• ⸻ 𝐒𝐞 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐧 𝐞𝐫𝐚 𝐞𝐬𝐭𝐚 𝐦𝐚𝐧̃𝐚𝐧𝐚 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐦𝐞 𝐥𝐞𝐯𝐚𝐧𝐭𝐞́, 𝐩𝐞𝐫𝐨 𝐜𝐫𝐞𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐡𝐞 𝐝𝐞𝐛𝐢𝐝𝐨 𝐜𝐚𝐦𝐛𝐢𝐚𝐫 𝐯𝐚𝐫𝐢𝐚𝐬 𝐯𝐞𝐜𝐞𝐬 𝐝𝐞𝐬𝐝𝐞 𝐞𝐧𝐭𝐨𝐧𝐜𝐞𝐬.
    ⸻ 𝐒𝐞 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐧 𝐞𝐫𝐚 𝐞𝐬𝐭𝐚 𝐦𝐚𝐧̃𝐚𝐧𝐚 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐦𝐞 𝐥𝐞𝐯𝐚𝐧𝐭𝐞́, 𝐩𝐞𝐫𝐨 𝐜𝐫𝐞𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐡𝐞 𝐝𝐞𝐛𝐢𝐝𝐨 𝐜𝐚𝐦𝐛𝐢𝐚𝐫 𝐯𝐚𝐫𝐢𝐚𝐬 𝐯𝐞𝐜𝐞𝐬 𝐝𝐞𝐬𝐝𝐞 𝐞𝐧𝐭𝐨𝐧𝐜𝐞𝐬.
    0 turnos 0 maullidos
  • — La trataré como la princesa que creo que es... Luego como un objeto posa pies
    — La trataré como la princesa que creo que es... Luego como un objeto posa pies
    Me enjaja
    1
    1 turno 0 maullidos
  • Shoko estaba sentada en el alféizar de su ventana, observando el cielo teñido de tonos anaranjados mientras el sol se ocultaba tras los edificios del campus. En la distancia, podía escuchar los ecos lejanos de estudiantes jugando, riendo, viviendo vidas que parecían tan normales, tan mundanas.

    Con un suspiro, dejó caer su espalda contra el marco de la ventana. Sus días estaban llenos de exorcismos, entrenamientos y largas horas aprendiendo a salvar vidas en un mundo que la mayoría de las personas nunca conocería. No podía evitar pensar en cómo habría sido crecer sin maldiciones, sin este peso invisible. Quizá habría pasado más tiempo preocupándose por exámenes o clubes escolares en lugar de proteger su vida o la de sus compañeros.

    “¿Es raro que me sienta envidiosa?” murmuró para sí misma, revolviendo su cabello con una mano. Había veces que la normalidad parecía un lujo inalcanzable, una fantasía que nunca podría tocar.

    Sus pensamientos vagaron hacia algo más trivial pero igual de incómodo: el hecho de que nunca había tenido un novio, ni siquiera un pretendiente. Claro, eso no era exactamente una prioridad cuando se vivía entre maldiciones y misiones constantes, pero… ¿acaso era tan extraño querer experimentar algo típico? Un beso, por ejemplo. Algo que otras chicas de su edad parecían dar por sentado.

    Cerró los ojos, tratando de imaginar cómo sería. ¿Emocionante? ¿Incómodo? ¿Una completa decepción? Sus mejillas se tiñeron levemente de rojo al darse cuenta de que no tenía ni idea. Todo lo que sabía venía de películas o novelas que rara vez tenía tiempo de terminar.

    Entonces, un pensamiento surgió, absurdo al principio, pero difícil de ignorar. Había alguien en quien confiaba completamente, alguien que no se reiría de ella ni aprovecharía la situación. Suguru.

    La idea la hizo apretar los labios. Era ridículo, pero también tenía sentido de alguna manera. Suguru siempre había sido tranquilo, considerado y, sobre todo, respetuoso. Si había alguien con quien podía confiar para algo tan embarazoso, era él.

    Antes de darse cuenta, ya estaba bajándose del alféizar y caminando hacia la puerta de su habitación. Su corazón latía con fuerza mientras avanzaba por el pasillo, los ecos de sus pasos resonando en la quietud. Al llegar frente a la puerta de Suguru, alzó la mano para tocar, pero dudó un segundo.

