—Mierda... ¡Maldita sea!
Golpeó su escritorio con ambas manos, enterrando las garras y sollozando, tan impotente, tan destrozado.
¿Era eso lo que le esperaba a todo lo que llegaba a amar?
Sólo verlo morir una y otra vez, hasta que no pudiera recuperarlo nunca más.
¿Era eso lo que iba a suceder si seguía amando a su hija... A su pareja?
No, no quería que volvieran a pasar por dolor o sufrir más el seguir perdiendo a quienes significaban tanto para él.
Cada vez le era demostrado como el afecto y su felicidad, sus ilusiones se veían aplastados por la tragedia, por la desdicha ¿Era ese el verdadero castigo del cielo? Jamás ser feliz, jamás poder proteger y conservar a quienes lo eran todo para él.
Si era así, quizá sólo existía una forma de realmente protegerlos y era dejando de sentir, volver a la maldita soledad y arrebatarse el corazón pues parecía que la felicidad estaba prohibida para él.
—No... No quiero perderlos... No quiero condenarlos...
Esa idea se le clavó como un puñal en el corazón y en la cabeza.
Si debía renunciar a amar, renunciar a su familia, todo por no verlos morir, quizá el único muerto debería ser él.
—Mierda... ¡Maldita sea!
Golpeó su escritorio con ambas manos, enterrando las garras y sollozando, tan impotente, tan destrozado.
¿Era eso lo que le esperaba a todo lo que llegaba a amar?
Sólo verlo morir una y otra vez, hasta que no pudiera recuperarlo nunca más.
¿Era eso lo que iba a suceder si seguía amando a su hija... A su pareja?
No, no quería que volvieran a pasar por dolor o sufrir más el seguir perdiendo a quienes significaban tanto para él.
Cada vez le era demostrado como el afecto y su felicidad, sus ilusiones se veían aplastados por la tragedia, por la desdicha ¿Era ese el verdadero castigo del cielo? Jamás ser feliz, jamás poder proteger y conservar a quienes lo eran todo para él.
Si era así, quizá sólo existía una forma de realmente protegerlos y era dejando de sentir, volver a la maldita soledad y arrebatarse el corazón pues parecía que la felicidad estaba prohibida para él.
—No... No quiero perderlos... No quiero condenarlos...
Esa idea se le clavó como un puñal en el corazón y en la cabeza.
Si debía renunciar a amar, renunciar a su familia, todo por no verlos morir, quizá el único muerto debería ser él.