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Perdura en mi la caída de los árboles sin hojas;
son lágrimas que se extraviaron en el espectro de tus tardes;
más carentes, más corruptas.
Oh, en esta búsqueda en la que pierdo la noción de ser,
Esas hojas caen por mi causa:
y me someto al delirio de tus níveos espejismos.
Y callo la manera de como soñarte;
y buscarlas y soñarlas entre las sienes de mis ojos.
Los dioses han sangrado desde que conocen el calor de un corazón;
Y yo colmo el mío con el peso de tu voz;
sobre mis principios y mis fines.
Por favor, calma las fronteras en las que el tiempo se inclina ante mí;
y me demuestra el límite del cielo,
en las trincheras del perdón,
de un amor inevitable.
Oh, calla, muerte ingrata,
rehúsate a perseguir a los testigos del silencio;
que oculta la soledad de un Sol de medianoche.
Viviré la noche entre espantos de codicia y resurrección.
Haré el amor con mis mañanas y principios.
Y entonces ella serán mis musas más sagradas.
En este tiempo de arquetipos y leyes en las que no se miden las costuras.
Oh, primitivos son los designios de un amor al que no puedo tocar;
temo mancharlo con esta suciedad que se atisba con el ojo de una tormenta;
depuesta en mis propiedades asociativas y conmutativas;
en donde los dueños del Sol, la medianoche y el alba;
te retienen entre las cadenas del clamor de un tiempo que no tiene nombre.
Más que el tuyo, al que desconozco.
Oh, claro amargo, ampárame en tus anhelos;
¿puedes escucharme sangre entre olvidos y diretes?
Tejo un vestir nupcial de allende concisa.
Y los continentes de tu geografía danzan tan sólo para atormentar a mis luceros.
Mis ojos malnacidos.
Este suspenso es demasiado grande.
¿Quién me seguirá cuando haya desaparecido en la gloria del amor?
¿Quién cuidará mis pasos?
¿Qué será de mí, Señor?
Por favor, auxíliame.
Desconozco lo que has preparado tan sólo para mí,
En este sentir de ánimos discretos,
me tiendes en tu lecho y me preguntas;
si soy ciego y no lo veo.
¿Qué debo vislumbrar más allá de unos ojos que libran la batalla más amada?
¿Quién se atreve a modular el templo de mis pisares en la niebla del sentir?
No lo comprendo.
He perdido la noción; y la esperanza de hallarla cerca;
ella que me sonríe de lejos.
En este imperio de sidéreo amar, que no concibo:
De atenta liana,
en la que sí sé que, si admiro la Luna, la podré ver a ella;
reflejada en mi corazón.
Aunque anhelo en mi ajado corazón,
Este el corazón del fantasma de todas las historias,
tan siquiera conocer el modular de su nombre.
Como anhelo conocer el de ella.
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Perdura en mi la caída de los árboles sin hojas;
son lágrimas que se extraviaron en el espectro de tus tardes;
más carentes, más corruptas.
Oh, en esta búsqueda en la que pierdo la noción de ser,
Esas hojas caen por mi causa:
y me someto al delirio de tus níveos espejismos.
Y callo la manera de como soñarte;
y buscarlas y soñarlas entre las sienes de mis ojos.
Los dioses han sangrado desde que conocen el calor de un corazón;
Y yo colmo el mío con el peso de tu voz;
sobre mis principios y mis fines.
Por favor, calma las fronteras en las que el tiempo se inclina ante mí;
y me demuestra el límite del cielo,
en las trincheras del perdón,
de un amor inevitable.
Oh, calla, muerte ingrata,
rehúsate a perseguir a los testigos del silencio;
que oculta la soledad de un Sol de medianoche.
Viviré la noche entre espantos de codicia y resurrección.
Haré el amor con mis mañanas y principios.
Y entonces ella serán mis musas más sagradas.
En este tiempo de arquetipos y leyes en las que no se miden las costuras.
Oh, primitivos son los designios de un amor al que no puedo tocar;
temo mancharlo con esta suciedad que se atisba con el ojo de una tormenta;
depuesta en mis propiedades asociativas y conmutativas;
en donde los dueños del Sol, la medianoche y el alba;
te retienen entre las cadenas del clamor de un tiempo que no tiene nombre.
Más que el tuyo, al que desconozco.
Oh, claro amargo, ampárame en tus anhelos;
¿puedes escucharme sangre entre olvidos y diretes?
Tejo un vestir nupcial de allende concisa.
Y los continentes de tu geografía danzan tan sólo para atormentar a mis luceros.
Mis ojos malnacidos.
Este suspenso es demasiado grande.
¿Quién me seguirá cuando haya desaparecido en la gloria del amor?
¿Quién cuidará mis pasos?
¿Qué será de mí, Señor?
Por favor, auxíliame.
Desconozco lo que has preparado tan sólo para mí,
En este sentir de ánimos discretos,
me tiendes en tu lecho y me preguntas;
si soy ciego y no lo veo.
¿Qué debo vislumbrar más allá de unos ojos que libran la batalla más amada?
¿Quién se atreve a modular el templo de mis pisares en la niebla del sentir?
No lo comprendo.
He perdido la noción; y la esperanza de hallarla cerca;
ella que me sonríe de lejos.
En este imperio de sidéreo amar, que no concibo:
De atenta liana,
en la que sí sé que, si admiro la Luna, la podré ver a ella;
reflejada en mi corazón.
Aunque anhelo en mi ajado corazón,
Este el corazón del fantasma de todas las historias,
tan siquiera conocer el modular de su nombre.
Como anhelo conocer el de ella.
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