    “Solo dilo rápido. No lo pienses demasiado,” se dijo en voz baja, intentando convencerse.

    Tocó dos veces.
    Apenas escuchó el chirrido de la puerta al empezar a abrirse, y que Suguru pudiera detenerse, las palabras salieron de su boca, rápidas y cortas:

    — Quiero que me beses. —

    El sonrojo que inundó su rostro no era por la emoción de la propuesta, ni por la curiosidad que la impulsaba a dar el paso. Era el calor de exponer esa vulnerabilidad, ese lado curioso y emocional que siempre trataba de mantener oculto bajo capas de indiferencia. No era como si estuviera nerviosa por el beso en sí, sino por mostrar una parte de sí misma que no acostumbraba compartir, especialmente con alguien como Suguru.

    Los latidos de su corazón aumentaron, no por el gesto, sino por la incomodidad de ser vista de esa manera, tan abierta y sin reservas.
    [Suguru.Geto]
    Shoko estaba sentada en el alféizar de su ventana, observando el cielo teñido de tonos anaranjados mientras el sol se ocultaba tras los edificios del campus. En la distancia, podía escuchar los ecos lejanos de estudiantes jugando, riendo, viviendo vidas que parecían tan normales, tan mundanas. Con un suspiro, dejó caer su espalda contra el marco de la ventana. Sus días estaban llenos de exorcismos, entrenamientos y largas horas aprendiendo a salvar vidas en un mundo que la mayoría de las personas nunca conocería. No podía evitar pensar en cómo habría sido crecer sin maldiciones, sin este peso invisible. Quizá habría pasado más tiempo preocupándose por exámenes o clubes escolares en lugar de proteger su vida o la de sus compañeros. “¿Es raro que me sienta envidiosa?” murmuró para sí misma, revolviendo su cabello con una mano. Había veces que la normalidad parecía un lujo inalcanzable, una fantasía que nunca podría tocar. Sus pensamientos vagaron hacia algo más trivial pero igual de incómodo: el hecho de que nunca había tenido un novio, ni siquiera un pretendiente. Claro, eso no era exactamente una prioridad cuando se vivía entre maldiciones y misiones constantes, pero… ¿acaso era tan extraño querer experimentar algo típico? Un beso, por ejemplo. Algo que otras chicas de su edad parecían dar por sentado. Cerró los ojos, tratando de imaginar cómo sería. ¿Emocionante? ¿Incómodo? ¿Una completa decepción? Sus mejillas se tiñeron levemente de rojo al darse cuenta de que no tenía ni idea. Todo lo que sabía venía de películas o novelas que rara vez tenía tiempo de terminar. Entonces, un pensamiento surgió, absurdo al principio, pero difícil de ignorar. Había alguien en quien confiaba completamente, alguien que no se reiría de ella ni aprovecharía la situación. Suguru. La idea la hizo apretar los labios. Era ridículo, pero también tenía sentido de alguna manera. Suguru siempre había sido tranquilo, considerado y, sobre todo, respetuoso. Si había alguien con quien podía confiar para algo tan embarazoso, era él. Antes de darse cuenta, ya estaba bajándose del alféizar y caminando hacia la puerta de su habitación. Su corazón latía con fuerza mientras avanzaba por el pasillo, los ecos de sus pasos resonando en la quietud. Al llegar frente a la puerta de Suguru, alzó la mano para tocar, pero dudó un segundo. “Solo dilo rápido. No lo pienses demasiado,” se dijo en voz baja, intentando convencerse. Tocó dos veces. Apenas escuchó el chirrido de la puerta al empezar a abrirse, y que Suguru pudiera detenerse, las palabras salieron de su boca, rápidas y cortas: — Quiero que me beses. — El sonrojo que inundó su rostro no era por la emoción de la propuesta, ni por la curiosidad que la impulsaba a dar el paso. Era el calor de exponer esa vulnerabilidad, ese lado curioso y emocional que siempre trataba de mantener oculto bajo capas de indiferencia. No era como si estuviera nerviosa por el beso en sí, sino por mostrar una parte de sí misma que no acostumbraba compartir, especialmente con alguien como Suguru. Los latidos de su corazón aumentaron, no por el gesto, sino por la incomodidad de ser vista de esa manera, tan abierta y sin reservas. [Suguru.Geto]
    Me gusta
    Me encocora
    4
    0 turnos 0 maullidos
  • Con este calor, con un poco de magia y...*organizo la fachada frente al árbol de su hogar, de forma mental y lo cambia a una simulación casi perfecta de una playa e instantáneamente la ropa que uso cambia para la ocasión* Amo tener magia y saber que los pechos no seran obscenos ante estos vestidos tan reveladores.

