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La tormenta había terminado dos días atrás, pero el barro seguía aferrándose a las botas melladas de acero y al borde de la capa como si algo en el camino se negara a dejarlo marchar. El Vaeltaja no regresó a la abadía con prisa. Nunca lo hacía, pues durante el viaje hubo una incomodidad persistente acompañándolo entre árboles, una sensación que ni las bestias del bosque ni los espectros de los viejos caminos habían logrado provocarle jamás. Había enfrentado criaturas nacidas antes que sus reinos. Había contemplado horrores que hacían retroceder a hombres de fe y guerreros por igual. Aquello era diferente.

Era duda que lo devora por dentro como una maldición.

La abadía apareció finalmente entre la niebla de la madrugada, erguida sobre la colina como siempre había estado. Inmutable, familiar. Durante un instante permaneció observándola desde la distancia. Las agujas de piedra elevándose hacia un cielo gris, los muros antiguos, los vitrales oscuros y todos donde la luz moría antes de atravesarlos del todo. Allí dentro sabe que estaba esperando. Lo sabía con la misma certeza con la que conocía el peso de su espada o el sonido de su propia respiración. Y precisamente por eso había tardado tanto en regresar.

๐‘ƒ๐‘œ๐‘Ÿ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘›๐‘œ ๐‘ ๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘ž๐‘ข๐‘’ฬ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘๐‘’๐‘Ÿ ๐‘๐‘œ๐‘› ๐‘Ž๐‘ž๐‘ข๐‘’๐‘™๐‘™๐‘œ ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘’๐‘›๐‘๐‘œ๐‘›๐‘ก๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘‘๐‘œ.

La pesada puerta cedió bajo su mano enguantada de acero negro. El interior lo recibió con el olor familiar a muerte, a cadáveres, el incienso antiguo. La piedra húmeda y algo más difícil de nombrar. Algo que siempre parecía pertenecerle únicamente a ella. Sus pies resonaron por la piedra caliza a paso silencioso, mientras avanzaba sin anunciarse. No traía presas para alimentar su hambre, no arrastraba cadáveres ni trofeos de alguna cacería. Tampoco estaba herido. A simple vista parecía el mismo hombre que había partido semanas atrás.

No lo era.

Bajo uno de sus brazos descansaba un objeto envuelto en tela oscura. Grande, plano, protegido con más cuidado del que normalmente reservaba para cualquier reliquia. Y cuando finalmente se detuvo, el silencio permaneció entre las columnas durante varios segundos antes que su voz rompiera la quietud.

—๐˜Œ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฆฬ ๐˜ต๐˜ถ ๐˜ณ๐˜ฐ๐˜ด๐˜ต๐˜ณ๐˜ฐ —la frase salió simple, directa. Como una herida que no ha sido sanada. Sus ojos permanecieron fijos en algún punto de la oscuridad, esperando sentir su presencia incluso antes de verla—. ๐˜ˆ ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ด๐˜ฆ๐˜ฎ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ข๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ข๐˜ฒ๐˜ถ๐œ„ฬ.

La tela fue retirada lentamente. Debajo apareció una tabla de madera ennegrecida por los siglos; los bordes estaban consumidos por el tiempo y las grietas recorrían la superficie como venas secas. En el centro, apenas conservado por milagro o maldición, permanecía el retrato de una mujer.

Cabello claro y níveo, rasgos delicados. La misma curva de sus labios y... extrañamente, asumía que los mismos ojos. No parecida, sino idéntica. La inscripción inferior estaba casi destruida, pero todavía podían leerse fragmentos de una fecha tan antigua que pertenecía a una época anterior a varios reinos que hoy seguro gobernaban aquellas tierras. Kanwulf no apartó la mirada del retrato todavía.

