๐๐ ๐ค๐ฉ๐๐ก ๐๐๐๐๐๐๐๐ ๐ข๐๐ ๐๐๐๐, ๐๐ ๐ ๐๐๐๐๐๐๐ ๐ ๐๐๐๐ค๐ ๐๐ฆ ๐๐๐๐
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๐น๐๐ ๐๐๐: ๐จ๐๐๐๐๐๐๐
๐จ๐๐๐ ๐พฬ๐ ๐ ๐ ๐บ๐๐๐๐ ๐ฌ๐๐๐๐๐ , ๐ฌ๐๐๐๐๐๐๐๐๐
๐ด ๐๐ ๐๐ข๐๐๐ฬ๐๐๐๐ ๐๐๐๐๐๐๐๐๐; ๐ ๐๐ ๐ฉ๐๐๐ ๐๐ ๐๐๐ ๐๐๐๐๐ - ๐ข๐๐๐๐ ๐ฃ๐ค๐๐๐.
La tormenta había terminado dos días atrás, pero el barro seguía aferrándose a las botas melladas de acero y al borde de la capa como si algo en el camino se negara a dejarlo marchar. El Vaeltaja no regresó a la abadía con prisa. Nunca lo hacía, pues durante el viaje hubo una incomodidad persistente acompañándolo entre árboles, una sensación que ni las bestias del bosque ni los espectros de los viejos caminos habían logrado provocarle jamás. Había enfrentado criaturas nacidas antes que sus reinos. Había contemplado horrores que hacían retroceder a hombres de fe y guerreros por igual. Aquello era diferente.
Era duda que lo devora por dentro como una maldición.
La abadía apareció finalmente entre la niebla de la madrugada, erguida sobre la colina como siempre había estado. Inmutable, familiar. Durante un instante permaneció observándola desde la distancia. Las agujas de piedra elevándose hacia un cielo gris, los muros antiguos, los vitrales oscuros y todos donde la luz moría antes de atravesarlos del todo. Allí dentro sabe que estaba esperando. Lo sabía con la misma certeza con la que conocía el peso de su espada o el sonido de su propia respiración. Y precisamente por eso había tardado tanto en regresar.
๐๐๐๐๐ข๐ ๐๐ ๐ ๐๐๐ฬ๐ ๐๐ข๐ฬ ๐ฉ๐๐๐๐ ๐๐๐ ๐๐๐ข๐๐๐๐ ๐๐ข๐ ๐ฉ๐๐๐ฬ๐ ๐๐๐๐๐๐ก๐๐๐๐.
La pesada puerta cedió bajo su mano enguantada de acero negro. El interior lo recibió con el olor familiar a muerte, a cadáveres, el incienso antiguo. La piedra húmeda y algo más difícil de nombrar. Algo que siempre parecía pertenecerle únicamente a ella. Sus pies resonaron por la piedra caliza a paso silencioso, mientras avanzaba sin anunciarse. No traía presas para alimentar su hambre, no arrastraba cadáveres ni trofeos de alguna cacería. Tampoco estaba herido. A simple vista parecía el mismo hombre que había partido semanas atrás.
No lo era.
Bajo uno de sus brazos descansaba un objeto envuelto en tela oscura. Grande, plano, protegido con más cuidado del que normalmente reservaba para cualquier reliquia. Y cuando finalmente se detuvo, el silencio permaneció entre las columnas durante varios segundos antes que su voz rompiera la quietud.
—๐๐ฏ๐ค๐ฐ๐ฏ๐ต๐ณ๐ฆฬ ๐ต๐ถ ๐ณ๐ฐ๐ด๐ต๐ณ๐ฐ —la frase salió simple, directa. Como una herida que no ha sido sanada. Sus ojos permanecieron fijos en algún punto de la oscuridad, esperando sentir su presencia incluso antes de verla—. ๐ ๐ต๐ณ๐ฆ๐ด ๐ด๐ฆ๐ฎ๐ข๐ฏ๐ข๐ด ๐ฅ๐ฆ ๐ข๐ฒ๐ถ๐ฬ.
La tela fue retirada lentamente. Debajo apareció una tabla de madera ennegrecida por los siglos; los bordes estaban consumidos por el tiempo y las grietas recorrían la superficie como venas secas. En el centro, apenas conservado por milagro o maldición, permanecía el retrato de una mujer.
