Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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El sol de San Petersburgo apenas comenzaba a teñir de oro las agujas de la ciudad cuando Maral Romanov abrió los ojos. No fue el despertador lo que la sacó del sueño, sino el peso familiar y el calor sofocante de una melena blanca como la nieve presionando contra el borde de su cama.

Maral se incorporó lentamente, estirando los brazos. A su lado, Koldun emitió un rumbido vibrante que hizo eco en las paredes de la habitación. El león blanco no era solo una fiera; era un espectro de elegancia salvaje. Cuando el animal levantó la cabeza, sus ojos azules, gélidos y profundos como glaciares, se clavaron en los de Maral con una inteligencia casi humana.

— "Cinco minutos más, Koldun" — murmuró ella, acariciando el pelaje áspero pero limpio detrás de sus orejas.

El león respondió con un bostezo que dejó ver sus colmillos de marfil, para luego apoyar su enorme mentón sobre las sábanas de seda. Sabía que Maral no podía resistirse a esa mirada.

Maral se puso de pie, su figura reflejada en los altos espejos del palacio. Mientras ella se vestía con la sobriedad que su apellido exigía —telas oscuras y cortes impecables—, Koldun la seguía como una sombra pálida por los pasillos de mármol.

Cada guardia que encontraban en el camino inclinaba la cabeza, no solo por respeto a la Romanov, sino por el temor instintivo que provocaba el felino que caminaba a su flanco sin necesidad de correa.

En la terraza acristalada, Maral bebía un té negro fuerte mientras observaba el jardín cubierto de escarcha. Koldun se sentó a sus pies, vigilante. Sus ojos azules escaneaban el horizonte, siempre alerta, siempre protector.

—Hoy será un día largo —dijo Maral, dejando la taza de porcelana sobre la mesa.

Koldum se puso en pie al instante, soltando un rugido bajo que era más una afirmación que una queja. Ella le puso una mano firme sobre el lomo, sintiendo la potencia de sus músculos. Juntos, la última heredera del frío y su guardián de ojos de hielo, abandonaron la estancia para enfrentar al mundo. El día de los Romanov no acababa de empezar; acababa de ser reclamado.
El sol de San Petersburgo apenas comenzaba a teñir de oro las agujas de la ciudad cuando Maral Romanov abrió los ojos. No fue el despertador lo que la sacó del sueño, sino el peso familiar y el calor sofocante de una melena blanca como la nieve presionando contra el borde de su cama. Maral se incorporó lentamente, estirando los brazos. A su lado, Koldun emitió un rumbido vibrante que hizo eco en las paredes de la habitación. El león blanco no era solo una fiera; era un espectro de elegancia salvaje. Cuando el animal levantó la cabeza, sus ojos azules, gélidos y profundos como glaciares, se clavaron en los de Maral con una inteligencia casi humana. — "Cinco minutos más, Koldun" — murmuró ella, acariciando el pelaje áspero pero limpio detrás de sus orejas. El león respondió con un bostezo que dejó ver sus colmillos de marfil, para luego apoyar su enorme mentón sobre las sábanas de seda. Sabía que Maral no podía resistirse a esa mirada. Maral se puso de pie, su figura reflejada en los altos espejos del palacio. Mientras ella se vestía con la sobriedad que su apellido exigía —telas oscuras y cortes impecables—, Koldun la seguía como una sombra pálida por los pasillos de mármol. Cada guardia que encontraban en el camino inclinaba la cabeza, no solo por respeto a la Romanov, sino por el temor instintivo que provocaba el felino que caminaba a su flanco sin necesidad de correa. En la terraza acristalada, Maral bebía un té negro fuerte mientras observaba el jardín cubierto de escarcha. Koldun se sentó a sus pies, vigilante. Sus ojos azules escaneaban el horizonte, siempre alerta, siempre protector. —Hoy será un día largo —dijo Maral, dejando la taza de porcelana sobre la mesa. Koldum se puso en pie al instante, soltando un rugido bajo que era más una afirmación que una queja. Ella le puso una mano firme sobre el lomo, sintiendo la potencia de sus músculos. Juntos, la última heredera del frío y su guardián de ojos de hielo, abandonaron la estancia para enfrentar al mundo. El día de los Romanov no acababa de empezar; acababa de ser reclamado.
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