El aire se sentía espeso, cargado con partículas que podrían hacer arder la piel de quien no llevara la protección adecuada, ni hablar de corroer los pulmones con cada respiración.
Anomae caminaba con lentitud, fijándose en las calles llenas de escombros, cada paso premeditado en segundos. Eran silenciosos. No tenía demasiada prisa en ese momento. Sus pulmones se adaptaron de forma automática para evitar achicharrarse; su piel... no había mucho para sentir en su piel, lo que quedaba de ella.
Las ruinas no causaban mucho en él salvo el preguntarse cómo se veía todo antes que colapsara. Antes de las evacuaciones a las zonas más seguras, como las Blancas o Grises, ¿cuántas personas se habrían ido para poder salvarse? ¿Cuántas murieron? Se lo preguntaba más por curiosidad que por pena.
De forma repentina, se detuvo, su cuerpo temblando erráticamente por unos 10 segundos. Escuchó su carne y órganos intentar deformarse, reubicarse en formas que un humano no necesitaba. Cerró los ojos para contenerlo, sosteniendo el aire contaminado en sus pulmones hasta que pudo retomar el control. No había dolor, pero sí una sensación extraña de vacío, de no saber si lo que era ahora estaba bien o no.
Llevó una mano hacia su cabeza vendada, algo confundido, justo antes de escuchar ruido a su derecha. Giró la cabeza con rapidez, un latigazo que pudo haberle causado algún esguince en la zona del cuello. No vio nada, aunque distinguió el ruido como pasos. ¿Eran pasos? ¿Quizás solo el viento?
Volvió a caminar, ahora en esa dirección. Lento como siempre, pero un poco más decidido que antes. Si había alguien más necesitaba saber, aún si no tenía un fin exacto al porqué.
𝐒𝐞𝐜𝐭𝐨𝐫 𝐌𝟑 — 𝐙𝐨𝐧𝐚 𝐍𝐞𝐠𝐫𝐚
El aire se sentía espeso, cargado con partículas que podrían hacer arder la piel de quien no llevara la protección adecuada, ni hablar de corroer los pulmones con cada respiración.
Anomae caminaba con lentitud, fijándose en las calles llenas de escombros, cada paso premeditado en segundos. Eran silenciosos. No tenía demasiada prisa en ese momento. Sus pulmones se adaptaron de forma automática para evitar achicharrarse; su piel... no había mucho para sentir en su piel, lo que quedaba de ella.
Las ruinas no causaban mucho en él salvo el preguntarse cómo se veía todo antes que colapsara. Antes de las evacuaciones a las zonas más seguras, como las Blancas o Grises, ¿cuántas personas se habrían ido para poder salvarse? ¿Cuántas murieron? Se lo preguntaba más por curiosidad que por pena.
De forma repentina, se detuvo, su cuerpo temblando erráticamente por unos 10 segundos. Escuchó su carne y órganos intentar deformarse, reubicarse en formas que un humano no necesitaba. Cerró los ojos para contenerlo, sosteniendo el aire contaminado en sus pulmones hasta que pudo retomar el control. No había dolor, pero sí una sensación extraña de vacío, de no saber si lo que era ahora estaba bien o no.
Llevó una mano hacia su cabeza vendada, algo confundido, justo antes de escuchar ruido a su derecha. Giró la cabeza con rapidez, un latigazo que pudo haberle causado algún esguince en la zona del cuello. No vio nada, aunque distinguió el ruido como pasos. ¿Eran pasos? ¿Quizás solo el viento?
Volvió a caminar, ahora en esa dirección. Lento como siempre, pero un poco más decidido que antes. Si había alguien más necesitaba saber, aún si no tenía un fin exacto al porqué.
Poco importa la razón
Donde manda el corazón, no puedo
Retroceder ni olvidar
Y si llega mi final, justo destino será
Mi honor se encuentra en juego
Sin él nada valdré, nada valdrá
Poco importa la razón
Donde manda el corazón, no puedo
Retroceder ni olvidar
Y si llega mi final, justo destino será
Mi honor se encuentra en juego
Sin él nada valdré, nada valdrá
— Te prometí hace mucho que un día saldremos y nos conoceremos mejor, hoy es un día especial, nunca doy la espalda a una loba, feliz cumpleaños.
PD: Tienes una bonita sonrisa.
— Te prometí hace mucho que un día saldremos y nos conoceremos mejor, hoy es un día especial, nunca doy la espalda a una loba, feliz cumpleaños.
PD: Tienes una bonita sonrisa.
Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,
disolviéndome en el aire
cotidiano, burdo
jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños
Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!
Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.
~Anonimo~
Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,
disolviéndome en el aire
cotidiano, burdo
jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños
Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!
Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.
~Anonimo~
Elorien trabajaba, no solo como modelo ocasional, sino también como restaurador de Arte como oficio principal.
Después de haber estado varias horas trabajando en la restauración de un busto del siglo XV en el Museo del Louvre, decidió tomarse un respiro. Salió a la puerta y se apartó a un lado discreto para fumar un cigarro (un mal hábito adquirido después de tantos siglos viviendo entre humanos).
Siempre vestía con ese aire elegante al mismo tiempo que desenfadado. Sus guantes eran un indispensable, hubiese frío o calor; solo se los quitaba cuando trabajaba a solas en una pieza o en casa. Después de tanto tiempo se había llegado a acostumbrar a que sus dedos no sintieran el calor ajeno.
Echó una calada al aire, observando cómo los visitantes entraban en masas a uno de los museos más importantes de Europa. Cada ciertos años cambiaba de residencia y buscaba trabajo en otro museo. Lo hacía para evitar esas preguntas incómodas sobre por qué no envejecía. Cuando alguien decía algo al respecto era el momento de poner tierra de por medio.
Ahora estaba en París, llevaba viviendo allí unos tres años, por lo que aún podría estar algunos más sin levantar sospechas.
Elorien trabajaba, no solo como modelo ocasional, sino también como restaurador de Arte como oficio principal.
Después de haber estado varias horas trabajando en la restauración de un busto del siglo XV en el Museo del Louvre, decidió tomarse un respiro. Salió a la puerta y se apartó a un lado discreto para fumar un cigarro (un mal hábito adquirido después de tantos siglos viviendo entre humanos).
Siempre vestía con ese aire elegante al mismo tiempo que desenfadado. Sus guantes eran un indispensable, hubiese frío o calor; solo se los quitaba cuando trabajaba a solas en una pieza o en casa. Después de tanto tiempo se había llegado a acostumbrar a que sus dedos no sintieran el calor ajeno.
Echó una calada al aire, observando cómo los visitantes entraban en masas a uno de los museos más importantes de Europa. Cada ciertos años cambiaba de residencia y buscaba trabajo en otro museo. Lo hacía para evitar esas preguntas incómodas sobre por qué no envejecía. Cuando alguien decía algo al respecto era el momento de poner tierra de por medio.
Ahora estaba en París, llevaba viviendo allí unos tres años, por lo que aún podría estar algunos más sin levantar sospechas.