Cabello claro y níveo, rasgos delicados. La misma curva de sus labios y... extrañamente, asumía que los mismos ojos. No parecida, sino idéntica. La inscripción inferior estaba casi destruida, pero todavía podían leerse fragmentos de una fecha tan antigua que pertenecía a una época anterior a varios reinos que hoy seguro gobernaban aquellas tierras. Kanwulf no apartó la mirada del retrato todavía.
—๐๐ถ๐ณ๐ข๐ฏ๐ต๐ฆ ๐ต๐ฐ๐ฅ๐ฐ ๐ฆ๐ญ ๐ค๐ข๐ฎ๐ช๐ฏ๐ฐ ๐ช๐ฏ๐ต๐ฆ๐ฏ๐ต๐ฆฬ ๐ค๐ฐ๐ฏ๐ท๐ฆ๐ฏ๐ค๐ฆ๐ณ๐ฎ๐ฆ ๐ฅ๐ฆ ๐ฒ๐ถ๐ฆ ๐ฏ๐ฐ ๐ฆ๐ณ๐ข๐ด ๐ต๐ถฬ —la confesión fue apenas más baja, honesta—. ๐๐ฐ ๐ง๐ถ๐ฏ๐ค๐ช๐ฐ๐ฏ๐ฐฬ.
Por primera vez levantó la vista. No hacia la pintura, sino hacia donde —๐ฆฬ๐ญ ๐ฑ๐ช๐ฆ๐ฏ๐ด๐ข— ella está, en algún lugar de la inmensa y abandonada abadía. Porque aquello era lo que realmente le siembra una duda que aterra en el pecho. No la posibilidad de que la mujer fuera un retrato de Aelianna; no la posibilidad de que algo imposible estuviera ocurriendo. Lo que le inquietaba era haberse dado cuenta, en algún punto del regreso, de que la respuesta no cambiaría nada. Si aquel rostro había esperado por siglos sumido en la oscuridad. Si existían más o si ella era algo mucho más antiguo de lo que muchos pudieran imaginar.
Y quizá esa era la parte verdaderamente oscura de toda la historia. Que la duda había viajado con él durante semanas, pero la devoción había llegado primero. En cómo los Vaeltaja fueron creados para reconocer la oscuridad allí donde se ocultara. Quizá por eso la encontró; la tragedia nunca fue haberla amado. La tragedia fue reconocer exactamente lo que era... y permanecer de todos modos.
๐ป๐๐๐ฬ๐ ๐๐๐๐๐๐๐ ๐ ๐๐ ๐๐๐๐๐ฬ๐ ๐๐ข๐ ๐๐๐๐๐ ๐ข๐ ๐๐๐๐ ๐ก๐๐ข๐. ๐ถ๐๐ ๐๐ ๐ก๐๐๐๐๐ ๐๐๐๐๐๐ก๐๐ฬ ๐๐๐๐ ๐๐ฬ๐ ๐๐๐๐๐๐๐๐ ๐: ๐ข๐๐ ๐๐๐ง๐ฬ๐ ๐๐๐๐ ๐๐๐๐๐ ๐๐ ๐๐ข๐ ๐๐๐.
๐จ๐๐๐ ๐พฬ๐ ๐ ๐ ๐บ๐๐๐๐ ๐ฌ๐๐๐๐๐ , ๐ฌ๐๐๐๐๐๐๐๐๐
๐ด ๐๐ ๐๐ข๐๐๐ฬ๐๐๐๐ ๐๐๐๐๐๐๐๐๐; ๐ ๐๐ ๐ฉ๐๐๐ ๐๐ ๐๐๐ ๐๐๐๐๐ - ๐ข๐๐๐๐ ๐ฃ๐ค๐๐๐.
La tormenta había terminado dos días atrás, pero el barro seguía aferrándose a las botas melladas de acero y al borde de la capa como si algo en el camino se negara a dejarlo marchar. El Vaeltaja no regresó a la abadía con prisa. Nunca lo hacía, pues durante el viaje hubo una incomodidad persistente acompañándolo entre árboles, una sensación que ni las bestias del bosque ni los espectros de los viejos caminos habían logrado provocarle jamás. Había enfrentado criaturas nacidas antes que sus reinos. Había contemplado horrores que hacían retroceder a hombres de fe y guerreros por igual. Aquello era diferente.
