Isla recuerda el principio con una claridad cruel, como si el tiempo no hubiera pasado.

Todo ocurrió demasiado rápido. La interceptaron cuando estaba sola, en un trayecto que había hecho mil veces. No hubo aviso ni margen de reacción. El primer golpe no fue energético, un artefacto antiguo, preparado específicamente para ella, que la desorientó lo justo para que no pudiera transformarse a tiempo. Cuando lo intentó, ya era tarde, pues la plata entró en contacto con su piel y el dolor fue inmediato, abrasador, paralizante. Cayó de rodillas sin siquiera poder gritar.

Sabían exactamente quién era, sabían que era loba y por supuesto sabían cómo neutralizarla.

La trasladaron inconsciente durante días, aunque no sabe cuántos. Cuando despertó por primera vez, el cielo no era el mismo. El aire era distinto, más denso, cargado de algo que le resultaba ajeno. Estaba lejos, tan lejos que incluso su instinto lo supo antes que su mente. Intentó buscar el vínculo con Darküs… y no encontró nada. No porque no existiera, sino porque estaba bloqueado, como si alguien hubiese colocado capas y capas de silencio entre ambos. Eso fue lo que más miedo le dio.

El lugar donde la encerraron no figuraba en mapas comunes, era una instalación antigua.

Los primeros meses luchó con todo lo que tenía. Cada día intentó escapar, se transformaba cuando podía, aun sabiendo que el castigo sería peor después. Usaban plata, campos de contención, drogas que debilitaban su conexión con la loba. No solo la retenían sino que la quebraban poco a poco.

Le dañaron a la loba y no una vez, muchas.

Cada intento de transformación forzada terminaba en dolor insoportable. Su cuerpo no respondía como antes, su forma animal se volvió inestable, fragmentada, como si algo dentro se hubiese roto. Aprendió a la fuerza que transformarse significaba sufrir durante días después. Y aun así… siguió intentándolo durante años.

La interrogaron, no por información inmediata, sino por venganza. Enemigos antiguos de su padre, personas que no pudieron tocarla antes y que ahora la tenían completamente aislada.

Con el tiempo dejaron de vigilarla constantemente. No porque confiaran en ella, sino porque sabían que no tenía a dónde ir. Que incluso si escapaba del edificio… no sobreviviría al exterior sin orientación ni fuerzas.

Los años se volvieron borrosos. Hubo periodos en los que apenas habló y otros en los que hablaba sola solo para no olvidar su voz. Contaba los días al principio, luego los meses, al final dejó de contar. El cuerpo cambió por completo, perdió peso, ganó cicatrices, su piel perdió brillo, su cabello se volvió opaco. La dureza que siempre la había definido se fue erosionando lentamente.

Pero nunca dejó de pensar en su hija. Brianna fue lo único que la mantuvo viva.

En su mente la veía crecer. Le inventaba cumpleaños, le hablaba en susurros por las noches, como si pudiera oírla. Imaginaba a Darküs enseñándole a defenderse, a reír, a ser fuerte. Pensar en él dolía, pero también la sostenía, prefería creer que él había seguido adelante antes que imaginarlo roto, aunque eso a ella la destrozara.

Hubo intentos de fuga casi exitosos. Uno, especialmente, estuvo a punto de costarle la vida. Llegó a sentir aire libre en los pulmones, llegó a ver el cielo real. La atraparon a metros de lograrlo. Esa vez la dejaron semanas sin poder levantarse, y cuando sanó, algo había cambiado. Ya no era la Isla feroz de antes, seguía teniendo voluntad, pero estaba cansada, profundamente cansada.

Los últimos años fueron distintos. Menos violencia directa, más abandono, como si ya no les importara o como si su castigo fuera existir allí, olvidada. Fue entonces cuando empezó a observar con más atención, aprender rutinas, memorizar fallos, guardar fuerzas en silencio...

La salida no fue heroica, fue jodidamente desesperada. Usó todo lo que le quedaba. No se transformó ya que no podía. Huyó como una mujer rota, herida, guiada solo por el instinto de volver. Caminó días, se escondió, y casi murió más de una vez.

Cuando por fin sintió algo del mundo que conocía… cuando el aire volvió a parecerle familiar no buscó primero seguridad, sino su hogar.

Dieciséis años después, Isla ha regresado y no como la loba dura, implacable, indestructible que fue. Sino como alguien que había sobrevivido a base de culpa, amor y una voluntad que se negó a desaparecer.