—๐˜‹๐˜ถ๐˜ณ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ต๐˜ฐ๐˜ฅ๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ค๐˜ข๐˜ฎ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฐ ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆฬ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ท๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฎ๐˜ฆ ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ฏ๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ข๐˜ด ๐˜ต๐˜ถฬ —la confesión fue apenas más baja, honesta—. ๐˜•๐˜ฐ ๐˜ง๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ช๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ฐฬ.

Por primera vez levantó la vista. No hacia la pintura, sino hacia donde —๐˜ฆฬ๐˜ญ ๐˜ฑ๐˜ช๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ข— ella está, en algún lugar de la inmensa y abandonada abadía. Porque aquello era lo que realmente le siembra una duda que aterra en el pecho. No la posibilidad de que la mujer fuera un retrato de Aelianna; no la posibilidad de que algo imposible estuviera ocurriendo. Lo que le inquietaba era haberse dado cuenta, en algún punto del regreso, de que la respuesta no cambiaría nada. Si aquel rostro había esperado por siglos sumido en la oscuridad. Si existían más o si ella era algo mucho más antiguo de lo que muchos pudieran imaginar.

Y quizá esa era la parte verdaderamente oscura de toda la historia. Que la duda había viajado con él durante semanas, pero la devoción había llegado primero. En cómo los Vaeltaja fueron creados para reconocer la oscuridad allí donde se ocultara. Quizá por eso la encontró; la tragedia nunca fue haberla amado. La tragedia fue reconocer exactamente lo que era... y permanecer de todos modos.

๐ป๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘™๐‘™๐‘’๐‘”๐‘Ž๐‘‘๐‘œ ๐‘Ž ๐‘™๐‘Ž ๐‘Ž๐‘๐‘Ž๐‘‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘๐‘ข๐‘ ๐‘๐‘Ž๐‘›๐‘‘๐‘œ ๐‘ข๐‘› ๐‘š๐‘œ๐‘›๐‘ ๐‘ก๐‘Ÿ๐‘ข๐‘œ. ๐ถ๐‘œ๐‘› ๐‘’๐‘™ ๐‘ก๐‘–๐‘’๐‘š๐‘๐‘œ ๐‘’๐‘›๐‘๐‘œ๐‘›๐‘ก๐‘Ÿ๐‘œฬ ๐‘Ž๐‘™๐‘”๐‘œ ๐‘š๐‘Žฬ๐‘  ๐‘๐‘’๐‘™๐‘–๐‘”๐‘Ÿ๐‘œ๐‘ ๐‘œ: ๐‘ข๐‘›๐‘Ž ๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘ง๐‘œฬ๐‘› ๐‘๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘Ž ๐‘‘๐‘’๐‘—๐‘Ž๐‘Ÿ ๐‘‘๐‘’ ๐‘๐‘ข๐‘ ๐‘๐‘Ž๐‘Ÿ.
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Era duda que lo devora por dentro como una maldición. La abadía apareció finalmente entre la niebla de la madrugada, erguida sobre la colina como siempre había estado. Inmutable, familiar. Durante un instante permaneció observándola desde la distancia. Las agujas de piedra elevándose hacia un cielo gris, los muros antiguos, los vitrales oscuros y todos donde la luz moría antes de atravesarlos del todo. Allí dentro sabe que estaba esperando. Lo sabía con la misma certeza con la que conocía el peso de su espada o el sonido de su propia respiración. Y precisamente por eso había tardado tanto en regresar. ๐‘ƒ๐‘œ๐‘Ÿ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘›๐‘œ ๐‘ ๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘ž๐‘ข๐‘’ฬ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘๐‘’๐‘Ÿ ๐‘๐‘œ๐‘› ๐‘Ž๐‘ž๐‘ข๐‘’๐‘™๐‘™๐‘œ ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘’๐‘›๐‘๐‘œ๐‘›๐‘ก๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘‘๐‘œ. La pesada puerta cedió bajo su mano enguantada de acero negro. El interior lo recibió con el olor familiar a muerte, a cadáveres, el incienso antiguo. 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