Era duda que lo devora por dentro como una maldición.
La abadía apareció finalmente entre la niebla de la madrugada, erguida sobre la colina como siempre había estado. Inmutable, familiar. Durante un instante permaneció observándola desde la distancia. Las agujas de piedra elevándose hacia un cielo gris, los muros antiguos, los vitrales oscuros y todos donde la luz moría antes de atravesarlos del todo. Allí dentro sabe que estaba esperando. Lo sabía con la misma certeza con la que conocía el peso de su espada o el sonido de su propia respiración. Y precisamente por eso había tardado tanto en regresar.
๐๐๐๐๐ข๐ ๐๐ ๐ ๐๐๐ฬ๐ ๐๐ข๐ฬ ๐ฉ๐๐๐๐ ๐๐๐ ๐๐๐ข๐๐๐๐ ๐๐ข๐ ๐ฉ๐๐๐ฬ๐ ๐๐๐๐๐๐ก๐๐๐๐.
La pesada puerta cedió bajo su mano enguantada de acero negro. El interior lo recibió con el olor familiar a muerte, a cadáveres, el incienso antiguo. La piedra húmeda y algo más difícil de nombrar. Algo que siempre parecía pertenecerle únicamente a ella. Sus pies resonaron por la piedra caliza a paso silencioso, mientras avanzaba sin anunciarse. No traía presas para alimentar su hambre, no arrastraba cadáveres ni trofeos de alguna cacería. Tampoco estaba herido. A simple vista parecía el mismo hombre que había partido semanas atrás.
No lo era.
Bajo uno de sus brazos descansaba un objeto envuelto en tela oscura. Grande, plano, protegido con más cuidado del que normalmente reservaba para cualquier reliquia. Y cuando finalmente se detuvo, el silencio permaneció entre las columnas durante varios segundos antes que su voz rompiera la quietud.
—๐๐ฏ๐ค๐ฐ๐ฏ๐ต๐ณ๐ฆฬ ๐ต๐ถ ๐ณ๐ฐ๐ด๐ต๐ณ๐ฐ —la frase salió simple, directa. Como una herida que no ha sido sanada. Sus ojos permanecieron fijos en algún punto de la oscuridad, esperando sentir su presencia incluso antes de verla—. ๐ ๐ต๐ณ๐ฆ๐ด ๐ด๐ฆ๐ฎ๐ข๐ฏ๐ข๐ด ๐ฅ๐ฆ ๐ข๐ฒ๐ถ๐ฬ.
La tela fue retirada lentamente. Debajo apareció una tabla de madera ennegrecida por los siglos; los bordes estaban consumidos por el tiempo y las grietas recorrían la superficie como venas secas. En el centro, apenas conservado por milagro o maldición, permanecía el retrato de una mujer.
Cabello claro y níveo, rasgos delicados. La misma curva de sus labios y... extrañamente, asumía que los mismos ojos. No parecida, sino idéntica. La inscripción inferior estaba casi destruida, pero todavía podían leerse fragmentos de una fecha tan antigua que pertenecía a una época anterior a varios reinos que hoy seguro gobernaban aquellas tierras. Kanwulf no apartó la mirada del retrato todavía.
—๐๐ถ๐ณ๐ข๐ฏ๐ต๐ฆ ๐ต๐ฐ๐ฅ๐ฐ ๐ฆ๐ญ ๐ค๐ข๐ฎ๐ช๐ฏ๐ฐ ๐ช๐ฏ๐ต๐ฆ๐ฏ๐ต๐ฆฬ ๐ค๐ฐ๐ฏ๐ท๐ฆ๐ฏ๐ค๐ฆ๐ณ๐ฎ๐ฆ ๐ฅ๐ฆ ๐ฒ๐ถ๐ฆ ๐ฏ๐ฐ ๐ฆ๐ณ๐ข๐ด ๐ต๐ถฬ —la confesión fue apenas más baja, honesta—. ๐๐ฐ ๐ง๐ถ๐ฏ๐ค๐ช๐ฐ๐ฏ๐ฐฬ.
