, parece haberse resignado a su rol de ex-Vigilante, y su precisión en aperturas planares aparentemente ha mejorado.

    ¿Cómo se lleva a cabo una investigación de física arcana avanzada cuando los sujetos de estudio insisten en comportarse como personajes de una comedia televisiva humana? Los datos recopilados en las últimas 192 horas son: 71% interacciones sociales, 12% aperturas planares de riesgo nulo, 17% picos energéticos menores correlacionados con... ¿Emociones?.

    He considerado, en un momento de debilidad lógica, la provocación controlada. Inducir una situación de estrés o peligro moderado para forzar una manifestación significativa de poder. Sin embargo, el riesgo de que su reacción sea abrir un portal a un cine en lugar de defenderse, es altísimo.

    Nueva variable inquietante: Rastreo de conversaciones fragmentadas. Uno de los Especímenes Carmesíes ha verbalizado la intención de "ir a Nwitta". Esto es catastróficamente ambiguo. Si va y la capturan, mi espécimen principal será extraído. Fin de la observación. No es conveniente para mis objetivos. Peor aún, si el Espécimen Dorado (V.L.) es descubierta y extraída, el foco de los Vigilantes se intensificará aquí. Perdería el manto de la Operación que tanto me ha servido de cobertura. Ambos, resultados inaceptables.

    SINTESIS:
    Necesito que hagan algo relevante. Que usen su poder para algo que no sea evitar pagar una entrega a domicilio o ganar una discusión. Necesito un evento desencadenante limpio, medible, escalable y, preferiblemente, que no termine con todos nosotros en celdas contiguas en Nwitta.

    Mañana comenzaré a diseñar la "Prueba de Estímulo Controlado N°1". Debe parecer real, no atraer Vigilantes externos, y forzar el uso de magia de alto espectro (Nivel de distorsión de realidad >50 Dk). Si falla, lo más probable es que el evento culmine con los especímenes usando algún portal resultante para ir por helado.

    La ciencia, a veces, exige jugar sucio.

    - 𝙉.𝙎.𝘿.
    ( Nathair Soren Drakov | Vigilante de Élite, DAPE | Al borde de inducir un incidente internacional para obtener mejores gráficas )
    - 𝗖𝘂𝗮𝗱𝗲𝗿𝗻𝗼 𝗱𝗲 𝗖𝗮𝗺𝗽𝗼 𝗡𝗼. 𝗩𝗜𝗜 - Dia 11, post-despliegue. UBICACIÓN: Zona de observación CONDICIONES AMBIENTALES: La interferencia principal es conductual. 𝙍𝙀𝙂𝙄𝙎𝙏𝙍𝙊: Los especímenes persisten en su simulación de normalidad casi adolescente. El Ejemplar Dorado ha sustituido fugas interdimensionales por "pijamadas". Uno de los Especímenes Carmesíes ha reducido el uso de su poder a abrir portales para evitar desplazamientos terrestres, y la manipulación probabilística a microescala, alterando sorteos escritos (papelitos para tareas domésticas) por autobeneficio. El Segundo Espécimen Carmesí, parece haberse resignado a su rol de ex-Vigilante, y su precisión en aperturas planares aparentemente ha mejorado. ¿Cómo se lleva a cabo una investigación de física arcana avanzada cuando los sujetos de estudio insisten en comportarse como personajes de una comedia televisiva humana? Los datos recopilados en las últimas 192 horas son: 71% interacciones sociales, 12% aperturas planares de riesgo nulo, 17% picos energéticos menores correlacionados con... ¿Emociones?. He considerado, en un momento de debilidad lógica, la provocación controlada. Inducir una situación de estrés o peligro moderado para forzar una manifestación significativa de poder. Sin embargo, el riesgo de que su reacción sea abrir un portal a un cine en lugar de defenderse, es altísimo. Nueva variable inquietante: Rastreo de conversaciones fragmentadas. Uno de los Especímenes Carmesíes ha verbalizado la intención de "ir a Nwitta". Esto es catastróficamente ambiguo. Si va y la capturan, mi espécimen principal será extraído. Fin de la observación. No es conveniente para mis objetivos. Peor aún, si el Espécimen Dorado (V.L.) es descubierta y extraída, el foco de los Vigilantes se intensificará aquí. Perdería el manto de la Operación que tanto me ha servido de cobertura. Ambos, resultados inaceptables. SINTESIS: Necesito que hagan algo relevante. Que usen su poder para algo que no sea evitar pagar una entrega a domicilio o ganar una discusión. Necesito un evento desencadenante limpio, medible, escalable y, preferiblemente, que no termine con todos nosotros en celdas contiguas en Nwitta. Mañana comenzaré a diseñar la "Prueba de Estímulo Controlado N°1". Debe parecer real, no atraer Vigilantes externos, y forzar el uso de magia de alto espectro (Nivel de distorsión de realidad >50 Dk). Si falla, lo más probable es que el evento culmine con los especímenes usando algún portal resultante para ir por helado. La ciencia, a veces, exige jugar sucio. - 𝙉.𝙎.𝘿. ( Nathair Soren Drakov | Vigilante de Élite, DAPE | Al borde de inducir un incidente internacional para obtener mejores gráficas )
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