    ¿Algun ser de la sombra y curioso, desea disfrutar de esto conmigo? He vuelto de mi viaje astral~
    Con este calor, con un poco de magia y...*organizo la fachada frente al árbol de su hogar, de forma mental y lo cambia a una simulación casi perfecta de una playa e instantáneamente la ropa que uso cambia para la ocasión* Amo tener magia y saber que los pechos no seran obscenos ante estos vestidos tan reveladores. ¿Algun ser de la sombra y curioso, desea disfrutar de esto conmigo? He vuelto de mi viaje astral~
    Me encocora
    1
    0 turnos 0 maullidos
  • Ha venido con una caja de cartón a esperarlo afuera de su departamento, no importa cuanto tarde, Aria va a esperar a que vuelva su único amigo. -
    Ha venido con una caja de cartón a esperarlo afuera de su departamento, no importa cuanto tarde, Aria va a esperar a que vuelva su único amigo. -
    Me entristece
    1
    9 turnos 0 maullidos
  • —No me quiero levantar...

    Pasó toda la noche en vela otra vez, bostezando y acurrucandose más a la cama, abrazando sus peluches.

    —Sólo un par de horas más... total ¿Qué puede pasar?

    Si supiera, no estaría tan tranquilo.
    De nuevo se sentía agotado, con el exceso de energía comenzando a desgastar también el cuerpo de tela de a poco.
    Por suerte una semana más, o eso esperaba, y su cuerpo finalmente estaría regenerado para él.
    —No me quiero levantar... Pasó toda la noche en vela otra vez, bostezando y acurrucandose más a la cama, abrazando sus peluches. —Sólo un par de horas más... total ¿Qué puede pasar? Si supiera, no estaría tan tranquilo. De nuevo se sentía agotado, con el exceso de energía comenzando a desgastar también el cuerpo de tela de a poco. Por suerte una semana más, o eso esperaba, y su cuerpo finalmente estaría regenerado para él.
    Me gusta
    1
    14 turnos 1 maullido
  • Nunca pasara... Pero es un sueño imposible que es hermoso.
    Nunca pasara... Pero es un sueño imposible que es hermoso.
    0 turnos 0 maullidos

  • La estación orbital Aurora estaba abarrotada como nunca. Los viajeros se agolpaban en los corredores, mirando las pantallas holográficas que anunciaban el evento del año: un concierto de Robin, la voz que había conquistado galaxias enteras. Su música era más que entretenimiento; era un puente que conectaba a seres de diferentes mundos, un idioma universal que resonaba con el corazón de todos.

    Robin estaba en su camerino, ajustándose el último detalle de su atuendo: un vestido que parecía estar hecho de nebulosas en movimiento, diseñado por un famoso artista de Andrómeda. Frente al espejo, respiró profundamente. A pesar de los años de experiencia, aún sentía ese cosquilleo antes de salir al escenario.

    “Cinco minutos, Robin,” anunció su asistente, una androide llamada Selene con voz melodiosa y ojos que brillaban como pequeñas lunas.

    “Gracias, Selene,” respondió Robin, tomando un momento para mirar por la ventana hacia el espacio infinito. Cada estrella que veía le recordaba una historia, un rostro, una emoción que había capturado en sus canciones.

    Cuando las luces del escenario se encendieron y el público rugió, Robin dio un paso adelante. Desde la primera nota, el ambiente cambió. Las galaxias parecían detenerse para escuchar. Su voz era un torbellino de emociones: la calidez de un amanecer, la tristeza de una despedida, la esperanza de un nuevo comienzo.

    Entre las canciones, Robin habló al público. “He viajado por muchos lugares, visto maravillas que nunca olvidaré, pero siempre me sorprende lo que la música puede hacer. No importa de dónde vengamos, quiénes somos o qué hemos vivido. Aquí, en este momento, somos uno.”