Por primera vez levantó la vista. No hacia la pintura, sino hacia donde —๐ฆฬ๐ญ ๐ฑ๐ช๐ฆ๐ฏ๐ด๐ข— ella está, en algún lugar de la inmensa y abandonada abadía. Porque aquello era lo que realmente le siembra una duda que aterra en el pecho. No la posibilidad de que la mujer fuera un retrato de Aelianna; no la posibilidad de que algo imposible estuviera ocurriendo. Lo que le inquietaba era haberse dado cuenta, en algún punto del regreso, de que la respuesta no cambiaría nada. Si aquel rostro había esperado por siglos sumido en la oscuridad. Si existían más o si ella era algo mucho más antiguo de lo que muchos pudieran imaginar.
Y quizá esa era la parte verdaderamente oscura de toda la historia. Que la duda había viajado con él durante semanas, pero la devoción había llegado primero. En cómo los Vaeltaja fueron creados para reconocer la oscuridad allí donde se ocultara. Quizá por eso la encontró; la tragedia nunca fue haberla amado. La tragedia fue reconocer exactamente lo que era... y permanecer de todos modos.
๐ป๐๐๐ฬ๐ ๐๐๐๐๐๐๐ ๐ ๐๐ ๐๐๐๐๐ฬ๐ ๐๐ข๐ ๐๐๐๐๐ ๐ข๐ ๐๐๐๐ ๐ก๐๐ข๐. ๐ถ๐๐ ๐๐ ๐ก๐๐๐๐๐ ๐๐๐๐๐๐ก๐๐ฬ ๐๐๐๐ ๐๐ฬ๐ ๐๐๐๐๐๐๐๐ ๐: ๐ข๐๐ ๐๐๐ง๐ฬ๐ ๐๐๐๐ ๐๐๐๐๐ ๐๐ ๐๐ข๐ ๐๐๐.
๐น๐๐ ๐๐๐: [meine.sehnsucht]
๐จ๐๐๐
๐พฬ๐ ๐
๐ ๐บ๐๐๐๐ ๐ฌ๐๐๐๐๐
, ๐ฌ๐๐๐๐๐๐๐๐๐
๐ด ๐๐ ๐๐ข๐๐๐ฬ๐๐๐๐ ๐๐๐๐๐๐๐๐๐; ๐ ๐๐ ๐ฉ๐๐๐ ๐๐ ๐๐๐ ๐๐๐๐๐ - ๐ข๐๐๐๐ ๐ฃ๐ค๐๐๐.
La tormenta había terminado dos días atrás, pero el barro seguía aferrándose a las botas melladas de acero y al borde de la capa como si algo en el camino se negara a dejarlo marchar. El Vaeltaja no regresó a la abadía con prisa. Nunca lo hacía, pues durante el viaje hubo una incomodidad persistente acompañándolo entre árboles, una sensación que ni las bestias del bosque ni los espectros de los viejos caminos habían logrado provocarle jamás. Había enfrentado criaturas nacidas antes que sus reinos. Había contemplado horrores que hacían retroceder a hombres de fe y guerreros por igual. Aquello era diferente.
Era duda que lo devora por dentro como una maldición.
La abadía apareció finalmente entre la niebla de la madrugada, erguida sobre la colina como siempre había estado. Inmutable, familiar. Durante un instante permaneció observándola desde la distancia. Las agujas de piedra elevándose hacia un cielo gris, los muros antiguos, los vitrales oscuros y todos donde la luz moría antes de atravesarlos del todo. Allí dentro sabe que estaba esperando. Lo sabía con la misma certeza con la que conocía el peso de su espada o el sonido de su propia respiración. Y precisamente por eso había tardado tanto en regresar.
๐๐๐๐๐ข๐ ๐๐ ๐ ๐๐๐ฬ๐ ๐๐ข๐ฬ ๐ฉ๐๐๐๐ ๐๐๐ ๐๐๐ข๐๐๐๐ ๐๐ข๐ ๐ฉ๐๐๐ฬ๐ ๐๐๐๐๐๐ก๐๐๐๐.
La pesada puerta cedió bajo su mano enguantada de acero negro. El interior lo recibió con el olor familiar a muerte, a cadáveres, el incienso antiguo. La piedra húmeda y algo más difícil de nombrar. Algo que siempre parecía pertenecerle únicamente a ella. Sus pies resonaron por la piedra caliza a paso silencioso, mientras avanzaba sin anunciarse. No traía presas para alimentar su hambre, no arrastraba cadáveres ni trofeos de alguna cacería. Tampoco estaba herido. A simple vista parecía el mismo hombre que había partido semanas atrás.
No lo era.