    El público respondió con una ovación que hizo temblar los muros de la estación. Robin continuó, tocando su balada más famosa, una canción que había inspirado a exploradores a cruzar galaxias y a soñadores a nunca rendirse.

    Cuando el concierto terminó, Robin se quedó un momento más en el escenario, mirando a los miles de rostros emocionados frente a ella. Sabía que, aunque su vida estaba llena de viajes y luces brillantes, lo que realmente importaba era la conexión que creaba con cada palabra y cada nota.

    Al salir del escenario, Selene la esperaba con una toalla y una sonrisa. “El universo sigue hablando de ti, Robin.”

    Robin sonrió, agotada pero feliz. “Es porque, en el fondo, todos necesitamos una canción que nos haga sentir menos solos.”

    Y así, la estrella que iluminaba galaxias volvió a perderse entre las luces del cosmos, dejando a su paso una melodía que nunca se apagaría.

    La estación orbital Aurora estaba abarrotada como nunca. Los viajeros se agolpaban en los corredores, mirando las pantallas holográficas que anunciaban el evento del año: un concierto de Robin, la voz que había conquistado galaxias enteras. Su música era más que entretenimiento; era un puente que conectaba a seres de diferentes mundos, un idioma universal que resonaba con el corazón de todos. Robin estaba en su camerino, ajustándose el último detalle de su atuendo: un vestido que parecía estar hecho de nebulosas en movimiento, diseñado por un famoso artista de Andrómeda. Frente al espejo, respiró profundamente. A pesar de los años de experiencia, aún sentía ese cosquilleo antes de salir al escenario. “Cinco minutos, Robin,” anunció su asistente, una androide llamada Selene con voz melodiosa y ojos que brillaban como pequeñas lunas. “Gracias, Selene,” respondió Robin, tomando un momento para mirar por la ventana hacia el espacio infinito. Cada estrella que veía le recordaba una historia, un rostro, una emoción que había capturado en sus canciones. Cuando las luces del escenario se encendieron y el público rugió, Robin dio un paso adelante. Desde la primera nota, el ambiente cambió. Las galaxias parecían detenerse para escuchar. Su voz era un torbellino de emociones: la calidez de un amanecer, la tristeza de una despedida, la esperanza de un nuevo comienzo. Entre las canciones, Robin habló al público. “He viajado por muchos lugares, visto maravillas que nunca olvidaré, pero siempre me sorprende lo que la música puede hacer. No importa de dónde vengamos, quiénes somos o qué hemos vivido. Aquí, en este momento, somos uno.” El público respondió con una ovación que hizo temblar los muros de la estación. Robin continuó, tocando su balada más famosa, una canción que había inspirado a exploradores a cruzar galaxias y a soñadores a nunca rendirse. Cuando el concierto terminó, Robin se quedó un momento más en el escenario, mirando a los miles de rostros emocionados frente a ella. Sabía que, aunque su vida estaba llena de viajes y luces brillantes, lo que realmente importaba era la conexión que creaba con cada palabra y cada nota. Al salir del escenario, Selene la esperaba con una toalla y una sonrisa. “El universo sigue hablando de ti, Robin.” Robin sonrió, agotada pero feliz. “Es porque, en el fondo, todos necesitamos una canción que nos haga sentir menos solos.” Y así, la estrella que iluminaba galaxias volvió a perderse entre las luces del cosmos, dejando a su paso una melodía que nunca se apagaría.
    Me encocora
    Me gusta
    7
    0 turnos 0 maullidos
  • Uno parece la bata conejita jejejejejeje ya tengo bata para cuando me levante de la cama
    Uno parece la bata conejita jejejejejeje ya tengo bata para cuando me levante de la cama
    Me gusta
    Me encocora
    2
    1 turno 0 maullidos
  • -esta considerando seriamente con ir a encadenar a todos los de hazbin hotel antes de que terminen por poner sus propias vidas en peligro... Iniciando por alastor -
    -esta considerando seriamente con ir a encadenar a todos los de hazbin hotel antes de que terminen por poner sus propias vidas en peligro... Iniciando por alastor -
    Me gusta
    1
    0 turnos 0 maullidos
Patrocinados