Bajo uno de sus brazos descansaba un objeto envuelto en tela oscura. Grande, plano, protegido con más cuidado del que normalmente reservaba para cualquier reliquia. Y cuando finalmente se detuvo, el silencio permaneció entre las columnas durante varios segundos antes que su voz rompiera la quietud.
—๐๐ฏ๐ค๐ฐ๐ฏ๐ต๐ณ๐ฆฬ ๐ต๐ถ ๐ณ๐ฐ๐ด๐ต๐ณ๐ฐ —la frase salió simple, directa. Como una herida que no ha sido sanada. Sus ojos permanecieron fijos en algún punto de la oscuridad, esperando sentir su presencia incluso antes de verla—. ๐ ๐ต๐ณ๐ฆ๐ด ๐ด๐ฆ๐ฎ๐ข๐ฏ๐ข๐ด ๐ฅ๐ฆ ๐ข๐ฒ๐ถ๐ฬ.
La tela fue retirada lentamente. Debajo apareció una tabla de madera ennegrecida por los siglos; los bordes estaban consumidos por el tiempo y las grietas recorrían la superficie como venas secas. En el centro, apenas conservado por milagro o maldición, permanecía el retrato de una mujer.
Cabello claro y níveo, rasgos delicados. La misma curva de sus labios y... extrañamente, asumía que los mismos ojos. No parecida, sino idéntica. La inscripción inferior estaba casi destruida, pero todavía podían leerse fragmentos de una fecha tan antigua que pertenecía a una época anterior a varios reinos que hoy seguro gobernaban aquellas tierras. Kanwulf no apartó la mirada del retrato todavía.
—๐๐ถ๐ณ๐ข๐ฏ๐ต๐ฆ ๐ต๐ฐ๐ฅ๐ฐ ๐ฆ๐ญ ๐ค๐ข๐ฎ๐ช๐ฏ๐ฐ ๐ช๐ฏ๐ต๐ฆ๐ฏ๐ต๐ฆฬ ๐ค๐ฐ๐ฏ๐ท๐ฆ๐ฏ๐ค๐ฆ๐ณ๐ฎ๐ฆ ๐ฅ๐ฆ ๐ฒ๐ถ๐ฆ ๐ฏ๐ฐ ๐ฆ๐ณ๐ข๐ด ๐ต๐ถฬ —la confesión fue apenas más baja, honesta—. ๐๐ฐ ๐ง๐ถ๐ฏ๐ค๐ช๐ฐ๐ฏ๐ฐฬ.
Por primera vez levantó la vista. No hacia la pintura, sino hacia donde —๐ฆฬ๐ญ ๐ฑ๐ช๐ฆ๐ฏ๐ด๐ข— ella está, en algún lugar de la inmensa y abandonada abadía. Porque aquello era lo que realmente le siembra una duda que aterra en el pecho. No la posibilidad de que la mujer fuera un retrato de Aelianna; no la posibilidad de que algo imposible estuviera ocurriendo. Lo que le inquietaba era haberse dado cuenta, en algún punto del regreso, de que la respuesta no cambiaría nada. Si aquel rostro había esperado por siglos sumido en la oscuridad. Si existían más o si ella era algo mucho más antiguo de lo que muchos pudieran imaginar.
Y quizá esa era la parte verdaderamente oscura de toda la historia. Que la duda había viajado con él durante semanas, pero la devoción había llegado primero. En cómo los Vaeltaja fueron creados para reconocer la oscuridad allí donde se ocultara. Quizá por eso la encontró; la tragedia nunca fue haberla amado. La tragedia fue reconocer exactamente lo que era... y permanecer de todos modos.
๐ป๐๐๐ฬ๐ ๐๐๐๐๐๐๐ ๐ ๐๐ ๐๐๐๐๐ฬ๐ ๐๐ข๐ ๐๐๐๐๐ ๐ข๐ ๐๐๐๐ ๐ก๐๐ข๐. ๐ถ๐๐ ๐๐ ๐ก๐๐๐๐๐ ๐๐๐๐๐๐ก๐๐ฬ ๐๐๐๐ ๐๐ฬ๐ ๐๐๐๐๐๐๐๐ ๐: ๐ข๐๐ ๐๐๐ง๐ฬ๐ ๐๐๐๐ ๐๐๐๐๐ ๐๐ ๐๐ข๐ ๐๐๐.
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